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martes, 25 de agosto de 2015

JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA; 27 de agosto 2015

ASOCIACIÓN DE LA CÁMARA POPULAR DEL LIBRERO
JR. AMAZONAS 401, 
BARRIOS ALTOS, EL CERCADO

JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA
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PROGRAMA A DESARROLLARSE EL 27 DE AGOSTO DE 2015 , DESDE LAS 4.30 PM

Recital de Poesía " LAS EDADES DE LA LLUVIA "

a cargo de las poetas ANA MARÍA INTILI, NORA ALARCÓN, ÉRICA QUINTANA RAYOS, ÉRIKA ORDINOLA AQUINO, ESPERANZA CHILCA IBAÑEZ, SOLANGEL RODRIGUEZ AQUINO, DOLORES SOLÓRZANO Y ZORAIDA MARGARITO GUADALUPE.

RODOLFO MORENO ESCRIBE SOBRE GERMÁN SÚNICO BAZÁN.

Los JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA, de la Cámara Popular del Librero, de Amazonas, cumple con el doloroso encargo de dar a conocer la muerte de nuestro amigo y gran exponente de la poesía rimada, el MAESTRO DECIMISTA GERMÁN SÚNICO BAZÁN. Su fecunda vida estuvo signada por ese acendrado amor por su BARRIOS ALTOS, su nido, balcón y camino; sentimiento que fermentó en su pecho inmenso hasta hacerse su escudo y bandera y hacer de él mismo un exquisito difusor de los modos y costumbres de una época que, lejana para muchos, por su pluma se hacían palpitantes y nítidas, fragantes y musicales. Cultivó y difundió los valores, ahora tan escasos, de amor a la patria de todos en su acepción más laxa; prueba de ello son las innúmeras composiciones alusivas que nos deja como legado. En su fecunda y dilatada carrera de artista y creador, de compositor y decimista, logró muchos galardones; uno de los hitos más significativos de esta su carrera, fue el largo y aplaudido camino que recorrió conformando los CABALLEROS DE LA DÉCIMA.
A la reciente partida de nuestro entrañable amigo y maestro, el Maestro Decimista don BENJAMÍN ESCARÓ, se viene a sumar este otro duro golpe que la fatal muerte asesta al pueblo decimista; al de sencillos y sudorosos vates hechos de sudor y barro, de amoroso cieno y fragantes esperanzas ... Y nuevamente, nos vemos impotentes, ante la magnitud y el significado que tienen sus partidas para la Décima Peruana.
Hoy, más que nunca, se hace urgente honrar sus derroteros de vida y la herencia que nos dejan: persistir en nuestra Organización y el amoroso estudio de sus obras en íntima y constante relación con nuestro pueblo; aquel juez supremo y destinatario final de todo quehacer creativo. Reconstituir la institución que aglutine, convoque, organice, represente y defienda a los Decimistas de nuestra Patria; desprender de la vida de nuestro pueblo trabajador, con erguida convicción y alumbrada mística, nuestro trabajo creador, para hacerlo instrumento de denuncia, elevado faro y vigoroso torreón contra el odio del gran capital y todos sus engendros; estas son las tareas que debemos de acometer inmediatamente, sin dudas y temores, todos los que nos reclamamos chispas de estos fecundos relámpagos, todo lo demás no pasa de ser una pose snobista e insignificante que no honra la memoria de nuestros Maestros. 
Por encargo de nuestro Director, el Maestro y escritor RAFAEL ALVARADO CASTILLO, los militantes y amigos de los JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA y el mío propio, expresamos públicamente nuestro pesar por tan lamentable pérdida y hacemos llegar nuestro fraterno pésame a todo el pueblo Decimístico y, en particular, a la familia de tan insigne cultor de la Espinela. ¡ GERMÁN SÚNICO BAZÁN, PRESENTE; HOY Y SIEMPRE !


                                                   (RODOLFO MORENO)

GERMÁN SÚNICO BAZÁN, décima de Rodolfo Moreno.

GERMÁN SÚNICO BAZÁN
Décima de punto fijo,
de Rodolfo Moreno.

I
Mi voz se alza sobre todas
Para acercarte su aliento,
Para que en alas del viento
Te besen mis rimas y odas.
Por favor las acomodas
Con un delicado afán,
En tu pecho y con hilván,
De una fraterna sonrisa.
¡ Te abraza mi voz cobriza,
GERMÁN SÚNICO BAZÁN.
II
Vengo a sembrarte mis besos
En ese tu pecho inmenso
Para que florezcan, pienso,
Como altar lleno de rezos.
Mis afectos gozan presos
De tus artes de galán,
De tu pecho que es volcán, 
Coronado de amistad.
¡ Eres fraterna equidad
GERMÁN SÚNICO BAZÁN ¡
III
Con tu décima has sembrado
Un bosque de luz brillante,
Flores de canto fragante
Y trinos color dorado.
Yo me siento enamorado
De ese talento que es pan
Para hambrientos que se van
Saciados con tu palabra.
¡ Qué a mi voz tu pecho se habrá
GERMÁN SÚNICO BAZÁN ¡
IV
A mis nietos les pondré
Como nombres tu apellido,
Como homenaje sentido
A la amistad que forjé.
A esa que la tallé
Y la sazoné en batán,
Siguiendo el dictado y plan
De mi corazón serrano.
¡ Te traigo mi verso hermano,
GERMÁN SÚNICO BAZÁN ¡
V
Yo he bebido de tu fuente,
Yo me nutro de tu aliento,
Yo soy canto de tu viento,
Yo te venero en mi mente.
Siempre estarás presente
Con tu amistoso ademán
Y tu altivez de chalán
En mi corazón fraterno.
¿ Tu sonrisa es verso eterno,
GERMÁN SÚNICO BAZÁN ¡
VI
Tu nombre alumbra las cumbres, 
Tu voz arropa los sueños
Y tus fulgores son dueños
Del trajinar de mis lumbres.
Ojalá que me vislumbres
Como tu fiel sacristán
O tu atento edecán
En tu decimar tan bueno.
¡ Yo soy Rodolfo Moreno,
GERMÁN SÚNICO BAZÁN ¡
                    (Rodolfo Moreno)

sábado, 22 de agosto de 2015

ASOCIACIÓN DE LA CÁMARA POPULAR DEL LIBRERO;
JR. AMAZONAS 401, BARRIOS ALTOS, EL CERCADO ******************************************************** 

“JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA”
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PROGRAMA DESARROLLADO EL 20 DE AGOSTO DE 2015 , DESDE LAS 4.30 PM.

- Presentación de los libros " ORATORIA: EL ARTE DE LA LECTURA ORAL Y EL CANTO " y el libro de poesía " COLORES DEL VIENTO ", del maestro Universitario y escritor PETRONI GUTIÉRREZ RIVERA; la presentación protocolar de las obras estuvo a cargo del Dr. ODÓN ROSALES HUATUCO y del poeta JOSÉ VENTO CONTRERAS, respectivamente.
- Participación de los escritores ya inscritos y de aquellos que se inscribieron el mismo día, para leer, puntual y brevemente, un trabajo. Participaron: están inscritos:
- JUAN MILLA JARA,
- JORGE SALDAÑA DEL ÁGUILA,
-RODOLFO MORENO,
-ANTONIO MARTINEZ GASPAR,
- LUIS MITMA SULCA,
-VIDES RICRA,

-ORLANDO ORDÓÑEZ SANTOS, 

miércoles, 12 de agosto de 2015

JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA: DÍA DEL DECIMISTA PERUANO.

CEREMONIA DE CELEBRACIÓN DEL “DÍA DEL DECIMISTA PERUANO” Y HOMENAJE AL EXTINTO MAESTRO DECIMISTA BENJAMÍN ESCARÓ.

-El día del Decimista Peruano: Génesis y trascendencia actual, a cargo del Maestro Decimista AUGUSTO RIVAS PLATA FRANCO.
-Homenaje de los JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA al Maestro Decimista BENJAMÍN ESCARÓ; en las palabras del Maestro Decimista SANTOS ÁLVAREZ LOPEZ y décimas en su honor a cargo de los Maestros Decimistas TEÓDULO QUISPE, ANDRÉS KUO ROBLES y RODOLFO MORENO.
-Intervención del Sr. GUILLERMO VASQUEZ FERNANDEZ PRADA, Economista de larga experiencia laboral en el área comercial, en representación de la familia del extinto Maestro Decimista BENJAMÍN ESCARÓ
-Participación de los Maestros Decimistas ya inscritos y de aquellos que se inscriban el mismo día, para participar en el RECITAL GENERAL DE HOMENAJE AL DECIMISTA PERUANO: Ya están inscritos:
*ANTONIO SILVA GARCÍA,
*OCTAVIO SANTA CRUZ URQUIETA,
*FERNANDO OJEDA MENDOZA,
*DIEGO VICUÑA VILLAR,
*ANDRËS RAFAELE MEJÍA,
*ANDRÉS KUO ROBLES,
*TEÓDULO QUISPE,
*AUGUSTO PALOMARES BAZALAR,
*MANUEL ODAR BEJARANO,
*SEGUNDO ROBLES,
*RODOLFO MORENO,
*ANTONIO JOSE LA CHIRA,
*ROBERTO ARRIOLA BADARACO,

*CESAR TALLEDO SAAVADRA.
El ingreso es totalmente libre.
Exhibición y venta, a precios populares, de obras literarias; firma de libros por los propios autores.
Se agradece la difusión de la presente invitación.
Dirección de los “JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA”, espacio de forja, difusión, rescate y defensa de la cultura popular y liberadora, el Maestro, Narrador y Poeta Rafael Alvarado Castillo
y Coordinador General el poeta Rodolfo Moreno.

martes, 11 de agosto de 2015

RODOLFO MORENO y su décima "Benjamín Escaró"

Benjamín Escaró
I
Porque extrañaba tu aliento
De risueño cascabel,
Porque siempre vas a ser 
Mi sombra, luz y contento.
Porque siempre habrá un momento
Para dar y compartir,
Para que me hagas sentir
Que soy importante y bueno 
Y que en mi lecho eres cieno
De este río pastoril.

II
Porque abrazaste fraterno
Mi serrana voz tardía
Como luz de mediodía
Y abrigado canto eterno.
Porque con fervor de infierno
y alegría de alborada
haz seguido a mi tonada
por desiertos y pantanos,
porque aunque atadas tus manos
la peinaste engalanada.

III
Porque siempre haz alumbrado
mi canto con tu consejo
y retocaste parejo
su perfil difuminado.
Porque para mí haz guardado
Tu palmada más fraterna 
Y tu sonrisa más tierna
Como mi adorno y vigor,
porque me hiciste el mejor
rupestre de tu caverna.

IV
Porque en tu décima fermentan
Hondos mensajes de vida
Y trozos de tu alma dolida
Hechos versos que contentan.
Porque la ESCAROLA tientan
Sólo aquellos elegidos, 
Los diestros y bendecidos
Por nuestros dioses serranos, 
Por eso se han hecho hermanos
nuestros cantos florecidos.

V
Porque vengo a esta hora, 
A colgarte agradecido,
Los brillos que le haz cedido
A mi palabra en su aurora;
Cuando una adusta señora,
Más balbuceante que muda,
No hilaba ni la remuda
De un minúsculo retazo,
Por favor con este abrazo
Ten por honrada tu ayuda.

VI
BENJAMÍN; porque te siento
Como mi hermano querido,
Es que a cantarte he venido
Mi amoroso sentimiento;
Este que tiene el aliento 
Del Pumacoto sereno,
Aquel Apu inmenso y bueno
De mi Sihuas tan distante;
Aquí me tienes fragante
A mi RODOLFO MORENO.

DIEGO VICUÑA VILLAR y su décima "A Benjamín Escaró"

A Benjamín Escaró.
Y cuando llegué a saberlo,
que había llegado tu fin,
que habías muerto BENJAMÍN:
! Como para no creerlo !. 
La muerte vino a imponerlo
y la muerte nos ganó.
Desde cuando te rondó?,
(no sé), pero alguna vez lo dijo:
"a todos los llevo, es fijo".
todos, menos ESCARÓ.

Tu libro, como un legado,
de seriedad o picardía,
lo llevamos hoy en día
en el corazón guardado.
Y en el cerebro grabado
tu recuerdo, tu memoria
tu decimística historia.
Tu no has muerto Benjamín,
si tu destino andarín
te ha llevado hasta la Gloria

ANDRÉS KUO ROBLES y su décima "Las obras de Benjamín"

Las obras de Benjamín.
I 
Lanzó décima exquisita
del libro que presentó,
la que a mí más me gustó
fue “LA CARTA NO ESCRITA”.
Pensar a todos invita;
su pie forzado es así:
“La carta que no escribí
recién la estoy escribiendo
y está dirigida a mí
y por fin la estoy leyendo”.
II
Con maestría sin par
como todo buen demócrata
prosa “EL JEFE BURÓCRATA”
que nos hizo delirar.
De su vena de juglar
escribe esta encrucijada
“En la mañana, no hago nada
pero en la tarde, descanso
y en la noche, duermo bien
si no… ¿cómo me levanto?”
III
Benjamín era ingeniero
al igual que lo fue Grieve 
y narra como se atreve
contra el “Tucán” que es muy fiero.
Prosa con desasosiego
como especie de clamor
“El error de su campaña
su más grave y craso error
fue meterse con Bedoya,
mi querido profesor.”
IV
Al ser jefe es natural
tener personas al mando
uno los va analizando
su rendimiento total.
DIRIGENTE LABORAL
tituló con gran fervor
“Director trabajador
me representas a mí
no caigas en el error
de representarte a ti.”
V
Si en la empresa hay un rasgo
del jefe, tío, sobrino,
por no decir nepotismo
dice que es un compadrazgo.
Y titula PADRINAZGO
escribiendo al denunciar
“No basta para mandar
ser familia del gerente
hay que saber respetar
y tratar bien a la gente”.
VI
A pesar de ser tranquilo
siempre gustó del respeto
mostrando su parapeto
al que ataca con sigilo.
ADVERTENCIA lanza al hilo
denunciando la patraña:
“El gato que a mí me araña
estando conmigo en paz
por más halagos que me haga
no me vuelve arañar más”.
VII
Cuando fallece su madre
doña Teresa Carrasco
le cae como chubasco,
profundo dolor lo invade.
Y titula A MI MADRE
con un sentimiento cruel
“Has querido estar con él
y Dios te lo ha concedido 
Felipe y Teresa unidos
en eterna luna de miel.”
VIII
Don Felipe Escaró 
fue el primero en morir
a pesar de su sufrir
lanza su décima a Dios.
A MI PADRE tituló
anunciando estar de duelo
“Porque sé que existe un cielo
sé dónde está mi Papá
y es mi mayor anhelo
estar con él, donde está.”
IX
Venciendo los almanaques
con su mente prodigiosa
brotaba prosa jocosa
almacenada en bagajes.
Liego vinieron achaques
que jamás lo amilanó
y a la muerte la venció
porque, aunque él se haya ido
muchos irán al olvido
todos menos Escaró.

