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sábado, 31 de enero de 2015

MIGUEL RUIZ EFFIO y su cuento "Derechos de autor"

Escritor Miguel Ruiz Effio

DERECHOS DE AUTOR

Sentado frente a la máquina de escribir, acepto con resignación lo que parece ser mi ineludible destino. Cuánto diera por estar en otra piel, por soñar lo que sueña el común de los mortales, pero está escrito que mi vida sea esta pesadilla, esta inexplicable apropiación de recuerdos ajenos. Ahora mismo soy un usurpador de la suerte de los hombres; ahora es Gabriel, después... Escribo sin convicción, y desfilan por mi mente imágenes de aquellas películas del oeste en las que el héroe se lanza sin miedo sobre el lomo de un caballo desbocado, para tratar de controlarlo. Soy como él, en cierto modo. Pero yo sí tengo miedo: miedo de lo que pase después, miedo de que esto no acabe aquí. Escribo dos palabras, pero dudo, me arrepiento de empezar; finalmente anoto Subió lentamente al ómnibus: casi mecánicamente revisó los bolsillos de su saco hasta encontrar su boleto, allí leyó LIMA-CHICLAYO. Por unos segundos pienso en acabar todo (son las dos de la mañana, esto es una locura) e irme a dormir, pero el sueño no es una puerta de escape; es como si tuviera frente a mí un mazo de cartas y cada día descubriera una, sin saber si será roja o negra, o de espadas, o de corazones, o algo peor. Continúo: Se sentó junto a la ventanilla, para poder fumar; sé muy bien que cada palabra que elija tiene que ser la correcta, de algún modo hay un camino que tengo que encontrar, zonas que no debo pisar, como en el juego del Buscaminas. Cómo es posible que esto esté pasando; cuánto diera por estar en otra piel, cuánto diera por dormir y no soñar, no sentir, no pensar...

1
Todo empezó hace un año, una noche como cualquier otra, es decir, una comida abundante antes de dormir y una pesadilla que cae por su propio peso. No recordaba exactamente el sueño, pero lo sentí cercano, muy mío aunque no supiera de lo que se trataba: desperté a medianoche llorando sin saber por qué. A la mañana siguiente recuperé algunas imágenes del sueño, aunque demasiado vagas como para hallarles significado: me vi caminando en un templo vacío, me vi sentado en una banca esperando algo que no llegaba y por lo que me angustiaba. Le di muchas vueltas al asunto, esforzándome por recordar más detalles; otras noches volví a la comida excesiva antes de dormir, pero la pesadilla nunca volvió. No he mencionado todavía que soy escritor y que la razón de mi búsqueda obsesiva era el presentimiento de que se me escapaba la posibilidad de una gran historia; al fin decidí imaginar lo que no podía recordar: de todas formas siempre he pensado que una historia totalmente imaginada es más valiosa como creación que una basada solamente en hechos vividos. Así escribí un relato titulado SEMEJANTE AL OLVIDO, un texto de casi veinte páginas cuyo protagonista es un joven llamado Gabriel (más adelante daré detalles acerca del argumento, por ahora me parece más importante referir la génesis de mi relato). Las líneas iniciales vinieron a mi mente como una revelación; después de leerlas pensé que la única manera como podía empezar el texto era así: Después dirá que los sueños también son parte de la vida, que con el tiempo los recuerdos se vuelven como sueños, y que Así pasó con nosotros. Sin embargo, no quedé totalmente satisfecho con el resto, había algo ajeno en aquel texto escrito en tercera persona, algo que no me convencía. Supe que no era así como lo quería decir, tendría que corregir el estilo, quizá modificar la secuencia de los hechos, abreviando algunos y suprimiendo otros. Pero pasaron los días y lo fui dejando de lado; otras preocupaciones distrajeron mi atención, y aquel texto fue perdiendo importancia frente a otros nuevos que escribí, a pesar de que yo sabía que tenía una buena historia en mis manos. Nunca permito que mis borradores sean leídos antes de convertirse en textos terminados; fiel a esta costumbre, oculté el relato entre mis papeles privados, y decidí esperar que el tiempo me devolviera a él o que interpusiera definitivamente el olvido entre nosotros.

