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domingo, 30 de septiembre de 2012

"TORO" Cuento completo de EDUARDO GONZÁLEZ VIAÑA

TORO

     Nos lo quitaron con engaños. El escribano de panza, tirante, bigote de mosca y antiparras nos dijo que así  nos exigía don Feliciano el pago de la habitación perdida en la última cosecha.
     Prefermos dejalo ir. Una noche quitamos las trancas. Era mejor así. Que se fuera. Que se llevara nuestro capricho de pobres.  Que trotara  por los caminos sin derrotero y sin Dios.
     Cuando la gente del patrón vino por él, dijimos que se había escapado, que no sabíamos por dónde andaría. Mi mujer se puso a llorar fuerte y sin consuelo, como si hubiera perdido un hijo.
     Para tranquilizarle y embaucar a los caporales, yo le decía que al patrón nada se le escapa y que otra vez veríamos en estos campos kas huellas de nuestro toro, su colita levantada, las vacas en celo, y una docena de terneros rodeándoloe.
     Para nuestros adentros, el "Diablo" se iba corriendo, cortaba por las malezas orillaba los pantanos, saltaba arroyos y cercas, ascendía cerros inmensos y,  con un viento negro, bajaba después a los valles.
     No tenía tiempo de acostarse en la yerba. No tenía tiempo  de dormir sobre   los pastos soleados y tranquilos. Se iba por caminos por nadie lo volvería a ver. Se iba a la región donde sólo vuelan pájaros libres, donde sólo viven bestias salvajes Se iba por los rumbos donde se esconden los fieros, donde hacen guardia los bandidos. donde se guarecen los hombres libres.
     Pedíamos a la Vírgen que hiciera invisible al "Diablo". Que de negro toro lo trocara  en nube, relámpago o viento. Que lo juntara con los toros de la manada del Niño. Aquellos alegran las festividades, hacen bajar la lluvia, causan la preñez de los sembríos y se van por la montaña repartiendo milagros.
     Nos hubiéramos contentado con que se metiera al corral de un pobre.
     Rogábamos a la Vírgen que nadie atrapara al "Diablo", que lo dejaran ir.
     Cuando llegamos a saber que el Teniente Gobernador lo había apresado nos sentimos hundidos. Porque a las aves, a los hombres valientes y a los animales libres no se los detiene. Porque ellos están en un lugar y en otro al mismo tiempo. Por eso nos pusimos rabiosos.
     Hay razón. En estas tierras secas nunca se ha visto un animal como él. Lo trajimos de mi tierra. Es nuestro orgullo. Mi hijo  varón tiene su edad. "Diablo" es un solemne matrero. En la noche, enamora, roba, burla y encela. Por la manaña vuelve a la aventura con un trote inocentón.
     Es holgazán y fiero. Da gusto escuchar su bramido en las noches calmada de la costa,  noches sin nube, rayo o tormenta.  Su resoplido y sus cascos, su cara de maldito, el estruendo que arma y los lechuguinos que devora hacen que muchos cristianos se santiguen ante él.
     Pero no se vaya a creer que es daniño Es un animal noble y de buena raza. Cualquiera lo puede comprobar. Basta co verle su lengua roja como una llamarada, sus cascos fuertes, su piel negrísima y brillante, sus cueros como del demonio y sus ojos que son siempre una amenaza.
     Por eso nos da coraje que lo hayan capturado. Y ahora , estamos aquí en el campo, cubierto de sudor y de noche, arropados de yerba, temblorosos y anhelantes. Ahí está él y soscha que leo espíamos. Mira hacia todos los lados y le pide auxilio al infierno para vernos. Por eso no va a ser posible. No queremos  que nos vea porque los animales tristes pierden  su orgullo.
     Hemos estado  aquí desde que se acabaron la tarde y el trabajo. Hasta que apareció esta luna llena, buena para cicatrizar toda clase de heridas.
     Ya nos vamos a ir. Allí están los caporales y el toro junto a un arbusto. Y desde aquí, cerca del cerco, tras el alambre de púas, la rabia nos está entrando. No queremos imaginar cómo va a ser la vida del "Diablo"  Desde ahora, lamiendo apacible el pasto y olisqueando las estrellas del cielo. Con un cuchillo rojo le están arrancando su hombría. 

                                             (Eduardo González Viaña)