TEODULO QUISPE y su décima "A Benjamín Escaró"

A Benjamín Escaró
Profundamente impactado
por la noticia sabida:
Benjamín dejó la vida
yendo a otra dimensión.
Se entristece el corazón
por el amigo, el poeta,
del que desgranó la veta 
de su alma franca y fecunda;
con la palabra profunda
y mirada sin careta.
No estará físicamente
pero queda su palabra,
el pensamiento que labra
y genera una corriente.
Es el verbo la simiente
que el surco acoge y acuna,
y bebe en forma oportuna
para luego ser jardín;
que el verso de Benjamín
sea un vergel y no duna.
Fin de la conversación.

JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA: 13 de agosto 2015

ASOCIACIÓN DE LA CÁMARA POPULAR DEL LIBRERO;
JR. AMAZONAS 401, BARRIOS ALTOS.


JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA”
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13 DE AGOSTO DE 2015 , DESDE LAS 4.30 PM.

*CEREMONIA DE CELEBRACIÓN DEL DÍA DEL DECIMISTA PERUANO
Y HOMENAJE AL EXTINTO MAESTRO DECIMISTA BENJAMÍN ESCARÓ.

* Homenaje de los JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA al Maestro Decimista BENJAMÍN ESCARÓ; en las palabras del Maestro Decimista SANTOS ÁLVAREZ LOPEZ

Participación de los poetas y decimistas:
-TEÓDULO QUISPE
-ANDRÉS KUO ROBLES,
-DIEGO VICUÑA VILLAR y

 RODOLFO MORENO.

lunes, 10 de agosto de 2015

CHEJOV y su cuento "El delincuente"

Ante el juez está un mujik pequeño y extremadamente escuálido, vestido con una camisa de abigarradas colores y con unos calzones remendados. Su rostro velludo, comido de picaduras, y sus ojos apenas visibles bajo las espesas y colgantes cejas, tienen una expresión de gravedad taciturna. Sobre la cabeza lleva todo un gorro de pelo enmarañado que no ha sido peinado hace tiempo y que le da un aspecto de severa araña. Está descalzo.
—¡Denis Grigoriev! —empieza a decir el juez— ¡Acércate y contesta a mis preguntas!… El día siete de este mes de julio, el guardavía, Iván Semion Akinfov, en su recorrido matinal de la línea y en la versta ciento cuarenta y uno ce sorprendió destornillando la tuerca del riel. ¡He aquí la tuerca!.. Cuando se detuvo, estabas en posesión de dicha tuerca. ¿Fue o no fue así?
—¿Qué?…
—¿Ocurrió todo según lo explica Akinfov?
—¡Claro que ocurrió!
—Bien… ¿Y para qué destornillabas esa tuerca?
—¿Qué?…
—¡Basta de ques y contesta a lo que se te pregunta! ¿Para qué destornillabas la tuerca?
—¡Si no hubiera habido necesidad…, no la habría destornillado!… —dijo Denis con voz ronca y mirando de reojo el techo.
—¿Y para qué necesitabas la tuerca?
—¿La tuerca?… Con las tuercas nosotros hacemos pesos.
—¿Y quiénes son “nosotros”?
—¿Nosotros?… ¡Pues la gente!… ¡Los mujiks de Klim!…
—¡Oye, hermano! ¡No te hagas el idiota y contesta juiciosamente! ¡No vengas aquí mintiendo con eso de los pesos!
—¡Desde mi nacimiento que no he mentido…, y ahora resulta que miento!… —masculla Denis parpadeando—. ¿Acaso, señoría, puede uno hacer algo sin peso?… ¿Acaso se va a ir el gancho a fondo…, si uno quiere colgarle algo…, o si no lleva peso? ¡Que miento!… —Denis sonríe sarcástico—. ¿Acaso va a estar mecido el diablo en el cebo para tenerlo tieso?… ¡Hay peces…, como el okuñ o la schuka, que están muy hondos!…, ¡Flotar…, solo flota el schilispei…, pero en nuestro río no hay schilispei!… ¡Ese es un pez que le gusta ir muy ancho!…
—¿Y para qué me cuentas todo eso de los schilispei?
—¿Qué?… ¿Pues no me lo está usted preguntando?… ¡Si hasta los mismos señores pescan así!… ¡Si ni el más mocoso iría a pescar sin peso!… ¡Claro que el que no sepa… se iría a pecar sin peso!… ¡A un tonto no le vale ninguna ley!
—Dices entonces que desatornillaste esta tuerca para utilizarla como peso.
—¿Y cómo no? ¡No la iba a coger para jugar!
—Para peso podías, haber cogido una bala, un poco de plomo o un clavo cualquiera…
—¡El plomo no anda tirado por el camino… y un clavo no sirve! Mejor que la tuerca, ¿qué va uno a encontrar?… Pesa y tiene un agujero.
—¡Miren cómo se hace el tonto! Parece enteramente que ha nacido ayer o que se ha caído de un guindo… ¿Es que no comprendes, cabeza de chorlito, las consecuencias que podía haber traído ese destornillamiento?… ¿Que de no haber reparado en él el guardavía, podía haber descarrilado el tren y podía haber habido muertes?… ¡Tú hubieras sido entonces el que matara a esa gente!
—¡Dios nos libre, señoría!… ¿Para qué matar?… ¿Acaso no está uno bautizado o es uno un criminal? A Dios gracias, buen caballero, ya lleva uno vivido bastante…, y de eso de matar… ¡ni siquiera le ha pasado a uno por la cabeza! ¡Dios nos libre!… ¡Virgen Santísima!…
—¿Y por qué entonces, según tú, ocurren los descarrilamientos?… Se destornillan dos o tres tuercas ¡y ya tienes ahí el descarrilamiento!…
Denis sonríe con sarcasmo e incredulidad y mira al juez guiñando los ojos.
—¡Vaya!… ¡Tantos años que lleva el pueblo destornillando tuercas y Dios guardándole a uno, y ahora que si el descarrilamiento…, que si matar a la gente!… Si yo…, pongo por caso…, hubiera levantado un riel…, o plantado un tronco en mitad de la vía…, entonces puede ser que el tren se hubiera desmandado…, pero que porque uno… una tuerca…
—¿Pero no comprendes que con las tuercas se sujetan los rieles?
—¡Eso ya lo comprende uno!… ¡Por eso no las destornillamos todas! ¡Dejamos muchas!… ¡No lo hace uno así…, a lo tonto!… ¡Comprendemos!…
Y Denis, que bosteza, traza una cruz sobre su boca.
—El año pasado, en este lugar, descarriló el tren —dice el juez— y ahora queda aclarado el porqué.
—¿Cómo manda usted?…
—Digo que ahora se explica porqué el año pasado hubo aquí un descarrilamiento. ¡Ahora lo entiendo!
—¡Pa’eso son ustedes instruidos! ¡Pa’entenderlo todo, bienhechores nuestros!… ¡Ya sabe el Señor a quién da conocimiento!… Ahora que… usted aquí juzga el porqué y el porqué no…, mientras que el guardavía, que es un mujik tal como uno que no tiene comprensión…, te agarra por el cuello y te lleva… ¡Primero hay que juzgar a la gente, luego llevársela!… ¡Cuando se dice mujik… es porque así tiene uno la inteligencia!… ¡Y puede apuntar también que me pegó dos veces en la cara y una en d pecho!
—En tu casa, cuando se hizo el registro, se encontró otra tuerca más. ¿Cuándo y en qué sitio la destornillaste?
—¿Qué tuerca dice usted?… ¿La que estaba debajo del baulillo colorado?
—No sé dónde estaba; lo que sé es que la encontraron. ¿Cuándo la destornillaste?
—Yo no la destornillé. Me la dio Ignaschka, el hijo de Semion el tuerto… ¡Hablo de la que estaba debajo del baulillo…, que la que estaba en el patio, en el trineo, la destornillé con Mitrofan!…
—¿Qué Mitrofan?
—Mitrofan Petrov. ¿Acaso no le ha oído usted nombrar?… Hace las redes y se las vende a los señores. Necesita muchas tuercas de esas… ¡Cada red le lleva por lo menos diez!…
—¡Oye!… El artículo mil ochenta y uno del Código penal dice: “Todo desperfecto cometido intencionadamente contra el ferrocarril, cuando constituya peligro para dicho medio de locomoción, ejecutado por el culpable con conocimiento de que sus consecuencias pueden resultar una catástrofe.” ¿Comprendes?… ¡Tú eso lo sabias! ¡No podías dejar de saber a qué conducen esos destornillamientos!… “Está castigado con el destierro y los trabajos forzados.”
—¡Claro! ¡Usted tiene que saber eso mejor!… ¡Uno tiene más cerrada la mollera! ¿Acaso entiende uno de algo?
—¡Lo entiendes perfectamente! ¡Estás mintiendo y fingiendo!
—¿Y pa’qué iba a mentir?… Pregunte por toda la aldea si no me cree…, ¿qué pez le va a uno a picar sin el peso?…
—Bien… ¿Es que vas a empezar a contarme más cosas de los schilispei? —sonríe el juez.
—¡Si en nuestras tierras no hay schilispei!… ¡Si cuando uno va a pescar con mariposas a flor de agua y sin peso… lo más que saca es un pez golav… y pa’eso… muy rara vez!
—Bueno, cállate ya.
Se hace un silencio. Denis se apoya tan pronto en un pie como en otro, mita a la mesa forrada de paño verde y parpadea mucho como si en lugar de una tela fuera el sol lo que tiene delante. El juez escribe deprisa.
—¿Puedo irme? —pregunta Denis después de un cono silencio.
—No. Tengo que ponerte bajo vigilancia y mandarte al calabazo.
Denis cesa de parpadear y arqueando las espesas cejas mira interrogativamente al funcionario.
—¿Cómo al calabozo, señoría?… ¡No tengo tiempo!… ¡He de ir a la feria!… ¡Egor tiene que pagarme tres rublos por el tocino!
—¡Calla y no me molestes!
—¡Al calabozo!… ¡Si al menos hubiera motivo, uno iría, pero así porque sí!… ¿Por qué culpa?… ¡Si no he robado y si al paraca… no me he pegado!… Porque si su señoría se refiere al tributo… no tiene que creer al starasta… ¡No tiene alma de cristiano ese starasta!…
—¡Pero si estoy codo el tiempo callado!… —masculla Denis—. ¡Lo que pasa es que el starasta le ha metido un embuste y esto yo…, hasta por juramento!… ¡Mire…, somos tres hermanos: Kuzma Grigoriev, Egor Grigoriev y yo, Denis Grigoriev!…
—Me inoportunas… ¡Eh!… ¡Semion! —llama en voz bajad juez— ¡Llevárselo!
—¡Somos tres hermanos!… —masculla Denis cuando dos robustos soldados le sacan del cuarto—, ¡Pero el hermano no tiene que pagar por el hermano!… ¡Kuzma no paga y tú, Denis, vas a tener que responder por él!… ¡Vaya jueces!… ¡Lástima que haya muerto el difunto señor general, que en paz descanse!.. . ¡Si no… ya hubiera hecho él ver a los jueces! ¡Hay que saber juzgar… y no juzgar así porque sí!… ¡Bueno que le azoten a uno… pero que sea por algo…, por alguna acción! ¡Por conciencia!…

martes, 4 de agosto de 2015

JAMES JOYCE y su cuento "Eveline"

