miércoles, 12 de marzo de 2014

EL RUISEÑOR Y LA ROSA, Cuento de Óscar Wilde

Ella dijo que  bailaría  conmigo  si le  llevaba unas    rosas rojas -exclamó el joven estudiante- pero no hay en todo mi jardín una sola rosa roja.
Desde su nido de la encina acertó a oírle el ruiseñor; introdujo la cabecita entre las hojas y miró al enamorado.
-¡No hay una sola rosa roja en todo mi jardín! -gritaba el estudiante.
y sus bellos ojos se llenaban de lágrimas.
-¡Ah, de qué cosa más insignificante depende la felicidad! Voy a ser desdichado porque me falta una rosa roja.
-He aquí un verdadero enamorado-se dijo el ruiseñor-. Resulta que todas las noches, aun sin conocerlo, he cantado su historia a las estrellas y ahora lo veo. Su cabellera es oscura y sus labios tan rojos como la rosa que desea; pero la tristeza ha tomado pálido su rostro.
-El príncipe da un baile mañana por la noche -murmuraba el joven estudiante- y mi adorada asistirá a la fiesta. Si le llevo una rosa roja, bailará conmigo hasta el amanecer; pero como no tengo rosas rojas en mi jardín, tendré que estar solo y ella no me hará caso ninguno. No se fijará en mí y se me destrozará el corazón.
-He aquí el verdadero enamorado -repitió el ruiseñor para sí-. Sufre todo lo que canto; todo lo que es alegría para mí, para él es dolor. Realmente, el Amor es una cosa maravillosa; es más precioso que las esmeraldas y más raro que los finos ópalos. Perlas y rubíes no pueden comprarlo, porque no se vende en el mercado; tampoco puede ser pesado en la balanza para el oro.
-La música será maravillosa -decía el joven estudiante-. Y la linda muchacha que yo amo bailará a los sones del arpa y del violín. Bailará tan vaporosamente que sus pies no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus alegres atavíos, la rodearán solícitos. Pero conmigo no bailará porque no tengo una rosa roja que darle.
Y dejándose caer en el césped, escondió la cara en sus manos y lloró.
La lagartija verde, que correteaba cerca con su cola levantada, preguntó:  -¿Por qué llora?
-Sí, ¿por qué? -dijo una mariposa que revoloteaba persiguiendo un rayo de sol.
-Eso es, ¿por qué? -preguntó a su compañera una margarita de dulce
vocecilla.
El ruiseñor les explicó:
-Llora por una rosa roja.
-¿Por una rosa roja? ¡Qué ridiculez! -exclamaron a coro.
La lagartija hasta se echó a reír con todas sus ganas.
Sólo el ruiseñor, porque comprendía el secreto de la pena del estudiante, permaneció silencioso en la encina, reflexionando en el misterio del amor.
De pronto desplegó sus alas oscuras y emprendió el vuelo.
Pasó por el bosque como una sombra, y como una sombra cruzó el jardín.
Había visto en el centro un hermoso rosal. Voló hacia él y se posó en una de sus ramas.
-Dame una rosa roja -dijo- y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal sacudió la cabeza.
-Mis rosas son blancas -contestó-. Tan blancas como la espuma del
mar, más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve en busca de aquel hermano mío que crece alrededor del viejo reloj de sol, y quizá él te pueda complacer.
Voló el ruiseñor hasta el rosal del viejo reloj de sol y repitió: -Dame una rosa roja y te cantaré mi más dulce canción. Pero el rosal sacudió su cabeza.
-Mis rosas son amarillas, -respondió-, tan amarillas como los cabellos de las sirenas que se sientan en su trono de ámbar, y más amarillas que el narciso que florece en el prado, antes de que llegue el segador con su hoz. Pero ve en busca de mi hermano, el que crece debajo de la ventana del estudiante, y quizá él te dé lo que buscas.
Voló el ruiseñor hacia el rosal que crecía debajo de la ventana del estudiante
y suplicó:
-Dame una rosa roja y te cantaré mi más dulce canción.
Pero el rosal sacudió la cabeza.
-Mis rosas son rojas -respondió-, tan rojas como las patas de las palomas y más rojas que los grandes abanicos de coral que el Océano mece en sus abismos. Pero el invierno ha helado mis venas, la escarcha ha marchitado mis botones, la borrasca ha partido mis ramas, y no tendré ya rosas en todo este año.
-No necesito más que una rosa roja -imploró el ruiseñor-, sólo una rosa roja. ¿No habría algún medio de que la consiguiera yo?
 -Hay un medio -respondió el rosal- pero es tan terrible que no me atrevo a decírtelo.
 -Dímelo -replicó el ruiseñor-  No tengo miedo.
-Si quieres una rosa roja -dijo el rosal- tienes que hacerla con música, al claro de luna, y teñirla con la sangre de tu propio corazón. Cantarás para mí con el pecho apoyado en una espina. Cantarás para mí durante toda la noche, y la espina te atravesará el corazón, y la sangre de tu vida correrá por mis venas, y se convertirá en sangre mía.
-Alto precio es la muerte como pago de una rosa roja -exclamó el ruiseñor- y más cuando todo el mundo ama la vida. Porque es grato posarse en el verde bosque y mirar al sol en su carro de oro y a la luna en su carroza de perlas. Dulce es el olor del espino y dulces son las campanillas que se esconden en el valle, y en el brezo que florece en la colina. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y ¿qué es el corazón de un pájaro comparado con el de un hombre?
        


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