2
Conocí a Nadia en la facultad de Letras de San Marcos: era una muchacha pequeña y bonita, de ojos entornados —como si mirara a través de la lluvia, escribí una vez acerca de ella— y rostro salpicado de algunas pecas; su voz bajita era un murmullo que traía las palabras como desde muy lejos (o desde otro tiempo; con ella nunca sé cómo decirlo) y su risa sofocada tenía algo que contagiaba fácilmente su alegría. Estudiamos juntos los dos primeros ciclos de la carrera de Literatura, y durante ese tiempo fuimos casi inseparables, no porque hubiera algo más que amistad entre nosotros, sino más bien porque teníamos gustos y preferencias similares en cuanto a cine y teatro, y compartíamos la misma pasión por la música clásica, y si bien ella se inclinaba más por el ballet y la fotografía mientras que yo me dedicaba casi exclusivamente a la literatura, eran estas pequeñas diferencias las que enriquecían nuestros diálogos, porque nos permitían escucharnos mutuamente. Tenía una cámara profesional que llevaba a todas partes: cuando pienso en ella la recuerdo pidiéndome que nos detengamos para fotografiar a un viejo mendigo que muestra su sonrisa de dientes cariados (Ésta se va a llamar DESOLACIÓN, me dijo aquella vez), o la veo registrando imágenes de árboles que languidecen en concurridas avenidas y de piedras húmedas reluciendo en medio de calles anegadas. Creo que soñaba con fotografiar la Tristeza; los años y sus fracasadas tentativas han confirmado mi sospecha de que tan ambiciosa empresa es imposible.
Siempre llegaba tarde a nuestras citas (lo que francamente me exasperaba) y aunque generalmente tenía una excusa válida para disculparse (alguna congestión vehicular o algo por el estilo) le preocupaba mucho lo que yo pudiera pensar de ella. En el tiempo que pasamos juntos descubrí que ella era diferente de mí en otros detalles: le gustaba leer, pero los textos muy extensos, de prosa densa o estilo barroco le producían cansancio; le aburrieron, por ejemplo, cuando nos tocó estudiarlas, obras clásicas como la DIVINA COMEDIA o EL QUIJOTE, y mostró muy poco interés en los cursos de Literatura Anglosajona y Literatura Francesa. Por eso no me extrañó que dejara la carrera apenas a la mitad del tercer ciclo, y que después postulara a La Católica, pero esta vez a Ingeniería. No me extrañó, pero sí me entristeció. Confieso que siempre sentí debilidad por ella: en todo ese tiempo que pasamos juntos aprendí a quererla silenciosamente, sin pedirle nada ni insinuarle lo que yo sentía. Con el transcurrir del tiempo me fui resignando a vivir cerca de ella aunque supiera que iba a ser ajena a mi vida, y fue quizá esto lo que hizo nacer entre nosotros ese vínculo que es tan parecido al amor, pero que a la vez es tan distante que resulta imposible confundirlo con él. Yo seguí frecuentándola: casi todas las semanas la esperaba al terminar sus clases, para salir a almorzar juntos o conversar; era, de algún modo, un esfuerzo para impedir que se extinguiera el sentimiento que hasta ese momento nos había unido. Precisamente una de esas tardes me presentó a Gabriel: yo estaba sentado frente a la biblioteca, donde siempre la esperaba, cuando la vi llegar acompañada de un joven que más bien parecía perseguirla. Ahora pienso que fueron los celos que sentí en ese instante los que precipitaron esa impresión; lo menciono porque al acercarse noté un trato todavía formal entre ellos. Él es Gabriel Mendoza, me dijo Nadia, y yo recordé que ya me había hablado antes de él, vagamente quizá, pero creo que ésta fue otra impresión mía: ella me contó que tenía un amigo que también escribía y yo no quise escuchar más, celoso de que hubiera un tipo que pudiera divulgar así su vocación, cuando a mí en cambio me costaba tanto que la mantenía en reserva (solo Nadia y una de mis hermanas habían leído textos míos). Alberto Cisneros, me presenté, extendiéndole la mano; en su saludo cansino creí percibir la voluntad de un títere. Tenía los ojos negros, como pozos infinitos, el rostro enjuto, la sonrisa como bosquejada por compromiso. Nadia me ha contado que escribes —continué (recuerdo que entoné la frase con compasión, como para minimizarlo)—; me gustaría leer alguno de tus textos, le dije hipócritamente. Nos despedimos, él agradeció mi interés en su trabajo, y yo no volví a acordarme de él sino hasta hace siete meses, cuando empezó mi pesadilla.