EVELINE
James Joyce

Sentada ante la ventana, miraba cómo la noche invadía la avenida. Su cabeza se apoyaba contra las cortinas de la ventana, y tenía en la nariz el olor de la polvorienta cretona. Estaba cansada.
Pasaba poca gente: el hombre de la última casa pasó rumbo a su hogar, oyó el repiqueteo de sus pasos en el pavimento de hormigón y luego los oyó crujir sobre el sendero de grava que se extendía frente a las nuevas casas rojas. Antes había allí un campo, en el que ellos acostumbraban jugar con otros niños. Después, un hombre de Belfast compró el campo y construyó casas en él: casas de ladrillos brillantes y techos relucientes, y no pequeñas y oscuras como las otras. Los niños de la avenida solían jugar juntos en aquel campo; los Devine, los Water, los Dunn, el pequeño lisiado Keogh, ella, sus hermanos y hermanas. Sin embargo, Ernest jamás jugaba: era demasiado grande. Su padre solía echarlos del campo con su bastón de ciruelo silvestre; pero por lo general el pequeño Keogh era quien montaba guardia y avisaba cuando el padre se acercaba. Pese a todo, parecían haber sido bastante felices en aquella época. Su padre no era tan malo entonces, y, además, su madre vivía. Hacía mucho tiempo de aquello. Ella, sus hermanos y hermanas se habían transformado en adultos; la madre había muerto. Tizzie Dunn había muerto también, y los Water regresaron a Inglaterra. Todo cambia. Ahora ella se aprestaba a irse también, a dejar su hogar.
¡Su hogar! Miró a su alrededor, repasando todos los objetos familiares que durante tantos años había limpiado de polvo una vez por semana, mientras se preguntaba de dónde provendría tanto polvo. Tal vez no volvería a ver todos aquellos objetos familiares, de los cuales jamás hubiera supuesto verse separada. Y sin embargo, en todos aquellos años, nunca había averiguado el nombre del sacerdote cuya foto amarillenta colgaba de la pared, sobre el viejo armonio roto, y junto al grabado en colores de las promesas hechas a la beata Margaret Mary Alacoque. El sacerdote había sido compañero de colegio de su padre. Cada vez que éste mostraba la fotografía a su visitante, agregaba de paso:
-En la actualidad está en Melbourne.
Ella había consentido en partir, en dejar su hogar. ¿Era prudente? Trató de sopesar todas las implicaciones de la pregunta. De una u otra forma, en su hogar tenía techo y comida, y la gente a quien había conocido durante toda su existencia. Por supuesto que tenía que trabajar mucho, tanto en la casa como en su empleo. ¿Qué dirían de ella en la tienda, cuando supieran que se había ido con un hombre? Pensarían tal vez que era una tonta, y su lugar sería cubierto por medio de un anuncio. La señorita Gavan se alegraría. Siempre le había tenido un poco de tirria y lo había demostrado en especial cuando alguien escuchaba.
-Señorita Hill, ¿no ve que estas damas están esperando?
-Muéstrese despierta, señorita Hill, por favor.
No lloraría mucho por tener que dejar la tienda.
Pero en su nuevo hogar, en un país lejano y desconocido, no sería así. Luego se casaría; ella, Eveline. Entonces la gente la miraría con respeto. No sería tratada como lo había sido su madre. Aún ahora, y aunque ya tenía más de 19 años, a veces se sentía en peligro ante la violencia de su padre. Ella sabía que eso era lo que le había producido palpitaciones. Mientras fueron niños, su padre nunca la maltrató, como acostumbraba a hacerlo con Harry y Ernest, porque era una niña; pero después había comenzado a amenazarla y a decir que se ocupaba de ella sólo por el recuerdo de su madre. Y en el presente ella no tenía quién la protegiera: Ernest había muerto, y Harry, que se dedicaba a decorar iglesias, estaba casi siempre en algún punto distante del país. Además, las invariables disputas por dinero de los sábados por la noche comenzaban a fastidiarla sobre manera. Ella siempre aportaba todas sus entradas -siete chelines- y Harry enviaba sin falta lo que podía; el problema era obtener algo de su padre. Éste la acusaba de malgastar el dinero, decía que no tenía cabeza y que no le daría el dinero que había ganado con dificultad para que ella lo tirara por las calles; y muchas otras cosas, porque generalmente él se portaba muy mal los sábados por la noche. Terminaba por darle el dinero y preguntarle si no pensaba hacer las compras para el almuerzo del domingo. Entonces ella debía salir corriendo para hacer las compras, mientras sujetaba con fuerza su bolso negro abriéndose paso entre la multitud, para luego regresar a casa tarde y agobiada bajo su carga de provisiones. Le había dado mucho trabajo atender la casa y hacer que los dos niños que habían sido dejados a su cuidado fueran a la escuela regularmente y comieran con la misma regularidad. Era un trabajo pesado -una vida dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no le parecía ésa una vida del todo indeseable.
Iba a ensayar otra vida; Frank era muy bueno; viril y generoso. Ella se iría con él en el barco de la noche, para ser su mujer y para vivir juntos en Buenos Aires, donde él tenía un hogar que aguardaba. Recordaba muy bien la primera vez que lo había visto; había alquilado una habitación en una casa de la calle principal; y ella solía hacer frecuentes visitas a la familia que vivía allí. Parecía que hubieran transcurrido sólo pocas semanas. Él estaba en la puerta de la verja, con su gorra de visera echada sobre la nuca, y el pelo le caía sobre el rostro bronceado. Así se conocieron. Él acostumbraba encontrarla a la salida de la tienda todas las tardes, y la acompañaba hasta su casa. La llevó a ver La Niña Bohemia, y ella se sintió endiosada al sentarse junto a él en las butacas más caras del teatro. Él tenía gran afición por la música y cantaba bastante bien. La gente sabía que estaban en relaciones y, cuando él cantaba la canción de la muchacha que ama a un marino, ella se sentía siempre agradablemente confusa. Él, en broma, la llamaba “Poppens” (amapola). Al principio, para ella resultó emocionante tener un amigo, y luego él comenzó a gustarle. Conocía relatos de países distantes. había comenzado como grumete por una libra mensual en un barco de la Altan Lines que iba al Canadá. Le nombró los barcos en los que había trabajado y enumeró las diversas compañías. Había navegado a través del estrecho de Magallanes, y relató anécdotas de los terribles indios patagones; tuvo suerte en Buenos Aires, dijo, y sólo había vuelto a su patria para pasar las vacaciones. Naturalmente, el padre de ella se enteró, y le prohibió, terminantemente, continuar tales relaciones.
-Conozco a esos marineros... -dijo.
Un día, su padre discutió con Frank, y después de eso ella tuvo que encontrarse en secreto con su enamorado.
La tarde se oscurecía en la avenida. La blancura de las dos cartas que tenía sobre el regazo se iba desvaneciendo. Una de las cartas era para Harry. Su padre había envejecido últimamente, según había notado; la extrañaría. A veces se portaba muy bien. No hacía mucho, una vez que ella debió permanecer en cama durante un día, él le había leído en voz alta una historia de fantasmas y le había preparado tostadas sobre el fuego. Otro día, cuando su madre aún vivía, fueron a merendar a la colina de Howth. Recordaba a su padre poniéndose el sombrero de la madre para hacer reír a los niños.
El tiempo transcurría, pero ella continuaba sentada junto a la ventana con la cabeza apoyada en la cortina, aspirando el olor de la polvorienta cretona. Lejos, en la avenida, podía oír un organillo callejero. Conocía la melodía. Era extraño que justo esa noche volviera para recordarle la promesa hecha a su madre: la de atender la casa mientras pudiera. Recordó la última noche de enfermedad de su madre; estaba en el cerrado y oscuro cuarto situado del otro lado del vestíbulo, y había oído afuera una melancólica canción italiana. Dieron al organillo seis peniques para que se alejara. Recordó la exclamación de su padre, cuando volvió al cuarto de la enferma.
-¡Malditos italianos! ¡Ni siquiera aquí nos dejan en paz!
Mientras meditaba, la lastimosa visión de la vida de su madre trazaba una huella en la esencia misma de su propio ser; aquella vida de sacrificios intrascendentes que desembocó en la locura final. Se estremeció mientras oía otra vez la voz de su madre repitiendo una y otra vez, con estúpida insistencia, las voces irlandesas:
-¡Derevaun Seraun! ¡Derevaun Seraun!
Se puso de pie con súbito impulso de terror. ¡Escapar, debía escapar! Frank la salvaría. Él le daría vida, tal vez amor también. Pero deseaba vivir. ¿Por qué había de ser desgraciada? Tenía derecho a ser feliz. Frank la tomaría en sus brazos, la estrecharía en sus brazos. La salvaría.
***
Estaba en medio de la movediza multitud, en el muelle del North Wall. Él la tenía de la mano, y ella sabía que él le hablaba, que le decía con insistencia algo acerca del pasaje. El muelle estaba lleno de soldados con mochilas pardas. A través de las abiertas puertas de los galpones, entrevió la masa negra del barco, inmóvil junto al muelle y con los ojos de buey iluminados. No respondió. Sentía sus mejillas pálidas y frías y, desde un abismo de angustia, rogaba a Dios que la guiara, que le señalara su deber. El barco lanzó una larga pitada fúnebre en la niebla. Si se iba, mañana estaría en el mar, con Frank, rumbo a Buenos Aires. Sus pasajes habían sido reservados. ¿Podía volverse atrás, después de todo lo que Frank había hecho por ella? La angustia le produjo náuseas, y siguió moviendo los labios en silenciosa y ferviente plegaria. Sonó una campana, que le estremeció el corazón. Sintió que él la tomaba de la mano.
-¡Ven!
Todos los mares del mundo se agitaron alrededor de su corazón. Él la conducía hacia ellos, la ahogaría. Se tomó con ambas manos de la verja de hierro.
-¡Ven!
¡No! ¡No! ¡No! Imposible. Sus manos se aferraron al hierro, frenéticamente. Desde el medio de los mares que agitaban su corazón, lanzó un grito de angustia.
-¡Eveline! ¡Evy!

Él se precipitó detrás de la barrera y le gritó que lo siguiera. La gente le chilló para que él continuara caminando, pero Frank seguía llamándola. Ella volvió su pálida cara hacia él, pasiva, como animal desamparado. Sus ojos no le dieron ningún signo de amor, ni de adiós, ni de reconocimiento.

JAMES JOYCE y su cuento "Una madre"