jueves, 27 de septiembre de 2012

"EL TROMPO", Cuento completo


EL TROMPO

I

     Sobre el cerro San Cristóbal la neblina  había puesto una capota sucia que cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos  se cernía entre los árboles lavando las hojas, transformándose en un fango  ligero y descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las estatuas desnudas  de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en cada escorzo. Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba unos pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando la estela  fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento de los frailes franciscanos se estremecía la débil campanita como un son  triste.. 
     En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colectivos", se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo y sonoro y surgía también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas:
¡La tarde era triste,
la nieve caía!...
     Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez años, con ojos vivísimos sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que siempre  fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le encontraron en la puerta de la botica de San Lázaro pidiendo:
     -¡Despáchabame esta receta!...
     Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó:
    -¿Quién está enfermo en tu casa?
    -Nadies...Soy yo que me ha salido unos chupitos... Y con "Chupitos" quedó bautizado el mocoso que ahora  iba con Feliciano, Glicerio, el bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad que vendían suertes o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los diarios que ofrecían. Cerraba la marcha Ricardo, el  famoso Ricardo que, cada vez que entraba  a un cafetín japonés a comprar un alfajor o un comeycalla, salía, nadie sabía cómo, con dulces o bizcochos para todos los feligreses de la tira:
     -¡Pestaña que tiene uno, compadre!
 Gran pestaña, famosa pestaña que un día le falló, desgraciadamente, como siempre falla, y que costó una noche íntegra en la comisaría de donde salió con el orgullo inmenso de quien tiene la experiencia carcelera que él sintetizaba en una frase  aprendida de una crónica policial:
     -Yo soy un avesado en la senda del crimen...
     El grupo iba en silencio. El día anterior, Chupitos había perdido su trompo, jugando a la "cocina" con Glicerio Carmona, ese juego infame  y taimado, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza. Un juego que consiste en ir empujando el trompo contrario hasta meterlo dentro de un círculo, en la "cocina", en donde el perdidoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad rastrera  de saberlo empujar.
     No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien que los trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos y a quiñes, con el puñal franco de las púas sin la mujeril arteria del evangelio. El pleíto tenía siempre que ser definitivo, con un triunfador y un derrotado, sin prisionero posible para el orgullo de los mulatos palomillas.
     Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su trompo. Le había costado veinte centavos y era de naranjo. Con esa ciencia sutil y maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el muchacho había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y sus giros, sus cenizos y sus carmelos, todos esos gallos que eran su mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, así Chupitos le cortó la cabeza al trompo, una especie de perrilla que no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y dándole cera para  hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una púa roma y cobarde, por la púa de clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre amarraba a las estacas de sus pollos peleadores.
     Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos nunca quedó el último y, por consiguiente, jamás ordenó cocina, ese juego zafio de empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega a los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, en lengua faraona, viene  a ser algo así como la vida. ¡Cuántas veces su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos al otro  que enseñaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia destrozada! Y cómo se ufanaba entonces  de su  hazaña con una media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona  que habría humillado al perdedor:
     -Los hombres cuando ganan,  ganan. Y ya está.
     Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en el juego y, como la cosa más natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase y rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Sólo que el día anterior, sin que él se lo pudiese explicar hasta este instante, cayó detrás de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que chantarse y el otro, sin poder  disimular su codicia, ordenó rápidamente por las ganas que tenía de quedarse con el trompo hazañudo de Chupitos:
     -¡Cocina!
     Se atolondró la protesta del zambito:
     -¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes...
     La rebelión de Chupitos causó un estupor  inenarrable en el grupo de los palomillas. ¿Desde cuándo un chantado se atrevía a discutir al prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras enhuracaba su trompo:
     -Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, así es la ley...
     Chupitos, claro está, ignoraba que la ley no es siempre la justicia y viendo la desaprobación de la tira de sus amigotes, no tuvo más remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a la pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su juguete lo que les daba la gana. ¡Ah, de fijo que le iban a quitar su trompo!... Todos aquellos compadres sabían lo suficiente para no quemarse ni errar un solo tiro y  el arma de su orgullo iría a parar al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la cobardía de Glicerio Carmona había ordenado para apoderarse del trozo de naranjo torneado, en que el zambito fincaba su viril complacencia de su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin pronunciar las palabras en alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando:
     -¡Chontano tenía que ser!
     Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta  que, al fin, el grito de júbilo de Glicerio anunció el final del juego:
     -¡Lo gané!
     Sí,  ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo, pero muy suyo, sin apelación posible, por la pericia mañosa de su juego. Y todos los amigos le envidiaban  el trompo que Carmona  mostraba en la mano exclamando:
     -Ya no juego más...
II

          ¡Pero qué mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa había sido de una pata espantosa. El día que nació, por ejemplo, en el Callejón de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego se extendió por las paredes empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el callejón. La madre tuvo que salir  en brazos del marido y una hermana  de éste alzó  al chiquillo de la cuna. A poco, los padres tuvieron que entregarlo a una vecina para que lo lactara, no fuera que el susto de la madre se la pasara al muchacho. Luego fue creciendo en un ambiente  "sumamente peleador", como decía él, para explicar esa su pasión por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba engreída, había salido un poco volantusa, según la severa y acaso exagerada opinión de la hermana del marido, porque volantusería era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos horas  en la plaza del mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos del callejón humilde,  toda sofocada y preguntando por el marido:
     -¿Ya llegó Demetrio?
     Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y vivan los cristianos. Chupitos tenía siete años y se acordaba de todo. Sucedió que un día su mamá llegó con una  oreja muy colorada y el revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clásica pregunta:
     -¿A dónde has estado?... La comida está fría y yo... ¡espera que te espera! A ver, vamos a ver...
     Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clásica como la pregunta, la zamba había respondido rabiosamente:
     -¡Caramba! Ni que fuera una criminal...
     Arguyó la impaciencia contenida del  marido:
    -Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde has estado. Nada más.
     -En la esquina.
     -¿En la esquina? ¿Y qué hacías en la esquina?
     -Estaba con Juana Rosa...
     Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a avivar los tizones y recalentar la carapulcra. La comida fue en silencio. Chupitos no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba, uno tras otro, largos vasos de  vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda al cuello, se terció la gorra sobre una oreja, y, encendiendo un cigarrillo, salió dando un portazo.
     La mujer no dijo ni  chus ni mus. Vio salir al marido y adivinó a dónde iba: ¡a hablar con Juana  Rosa! Y entonces, sin reflexionar en la locura que iba a cometer, se envolvió en el pañolón, ató en una frazada unas cuantas ropas y salió también de estampida dejando al pobre Chupitos que, de puro susto, se tragaba  unas lágrimas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol; abrió  la puerta de una patada y rabió la llamada:
    -¡Aurora!
    Le respondió el llanto del hijo:
    -Se fue, papacito...
    El zambo entonces guardó  con lentitud el objeto de peligro que le brillaba en la mano y murmuró con voz opaco:
    -Ah, se fue, ¿no?... Si tenía la conciencia más negra que su cara...  ¡Con Juana Rosa!...¡Yo le voy a dar Juana Rosa!...
    Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa... No había nada qué hacer. Es decir, sí, sí había qué hacer: romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya sabía lo que mejor hubiese ignorado siempre: esa oreja enrojecida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, qué discusión sin verguenza... Ah, no sólo había habido engaño sino que, además,  había otro hombre que también se creía con  derecho de asentarle la mano... No, eso no: los dos tenían que saber quién era Demetrio Velásquez... ¡Claro que lo iban a saber!
     Y lo supieron. Sólo que, después, Demetrio estuvo preso quince días por la paliza que propinó a los mendaces y quien, en buena cuenta pagó el pato el pobre Chupitos que se quedó si madre y con el padre preso, mal consolado  por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no hacía sino hablar de Aurora.
     -Zamba más sinverguenza... ¡Jesús!
   Cuando el padre volvió de la prisión el chiquillo le preguntó llorando:
     -¿Y mi mamá?
     El zambo arrugó sin piedad la frente:
     -¡Se murió!...  Y... ¡no llores!
  El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, con una  pena y con un estupor que le dolían  malamente en su alma huérfana. Luego se atrevió:
     -¿De veras?
   Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la cabeza y apretándose las manos, murmuró sordamente:
    -De veras. Mujeres con quiñes, como si fueran trompos... ¡Ni de vainas!
III
  
    Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con quiñes, como  si fueran trompos, ¡ni de vainas! Luego los trompos tampoco debían  tener quiñes...No, nada de lo que un hombre posee, mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su complacencia y todo su orgullo en la compañera o en juego, nada ni nadie puede ganarle la mano. Así es la cosa  y no puede ser de otra guisa. Esa  es la dura ley de los hombres y la justicia dura de la vida.
     Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se quedara sin madre y, en esos tres años, sin más compañía que el padre, se fue haciendo hombre, es decir,  fue aprendiendo a luchar solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie, sólo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras sostenía al chuzo desplumado que servía de señuelo a los gallos que  su padre  adiestraba, aprendió  ese arte peligroso de saber pelear, de agredir sin peligro y de pegar siempre primero.
     Ahora tenía que resolver la dura cuestión que le planteaba  la codicia del cholo Carmona: ¡había perdido su trompo! Y aquella misma tarde de la derrota regresó a su casa para pedir a su padre después de la comida:
     -Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere?
     -¿Treinta centavos? Come tu ajiaco y cállate la boca,
     El muchacho insistió levantando las cejas para exagerar  su pena:
     -Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro.
     -¿Y para qué   te lo dejaste ganar?
     -¿Y qué iba a hacer?
     La lógica paterna:
     -No dejártelo ganar...
     Chupitos explicaba alzando más las cejas:
  -Fue Carmona, papá, que mandó cocina y como tuve  que chantarme... Déme  los treinta chuyos,  ¿quiere?...
     En la expresión y en la voz del muchacho el padre advirtió algo inusitado, una  emoción que se mezclaba con la tristeza de una virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por cumplir. Y, casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo y sacó los tres reales pedidos:
     -Cuidado con que te ganen otro.    
   El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de azúcar en la taza de té, bebió resoplando.
   -¡Caray con el muchacho! ¡Te vas a sancochar el hocico! rezongó la tía     
     El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se limpió los belfos con el dorso de la mano y salió corriendo:
     -¿A dónde vas?
     -¡A la chingana de la esquina!
     Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible a la luz amarilla del candil de kerosene:
      -Oye, dame ese trompo!
     Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con su petulante cabecita y su vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte centavos y compró un pedazo de lija con qué pulir el arma que le recuperase  al día siguiente el trompo que fue su orgullo y la envidia de toda la tira del barrio.
     Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí escogió  un claro y comenzó toda la larga operación  de transformar el pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los espolones de sus gallos, le cortó la cabeza inútil. Luego con la lija, pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de pelea, como las navajas de los gallos, y le robó un cabito de vela para encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca, la fina cuerda bien manoseada, escupió una babita y lo lanzó con fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo, girando como una sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo cómo la púa  de clavo le hacía sangrar la palma rosada de su mano morena:
     -¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso!


IV

La tarde era triste,
la nieve caía!...

     En Lima, gracias  a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca. Apenas esa garúa finita de calabobos, como dije al principio de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles, morenizando el mármol de las estatuas que ornan la Alameda de los Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a chuzar esa partida en que Chupitos había puesto todo su orgullo y su angustiada esperanza:
     -¿Se lo ganaré a Carmona?...
     Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la pelea de los trompos, el propio Chupitos opinó que en esa tarde, con tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como  lo presumió, Carmona tuvo la mezquindad de burlarse:
     -Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo.
     -¿Yo miento? No seas...
     -Entonces, ¿vamos?
     -Al tirito.
     Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que todavía tiene, felizmente, tierra que juegan los palomillas.   Carmona se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron un círculo. Mayta disparó primero, luego Ricardo, después Faustino Zapata. Carmona midió la distancia con la piola, adelantó el pie derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de caballo y parada de borrico porque cayó el último. Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa  se hincó detrás de la marca de Ricardo quien resultó prima. Desgraciadamente, así,  en público, el muchacho no pudo sugerirle que mandase la  cocina con que habría recuperado su trompo y Ricardo mandó:
     -¡Quiñes!
     El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido de Chupitos, se chantó ignominiosamente: ¡en sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando que las púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sacó una lonja y Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el turno a Chupitos. ¿Qué podría  hacer?
     ¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!... Nunca sería el suyo ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida... Lenta, parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar su trompo para poner fin a esa vergüenza. Ajustó ahora la piola y pasó poo la púa el pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito y disparó con toda su alma. Una sola exclamación admirativa se escuchó:
     -¡Lo rajaste!
     Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se metió las manos en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando:
     -Ya lo sabía...
   Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos allí, tirados, ni por qué se iba pegadito a la pared. De pronto se detuvo. Sus amigos que lo miraban marchar con la cabecita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sacó del bolsillo el resto del clavo que lesirviera para hacer la segunda púa de combate, y arañando la pared, volvió a emprender su marcha hasta que se perdió, solo,  triste e inútilmente vencedor; tras la esquina esa  en que, a la hora de la tertulia, tanto había ponderado al viejo trompo  partido ahora por su mano:
     -¡Más legal, te digo!...¡De naranjo purito!
                                                             
                                                        (José Diez Canseco)

"EL ZUMBAYLLU" , DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

    EL ZAMBAYLLU

   La terminación quechua "yllu" es una onomatopeya. "Yllu" representa la músicea que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Se llama tankayllu al tábano zumbador e inofensivo que vuela en el campo libando  flores.  Su color es raro, tabaco oscuro; en el vientre lleva unas rayas brillantes; y como el ruido de sus alas es intenso, los indios creen que tiene en su cuerpo algo más que su sola vida. Su alargado cuerpo termina en un aguijón que no sólo es inofensivo, sino dulce. Los niños le dan caza para beber la miel en que está untado ese falso aguijón, ¿Por qué lleva miel? ¿Por qué sus pequeñas y endebles alas  mueven el viento hasta agitarlo y cambiarlo? Él remueve el aire, zumba como si  fuera grande. No, no es un ser malvado. Los niños que beben su miel sienten el corazón, durante toda la vida, como el roce de un tibio aliento que los protege contra  el rencor y la melancolía.
     En los pueblos de Ayacucho hubo un danzante de tijeras que ya se ha hecho legendario. Bailó e hizo proezas en las vísperas de los días santos; tragaba trozos de acero, se atravesaba el cuerpo con agujas; ese danzak' se llamó Tankayllu.
     Pinkuyllu es el nombre de una quena grande que tocan los indios del sur durante las fiestas comunales. El pinkuyllu tiene una voz grave y extraña que ofusca y exalta. Los indios desafían la muerte mientras lo oyen. Ninguna música llega más hondo al corazón humano.