Me había olvidado de muchas cosas, incluso de varios relatos que hasta hoy están a medias, había pospuesto mis intereses personales y empezaba a acostumbrarme a la idea de pensar y de sentir como dos. Después de tantas tardes esperando por Nadia me animé a confesarle mi amor, y ella me aceptó: dijo que sí, que si alguna vez se imaginaba compartiendo su vida con alguien, era conmigo, y desde aquel día el mundo me pareció más pequeño, más sorprendente, más vivo. La esperaba casi todos los días después de clases, la escuchaba hablar de sus trabajos, de sus contratiempos, y algunas veces de sus amigos. En varias ocasiones mencionó a Gabriel (dice que está intentando escribir un cuento sobre, acaba de terminar uno acerca de, está corrigiendo el que te mencioné el otro día), pero ya no me importaba. Lo consideraba un objeto decorativo en la vida de Nadia. Después de todo estudiaban juntos; era natural que lo aludiera y, hasta cierto punto, era lógico. Pero una tarde vino a anunciarme que Gabriel había concursado y ganado el tercer lugar en los Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma, lo que sí me inquietó, y más aún cuando me leyó el artículo de la revista universitaria donde figuraba el nombre de su cuento premiado: SEMEJANTE AL OLVIDO (allí decía que el joven escritor había declarado escuetamente que se había inspirado en una experiencia personal). Le pedí a Nadia que consiguiera el texto de Gabriel; dos días después vino trayéndomelo (ella no sabía de mi cuento y yo no se lo había mencionado porque me faltaba corregirlo); leí rápidamente las líneas iniciales: Después dirás que los sueños también son parte de la vida, que con el tiempo los recuerdos se vuelven como sueños, y que así pasó con nosotros..., leí cada línea, repasé cada hoja; durante media hora no atendí a Nadia, que me miraba asustada y me hacía preguntas, pero es que no existían las respuestas...
Era mi cuento.

3
El relato es bastante simple en su argumento; viéndolo ahora como si fuera ajeno a mí, hasta me parece demasiado tradicional. Está escrito con lenguaje sencillo, casi coloquial, a la manera de un monólogo interior, como un recuerdo desplegado únicamente unos minutos para conocimiento del lector (aquí debo agregar que está escrito en primera persona, la recordaba su sonrisa me quedó grabada susurré al despedirme), este efecto le confiere al relato un aire de intimidad, de sincera confesión (y esta es una de sus virtudes), pero a la vez lo lleva a exagerar en el uso de epítetos demasiado gastados, como cielo azul, sus dulces labios, etc. (y de esto me doy cuenta solo ahora que lo leo como si no fuera mío), o que no lo llevan a ninguna parte (como cuando ocupa un párrafo en describir la sensación que le produce contemplar las paredes barrocas de la Iglesia de La Merced, es decir: a quién le importa). En los mejores párrafos se pueden advertir algunas cacofonías que perturban las frases (me encuentro atónito ante ti, por ejemplo) o frases rimadas (...quisiste desterrar mi soledad, curar mi nostalgia; quizá también regalarme un poco de magia) y construcciones redundantes que se debieron corregir (apunto la más obvia: no habían indicios que indicaran). Su narración (que es la mía) naufraga en grandes espacios, pierde el rumbo, abunda en detalles sin importancia. Pero sí, es mi relato, y ésta es una idea que no me puedo arrancar de la cabeza, es lo que tenía en mente, está escrito como yo lo hubiera hecho: con mi estilo, con lo que considero virtudes de mi prosa y también con sus defectos, pero esto tiene mucho que ver con el argumento. El protagonista (yo lo imaginé, pero él se refiere a sí mismo) entra un día a la Iglesia de La Merced casi al mediodía y al detenerse a rezar frente a la Virgen de Guadalupe descubre a una joven que llora en silencio. Por interés o por compasión (ninguno de los dos lo especificamos) Gabriel se acerca a la muchacha, le ofrece un