Mr Holohan, vice-secretario de la sociedad Eire Abu, se paseó un mes por todo Dublín con las manos y los bolsillos atiborrados de papelitos sucios, arreglando lo de la serie de conciertos. Era lisiado y por eso sus amigos lo llamaban Aúpa Holohan. Anduvo para arriba y para abajo sin parar y se pasó horas enteras en una esquina discutiendo el asunto y tomando notas; pero al final fue Mrs Kearney quien tuvo que resolver­lo todo.
Miss Devlin se transformó en Mrs Keamey por despecho. Se había educado en uno de los mejores conventos, donde aprendió francés y música. Como era exangüe de nacimiento
y poco flexible de carácter, hizo pocas amigas en la escuela. Cuando estuvo en edad casadera la hicieron visitar varias casas donde admiraron mucho sus modales pulidos y su talento mu­sical. Se sentó a esperar que viniera un pretendiente capaz de desafiar su frígido círculo de dotes para brindarle una vida venturosa. Pero los jóvenes que conoció eran vulgares y jamás los alentó, prefiriendo consolarse de sus anhelos románticos consumiendo Delicias Turcas a escondidas. Sin embargo, cuan­do casi llegaba al límite y sus amigas empezaban ya a darle a la lengua, les tapó la boca casándose con Mr Keamey, un bo­tinero de la explanada de Ormond.
Era mucho mayor que ella. Su conversación adusta tenía lugar en los intermedios de su enorme barba parda. Después del primer año de casada intuyó ella que un hombre así sería más útil que un personaje novelesco, pero nunca echó a un lado sus ideas románticas. Era él sobrio, frugal y pío; tomaba la comunión cada viernes, a veces con ella, muchas veces solo. Pero ella nunca flaqueó en su fe religiosa y fue una buena es­posa. Cuando en una reunión con desconocidos ella arqueaba una ceja, él se levantaba enseguida para despedirse, y, si su tos lo acosaba, ella le envolvía los pies en una colcha y le hacía un buen ponche de ron. Por su parte, él era un padre modelo. Pagando una módica suma cada semana a una mutual se ase­guró de que sus dos hijas recibieran una dote de cien libras cada una al cumplir veinticuatro años. Mandó a la hija mayor, Kathleen, a un convento, donde aprendió francés y música, y más tarde le costeó el Conservatorio. Todos los años por julio Mrs Kearney hallaba ocasión de decirles a sus amigas:
-El bueno de mi marido nos manda a veranear unas se­manas a Skerries.
Y si no era a Skerries era a Howth o a Greystones.
Cuando el Despertar Irlandés comenzó a mostrarse digno de atención, Mrs Kearney determinó sacar partido al nombre de su hija, tan irlandés, y le trajo un maestro de lengua irlandesa. Kathleen y su hermana les enviaban postales irlandesas a sus amigas, quienes, a su vez, les respondían con otras postales irlandesas. En ocasiones especiales, cuando Mr Kearney iba con su familia a las reuniones pro-catedral, un grupo de gente se reunía después de la misa de domingo en la esquina de Ca­thedral Street. Eran todos amigos de los Kearney, amigos mu­sicales o amigos nacionalistas; y, cuando le sacaban el jugo al último chisme, se daban la mano, todos a una, riéndose de tantas manos cruzadas y diciéndose adiós en irlandés. Muy pronto el nombre de Kathleen Kearney estuvo a menudo en boca de la gente para decir que ella tenía talento y que era muy buena muchacha y, lo que es más, que, creía en el rena­cer de la lengua irlandesa. Mrs Kearney se sentía de lo más satisfecha. Así no se sorprendió cuando un buen día Mr Ho­lohan vino a proponerle que su hija fuera pianista acompa­ñante en cuatro grandes conciertos que su Sociedad iba a dar en las Antiguas Salas de Concierto. Ella lo hizo pasar a la sala, lo invitó a sentarse y sacó la garrafa y la bizcochera de plata. Se entregó ella en cuerpo y alma a ultimar los detalles; aconsejó y persuadió; y, finalmente, se redactó un contrato según el cual Kathleen recibiría ocho guineas por sus servicios como pianista acompañante en aquellos cuatro grandes con­ciertos.
Como Mr Holohan era novato en cuestiones tan delicadas como la redacción de anuncios y la confección de programas, Mrs Kearney lo ayudó. Tenía tacto. Sabía qué artistas debían llevar el nombre en mayúsculas y qué artistas debían ir en le­tras pequeñas. Sabía que al primer tenor no le gustaría salir después del sainete de Mr Meade. Para mantener al público divertido, acomodó los números dudosos entre viejos favori­tos. Mr Holohan la visitaba cada día para pedirle consejo sobre esto y aquello. Ella era invariablemente amistosa y asesora, en una palabra, asequible. Deslizaba hacia él la garrafa, dicién­dole:
-Vamos, ¡sírvase usted, Mr Holohan! Y si él se servía, añadía ella:
-¡Sin miedo! ¡Sin ningún miedo!
Todo salió a pedir de boca. Mrs Kearney compró en Brown Thomas un retazo de raso liso rosa, precioso, para hacerle una pechera al traje de Kathleen. Costó un ojo de la cara; pero
hay ocasiones en que cualquier gasto está justificado. Se quedó con una docena de entradas para el último concierto y las en­vió a esas amistades con que no se podía contar que asistieran si no era así. No se olvidó de nada y, gracias a ella, se hizo lo que había que hacer.
Los conciertos tendrían lugar miércoles, jueves, viernes y sábado. Cuando Mrs Keamey llegó con su hija a las Antiguas Salas de Concierto la noche del miércoles no le gustó lo que vio. Unos cuantos jóvenes que llevaban insignias azul brillante en sus casacas, holgazaneaban por el vestíbulo; ninguno lleva­ba ropa de etiqueta. Pasó de largo con su hija y una rápida ojeada a la sala le hizo ver la causa del holgorio de los ujie­res. Al principio se preguntó si se habría equivocado de hora. Pero no, faltaban veinte minutos para las ocho.
En el camerino, detrás del escenario, le presentaron al se­cretario de la Sociedad, Mr Fitzpatrick. Ella sonrió y le tendió una mano. Era un hombrecito de cara lerda. Notó que llevaba su sombrero de pana pardo al desgaire a un lado y que ha­blaba con dejo desganado. Tenía un programa en la mano y mientras conversaba con ella le mordió una punta hasta que la hizo una pulpa húmeda. No parecía darle importancia al chasco. Mr Holohan entraba al camerino a cada rato trayendo noticias de la taquilla. Los artistas hablaban entre ellos, ner­viosos, mirando de vez en cuando al espejo y enrollando y desenrollando sus partituras. Cuando eran casi las ocho y me­dia la poca gente que había en el teatro comenzó a expresar el deseo de que empezara la función. Mr Fitzpatrick subió a escena, sonriendo inexpresivo al público, para decirles:
-Bueno, y ahora, señoras y señores, supongo que es me­jor que empiece la fiesta.
Mrs Keamey recompensó su vulgarísima expresión final con una rápida mirada despreciativa y luego le dijo a su hija para animarla:
-¿Estás lista, tesoro?
Cuando tuvo la oportunidad llamó a Mr Holohan aparte y le preguntó que qué significaba aquello. Mr Holohan le res­pondió que él no sabía. Le explicó que el comité había come­tido un error en dar tantos conciertos: cuatro conciertos eran demasiados conciertos.
-¡Y con qué artistas! -dijo Mrs Kearney-. Claro que hacen lo que pueden, pero no son nada buenos.
Mr Holohan admitió que los artistas eran malos, pero el comité, dijo, había decidido dejar que los tres primeros con­ciertos salieran como pudieran y reservar lo bueno para la noche del sábado. Mrs Kearney no dijo nada, pero, como las mediocridades se sucedían en el estrado y el público disminuía cada vez, comenzó a lamentarse de haber puesto todo su em­peño en semejante velada. No le gustaba en absoluto el aspecto de aquello y la estúpida sonrisa de Mr Fitzpatrick la irritaba de veras. Sin embargo, se calló la boca y decidió esperar a ver cómo acababa todo. El concierto se extinguió poco antes de las diez y todo el mundo se fue a casa corriendo.
El concierto del jueves tuvo mejor concurrencia, pero Mrs Kearney se dio cuenta enseguida de que el teatro estaba lleno de balde. El público se comportaba sin el menor recato, como si el concierto fuera un último ensayo informal. Mr Fitz­patrick parecía divertirse mucho; y no estaba en lo más mínimo consciente de que Mrs Kearney, furiosa, tomaba nota de su conducta. Se paraba él junto a las bambalinas y de vez en cuando sacaba la cabeza para intercambiar risas con dos ami­gotes sentados en el extremo del balcón. Durante la tanda Mrs Kearney se enteró de que se iba a cancelar el concierto del viernes y que el comité movería cielo y tierra para ase­gurarse de que el concierto del sábado fuera un lleno com­pleto. Cuando oyó decir esto buscó a Mr Holohan. Lo pescó mientras iba cojeando con un vaso de limonada para una jo­vencita y le preguntó si era cierto. Sí, era cierto.
-Pero, naturalmente, eso no altera el contrato -dijo ella-. El contrato es por cuatro conciertos.
Mr Holohan parecía estar apurado; le aconsejó que ha­blara con Mr Fitzpatrick. Mrs Kearney comenzó a alarmarse entonces. Sacó a Mr Fitzpatrick de su bambalina y le dijo que su hija había firmado por cuatro conciertos y que, natural­mente, de acuerdo con los términos del contrato ella recibiría la suma estipulada originalmente, diera o no la Sociedad cuatro conciertos. Mr Fitzpatrick, que no se dio cuenta del punto en cuestión enseguida, parecía incapaz de resolver la dificultad y dijo que trasladaría el problema al comité. La ira de Mrs Kear­ney comenzó a revolotearle en las mejillas y tuvo que hacer lo imposible para no preguntar:
-¿Y quién es este convidé, hágame el favor?
Pero sabía que no era digno de una dama hacerlo: por eso se quedó callada.
El viernes por la mañana enviaron a unos chiquillos a que repartieran volantes por las calles de Dublín. Anuncios espe­ciales aparecieron en todos los diarios de la tarde recordando al público amante de la buena música el placer que les espe­raba a la noche siguiente. Mrs Kearney se sintió más alentada pero pensó que era mejor confiar sus sospechas a su marido. Le prestó atención y dijo que sería mejor que la acompañara el sábado por la noche. Ella estuvo de acuerdo. Respetaba a su esposo como respetaba a la oficina de correos, como algo grande, seguro, inamovible; y aunque sabía que era escaso de ideas, apreciaba su valor como hombre, en abstracto. Se alegró de que él hubiera sugerido ir al concierto con ella. Pasó re­vista a sus planes.
Vino la noche del gran concierto. Mrs Kearney, con su esposo y su hija, llegó a las Antiguas Salas de Concierto tres cuartos de hora antes de la señalada para comenzar. Tocó la mala suerte que llovía. Mrs Keamey dejó las ropas y las parti­turas de su hija al cuidado de su marido y recorrió todo el edificio buscando a Mr Holohan y a Mr Fitzpatrick. No pudo encontrar a ninguno de los dos. Les preguntó a los ujieres si había algún miembro del comité en el público, y, después de mucho trabajo, un ujier se apareció con una mujercita llamada Miss Beirne, a quien Mrs Kearney explicó que quería ver a uno de los secretarios. Miss Beirne los esperaba de un momen­to a otro y le preguntó si podía hacer algo por ella. Mrs Kear­ney escrutó a aquella mujercita que tenía una doble expresión de confianza en el prójimo y de entusiasmo atornillada a su cara, y le respondió:
-¡No, gracias!
La mujercita esperaba que hicieran una buena entrada. Miró la lluvia hasta que la melancolía de la calle mojada borró el entusiasmo y la confianza de sus facciones torcidas. Luego exhaló un suspirito y dijo:
-¡Ah, bueno, se hizo lo que se pudo, como usted sabe! Mrs Kearney tuvo que regresar al camerino.
Llegaban los artistas. El bajo y el segundo tenor ya estaban allí. El bajo, Mr Duggan, era un hombre joven y esbelto, con un bigote negro regado. Era hijo del portero de unas oficinas, del centro, y, de niño, había cantado sostenidas notas bajas por los resonantes corredores. De tan humildes auspicios se había educado a sí mismo para convertirse en un artista de primera fila. Había cantado en la ópera. Una noche, cuando un artista operático se enfermó, había interpretado el rol del rey en Ma­ritana, en el Queen’s Theatre. Cantó con mucho sentimiento y volumen y fue muy bien acogido por la galería; pero, desgra­ciadamente, echó a perder la buena impresión inicial al sonarse la nariz en un guante, una o dos veces, de distraído que era. Modesto, hablaba poco. Decía ustéi pero tan bajo que pasaba inadvertido y por cuidarse la voz no bebía nada más fuerte que leche. Mr Bell, el segundo tenor, era un hombrecito rubio que competía todos los años por los premios de Feis Ceoil. A la cuarta intentona ganó una medalla de bronce. Nervioso en ex­tremo y en extremo envidioso de otros tenores, cubría su envi­dia nerviosa con una simpatía desbordante. Era dado a dejar saber a otras personas la viacrucis que significaba un concierto. Por eso cuando vio a Mr Duggan se le acercó a preguntarle: -¿Estás tú también en el programa?
-Sí -respondió Mr Duggan.
Mr Bell sonrió a su compañero de infortunios, extendió una mano y le dijo:
-¡Chócala!
Mrs Kearney pasó por delante de estos dos jóvenes y se fue al borde de la bambalina a echar un vistazo a la sala. Ocu­paban las localidades rápidamente y un ruido agradable cir­culaba por el auditorio. Regresó a hablar en privado con su esposo. La conversación giraba sobre Kathleen evidentemente, pues ambos le echaban una mirada de vez en cuando mientras ella conversaba de pie con una de sus amigas nacionalistas, Miss Healy, la contralto. Una mujer desconocida y solitaria de cara pálida atravesó la pieza. Las muchachas siguieron con ojos ávidos aquel vestido azul desvaído tendido sobre un cuer­po enjuto. Alguien dijo que era Madama Glynn, soprano.
-Me pregunto de dónde la sacaron -dijo Kathleen a Miss Healy-. Nunca oí hablar de ella, te lo aseguro.
Miss Healy tuvo que sonreír. Mr Holohan entró cojeando al camerino en ese momento y las dos muchachas le pregunta­ron quién era la desconocida. Mr Holohan dijo que era Mada­ma Glynn, de Londres. Madama tomó posesión de un rincón del cuarto, manteniendo su partitura rígida frente a ella y cam­biando de vez en cuando la dirección de su mirada de asom­bro. Las sombras acogieron protectoras su traje marchito, pero en revancha le rebosaron la fosa del esternón. El ruido de la sala se oyó más fuerte. El primer tenor y el barítono llegaron juntos. Se veían bien vestidos los dos, bien alimentados y com­placidos, regalando un aire de opulencia a la compañía.
Mrs Kearney les llevó a su hija y se dirigió a ellos con ama­bilidad. Quería estar en buenos términos pero, mientras hacía lo posible por ser atenta con ellos, sus ojos seguían los pasos cojeantes y torcidos de Mr Holohan. Tan pronto como pudo se excusó y le cayó detrás.
-Mr Holohan -le dijo-, quiero hablar con usted un momento.
Se fueron a un extremo discreto del corredor. Mrs Kearney le preguntó cuándo le iban a pagar a su hija. Mr Holohan dijo que ya se encargaría de ello Mr Fitzpatrick. Mrs Kearney dijo que ella no sabía nada de Mr Fitzpatrick. Su hija ha­bía firmado contrato por ocho guineas y había que pagárselas. Mr Holohan dijo que eso no era asunto suyo.
-¿Por qué no es asunto suyo? -le preguntó Mrs Kear­ney-. ¿No le trajo usted mismo el contrato? En todo caso, si no es asunto suyo, sí es asunto mío y me voy a ocupar de él.
-Más vale que hable con Mr Fitzpatrick- dijo Mr Ho­lohan, remoto.
-A mí no me interesa su Mr Fitzpatrick para nada -re­pitió Mrs Kearney-. Yo tengo mi contrato y voy a ocuparme de que se cumpla.
Cuando regresó al camerino, ligeramente ruborizada, rei­naba allí la animación. Dos hombres con impermeables habían tomado posesión de la estufa y charlaban familiarmente con Miss Healy y el barítono. Eran un enviado del Freeman y Mr O’Madden Burke. El enviado del Freeman había entrado a decir que no podía quedarse al concierto ya que tenía que cubrir una conferencia que iba a pronunciar un sacerdote en la Mansion House. Dijo que debían dejarle una nota en la re­dacción del Freeman y que él se ocuparía de que la incluye­ran. Era canoso, con voz digna de crédito y modales cautos. Tenía un puro apagado en la mano y el aroma a humo de tabaco flotaba a su alrededor. No tenía intenciones de quedarse más que un momento porque los conciertos y los artistas lo aburrían considerablemente, pero permanecía recostado a la chimenea. Miss Healy estaba de pie frente a él, riendo y char­lando. Tenía él edad como para sospechar la razón de la corte­sía femenina, pero era lo bastante joven de espíritu para saber sacar provecho a la ocasión. El calor, el color y el olor de aquel cuerpo juvenil le despertaban la sensualidad. Estaba de­liciosamente al tanto de los senos que en este momento subían y bajaban frente a él en su honor, consciente de que las risas y el perfume y las miradas imponentes eran otro tributo. Cuando no pudo quedarse ya más tiempo, se despidió de ella muy a pesar suyo.
-O’Madden Burke va a escribir la nota -le explicó a Mr Holohan-, y yo me ocupo de que la metan.
-Muchísimas gracias, Mr Hendrick -dijo Mr Holohan-. Ya sé que usted se ocupará de ella. Pero, ¿no quiere tomar una cosita antes de irse?
-No estaría mal dijo Mr Hendrick.
Los dos hombres atravesaron oscuros pasadizos y subieron escaleras hasta llegar a un cuarto apartado donde uno de los ujieres descorchaba botellas para unos cuantos señores. Uno de estos señores era Mr O’Madden Burke, que había dado con el cuarto por puro instinto. Era un hombre entrado en años, afable, quien, en estado de reposo, balanceaba su cuerpo im­ponente sobre un largo paraguas de seda. Su grandilocuente apellido de irlandés del oeste era el paraguas moral sobre el que balanceada el primoroso problema de sus finanzas. Se le respetaba a lo ancho y a lo largo.
Mientras Mr Holohan convidaba al enviado del Freeman, Mrs Kearney hablaba a su esposo con tal vehemencia que éste tuvo que pedirle que bajara la voz. La conversación de la otra gente en el camerino se había-hecho tensa. Mr Bell, primero en el programa, estaba listo con su música pero su acompañante ni se movió. Algo andaba mal, es evidente. Mr Kearney mira­ba hacia adelante, mesándose la barba, mientras Mrs Kearney le hablaba al oído a Kathleen con énfasis controlado. De la sala llegaban ruidos revueltos, palmas y pateos. El primer tenor y el barítono y Miss Healy se pusieron los tres a esperar tranqui­lamente, pero Mr Bell tenía los nervios de punta porque temía que el público pensara que se había retrasado.
Mr Holohan y Mr O’Madden Burke entraron al camerino. En un instante Mr Holohan se dio cuenta de lo que pasaba. Se acercó a Mrs Kearney y le habló con franqueza. Mientras ha­blaban el ruido de la sala se hizo más fuerte. Mr Holohan esta­ba rojo y excitadísimo.
Habló con volubilidad, pero Mrs Kearney repetía cortan­te, a intervalos:
-Ella no saldrá. Hay que pagarle sus ocho guineas.
Mr Holohan señalaba desesperado hacia la sala, donde el público daba patadas y palmetas. Acudió a Mr Kearney y a Kathleen. Pero Mr Kearney seguía mesándose las barbas y Kathleen miraba al suelo, moviendo la punta de su zapato nuevo: no era su culpa. Mrs Kearney repetía:
-No saldrá si no se le paga.
Después de un breve combate verbal, Mr Holohan se mar­chó, cojeando, a la carrera. Se hizo el silencio en la pieza. Cuando el silencio se volvió insoportable, Miss Healy le dijo al barítono:
-¿Vio usted a Mrs Pat Campbell esta semana?
El barítono no la había visto, pero le habían dicho que
había estado muy bien. La conversación se detuvo ahí. El pri­mer tenor bajó la cabeza y empezó a contar los eslabones de la cadena de oro que le cruzaba el pecho, sonriendo y tara­reando notas al azar para afinar la voz. De vez en cuando todos echaban una ojeada hacia Mrs Kearney.
El ruido del auditorio se había vuelto un escándalo cuando Mr Fitzpatrick entró al camerino, seguido por Mr Holohan que acezaba. De la sala llegaron silbidos que acentuaban aho­ra el estruendo de palmetas y patadas. Mr Fitzpatrick alzó varios billetes en la mano. Contó hasta cuatro en la mano de Mrs Kearney y dijo que iba a conseguir el resto en el inter­medio. Mrs Kearney dijo:
-Faltan cuatro chelines.
Pero Kathleen se recogió la falda y dijo: Vamos, Mr Bell, al primer cantante, que temblaba más que una hoja. El artista y su acompañante salieron a escena juntos. Se extinguió el ruido en la sala. Hubo una pausa de unos segundos: y luego se oyó un piano.
La primera parte del concierto tuvo mucho éxito, con ex­cepción del número de Madama Glynn. La pobre mujer cantó Killarney con voz incorpórea y jadeante, con todos los ama­neramientos de entonación y de pronunciación que ella creía que le daban elegancia a su canto pero que estaban tan fuera de moda. Parecía como si la hubieran resucitado de un viejo vestuario, y de las localidades populares de la platea se bur­laron de sus quejumbrosos agudos. El primer tenor y la con­tralto, sin embargo, se robaron al público. Kathleen tocó una selección de aires irlandeses que fue generosamente aplaudida. Cerró la primera parte una conmovedora composición patrió­tica, recitada por una joven que organizaba funciones teatrales de aficionados. Fue merecidamente aplaudida; y, cuando termi­nó, los hombres salieron al intermedio, satisfechos.
En todo este tiempo el camerino había sido un avispero de emociones. En una esquina estaba Mr Holohan, Mr Fitz­patrick, Miss Beirne, dos de los ujieres, el barítono, el bajo y Mr O’Madden Burke. Mr O’Madden Burke dijo que era la más escandalosa exhibición de que había sido testigo nunca. La carrera musical de Kathleen Kearney, dijo, estaba acabada en Dublín después de esto. Al barítono le preguntaron qué opinaba del comportamiento de Mrs Kearney. No quería opi­nar. Le habían pagado su dinero y quería estar en paz con todos. Sin embargo, dijo que Mrs Kearney bien podía haber tenido consideración con los artistas. Los ujieres y los secre­tarios debatían acaloradamente sobre lo que debía hacerse lle­gado el intermedio.
-Estoy de acuerdo con Miss Beirne -dijo Mr O’Madden Burke-. De pagarle, nada.
En la otra esquina del cuarto estaban Mrs Kearney y su marido, Mr Bell, Miss Healy y la joven que recitó los versos patrióticos. Mrs Kearney decía que el comité la había tratado
escandalosamente. No había reparado ella ni en dificultades ni en gastos y así era como le pagaban.
Creían que tendrían que lidiar sólo con una muchacha y que, por lo tanto, podían tratarla a la patada. Pero les iba ella a mostrar lo, equivocados que estaban. No se atreverían a tra­tarla así si ella fuera un hombre. Pero ella se encargaría de que respetaran los derechos de su hija: de ella no se burlaba nadie. Si no le pagaban hasta el último penique iba a tocar a rebato en Dublín. Claro que lo sentía por los artistas. Pero ¿qué otra cosa podía ella hacer? Acudió al segundo tenor que dijo que no la habían tratado bien. Luego apeló a Miss Healy. Miss Healy quería unirse al otro bando, pero le disgustaba hacerlo porque era muy buena amiga de Kathleen y los Kear­neys la habían invitado a su casa muchas veces.
Tan pronto como terminó la primera parte, Mr Fitzpatrick y Mr Holohan se acercaron a Mrs Kearney y le dijeron que las otras cuatro guineas le serían pagadas después que se reuniera el comité al martes siguiente y que, en caso de que su hija no tocara en la segunda parte, el comité daría el contrato por can­celado, y no pagaría un penique.
-No he visto a ese tal comité -dijo Mrs Kearney, furio­sa-. Mi hija tiene su contrato. Cobrará cuatro libras con ocho en la mano o no pondrá un pie en el estrado.
-Me sorprende usted, Mrs Kearney -dijo Mr Holo­han-. Nunca creí que nos trataría usted así.
-Y ¿de qué forma me han tratado ustedes a mí? -pre­guntó Mrs Kearney.
Su cara se veía ahogada por la rabia y parecía que iba a atacar a alguien físicamente.
-No exijo más que mis derechos -dijo ella.
-Debía usted tener un poco de decencia -dijo Mr Ho­lohan.
-Debería yo, ¿de veras?… Y si pregunto cuándo le van a pagar a mi hija me responden con una grosería.
Echó la cabeza atrás para imitar un tono altanero:
-Debe usted hablar con el secretario. No es asunto mío. Soi mu impoltante pa-lo-poco-quiago.
-Yo creí que era usted una dama -dijo Mr Holohan, alejándose de ella, brusco.
Después de lo cual la conducta de Mrs Kearney fue criti­cada por todas partes: todos aprobaron lo que había hecho el comité. Ella se paró en la puerta, lívida de furia, discutiendo con su marido y su hija, gesticulándoles. Esperó hasta que fue hora de comenzar la segunda parte con la esperanza de que los secretarios vendrían a hablarle. Pero Miss Healy consintió bon­dadosamente en tocar uno o dos acompañamientos. Mrs Kear­ney tuvo que echarse a un lado para dejar que el barítono y su acompañante pasaran al estrado. Se quedó inmóvil, por un instante, la imagen pétrea de la furia, y, cuando las primeras notas de la canción repercutieron en sus oídos, cogió la capa de su hija y le dijo a su marido:
-¡Busca un coche!
Salió él inmediatamente. Mrs Kearney envolvió a su hija en la capa y siguió a su marido. Al cruzar el umbral se detuvo a escudriñar la cara de Mr Holohan:
-Todavía no he terminado con usted -le dijo. -Pues yo sí -respondió Mr Holohan.
Kathleen siguió, modosa, a su madre. Mr Holohan comen­zó a caminar alrededor del cuarto para calmarse, ya que sentía que la piel le quemaba.
-¡Eso es lo que se llama una mujer agradable! -dijo-. ¡Vaya que es agradable!
-Hiciste lo indicado, Holohan -dijo Mr O’Madden Bur­ke, posado en su paraguas en señal de aprobación.