***
     ¡Zumbayllu! Ántero trajo el primer zumbayllu al colegio. Los niños pequeños lo rodearon.
     -¡Vamos al patio, Ántero¡
     Palacios corrió entre los primeros. Saltaron el terraplén y subieron al campo de polvo. Iban gritando:
     -¡Zumbayllu, zumbayllu!
    Yo los seguí ansiosamente. ¿Qué podía ser el zumbayllu? ¿Qué podía nombrar esa palabra cuya terminación me recordaba bellos y misteriosos objetos?
     El humilde Palacios había corrido casi encabezando todo el grupo  de muchachos que fueron a ver  el zumbayllu; había dado un gran salto para llegar primero al campo de recreo. Y estaba allí, mirando las manos de Ántero. Una gran dicha, anhelante, daba a su rostro el esplendor que no tenía antes. Su expresión era muy semejante a la de los escolares indios que juegan a la sombra de los molles en los caminos que unen la chozas lejanas y las aldeas. El propio Añuco, el engreído, el arrugado y pálido Añuco, miraba a Ántero desde un extremo del grupo: en su cara amarilla, en su rostro agrio, erguido sobre el cuello delgado, de nervios tan filudos y tensos, había una especie de tierna ansiedad- Parecía un ángel nuevo, recién convertido.
     Yo recordaba al gran Tankayllu, el danzarín cubierto de espejos, bailando a grandes saltos en el atrio de la iglesia. Recordaba también  también al verdadero Tankayllu, el insecto volador que perseguíamos entre los meses de abril y mayo. Pensaba en los pinkuyllus que había oído sonar en los pueblos del sur.
     Yo no pude ver el pequeño trompo ni la forma como Ántero lo encordelaba. Me dejaron entre los últimos, cerca del Añuco. Sólo vi que Ántero, en el centro del grupo, daba una especie de golpe con el brazo derecho. Luego escuché un campo delgado.
     Bajo el sol denso, el canto del zumbayllu se propagó con una claridad extraña; parecía estar henchido de esa voz delgada; y también toda la tierra, ese piso arenoso del que parecía brotar.
     -¡Zumbayllu, zumbayllu!
     Hice un gran esfuerzo, empujé a otros alumnos más grandes que yo y pude llegar al círculo que rodeaba a Ántero. Tenía en las manos un pequeño trompo. La esfera estaba hecha de un coco de tienda, de esos pequeñísimos cocos grises que vienen enlatados. La púa era grande y delgada . Cuatro huecos  redondos, a manera de ojos, tenía la esfera. Ántero  encordeló el trompo, lentamente luego lo arrojó. El trompo se detuvo un instante en el aire y luego  cayó, lanzando ráfagas de  aire por sus cuatro ojos, vibrando como un gran insecto cantador (...)
     Ántero miraba el zumbayllu con un detenimiento contagioso. Así atento, agachado. Ántero parecía asomarse desde otro espacio (...)
     -¡Quiero ver si tú puedes manejarlo! - me dijo, entregándome el trompo.
     Lo encordelé, lo lancé hacia arriba. El cordel se deslizó como una culebra entre mis manos, enderezó la púa y cayó, lentamente.
     -¡Sube, winku!
     El trompo apoyó la púa en un andén de la piedra más grande, sobre un milímetro de espacio. La púa era redonda y no rozaba en ella la púa.
     -¡Mira, Ernesto! - me dijo Ántero´. No va a la montaña, sino arriba. ¿Derechito al sol!  Ahora a la cascada, winku. ¡Cascada arriba!
     El zumbayllu se detuvo y cambió de voz.
     -¿Oyes? -dijo Ántero -. ¡Sube al cielo, sube al cielo! ¡Con el sol se va a mezclar.
     Cuando  empezó a bajar el tono del zumbido, Ántero levantó el trompo. Me miró fijamente.
     -¡Guárdalo! - me dijo-. Lo haremos llorar en el campo, o sobre una alguna piedra grande del río. Cantará mejor todavía.
     Lo guardó en el bolsillo. Lo examiné despacio con los dedos. Era en verdad winku, es decir, deforme, sin dejar de ser redondo, y layk'a, es decir, brujo, porque  era rojizo con muchas difusas. Por eso, cambiaba de voz y de colores como si estuviera hecho de agua.
     -Si lo hago bailar,  y soplo su canto hacia la dirección de Chalhuanca, donde está mi padre, ¿llegaría hasta  sus oídos? - le pregunté.
     -¡Llega, hermano! Para él no hay distancia. Enantes subió al sol. Y su canto no se quema ni se hiela. Tú le hablas primero en uno de sus ojos, le das tu encargo, le orientas el camino, y después, cuando estás cantando, soplas  despacio hacia la dirección  que quieres, donde está tu padre y sigues dándole tu encargo. El zumbayllu canta al oído de quién espera. ¡Haz la prueba ahora, al instante!
     -¿Yo mismo tengo que hacerlo? 
     -Sí. Debe ser el que quiere dar el encargo. Háblale bajito -me advirtió.
     Puse los labios sobre uno de sus ojos.
     -"Dile a mi padre que estoy bien  -le dije al zumbayllu-; aunque mi corazón se asusta, estoy resistiendo. Y le darás tu  aire en la frente. Le cantarás para su alma".
     Lo encordelé cuidadosamente, y tiré la cuerda.
     -¡Corriente arriba del Pachachaca, corriente arriba! -grité.
     El zumbayllu cantó fuerte en el aire.
     -¡Sopla! ¡Sopla un poco! -exclamó Ántero.
     Yo soplé hacia Chalhuanca, en dirección de la cuenca alta del gran río.
     Y el zumbayllu cantó dulcemente.

                                                    (José María Arguedas)

SULLANA, TIERRA DE POETAS


SULLANA, TIERRA DE POETAS

     Sullana, tierra de poetas. Sullana, ciudad calurosa y acogedora, ha tenido y tiene muchos hijos poetas, escritores, pintores e intelectuales que han enriquecido la literatura y otras artes del Perú.

     El año de 1990, tuve el alto privilegio de antologar a los poetas de esa linda tierra norteña, gracias al auspicio de la Municipalidad Provincial de Sullana, logré publicar "Antología de los poetas de Sullana".

    En dicha antología poética resalté la alta personalidad del Poeta Mayor sullanense CARLOS AUGUSTO SALAVERRY, el padre del romanticismo peruano. La exquisita y fresca poesía de Salaverry de corte romántica llena nuestros corazones de ternura y de musicalidad llevándonos a un mundo de soledad, de tristeza, de amor y de ternura. La poesía de Salaverry va a marcar un gran hito en la literatura peruana. El poemario de Salaverry más resaltante es "Cartas a un ángel".