pañuelo, hace algunos comentarios que le ayuden a sentirse mejor y le pregunta su nombre. Katty, dice ella, pero después Gabriel se preguntará si le habrá dicho la verdad, es muy fácil inventar un nombre y ser otra persona, aunque sea por unos minutos. Es cerca del mediodía, están por cerrar el templo; Gabriel le ofrece su compañía y ella acepta. Bueno, adónde, pregunta él y Katty dice Por ahí. Salen despacio, ella parece no tener prisa por llegar a algún lugar, así que dan vueltas por las calles del Centro de Lima (mientras tanto le contará que lloraba por su madre, muerta un año atrás y a quien siempre recuerda por su devoción a la Virgen de Guadalupe) hasta que Katty le pregunta a Gabriel dónde vive y le pide llévame a conocer tu casa. Es aquí donde —por ejemplo— se produce uno de esos extravíos de los que hablé antes, porque relatamos el viaje en un ómnibus casi lleno (él toca la mano de la joven y ella no se inmuta; de pronto la abraza, ella le sonríe) desde el punto de vista de Gabriel: describimos sus sensaciones, sus ansiedades, y la recreación de ese momento cálido y a la vez inesperado se nos escapa de las manos, las frases se tornan poco convincentes, el ruido del ómnibus no consigue apagar el susurro de tus palabras, tú también me escuchas, y todavía no entiendo por qué, la prosa poética sucumbe ante la metáfora simple y el símil predecible, acaricio tu mano pequeñita y siento tu piel de durazno. Llegan a casa de Gabriel, es un departamento dentro de un edificio, hay un largo pasadizo de acceso y ellos están tomados de la mano (aquí se produce un diálogo más íntimo entre los dos, quizá debió producirse antes, pero conseguimos salvar la situación para lo que vendrá). Gabriel abraza a la muchacha y la besa: ella aparta su rostro y lo desafía con la mirada, pero sin zafarse; él la besa otra vez, y Katty se abandona al momento. Estas líneas son —a mi parecer— las más sutiles del texto, y contienen algunos momentos originalísimos (...para descubrir tus labios, molinos húmedos y lentos, combatiendo furiosos dentro de mi boca), pero son solo dos párrafos de no más de quince líneas cada uno y luego volvemos a los diálogos entre ellos (muy poco trabajados) y a la excesiva descripción del transcurrir del tiempo, de los besos y las caricias. Llega el momento de despedirse, han dejado pasar dos horas en aquel pasadizo, solo queda fijar el lugar, la fecha y la hora de su próximo encuentro (yo sabía que la espera sería difícil, que odiaría cada uno de los minutos que me separaban de aquel día, sabía que al cabo de tres días me sería difícil recordar su rostro y que necesitaría volver a verla, pero también presentí que algo malo sucedería). El relato concluye cuando Gabriel acude a la cita, pero ella jamás llega.
He leído una y otra vez el relato de Gabriel y lo he comparado con el mío: aunque mi texto está narrado en tercera persona y el suyo en primera, las palabras son las mismas (solo he encontrado algunas diferencias de sinonimia, como cuando yo digo palabras tiernas y él dice delicadas palabras, o como cuando sustituye con la larga e inútil espera mi frase la prolongada, la inútil espera), el argumento es el mismo, el desenlace es único e ineludible. Pero su texto es un testimonio; el mío lo he tomado de un sueño. Quizá por eso éste palidece ante aquél, aunque me repito constantemente que los relatos son idénticos. Me he preguntado una y otra vez si mi relato imaginado es más valioso que el texto de Gabriel, que es prácticamente la trascripción de una anécdota, y sobre todo me he sorprendido interrogándome Cómo es posible que él haya vivido lo que yo soñé. Porque hoy, varios meses después de aquella noche, he recordado claramente mi sueño, y sé que cuando creí imaginar lo que no recordaba estaba en realidad escribiendo desde el inconsciente, e intuyo que mientras yo escribía el relato (confieso que me estremece anotar esto) Gabriel lo vivía.