JULIO CORTÁZAR y su cuento "La señorita Cora"

No entiendo por qué no me dejan pasar la noche en la clínica con el nene, al fin y al cabo soy su madre y el doctor De Luisi nos recomendó personalmente al director. Podrían traer un sofá cama y yo lo acompañaría para que se vaya acostumbrando, entró tan pálido el pobrecito como si fueran a operarlo en seguida, yo creo que es ese olor de las clínicas, su padre también estaba nervioso y no veía la hora de irse, pero yo estaba segura de que me dejarían con el nene. Después de todo tiene apenas quince años y nadie se los daría, siempre pegado a mí aunque ahora con los pantalones largos quiere disimular y hacerse el hombre grande. La impresión que le habrá hecho cuando se dio cuenta de que no me dejaban quedarme, menos mal que su padre le dio charla, le hizo poner el piyama y meterse en la cama. Y todo por esa mocosa de enfermera, yo me pregunto si verdaderamente tiene órdenes de los médicos o si lo hace por pura maldad. Pero bien que se lo dije, bien que le pregunté si estaba segura de que tenía que irme. No hay más que mirarla para darse cuenta de quién es, con esos aires de vampiresa y ese delantal ajustado, una chiquilina de porquería que se cree la directora de la clínica. Pero eso sí, no se la llevó de arriba, le dije lo que pensaba y eso que el nene no sabía donde meterse de vergüenza y su padre se hacía el desentendido y de paso seguro que le miraba las piernas como de costumbre. Lo único que me consuela es que el ambiente es bueno, se nota que es una clínica para personas pudientes; el nene tiene un velador de lo más lindo para leer sus revistas, y por suerte su padre se acordó de traerle caramelos de menta que son los que más le gustan. Pero mañana por la mañana, eso sí, lo primero que hago es hablar con el doctor De Luisi para que la ponga en su lugar a esa mocosa presumida. Habrá que ver si la frazada lo abriga bien al nene, voy a pedir que por las dudas le dejen otra a mano. Pero sí, claro que me abriga, menos mal que se fueron de una vez, mamá cree que soy un chico y me hace hacer cada papelón. Seguro que la enfermera va a pensar que no soy capaz de pedir lo que necesito, me miró de una manera cuando mamá le estaba protestando... Está bien, si no la dejaban quedarse qué le vamos a hacer, ya soy bastante grande para dormir solo de noche, me parece. Y en esta cama se dormirá bien, a esta hora ya no se oye ningún ruido, a veces de lejos el zumbido del ascensor que me hace acordar a esa película de miedo que también pasaba en una clínica, cuando a medianoche se abría poco a poco la puerta y la mujer paralítica en la cama veía entrar al hombre de la máscara blanca...
La enfermera es bastante simpática, volvió a las seis y media con unos papeles y me empezó a preguntar mi nombre completo, la edad y esas cosas. Yo guardé la revista en seguida porque hubiera quedado mejor estar leyendo un libro de veras y no una fotonovela, y creo que ella se dio cuenta pero no dijo nada, seguro que todavía estaba enojada por lo que le había dicho mamá y pensaba que yo era igual que ella y que le iba a dar órdenes o algo así. Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. "A ver el pulso", me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. "¿Tenés hambre?", me preguntó, y yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. "Esta noche vas a cenar muy liviano", dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No sé si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenía que comer caramelos, pero llevárselos... Seguro que estaba furiosa por lo de mamá y se desquitaba conmigo, de puro resentida; qué sé yo, después que se fue se me pasó de golpe el fastidio, quería seguir enojado con ella pero no podía. Qué joven es, clavado que no tiene ni diecinueve años, debe haberse recibido de enfermera hace muy poco. A lo mejor viene para traerme la cena; le voy a preguntar cómo se llama, si va a ser mi enfermera tengo que darle un nombre. Pero en cambio vino otra, una señora muy amable vestida de azul que me trajo un caldo y bizcochos y me hizo tomar unas pastillas verdes. También ella me preguntó cómo me llamaba y si me sentía bien, y me dijo que en esta pieza dormiría tranquilo porque era una de las mejores de la clínica, y es verdad porque dormí hasta casi las ocho en que me despertó una enfermera chiquita y arrugada como un mono pero muy amable, que me dijo que podía levantarme y lavarme pero antes me dio un termómetro y me dijo que me lo pusiera como se hace en estas clínicas, y yo no entendí porque en casa se pone debajo del brazo, y entonces me explicó y se fue. Al rato vino mamá y qué alegría verlo tan bien, yo que me temía que hubiera pasado la noche en blanco el pobre querido, pero los chicos son así, en la casa tanto trabajo y después duermen a pierna suelta aunque estén lejos de su mamá que no ha cerrado los ojos la pobre. El doctor De Luisi entró para revisar al nene y yo me fui un momento afuera porque ya está grandecito, y me hubiera gustado encontrármela a la enfermera de ayer para verle bien la cara y ponerla en su sitio nada más que mirándola de arriba a abajo, pero no había nadie en el pasillo. Casi en seguida salió el doctor De Luisi y me dijo que al nene iban a operarlo a la mañana siguiente, que estaba muy bien y en las mejores condiciones para la operación, a su edad una apendicitis es una tontería. Le agradecí mucho y aproveché para decirle que me había llamado la atención la impertinencia de la enfermera de la tarde, se lo decía porque no era cosa de que a mi hijo fuera a faltarle la atención necesaria. Después entré en la pieza para acompañar al nene que estaba leyendo sus revistas y ya sabía que lo iban a operar al otro día. Como si fuera el fin del mundo, me mira de un modo la pobre, pero si no me voy a morir, mamá, haceme un poco el favor. Al Cacho le sacaron el apéndice en el hospital y a los seis días ya estaba queriendo jugar al fútbol. Andate tranquila que estoy muy bien y no me falta nada. Sí, mamá, sí, diez minutos queriendo saber si me duele aquí o mas allá, menos mal que se tiene que ocupar de mi hermana en casa, al final se fue y yo pude terminar la fotonovela que había empezado anoche.
La enfermera de la tarde se llama la señorita Cora, se lo pregunté a la enfermera chiquita cuando me trajo el almuerzo; me dieron muy poco de comer y de nuevo pastillas verdes y unas gotas con gusto a menta; me parece que esas gotas hacen dormir porque se me caían las revistas de la mano y de golpe estaba soñando con el colegio y que íbamos a un picnic con las chicas del normal como el año pasado y bailábamos a la orilla de la pileta, era muy divertido. Me desperté a eso de las cuatro y media y empecé a pensar en la operación, no que tenga miedo, el doctor De Luisi dijo que no es nada, pero debe ser raro la anestesia y que te corten cuando estás dormido, el Cacho decía que lo peor es despertarse, que duele mucho y por ahí vomitás y tenés fiebre. El nene de mamá ya no está tan garifo como ayer, se le nota en la cara que tiene un poco de miedo, es tan chico que casi me da lástima. Se sentó de golpe en la cama cuando me vio entrar y escondió la revista debajo de la almohada. La pieza estaba un poco fría y fui a subir la calefacción, después traje el termómetro y se lo di. "¿Te lo sabes poner?", le pregunté, y las mejillas parecía que iban a reventársele de rojo que se puso. Dijo que sí con la cabeza y se estiró en la cama mientras yo bajaba las persianas y encendía el velador. Cuando me acerqué para que me diera el termómetro seguía tan ruborizado que estuve a punto de reírme, pero con los chicos de esa edad siempre pasa lo mismo, les cuesta acostumbrarse a esas cosas. Y para peor me mira en los ojos, por qué no le puedo aguantar esa mirada si al final no es más que una mujer, cuando saqué el termómetro de debajo de las frazadas y se lo alcancé, ella me miraba y yo creo que se sonreía un poco, se me debe notar tanto que me pongo colorado, es algo que no puedo evitar, es más fuerte que yo. Después anotó la temperatura en la hoja que está a los pies de la cama y se fue sin decir nada. Ya casi no me acuerdo de lo que hablé con papá y mamá cuando vinieron a verme a las seis. Se quedaron poco porque la señorita Cora les dijo que había que prepararme y que era mejor que estuviese tranquilo la noche antes. Pensé que mamá iba a soltarle alguna de las suyas pero la miró nomás de arriba abajo, y papá también pero yo al viejo le conozco las miradas, es algo muy diferente. Justo cuando se estaba yendo la oí a mamá que le decía a la señorita Cora: "Le agradeceré que lo atienda bien, es un niño que ha estado siempre muy rodeado por su familia", o alguna idiotez por el estilo, y me hubiera querido morir de rabia, ni siquiera escuché lo que le contestó la señorita Cora, pero estoy seguro de que no le gustó, a lo mejor piensa que me estuve quejando de ella o algo así.
Volvió a eso de las seis y media con una mesita de esas de ruedas llena de frascos y algodones, y no sé por qué de golpe me dio un poco de miedo, en realidad no era miedo pero empecé a mirar lo que había en la mesita, toda clase de frascos azules o rojos, tambores de gasa y también pinzas y tubos de goma, el pobre debía estar empezando a asustarse sin la mamá que parece un papagayo endomingado, le agradeceré que atienda bien al nene, mire que he hablado con el doctor De Luisi, pero sí, señora, se lo vamos a atender como a un príncipe. Es bonito su nene, señora, con esas mejillas que se le arrebolan apenas me ve entrar. Cuando le retiré las frazadas hizo un gesto como para volver a taparse, y creo que se dio cuenta de que me hacía gracia verlo tan pudoroso. "A ver, bajate el pantalón del piyama", le dije sin mirarlo en la cara. "¿El pantalón?", preguntó con una voz que se le quebró en un gallo. "Si, claro, el pantalón", repetí, y empezó a soltar el cordón y a desabotonarse con unos dedos que no le obedecían. Le tuve que bajar yo misma el pantalón hasta la mitad de los muslos, y era como me lo había imaginado. "Ya sos un chico crecidito", le dije, preparando la brocha y el jabón aunque la verdad es que poco tenía para afeitar. "¿Cómo te llaman en tu casa?", le pregunté mientras lo enjabonaba. "Me llamo Pablo", me contestó con una voz que me dio lástima, tanta era la vergüenza. "Pero te darán algún sobrenombre", insistí, y fue todavía peor porque me pareció que se iba a poner a llorar mientras yo le afeitaba los pocos pelitos que andaban por ahí. "¿Así que no tenés ningún sobrenombre? Sos el nene solamente, claro." Terminé de afeitarlo y le hice una seña para que se tapara, pero él se adelantó y en un segundo estuvo cubierto hasta el pescuezo. "Pablo es un bonito nombre", le dije para consolarlo un poco; casi me daba pena verlo tan avergonzado, era la primera vez que me tocaba atender a un muchachito tan joven y tan tímido, pero me seguía fastidiando algo en él que a lo mejor le venía de la madre, algo más fuerte que su edad y que no me gustaba, y hasta me molestaba que fuera tan bonito y tan bien hecho para sus años, un mocoso que ya debía creerse un hombre y que a la primera de cambio sería capaz de soltarme un piropo.
Me quedé con los ojos cerrados, era la única manera de escapar un poco de todo eso, pero no servía de nada porque justamente en ese momento agregó: "¿Así que no tenés ningún sobrenombre. Sos el nene solamente, claro", y yo hubiera querido morirme, o agarrarla por la garganta y ahogarla, y cuando abrí los ojos le vi el pelo castaño casi pegado a mi cara porque se había agachado para sacarme un resto de jabón, y olía a shampoo de almendra como el que se pone la profesora de dibujo, o algún perfume de esos, y no supe qué decir y lo único que se me ocurrió fue preguntarle: "¿Usted se llama Cora, verdad?" Me miró con aire burlón, con esos ojos que ya me conocían y que me habían visto por todos lados, y dijo: "La señorita Cora." Lo dijo para castigarme, lo sé, igual que antes había dicho: "Ya sos un chico crecidito", nada más que para burlarse. Aunque me daba rabia tener la cara colorada, eso no lo puedo disimular nunca y es lo peor que me puede ocurrir, lo mismo me animé a decirle: "Usted es tan joven que... Bueno, Cora es un nombre muy lindo." No era eso, lo que yo había querido decirle era otra cosa y me parece que se dio cuenta y le molestó, ahora estoy seguro de que está resentida por culpa de mamá, yo solamente quería decirle que era tan joven que me hubiera gustado poder llamarla Cora a secas, pero cómo se lo iba a decir en ese momento cuando se había enojado y ya se iba con la mesita de ruedas y yo tenía unas ganas de llorar, esa es otra cosa que no puedo impedir, de golpe se me quiebra la voz y veo todo nublado, justo cuando necesitaría estar más tranquilo para decir lo que pienso. Ella iba a salir pero al llegar a la puerta se quedó un momento como para ver si no se olvidaba de alguna cosa, y yo quería decirle lo que estaba pensando pero no encontraba las palabras y lo único que se me ocurrió fue mostrarle la taza con el jabón, se había sentado en la cama y después de aclararse la voz dijo: "Se le olvida la taza con el jabón", muy seriamente y con un tono de hombre grande. Volví a buscar la taza y un poco para que se calmara le pasé la mano por la mejilla. "No te aflijas, Pablito", le dije. "Todo irá bien, es una operación de nada." Cuando lo toqué echó la cabeza atrás como ofendido, y después resbaló hasta esconder la boca en el borde de las frazadas. Desde ahí, ahogadamente, dijo: "Puedo llamarla Cora, ¿verdad?" Soy demasiado buena, casi me dio lástima tanta vergüenza que buscaba desquitarse por otro lado, pero sabía que no era el caso de ceder porque después me resultaría difícil dominarlo, y a un enfermo hay que dominarlo o es lo de siempre, los líos de María Luisa en la pieza catorce o los retos del doctor De Luisi que tiene un olfato de perro para esas cosas. "Señorita Cora", me dijo tomando la taza y yéndose. Me dio una rabia, unas ganas de pegarle, de saltar de la cama y echarla a empujones, o de... Ni siquiera comprendo cómo pude decirle: "Si yo estuviera sano a lo mejor me trataría de otra manera." Se hizo la que no oía, ni siquiera dio vuelta la cabeza, y me quedé solo y sin ganas de leer, sin ganas de nada, en el fondo hubiera querido que me contestara enojada para poder pedirle disculpas porque en realidad no era lo que yo había pensado decirle, tenía la garganta tan cerrada que no sécómo me habían salido las palabras, se lo había dicho de pura rabia pero no era eso, o a lo mejor sí pero de otra manera.