      En la antología "Los poetas de Sullana" figuran más de treinta poetas que  vienen trajinando en el campo de la poesía, terreno difícil de transitar.Voy a resaltar a cada uno de ellos. MANUEL ABAD MEDINA, joven vate que asume con suma responsabilidad el oficio de poeta. Uno de sus frutos es haber ocupado un puesto importante como finalista en el concurso "EL POETA MÁS JOVEN DEL PERÚ". Él alterna la poesía con la docencia. Ha publicado: "Telex para una chica Coca Cola" (1987) y "Pájaros y fragata" (1992). ROSA NATALIA CARBONEL, poeta que ha sabido transitar en el terreno de la poesía. Su único poemario es "Los días son trocitos de papel"que fue publicado en 1981 en los Cuadernos literarios "Hipocampo", recibiendo por dicho trabajo poético  el premio en el concurso "José María Arguedas". Gran parte de sus trabajos literarios fue publicado por la revista literaria "Ave Destino" N° 3, Lima, 1975, dirigido por los poetas Mito Tumi y Carlos Guevara. JUAN FÉLIX CORTÉS ESPINOZA, poeta sullanense a carta cabal que tiene una fecunda producción literaria: "Cuatro estaciones para contar", "Diario vivir", "El ovnis y la televisión", "La palabra y el muro", "Cuando éramos churres", "La noche de la serpiente", "Los alacranes de oro", "La eficacia del tiempo", "Los olvidos  encontrados". El poeta Cortés es un hombre inquieto, viajero empedernido que ha viajado por todo el mundo, destacado periodista, gran promotor cultural, profesor y sobre todo poeta.En 1975, gana el premio de poesía de los Juegos Florales de la Universidad Nacional de Piura. En 1992, fue Presidente del Frente de Escritores del Nor Peruano y en 1993, fue Presidente de la Filial de la Casa del Poeta Peruano. Actualmente dirige la revista "Lo que importa es el hombre". MARÍA EUGENIA BURNEO CARDÓ, poeta  sullanense que viene trabajando intensamente en el campo de la poesía. No he conocido una mujer tan terca y dulce cuando transita por el camino por la poesía que está llena de espinas y de dolores.  Ella ama la poesía  porque así lo siente en su tierno corazón. María Eugenía es una mujer llena de inquietudes artísticas que es un orgullo  para Sullana y también es dueña de una abundante producción literaria: "Una flor en la nieve", 1984; "Fuego sobre la nieve", 1985; "Calostiquio", (1985); "Palpitaciones de Dios", 1986; "Evangelio sin palabras", 1987; "Los funerales del sol", 1995 y  "Más allá del crepúsculo. MARCO PARRA LIZANO, poeta de Ayabaca, pero sullanero de corazón ya que esta ciudad de poetas lo acogió desde hace muchos años. Marco Parra es  oftamólogo, ávido lector de poesía, hombre de negocios y sobre todo es poeta.Creo que ningún poeta tiene tantos libros de poesía como él. En Sullana, cuentan que el poeta Parra tiene una cama de dos plazas, allí se encuentran sus poemas bien ordenados y alineados en varias filas; él no se atreve a moverlos y cuando llega la noche, él termina durmiendo en el suelo. Entre sus libros publicados tiene: "Creación", 1958; "La canción de los desesperados", 1960; "El pájaro entre las piernas", 1975; "Canto y cancionero para los niños del  mundo", 1988; "Bibe el Buda sentado", 1992 y actualmente sigue preparando otros poemarios. JOSÉ DÍAZ SÁNCHEZ, poeta y filósofo sullanense. Hombre altamente motivador  y gran promotor cultural. Hizo estudios de filosofía y ex-miembro del "Círculo de Estudios  "José Carlos Mariátegui" de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Fue Presidente de la "Asociación Nacional de Escritores y Artistas" (ANEA), Filial Región Grau, con sede en Sullana. Tiene  como producción literaria: "Debajo de otro crepúsculo", 1994" y "Sólo las palabras tienen el mar sobre tus ojos". RICARDO SANTIAGO MUSSE, inquieto poeta sullanero. En su corazón siempre latió y sigue latiendo  la poesía con fuerza increíble. Como poeta tiene un gran futuro porque sus trabajos poéticos gozan de calidad. Integró el grupo "Turicaramay". En 1990 publicó su poemario "Sirodina" que se caracteriza por su intensidad  y calidad literaria.

     En Sullana, hay muchos poetas que trabajan en silencio escribiendo poesía. Todos merecen mi respeto y por tal razón los mencionaré: Ildefonso  Niño Albán, Luz del Carmen Arrese Pacheres, José Vega Otero, Elena Herrera Nissioka,  Nazario Vilela Zapata, Bertha Núñez de Sandoval, Anastasio Ordinola,  Ena Víctoria Ognio Bello de Silva,  Dolores Cruz Merino de Acha, Cristina Colonia Zapata,  Manuel Purizaca Arámbulo, Juan Guzmán Arellano, Carmelo Garufi Vidal, Consuelo Urbina Carreño, Francisco Abad  Obando, Juan Carlos Valdiviezo Farfán, Alfredo Gamio Valdiezo, Hebert Vilela Zapata, Augusto  Juárez Siancas y otros poetas más.
                                                                Rafael Alvarado Castillo
Lima, 15 de agosto de 1992.   

miércoles, 26 de septiembre de 2012

ANÁLISIS LITERARIO DE "WARMA KUYAY"


I.- DATOS DE LA OBRA

a.- TÍTULO:  "Warma Kuyay"
b.- AUTOR:  José María Arguedas
c.- ESCUELA O MOVIMIENTO LITERARIO AL QUE PERTENECE AL AUTOR:       Indigenismo. 
d.- GÉNERO LITERARIO: Narrativo
e.- ESPECIE LITERARIO: Cuento
f.- FORMA DE EXPRESIÓN: Prosa

II.- DATOS DEL AUTOR
a.- BIOGRAFÍA: José María Arguedas
      Nació en Andahuaylas en 1911. Sus  padres fueron Víctor Manuel Arguedas y doña Victoria Altamirano. En 1914, falleció su madre quedando huérfano y  en 1917 su padre se casó con la hacendada Grimanesa, quien la maltrataba física y psicológicamente. Cuando tenía doce años de edad acompañaba a su padre, quien era abogado, en sus viajes por Ayacucho, Cusco y Apurimac. En 1930, vivió un buen tiempo con su padre en Yauyos y al año siguiente ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, En 1932, falleció su padre Víctor. A los 24 años publicó su libro de cuentos "Agua". En 1937, terminó sus estudios de literatura y ese mismo año fue encarcelado en EL Sexto por razones políticas. En 1963, fue Director de la Casa de la Cultura y en 1964, publicó "Todas las Sangres". En 1969. se disparó un balazo en la cabeza, en un baño de la Universidad Nacional "La Molina, muriendo a los dos días de penosa agonía. 
b.- PRODUCCIÓN LITERARIA:
-"Agua"
-"Amor mundo"
"Yawar Fiesta"
"Diamantes y pedernales"
-"Los ríos profundos"
-"Todas las  sangres"
-"El zorro de arriba y el zorro de abajo"

III.- ANÁLISIS LITERARIA DE LA OBRA
1.- ANÁLISIS LITERARIO DEL CONTENIDO O FONDO
A.- LOS PERSONAJES
a.- Los personajes principales
      Los personajes principales que participan en la obra son:
-Ernesto: Es el sobrino del hacendado don Froilán y tiene 14 años. Es mestizo y está enamorado de la bella Justina. Vive en la hacienda de Viseca
-Justina:Es una bella india que  se parece a las torcazas  de Suasiyock. Es violada por el dueño de la hacienda. Es enamorada del Kutu.
-El Kutu: Es el indio que trabaja en la hacienda de Viseca. Es novillero y amansador de potrancas. Es tosco y fornido. Es feo con cara de sapo. Tiene la nariz achatada y sus labios  son casi de color negro por el consumo excesivo de coca.
b.- Los personajes secundarios
      Los personajes secundarios de la obra son:
-Don Froilán, el hacendado de Viseca violador de Justina
-Don Julio,  el charanguero.
-La Gregoria, la cocinera
-La Celedonia
-La Pedrucha
-La Manuela
.La Anitucha
-Los becerritos  
-El becerrito "Zariacha"
B.- EL ESPACIO
      Las acciones que desarrollan los personajes de la obra se dan en la hacienda de Viseca.      
C.- LAS ACCIONES
      Las acciones principales del cuento "Warma kuyay" son:
    -El amor  del niño Ernesto por la cholita Justina.
    -La violación a  Justina por el hacendado Froilán.
    -La venganza de Kutu contra los becerritos, en vez de golpear a Froilán por violador.
    -El Kutu se aleja de la hacienda de Froilán.
    .El alejamiento del niño Ernesto de la hacienda y ya adulto recuerda su warma kuyay con   
     melancolía y amor
D.- EL TIEMPO
      El cueno "Warma kuyay" está escrito en tiempo pasado:
."Me fui  al molino viejo; el blanqueo de la pared parecía  moverse, como la nubes que corretean en las laderas del Chawala"
-"Los indios volvieron  a zapatear en ronda..."
-"Me levantó   como un becerro tierno me echó  sobre mi catre"
E.- EL TEMA
a.- El tema principal:
      El tema pricipal del cuento es el amor frustrado del niño Ernesto que se da entre el mundo indigenista y el mundo blanco.
b.- Los temas secundarios:
      En el cuento se dan  como temas secundarios:
      -El odio
      -La ira
      -La violencia
      -La venganza
F.-EL ARGUMENTO
   Es la historia de amor del niño Ernesto por la hermosa muchacha andina Justina. El amor que siente  Ernesto por Justina es  sumamente bello y puro. El alma de Ernestito  es devorado por el amor.  Arguedas narra magistralmente este caso amoroso.  Ernesto siente celos porque el feo del Kutu es preferido por la bella Justina. Un día el Kutu le confiesa que su patrón ha violado a su adorada Justinacha y el niño Ernesto se pone furioso y le dice al Kutu que su tío Froilán es malo y cobarde.  También le dice que lave el honor de Justina matando al violador, pero el Kutu no se atreve hacerlo y le dice que es un cobarde. La historia termina cuando el niño Ernesto se aleja de la hacienda y ya adulto recuerda su warma  kuyay con mucha tristeza y amor profundo.

2.- ANÁLISIS LITERARIO DE LA EXPRESIÓN O FORMA

A.- EL PUNTO DE VISTA DEL NARRADOR
     El cuento "Warma kuyay" está narrado en primera persona, o sea, es un narrador protagonista. El que cuenta  la historia es  el niño Ernesto y que no es sino el mismo José María Arguedas.
B.- LOS RECURSOS LITERARIOS
      El escritor Arguedas utiliza magistralmente los recursos literarios para escribir su famoso cuento "Warma kuyay". En el texto literario podemos encontrar los siguientes recursos literarios:
a.- El símil:
-"¡Justinay, te pareces, a las torcazas de Sausiyoch!" 
-"...sus pechitos parecían  limones grandes".
-"...y mi pena  se parecían mucho a la muerte"
b.- La personificación:
-"Las estrellitas saltaron de todas partes del cielo, el viento silbaba en la oscuridad, golpeándose  sobre los duraznales y eucaliptos de la huerta; más abajo, en el fondo de la  quebrada, el río grande cantaba con su voz áspera".
c.-Reduplicación:
-"Eso sí,  niño Ernesto! ¡Eso sí! ¡Mak tasu!
-"¡Endio no puede, niño!  ¡Endio  no puede!"
-"¡Niñacha,  perdóname! ¡Perdóname mamaya!"
d.- Epanadiplosis:
-"¡Mentira , Kutu, mentira!"
-"¡Sonso , niño, sonso! -habló Gregoria, la cocinera"
e.- Enumeración:
-"La miré de cerca; su nariz aplastada , sus ojos oblicuos , sus labios delgados ennegrecido por la coca, ¡A éste la quiero!".
-"Y era bonita; su  cara rosada estaba siempre limpia , sus ojos negros quemados , no era como las otras cholas , sus pestañas eran largas , su boca llamaba al amor y no me  dejaba dormir".

(Del libro "Antología del  cuento peruano", 1era edición, 2004
Rafael Alvarado Castillo)

Lima, 16 de setiembre de 2012.