Y sí, son siempre lo mismo, una los acaricia, les dice una frase amable, y ahí nomás asoma el machito, no quieren convencerse de que todavía son unos mocosos. Esto tengo que contárselo a Marcial, se va a divertir y cuando mañana lo vea en la mesa de operaciones le va a hacer todavía más gracia, tan tiernito el pobre con esa carucha arrebolada, maldito calor que me sube por la piel, cómo podría hacer para que no me pase eso, a lo mejor respirando hondo antes de hablar, que sé yo. Se debe haber ido furiosa, estoy seguro de que escuchó perfectamente, no sé cómo le dije eso, yo creo que cuando le pregunté si podía llamarla Cora no se enojó, me dijo lo de señorita porque es su obligación pero no estaba enojada, la prueba es que vino y me acarició la cara; pero no, eso fue antes, primero me acarició y entonces yo le dije lo de Cora y lo eché todo a perder. Ahora estamos peor que antes y no voy a poder dormir aunque me den un tubo de pastillas. La barriga me duele de a ratos, es raro pasarse la mano y sentirse tan liso, lo malo es que me vuelvo a acordar de todo y del perfume de almendras, la voz de Cora, tiene una voz muy grave para una chica tan joven y linda, una voz como de cantante de boleros, algo que acaricia aunque esté enojada. Cuando oí pasos en el corredor me acosté del todo y cerré los ojos, no quería verla, no me importaba verla, mejor que me dejara en paz, sentí que entraba y que encendía la luz del cielo raso, se hacía el dormido como un angelito, con una mano tapándose la cara, y no abrió los ojos hasta que llegué al lado de la cama. Cuando vio lo que traía se puso tan colorado que me volvió a dar lástima y un poco de risa, era demasiado idiota realmente. "A ver, m'hijito, bájese el pantalón y dese vuelta para el otro lado", y el pobre a punto de patalear como haría con la mamá cuando tenía cinco años, me imagino, a decir que no y a llorar y a meterse debajo de las cobijas y a chillar, pero el pobre no podía hacer nada de eso ahora, solamente se había quedado mirando el irrigador y después a mí que esperaba, y de golpe se dio vuelta y empezó a mover las manos debajo de las frazadas pero no atinaba a nada mientras yo colgaba el irrigador en la cabecera, tuve que bajarle las frazadas y ordenarle que levantara un poco el trasero para correrle mejor el pantalón y deslizarle una toalla. "A ver, subí un poco las piernas, así está bien, echate más de boca, te digo que te eches más de boca, así." Tan callado que era casi como si gritara, por una parte me hacía gracia estarle viendo el culito a mi joven admirador, pero de nuevo me daba un poco de lástima por él, era realmente como si lo estuviera castigando por lo que me había dicho. "Avisá si está muy caliente", le previne, pero no contestó nada, debía estar mordiéndose un puño y yo no quería verle la cara y por eso me senté al borde de la cama y esperé a que dijera algo, pero aunque era mucho líquido lo aguantó sin una palabra hasta el final, y cuando terminó le dije, y eso sí se lo dije para cobrarme lo de antes: "Así me gusta, todo un hombrecito", y lo tapé mientras le recomendaba que aguantase lo más posible antes de ir al baño. "¿Querés que te apague la luz o te la dejo hasta que te levantes?", me preguntó desde la puerta. No sé cómo alcancé a decirle que era lo mismo, algo así, y escuché el ruido de la puerta al cerrarse y entonces me tapé la cabeza con las frazadas y qué le iba a hacer, a pesar de los cólicos me mordí las dos manos y lloré tanto que nadie, nadie puede imaginarse lo que lloré mientras la maldecía y la insultaba y le clavaba un cuchillo en el pecho cinco, diez, veinte veces, maldiciéndola cada vez y gozando de lo que sufría y de cómo me suplicaba que la perdonase por lo que me había hecho.
Es lo de siempre, che Suárez, uno corta y abre, y en una de esas la gran sorpresa. Claro que a la edad del pibe tiene todas las chances a su favor, pero lo mismo le voy a hablar claro al padre, no sea cosa que en una de esas tengamos un lío. Lo más probable es que haya una buena reacción, pero ahí hay algo que falla, pensá en lo que pasó al comienzo de la anestesia: parece mentira en un pibe de esa edad. Lo fui a ver a las dos horas y lo encontré bastante bien si pensás en lo que duró la cosa. Cuando entró el doctor De Luisi yo estaba secándole la boca al pobre, no terminaba de vomitar y todavía le duraba la anestesia pero el doctor lo auscultó lo mismo y me pidió que no me moviera de su lado hasta que estuviera bien despierto. Los padres siguen en la otra pieza, la buena señora se ve que no está acostumbrada a estas cosas, de golpe se le acabaron las paradas, y el viejo parece un trapo. Vamos, Pablito, vomitá si tenés ganas y quejate todo lo que quieras, yo estoy aquí, sí, claro que estoy aquí, el pobre sigue dormido pero me agarra la mano como si se estuviera ahogando. Debe creer que soy la mamá, todos creen eso, es monótono. Vamos, Pablo, no te muevas así, quieto que te va a doler más, no, dejá las manos tranquilas, ahí no te podes tocar. Al pobre le cuesta salir de la anestesia. Marcial me dijo que la operación había sido muy larga. Es raro, habrán encontrado alguna complicación: a veces el apéndice no está tan a la vista, le voy a preguntar a Marcial esta noche. Pero sí, m'hijito, estoy aquí, quéjese todo lo que quiera pero no se mueva tanto, yo le voy a mojar los labios con este pedacito de hielo en una gasa, así se le va pasando la sed. Si, querido, vomitá más, aliviate todo lo que quieras. Qué fuerza tenés en las manos, me vas a llenar de moretones, sí, sí, llorá si tenés ganas, llorá, Pablito, eso alivia, llorá y quejate, total estás tan dormido y creés que soy tu mamá. Sos bien bonito, sabés, con esa nariz un poco respingada y esas pestañas como cortinas, parecés mayor ahora que estás tan pálido. Ya no te pondrías colorado por nada, verdad, mi pobrecito. Me duele, mamá, me duele aquí, dejame que me saque ese peso que me han puesto, tengo algo en la barriga que pesa tanto y me duele, mamá, decile a la enfermera que me saque eso. Sí, m'hijito, ya se le va a pasar, quédese un poco quieto, por qué tendrás tanta fuerza, voy a tener que llamar a María Luisa para que me ayude. Vamos, Pablo, me enojo si no te estás quieto, te va a doler mucho más si seguís moviéndote tanto. Ah, parece que empezás a darte cuenta, me duele aquí, señorita Cora, me duele tanto aquí, hágame algo por favor, me duele tanto aquí, suélteme las manos, no puedo más, señorita Cora, no puedo más.
Menos mal que se ha dormido el pobre querido, la enfermera me vino a buscar a las dos y media y me dijo que me quedara un rato con él que ya estaba mejor, pero lo veo tan pálido, ha debido perder tanta sangre, menos mal que el doctor De Luisi dijo que todo había salido bien. La enfermera estaba cansada de luchar con él, yo no entiendo por qué no me hizo entrar antes, en esta clínica son demasiado severos. Ya es casi de noche y el nene ha dormido todo el tiempo, se ve que está agotado, pero me parece que tiene mejor cara, un poco de color. Todavía se queja de a ratos pero ya no quiere tocarse el vendaje y respira tranquilo, creo que pasará bastante buena noche. Como si yo no supiera lo que tengo que hacer, pero era inevitable; apenas se le pasó el primer susto a la buena señora le salieron otra vez los desplantes de patrona, por favor que al nene no le vaya a faltar nada por la noche, señorita. Decí que te tengo lástima, vieja estúpida, si no ya ibas a ver cómo te trataba. Las conozco a éstas, creen que con una buena propina el último día lo arreglan todo. Y a veces la propina ni siquiera es buena, pero para qué seguir pensando, ya se mandó mudar y todo está tranquilo. Marcial, quedate un poco, no ves que el chico duerme, contame lo que pasó esta mañana. Bueno, si estás apurado lo dejamos para después. No, mirá que puede entrar María Luisa, aquí no, Marcial. Claro, el señor se sale con la suya, ya te he dicho que no quiero que me beses cuando estoy trabajando, no está bien. Parecería que no tenemos toda la noche para besarnos, tonto. Andate. Váyase le digo, o me enojo. Bobo, pajarraco. Sí, querido, hasta luego. Claro que sí. Muchísimo.
Está muy oscuro pero es mejor, no tengo ni ganas de abrir los ojos. Casi no me duele, qué bueno estar así respirando despacio, sin esas náuseas. Todo está tan callado, ahora me acuerdo que vi a mamá, me dijo no sé qué, yo me sentía tan mal. Al viejo lo miré apenas, estaba a los pies de la cama y me guiñaba un ojo, el pobre siempre el mismo. Tengo un poco de frío, me gustaría otra frazada. Señorita Cora, me gustaría otra frazada. Pero sí estaba ahí, apenas abrí los ojos la vi sentada al lado de la ventana leyendo un revista. Vino en seguida y me arropó, casi no tuve que decirle nada porque se dio cuenta en seguida. Ahora me acuerdo, yo creo que esta tarde la confundía con mamá y que ella me calmaba, o a lo mejor estuve soñando. ¿Estuve soñando, señorita Cora? Usted me sujetaba las manos, ¿verdad? Yo decía tantas pavadas, pero es que me dolía mucho, y las náuseas... Discúlpeme, no debe ser nada lindo ser enfermera. Sí, usted se ríe pero yo sé, a lo mejor la manché y todo. Bueno, no hablaré más. Estoy tan bien así, ya no tengo frío. No, no me duele mucho, un poquito solamente. ¿Es tarde, señorita Cora? Sh, usted se queda calladito ahora, ya le he dicho que no puede hablar mucho, alégrese de que no le duela y quédese bien quieto. No, no es tarde, apenas las siete. Cierre los ojos y duerma. Así. Duérmase ahora.
Sí, yo querría pero no es tan fácil. Por momentos me parece que me voy a dormir, pero de golpe la herida me pega un tirón o todo me da vueltas en la cabeza, y tengo que abrir los ojos y mirarla, está sentada al lado de la ventana y ha puesto la pantalla para leer sin que me moleste la luz. ¿Por qué se quedará aquí todo el tiempo? Tiene un pelo precioso, le brilla cuando mueve la cabeza. Y es tan joven, pensar que hoy la confundí con mamá, es increíble. Vaya a saber qué cosas le dije, se debe haber reído otra vez de mí. Pero me pasaba hielo por la boca, eso me aliviaba tanto, ahora me acuerdo, me puso agua colonia en la frente y en el pelo, y me sujetaba las manos para que no me arrancara el vendaje. Ya no está enojada conmigo, a lo mejor mamá le pidió disculpas o algo así, me miraba de otra manera cuando me dijo: "Cierre los ojos y duérmase." Me gusta que me mire así, parece mentira lo del primer día cuando me quitó los caramelos. Me gustaría decirle que es tan linda, que no tengo nada contra ella, al contrario, que me gusta que sea ella la que me cuida de noche y no la enfermera chiquita. Me gustaría que me pusiera otra vez agua colonia en el pelo. Me gustaría que me pidiera perdón, que me dijera que la puedo llamar Cora.
Se quedó dormido un buen rato, a las ocho calculé que el doctor De Luisi no tardaría y lo desperté para tomarle la temperatura. Tenía mejor cara y le había hecho bien dormir. Apenas vio el termómetro sacó una mano fuera de las cobijas, pero le dije que se estuviera quieto. No quería mirarlo en los ojos para que no sufriera pero lo mismo se puso colorado y empezó a decir que él podía muy bien solo. No le hice caso, claro, pero estaba tan tenso el pobre que no me quedó más remedio que decirle: "Vamos, Pablo, ya sos un hombrecito, no te vas a poner así cada vez, verdad?" Es lo de siempre, con esa debilidad no pudo contener las lágrimas; haciéndome la que no me daba cuenta anoté la temperatura y me fui a prepararle la inyección. Cuando volvió yo me había secado los ojos con la sábana y tenía tanta rabia contra mí mismo que hubiera dado cualquier cosa por poder hablar, decirle que no me importaba, que en realidad no me importaba pero que no lo podía impedir. "Esto no duele nada", me dijo con la jeringa en la mano. "Es para que duermas bien toda la noche." Me destapó y otra vez sentí que me subía la sangre a la cara, pero ella se sonrió un poco y empezó a frotarme el muslo con un algodón mojado. "No duele nada", le dije porque algo tenía que decirle, no podía ser que me quedara así mientras ella me estaba mirando. "Ya ves", me dijo sacando la aguja y frotándome con el algodón. "Ya ves que no duele nada. Nada te tiene que doler, Pablito." Me tapó y me pasó la mano por la cara. Yo cerré los ojos y hubiera querido estar muerto, estar muerto y que ella me pasara la mano por la cara, llorando.