lunes, 24 de septiembre de 2012

DILES QUE NO ME MATEN, Cuento completo


   -¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vente a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan  por  caridad.
     -No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.
    -Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya estuvo bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.
     No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.
   -Anda otra vez.  Solamente otra vez, a ver qué consigues.
     No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán  por saber quien soy y les darán por fusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.
     -Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.
     Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:
     -No.
     Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.
     -Dile al sargento que te deje ver al coronel.  Y cuéntale lo viejo que estoy. Lo poco que valgo. ¿Qué ganancia sacará con matarme? Ninguna ganancia. Al fin y al cabo él debe tener un alma.  Dile que lo haga por la bendita salvación de su alma.
     Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hacia la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:
     -Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?
     -La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate  de ir a allá y ver qué cosas  heces por mí. Eso es lo que urge.
     Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada.  Sólo de vivir.  Ahora  que sabía bien a bien que lo iban a matar, le había entrado  unas ganas  tan grandes de vivir cómo sólo las puede sentir un recién resucitado.
     Quién lo iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan  rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás,  como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones.  Él se acordaba:
     Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra,  por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el  dueño de la Puerta de Piedra    y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.
     Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las pananeras hasta que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca, para que él, Juvencio Nava, le volvería a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.
     Y él  y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.
      Hasta que una vez don Lupe le dijo:
   -Mira, Juvencio, otro animal más que meteas al potrero y te lo mato.
     Y él contestó:
     -Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo, Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata
      "Y me mató un novillo.
    "Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para vieja. Y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.
     "Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también diz que de pena. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.
     "Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban.
     -"Por ahí andan unos fuereños, Juvencio.
     -"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y  pasándome los días comiendo sólo verdolagas. A veces tenía que salir a la medianoche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida".
     Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días las pasaría tranquilo. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".
     Se había dado a esta esperanza por entero. Por  eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso, curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.
     Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció  con la nueva de que su mujer se había ido, ni siquiera   le pasó por la cabeza la intención de buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos.Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría  como diera lugar. No podía dejar     que lo mataran. Mucho menos ahora.
     Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente  maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.
     Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago, que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos  buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas, No, no podía acostumbrarme a la idea de que lo mataran.
     Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún  quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Tal buscaban a otro Juvencio Nava que era él.
     Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos, La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.
     Sus ojos, que se habían apeñuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, abajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado  como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato  desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi  que sería el último.
    Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos". Iba a decirles, pero se quedaba callado. "Mas adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos, pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.
     Los había visto por primera vez al parpadear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

     Los había visto con tiempo, Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por rl cerro mientras ellos se iban y después volver  a bajar. Al fin y al cabo la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la  milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

     Así que no valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero,  para ya no volver a salir.
     Y ahora seguía junto a ellos aguantándose  la gana de decirles que lo soltarán. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él.  De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:
     -Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieron venido dormidos.
     Entonces pensó que no tenía nada  más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró  en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.
     -Mi coronel, aquí está el hombre.
   Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver saliendo a alguien. Pero salió la voz:
     -¿Cuál hombre? - preguntaron.
     -El de palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.
     -Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alina -volvió a decir la voz de allá adentro.
     -¡Ey, tú! ¿Qué si has habitado en Alina -repitió la pregunta, el sargento que estaba frente a él.
     -Sí. Díle al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.
      -Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.
     -Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.
     -¿A don Lupe? Sí. Díle que sí lo conocí. Ya murió.
     Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:
     -Ya sé que murió -dijo. Y siguió hablando como  si platicara con alguien allá, al otro lado  de la pared de carrizos.
     -Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa  de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros eso pasó..
     "Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron, tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.
     "Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno  trata de olvidarlo. Lo que se olvida es llegar a saber lo que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde sé que está me da ánimos para acabar con él. No puedo  perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".
     Desde acá, desde afuera, se oyó bien claro cuanto dijo. Después ordenó:
  -¡Llévenselo y  amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!
     -¡Mírame, coronel! -pidió-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de  viejo. ¡No me mates...!
     -¡Llévenselo - volvió a decir la voz de adentro.
     -...Ya he pagado muchas veces. Todo me lo  quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he  pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito  de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Díles que no me maten!
  Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.
     En seguida la voz de allá adentro dijo:
   -Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duele los tiros.
     Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.
     Lo echó al burro. Lo apretó bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro  de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.
     -Tu nuera y los nietos te extrañarán -iban diciéndole. Te miraran a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te han comido el coyote. Cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.
                                                         (Juan Rulfo)
     

domingo, 23 de septiembre de 2012

ANÁLISIS LITERARIO DE " EL BAGRECICO"


ANÁLISIS LITERARIO DE  "EL BAGRECICO"

I.- DATOS DE LA OBRA

a.- TÍTULO: El bagrecico
b.- AUTOR: Francisco Izquierdo Ríos
c.- ESCUELA O MOVIMIENTO LITERARIO AL QUE PERTENECE EL AUTOR:    
      Regionalismo.
d-  ÉPOCA: Contemporánea
e.- GÉNERO LITERARIO: Narrativo
f.-  ESPECIE LITERARIO: Cuento 
g.- LOCALIZACIÓN: El cuento pertenece al libro "El colibrí con cola de pavo real"
h.- FORMA DE EXPRESIÓN: Prosa

II,. DATOS SOBRE EL AUTOR
a.- BIOGRAFÍA: Francisco Izquierdo Ríos
      Nació en Saposoa, en la provincia de Huallaga departamento de San Martín, el 29 de agosto de 1910, Sus padres fueron: Francisco Izquierdo Saavedra y doña Silvia Ríos Seijas. En 1927, terminó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Moyobamba y después ingresó a la Sección Normal del Instituto Pedagógico Nacional de Varones, para estudiar educación. Ejercició la docencia en el nivel primario en Moyobamba, Yurimaguas, Chachapoyas e Iquitos. Fue director del Departamento de Folklore en la Dirección  de Educación Artística y Extensión Cultural del Ministerio de Educación. En 1963,  fue jefe del Departamento de Publicaciones de la Casa de la Cultura y  ese mismo año viajó a Cuba para ser Jurado del Concurso "Premio Casa de las Américas" La Habana.  En 1963, fue galardoneado con el Premio Nacional de Fomento a la Cultura "Ricardo Palma". Posteriormente fue Director de la Editorial del Instituto Nacional de Cultura. En 1980, fue Presidente de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA).  Falleció el 30 de junio de 1980, en la ciudad de Lima.
b.- PRODUCCIÓN LITERARIO:
-"Ande y  selva", 1939
-"Tierra peruana", 1943
-"Tierras del Alba", 1946
-"Mitos, Leyendas y Cuentos", 1947
-"Selva y otros  cuentos", 1949
-"Días oscuros", novela, 1950
-"Los cuentos del tío Doroteo", 1950
-"Papagayo el amigo de los niños", cuentos y poemas, 1954
-"Gregorillo", novela, 1957
-"Maestros y niños", 1959
-"El árbol blanco", 1962
-"Mi aldea", 1964
-"El colibrí con cola de pavo real", cuentos, 1965
-"Gavicho", novela, 1965
-"Los cuentos de Adán Torres", 1965
-"Sinti, el viborero", cuentos, 1967
-"Mateo Paiva, el maestro", novela, 1968
-"Vallejo y su tierra", ensayo, 1969
-"Cinco poetas y un novelista", ensayo, 1969
-"La literatura infantil en el Perú", ensayo, 1969
-"Muyuna", novelas cortas, 1970
-"Belén", novela, 1971
-"Pueblos y Bosques", 1975
-"Voyá", cuentos, 1978