Nunca entendí mucho a Cora pero esta vez se fue a la otra banda. La verdad que no me importa si no entiendo a las mujeres, lo único que vale la pena es que lo quieran a uno. Si están nerviosas, si se hacen problema por cualquier macana, bueno nena, ya está, deme un beso y se acabó. Se ve que todavía es tiernita, va a pasar un buen rato antes de que aprenda a vivir en este oficio maldito, la pobre apareció esta noche con una cara rara y me costó media hora hacerle olvidar esas tonterías. Todavía no ha encontrado la manera de buscarle la vuelta a algunos enfermos, ya le pasó con la vieja del veintidós pero yo creía que desde entonces habría aprendido un poco, y ahora este pibe le vuelve a dar dolores de cabeza. Estuvimos tomando mate en mi cuarto a eso de las dos de la mañana, después fue a darle la inyección y cuando volvió estaba de mal humor, no quería saber nada conmigo. Le queda bien esa carucha de enojada, de tristona, de a poco se la fui cambiando, y al final se puso a reír y me contó, a esa hora me gusta tanto desvestirla y sentir que tiembla un poco como si tuviera frío. Debe ser muy tarde, Marcial. Ah, entonces puedo quedarme un rato todavía, la otra inyección le toca a las cinco y media, la galleguita no llega hasta las seis. Perdoname, Marcial, soy una boba, mirá que preocuparme tanto por ese mocoso, al fin y al cabo lo tengo dominado pero de a ratos me da lástima, a esa edad son tan tontos, tan orgullosos, si pudiera le pediría al doctor Suárez que me cambiara, hay dos operados en el segundo piso, gente grande, uno les pregunta tranquilamente si han ido de cuerpo, les alcanza la chata, los limpia si hace falta, todo eso charlando del tiempo o de la política, es un ir y venir de cosas naturales, cada uno está en lo suyo, Marcial, no como aquí, comprendés. Sí, claro que hay que hacerse a todo, cuántas veces me van a tocar chicos de esa edad, es una cuestión de técnica como decís vos. Sí, querido, claro. Pero es que todo empezó mal por culpa de la madre, eso no se ha borrado, sabés, desde el primer minuto hubo como un malentendido, y el chico tiene su orgullo y le duele, sobre todo que al principio no se daba cuenta de todo lo que iba a venir y quiso hacerse el grande, mirarme como si fueras vos, como un hombre. Ahora ya ni le puedo preguntar si quiere hacer pis, lo malo es que sería capaz de aguantarse toda la noche si yo me quedara en la pieza. Me da risa cuando me acuerdo, quería decir que sí y no se animaba, entonces me fastidió tanta tontería y lo obligué para que aprendiera a hacer pis sin moverse, bien tendido de espaldas. Siempre cierra los ojos en esos momentos pero es casi peor, está a punto de llorar o de insultarme, está entre las dos cosas y no puede, es tan chico, Marcial, y esa buena señora que lo ha de haber criado como un tilinguito, el nene de aquí y el nene de allí, mucho sombrero y saco entallado pero en el fondo el bebé de siempre, el tesorito de mamá. Ah, y justamente le vengo a tocar yo, el alto voltaje como decís vos, cuando hubiera estado tan bien con María Luisa que es idéntica a su tía y que lo hubiera limpiado por todos lados sin que se le subieran los colores a la cara. No, la verdad, no tengo suerte, Marcial.