III.- ANÁLISIS LITERARIO DE LA OBRA

1.- ANÁLISIS  LITERARIO DEL CONTENIDO O FONDO
A.- LOS PERSONAJES
a.- El personaje principal
-Bagrecico: Pez  pequeño que se caracteriza por ser inteligente e intrépido al emprender un  un largo viaje lleno de peligros.
b.- Los personajes secundarios:
      Los personajes secundarios del cuento "El bagrecico"  son:
-La madre del bagrecico, quien sufre por la larga la ausencia de su hijo.
-El viejo bagre, pez anciano y sabio, de largas barbas y que se siente muy orgulloso al conocer el mar después de una aventura prolongada.
-La pescadora, mujer flaca, arrugada y anciana que casi caza al bagrecico aventurero.
-Los peces
B.- LOS ESCENARIOS
   Los escenarios o ambientes donde se desarrollan las acciones que desarrollan los personajes son:
      - Los riachuelos de la selva alta del Perú
      - El río Amazonas
      - El mar
C.- LAS ACCIONES
       Las acciones más importantes del cuento "El bagrecico", son:
-La partida del bagrecico del riachuelo de la selva alta para conocer el mar.
-El largo recorrido del río que hace  el bagrecico, a pesar de los grandes que peligros que tuvo que pasar para conocer el mar.
-El regreso a su riachuelito natal, después de conocer el mar.
 D.- EL TIEMPO
       El escritor Francisco  Izquierdo Ríos utiliza  el tiempo "pasado" para escribir el cuento.
-"Vivían  en ese remanso de un riachelito de la selva alta del Perú, un riíto con lecho de piedras menudas y delgado rumor. Palmeras y otros árboles, desde las márgenes del remanso, oscurecían  las  aguas. Esa noche, en un rincón de la pozuela iluminada tenuemente por la luna, el viejo bagre enseñó  cómo debía lleva a cabo el viaje al lejano mar"
-"El bagrecico, mientras tanto, continuaba  su viaje. Después de dos días y medio entró  por la desembocadura del riachuelo más grande"
E.- EL TEMA
      El tema principal o central del cuento  es el viaje lleno de peligros de un bagrecico desde un riachelo de la selva alta para conocer el mar.
F.-EL ARGUMENTO
      En el remanso de un riachuelito de la selva alta, vivía un anciano bagre quien solía decir siempre que conocía muy bien el mar. El bagrecico después de tanto escucharle decidió conocer el mar y  le pidió consejos al viejo bagre sobre la aventura que iba a emprender; éste le enseñó cómo debía sortear los peligros durante el largo viaje. El bagrecico partió una madrugada con la promesa de volver algún día a su querido riachuelito. Después de dos días de viaje ingresó a una gran desembocadura y así cada vez crecía su volumen. El pequeño pez se alimentaba de gusanillos. Un día, cuando se encontraba en una poza casi muerde un anzuelo con carnada de lombriz, pero se acordó el consejo que le dio el viejo bagre que se diera cuenta en lo que iba a comer; siguió su camino y después se salvó de las garras de una vieja pescadora y mientras más se alejaba el ruido del río era más fuerte. Pasó una serie de peligros. Posteriormente llegó al río caudaloso del Amazonas, el cual lo recorrió varios días hasta que una noche llegó al mar. El  bagrecico sumamente feliz después de conseguir su sueño, decidió regresar a su riachuelito que lo vio nacer. Cuando llegó a su destino, después de atravesar muchos peligros, se dio cuenta que no conocía a nadie. Todos los bagrecicos lo miraron como a un extraño. Bajando la mirada hacia el agua del manantial se dio cuenta de que había envejecido después de su largo viaje.
      
2.- ANÁLISIS LITERARIO DE LA EXPRESIÓN O FORMA
A.- EL PUNTO DE VISTA DEL NARRADOR
      El cuento "El bagrecico" está escrito en tercera persona, o sea, el narrador es "omnisciente":
-"En una corriente colmada de la luz de la mañana límpida, una vieja magra, todo arrugas, metida en las aguas hasta la rodillas, pescaba  con las manos, volteando las piedras".
-"La alegría del viajero se dilató  como el cielo cuando, al fin, entró en su riachuelo natal, cuando sintió  sus caricias..."
B.- LOS RECURSOS LITERARIOS
       En el cuento podemos encontrar los siguientes  recursos literarios:
a.-Símil:
-Algunos (peces)  brincaban sobre las agua, relampagueando como  trozos de plata en la oscuridad de la noche".
b.- Epíteto:
-"En las extensas cuevas de este río caudaloso hierven terribles remolinos que son prisiones no sólo para las balsas y canoas..."
c.-Hipérbole:
-"Este es el río de las mil vueltas que me indicó el abuelo,,".
d.- Reduplicación:
-El pobre bagrecico corría a toda velocidad de sus fuerzas...corría...corría... de pronto  columbró un hueco en la orilla y se ocultó en ella".
-"El bagrecico seguía, seguía ora  nadando con vigor, ora  dejándose levar por las corrientes  con las alitas y barbitas extendidas, ora descansando o durmiendo..."
e.- Enumeración:
-"Su cauce era de piedras y, parte, de arena, salpicado de pedrones, sobresaliendo de las aguas con piedras florecidas en el légamos de sus superficies.."
-"Quince kilómetros de cascadas,  peñas , aguas revueltas y espumantes , pedrones , torrentes , rocas,,,"
-"Además había crecido, su pecho era recio , sus barbas más largas , su color blanco oscuro con reflejos metálicos".
C.- ESTILO LITERARIO
      El estilo literario de Francisco Izquierdo Ríos se caracteriza por su sencillez y frescura. El escritor para escribir el texto literario no abusa de los recursos literarios y lingüísticos.

IV- APRECIACIÓN CRÍTICA
       El cuento "El bagrecico" del escritor Francisco Izquierdo Ríos es hermoso ya que el autor nos relata de una manera tan exquisita y llena de frescura,  la aventura de un bagrecico que quiere conocer el mar, pasando una serie de incidentes. La lectura del texto literario resulta sencillo para el lector, lográndolo atrapar desde el comienzo hasta el final.  El cuento está escrito en tiempo pasado y en tercera persona,  mejor dicho, el narrador o el que cuenta la historia es "omnisciente", El autor del cuento recurre a los recursos literarios con suma mesura.  

(Del libro "Análisis del cuento peruano", 1era edición, 2004,
Rafael Alvarado Castillo)

Lima, 16 de setiembre de 2012