Estaba soñando con la clase de francés cuando encendió la luz del velador, lo primero que le veo es siempre el pelo, será porque se tiene que agachar para las inyecciones o lo que sea, el pelo cerca de mi cara, una vez me hizo cosquillas en la boca y huele tan bien, y siempre se sonríe un poco cuando me está frotando con el algodón, me frotó un rato largo antes de pincharme y yo le miraba la mano tan segura que iba apretando de a poco la jeringa, el líquido amarillo que entraba despacio, haciéndome doler. "No, no me duele nada." Nunca le podré decir: "No me duele nada, Cora." Y no le voy a decir señorita Cora, no se lo voy a decir nunca. Le hablaré lo menos que pueda y no la pienso llamar señorita Cora aunque me lo pida de rodillas. No, no me duele nada. No, gracias, me siento bien, voy a seguir durmiendo. Gracias.
Por suerte ya tiene de nuevo sus colores pero todavía está muy decaído, apenas si pudo darme un beso, y a tía Esther casi no la miró y eso que le había traído las revistas y una corbata preciosa para el día en que lo llevemos a casa. La enfermera de la mañana es un amor de mujer, tan humilde, con ella sí da gusto hablar, dice que el nene durmió hasta las ocho y que bebió un poco de leche, parece que ahora van a empezar a alimentarlo, tengo que decirle al doctor Suárez que el cacao le hace mal, o a lo mejor su padre ya se lo dijo porque estuvieron hablando un rato. Si quiere salir un momento, señora, vamos a ver cómo anda este hombre. Usted quédese, señor Morán, es que a la mamá le puede hacer impresión tanto vendaje. Vamos a ver un poco, compañero. ¿Ahí duele? Claro, es natural. Y ahí, decime si ahí te duele o solamente está sensible. Bueno, vamos muy bien, amiguito. Y así cinco minutos, si me duele aquí, si estoy sensible más acá, y el viejo mirándome la barriga como si me la viera por primera vez. Es raro pero no me siento tranquilo hasta que se van, pobres viejos tan afligidos pero qué le voy a hacer, me molestan, dicen siempre lo que no hay que decir, sobre todo mamá, y menos mal que la enfermera chiquita parece sorda y le aguanta todo con esa cara de esperar propina que tiene la pobre. Mirá que venir a jorobar con lo del cacao, ni que yo fuese un niño de pecho. Me dan unas ganas de dormir cinco días seguidos sin ver a nadie, sobre todo sin ver a Cora, y despertarme justo cuando me vengan a buscar para ir a casa. A lo mejor habrá que esperar unos días más, señor Morán, ya sabrá por De Luisi que la operación fue más complicada de lo previsto, a veces hay pequeñas sorpresas. Claro que con la constitución de ese chico yo creo que no habrá problema, pero mejor dígale a su señora que no va a ser cosa de una semana como se pensó al principio. Ah, claro, bueno, de eso usted hablará con el administrador, son cosas internas. Ahora vos fijate si no es mala suerte, Marcial, anoche te lo anuncié, esto va a durar mucho más de lo que pensábamos. Sí, ya sé que no importa pero podrías ser un poco más comprensivo, sabés muy bien que no me hace feliz atender a ese chico, y a él todavía menos, pobrecito. No me mirés así, por qué no le voy a tener lástima. No me mirés así.
Nadie me prohibió que leyera pero se me caen las revistas de la mano, y eso que tengo dos episodios por terminar y todo lo que me trajo tía Esther. Me arde la cara, debo de tener fiebre o es que hace mucho calor en esta pieza, le voy a pedir a Cora que entorne un poco la ventana o que me saque una frazada. Quisiera dormir, es lo que más me gustaría, que ella estuviese allí sentada leyendo una revista y yo durmiendo sin verla, sin saber que esta allí, pero ahora no se va a quedar más de noche, ya pasó lo peor y me dejarán solo. De tres a cuatro creo que dormí un rato, a las cinco justas vino con un remedio nuevo, unas gotas muy amargas. Siempre parece que se acaba de bañar y cambiar, está tan fresca y huele a talco perfumado, a lavanda. "Este remedio es muy feo, ya sé", me dijo, y se sonreía para animarme. "No, es un poco amargo, nada más", le dije. "¿Cómo pasaste el día?", me preguntó, sacudiendo el termómetro. Le dije que bien, que durmiendo, que el doctor Suárez me había encontrado mejor, que no me dolía mucho. "Bueno, entonces podés trabajar un poco", me dijo dándome el termómetro. Yo no supe qué contestarle y ella se fue a cerrar las persianas y arregló los frascos en la mesita mientras yo me tomaba la temperatura. Hasta tuve tiempo de echarle un vistazo al termómetro antes de que viniera a buscarlo. "Pero tengo muchísima fiebre", me dijo como asustado. Era fatal, siempre seré la misma estúpida, por evitarle el mal momento le doy el termómetro y naturalmente el muy chiquilín no pierde tiempo en enterarse de que está volando de fiebre. "Siempre es así los primeros cuatro días, y además nadie te mandó que miraras", le dije, más furiosa contra mí que contra él. Le pregunté si había movido el vientre y me dijo que no. Le sudaba la cara, se la sequé y le puse un poco de agua colonia; había cerrado los ojos antes de contestarme y no los abrió mientras yo lo peinaba un poco para que no le molestara el pelo en la frente. Treinta y nueve nueve era mucha fiebre, realmente. "Tratá de dormir un rato", le dije, calculando a qué hora podría avisarle al doctor Suárez. Sin abrir los ojos hizo un gesto como de fastidio, y articulando cada palabra me dijo: "Usted es mala conmigo, Cora." No atiné a contestarle nada, me quedé a su lado hasta que abrió los ojos y me miró con toda su fiebre y toda su tristeza. Casi sin darme cuenta estiré la mano y quise hacerle una caricia en la frente, pero me rechazó de un manotón y algo debió tironearle en la herida porque se crispó de dolor. Antes de que pudiera reaccionar me dijo en voz muy baja: "Usted no sería así conmigo si me hubiera conocido en otra parte." Estuve al borde de soltar una carcajada, pero era tan ridículo que me dijera eso mientras se le llenaban los ojos de lágrimas que me pasó lo de siempre, me dio rabia y casi miedo, me sentí de golpe como desamparada delante de ese chiquilín pretencioso. Conseguí dominarme (eso se lo debo a Marcial, me ha enseñado a controlarme y cada vez lo hago mejor), y me enderecé como si no hubiera sucedido nada, puse la toalla en la percha y tapé el frasco de agua colonia. En fin, ahora sabíamos a qué atenernos, en el fondo era mucho mejor así. Enfermera, enfermo, y pare de contar. Que el agua colonia se la pusiera la madre, yo tenía otras cosas que hacerle y se las haría sin más contemplaciones. No sé por qué me quedé más de lo necesario. Marcial me dijo cuando se lo conté que había querido darle la oportunidad de disculparse, de pedir perdón. No sé, a lo mejor fue eso o algo distinto, a lo mejor me quedé para que siguiera insultándome, para ver hasta dónde era capaz de llegar. Pero seguía con los ojos cerrados y el sudor le empapaba la frente y las mejillas, era como si me hubiera metido en agua hirviendo, veía manchas violeta y rojas cuando apretaba los ojos para no mirarla sabiendo que todavía estaba allí, y hubiera dado cualquier cosa para que se agachara y volviera a secarme la frente como si yo no le hubiera dicho eso, pero ya era imposible, se iba a ir sin hacer nada, sin decirme nada, y yo abriría los ojos y encontraría la noche, el velador, la pieza vacía, un poco de perfume todavía, y me repetiría diez veces, cien veces, que había hecho bien en decirle lo que le había dicho, para que aprendiera, para que no me tratara como a un chico, para que me dejara en paz, para que no se fuera.

Empiezan siempre a la misma hora, entre seis y siete de la mañana, debe ser una pareja que anida en las cornisas del patio, un palomo que arrulla y la paloma que le contesta, al rato se cansan, se lo dije a la enfermera chiquita que viene a lavarme y a darme el desayuno, se encogió de hombros y dijo que ya otros enfermos se habían quejado de las palomas pero que el director no quería que las echaran. Ya ni sé cuánto hace que las oigo, las primeras mañanas estaba demasiado dormido o dolorido para fijarme, pero desde hace tres días escucho a las palomas y me entristecen, quisiera estar en casa oyendo ladrar a Milord, oyendo a tía Esther que a esta hora se levanta para ir a misa. Maldita fiebre que no quiere bajar, me van a tener aquí hasta quién sabe cuándo, se lo voy a preguntar al doctor Suárez esta misma mañana, al fin y al cabo podría estar lo más bien en casa. Mire, señor Morán, quiero ser franco con usted, el cuadro no es nada sencillo. No, señorita Cora, prefiero que usted siga atendiendo a ese enfermo, y le voy a decir por qué. Pero entonces. Marcial... Vení, te voy a hacer un café bien fuerte, mirá que sos potrilla todavía, parece mentira. Escuchá, vieja, he estado hablando con el doctor Suárez, y parece que el pibe...
Por suerte después se callan, a lo mejor se van volando por ahí, por toda la ciudad, tienen suerte las palomas. Qué mañana interminable, me alegré cuando se fueron los viejos, ahora les da por venir más seguido desde que tengo tanta fiebre. Bueno, si me tengo que quedar cuatro o cinco días más aquí, qué importa. En casa sería mejor, claro, pero lo mismo tendría fiebre y me sentiría tan mal de a ratos. Pensar que no puedo ni mirar una revista, es una debilidad como si no me quedara sangre. Pero todo es por la fiebre, me lo dijo anoche el doctor De Luisi y el doctor Suárez me lo repitió esta mañana, ellos saben. Duermo mucho pero lo mismo es como si no pasara el tiempo, siempre es antes de las tres como si a mí me importaran las tres o las cinco. Al contrario, a las tres se va la enfermera chiquita y es una lástima porque con ella estoy tan bien. Si me pudiera dormir de un tirón hasta la medianoche sería mucho mejor. Pablo, soy yo, la señorita Cora. Tu enfermera de la noche que te hace doler con las inyecciones. Ya sé que no te duele, tonto, es una broma. Seguí durmiendo si querés, ya está. Me dijo: "Gracias" sin abrir los ojos, pero hubiera podido abrirlos, sé que con la galleguita estuvo charlando a mediodía aunque le han prohibido que hable mucho. Antes de salir me di vuelta de golpe y me estaba mirando, sentí que todo el tiempo me había estado mirando de espaldas. Volví y me senté al lado de la cama, le tomé el pulso, le arreglé las sábanas que arrugaba con sus manos de fiebre. Me miraba el pelo, después bajaba la vista y evitaba mis ojos. Fui a buscar lo necesario para prepararlo y me dejó hacer sin una palabra, con los ojos fijos en la ventana, ignorándome. Vendrían a buscarlo a las cinco y media en punto, todavía le quedaba un rato para dormir, los padres esperaban en la planta baja porque le hubiera hecho impresión verlos a esa hora. El doctor Suárez iba a venir un rato antes para explicarle que tenían que completar la operación, cualquier cosa que no lo inquietara demasiado. Pero en cambio mandaron a Marcial, me tomó de sorpresa verlo entrar así pero me hizo una seña para que no me moviera y se quedó a los pies de la cama leyendo la hoja de temperatura hasta que Pablo se acostumbrara a su presencia. Le empezó a hablar un poco en broma, armó la conversación como él sabe hacerlo, el frío en la calle, lo bien que se estaba en ese cuarto, él lo miraba sin decir nada, como esperando, mientras yo me sentía tan rara, hubiera querido que Marcial se fuera y me dejara sola con él, yo hubiera podido decírselo mejor que nadie, aunque quizá no, probablemente no. Pero si ya lo sé, doctor, me van a operar de nuevo, usted es el que me dio la anestesia la otra vez, y bueno, mejor eso que seguir en esta cama y con esta fiebre. Yo sabía que al final tendrían que hacer algo, por qué me duele tanto desde ayer, un dolor diferente, desde más adentro. Y usted, ahí sentada, no ponga esa cara, no se sonría como si me viniera a invitar al cine. Váyase con él y béselo en el pasillo, tan dormido no estaba la otra tarde cuando usted se enojó con él porque la había besado aquí. Váyanse los dos, déjenme dormir, durmiendo no me duele tanto.


Y bueno, pibe, ahora vamos a liquidar este asunto de una vez por todas, hasta cuándo nos vas a estar ocupando una cama, che. Contá despacito, uno, dos, tres. Así va bien, vos seguí contando y dentro de una semana estás comiendo un bife jugoso en casa. Un cuarto de hora a gatas, nena, y vuelta a coser. Había que verle la cara a De Luisi, uno no se acostumbra nunca del todo a estas cosas. Mirá, aproveché para pedirle a Suárez que te relevaran como vos querías, le dije que estás muy cansada con un caso tan grave; a lo mejor te pasan al segundo piso si vos también le hablás. Está bien, hacé como quieras, tanto quejarte la otra noche y ahora te sale la samaritana. No te enojés conmigo, lo hice por vos. Sí, claro que lo hizo por mí pero perdió el tiempo, me voy a quedar con él esta noche y todas las noches. Empezó a despertarse a las ocho y medía, los padres se fueron en seguida porque era mejor que no los viera con la cara que tenían los pobres, y cuando llegó el doctor Suárez me preguntó en voz baja si quería que me relevara María Luisa, pero le hice una seña de que me quedaba y se fue. María Luisa me acompañó un rato porque tuvimos que sujetarlo y calmarlo, después se tranquilizó de golpe y casi no tuvo vómitos; está tan débil que se volvió a dormir sin quejarse mucho hasta las diez. Son las palomas, vas a ver, mamá, ya están arrullando como todas las mañanas, no sé por qué no las echan, que se vuelen a otro árbol. Dame la mano, mamá, tengo tanto frío. Ah, entonces estuve soñando, me parecía que ya era de mañana y que estaban las palomas. Perdóneme, la confundí con mamá. Otra vez desviaba la mirada, se volvía a su encono, otra vez me echaba a mí toda la culpa. Lo atendí como si no me diera cuenta de que seguía enojado, me senté junto a él y le mojé los labios con hielo. Cuando me miró, después que le puse agua colonia en las manos y la frente, me acerqué más y le sonreí. "Llamame Cora", le dije. "Yo sé que no nos entendimos al principio, pero vamos a ser tan buenos amigos, Pablo." Me miraba callado. "Decime: Sí, Cora." Me miraba, siempre. "Señorita Cora", dijo después, y cerró los ojos. "No, Pablo, no", le pedí, besándolo en la mejilla, muy cerca de la boca. "Yo voy a ser Cora para vos, solamente para vos." Tuve que echarme atrás, pero lo mismo me salpicó la cara. Lo sequé, le sostuve la cabeza para que se enjuagara la boca, lo volví a besar hablándole al oído. "Discúlpeme", dijo con un hilo de voz, "no lo pude contener". Le dije que no fuera tonto, que para eso estaba yo cuidándolo, que vomitara todo lo que quisiera para aliviarse. "Me gustaría que viniera mamá", me dijo, mirando a otro lado con los ojos vacíos. Todavía le acaricié un poco el pelo, le arreglé las frazadas esperando que me dijera algo, pero estaba muy lejos y sentí que lo hacía sufrir todavía más si me quedaba. En la puerta me volví y esperé; tenía los ojos muy abiertos, fijos en el cielo raso. "Pablito", le dije. "Por favor, Pablito. Por favor, querido." Volví hasta la cama, me agaché para besarlo; olía a frío, detrás del agua colonia estaba el vómito, la anestesia. Si me quedo un segundo más me pongo a llorar delante de él, por él. Lo besé otra vez y salí corriendo, bajé a buscar a la madre y a María Luisa; no quería volver mientras la madre estuviera allí, por lo menos esa noche no quería volver y después sabía demasiado bien que no tendría ninguna necesidad de volver a ese cuarto, que Marcial y María Luisa se ocuparían de todo hasta que el cuarto quedara otra vez libre.