4
Decidí olvidarme del asunto; pensé que buscar una explicación de lo que había ocurrido era una tarea simplemente vana, y que además no había nada que hacer puesto que Gabriel ya había sido reconocido oficialmente como el autor de SEMEJANTE AL OLVIDO, aunque supiera que el texto era también (¿también?) mío. Decidí seguir experimentando mi felicidad reciente: me propuse vivir momentos valiosos con Nadia, construir anécdotas entrañables a su lado, y volver a mi olvidada vocación por la escritura. Había dejado pasar varios meses (casi seis) desde el último texto; me propuse escribir algo realmente bueno. Precisamente una de esas noches me quedé hasta muy tarde en casa de unos amigos de la universidad, comiendo, bebiendo y cantando; tuve que buscar un taxi que me llevara de regreso desde Surco hasta mi casa, en Balconcillo. El chofer me llevó por calles que hasta ese momento me habían sido desconocidas: recorrimos Malachowsky, Copérnico, Gozzoli y otras con nombres de flores y de héroes anónimos que ahora no recuerdo, y fue quizá el licor que había bebido lo que despertó dentro de mí la sensación de que estaba siendo raptado o tal vez conducido a un rincón inhóspito. No dije nada, naturalmente: el chofer me dejó en mi destino sin ningún problema y tuve que descansar de la borrachera para que se me pasara aquella extraña impresión. Pero esa misma noche tuve un sueño bastante extraño, y a partir de esta experiencia escribí REGRESO A CASA, un relato corto donde el protagonista sube a un taxi e inicia una animada conversación con el chofer, a tal punto que deja de mirar a su alrededor: el vehículo circula por calles estrechas y desconocidas, tal vez olvidadas por la mayoría de transeúntes, pero el protagonista no se inmuta, nunca percibe nada raro; de pronto el taxi se estaciona en un lugar oscuro, junto a unos árboles (hay un poste de luz, pero el foco está quemado, la calle está sin pavimentar); es recién en ese momento cuando el tipo pregunta Pero adónde me ha traído, y el taxista no responde: a través de las lunas opacas del vehículo ven acercarse un par de sombras, quizá una de ellas lleva una navaja o un cuchillo, y lo balancea al compás del sonido que produce el claxon.
Pensé que la historia me había quedado redonda; había, sin embargo, un par de detalles que corregir, frases que se podían mejorar. Varias semanas anduve buscando un adjetivo para reemplazar a otro, consulté casi todas las secciones del diccionario para hallar vocablos que expresaran más precisamente lo que quería decir, y cuando estaba por realizar la última corrección llamé a Nadia.
—Justo estaba por llamarte —dijo apenas oyó mi saludo; parecía contenta—. Quiero que me acompañes a la universidad: me van a dar un premio.
Aquel trabajo suyo llamado DESOLACIÓN había ganado el premio de fotografía de los Juegos Florales. Ella me había propuesto participar en la categoría de Cuento, pero para esa oportunidad yo todavía no tenía ningún texto listo. Cuando llegué a su casa para acompañarla estaba todavía bastante emocionada y, sobre todo, nerviosa. Yo estaba feliz por ella, y verla así, tan sorprendida, tan frágil, me provocó un especial sentimiento de ternura: sus ojos vidriosos me buscaban una y otra vez, y yo sólo podía sonreírle sabiendo que eso quizá no era suficiente. Al llegar nos sentamos en la zona central del auditorio: yo estaba de tan buen humor que ni siquiera me importó cuando Gabriel se acercó y se sentó junto a nosotros; incluso me hizo gracia ver la enorme venda que llevaba pegada en la frente.
—¿ Y eso?
—Un mal momento, pero después de todo le pude sacar provecho —me contestó Gabriel, acariciando un cartapacio que llevaba en las manos. Parecía un niño con su juguete nuevo.
—¿Tú también ganaste? —pregunté sorprendido.
—¿No te dije? —interrumpió Nadia, que estaba sentada entre Gabriel y yo— Gabriel ganó el concurso de cuento.
Ella le quitó el cartapacio y me lo alcanzó; yo presentía lo que iba a encontrar, pero aún así lo abrí y leí:
REGRESO A CASA, por Gabriel Mendoza
La ceremonia empezó y a partir de ahí no supe nada más: recuerdo que Nadia sonreía y que yo fingía estar satisfecho, creo además haber estrechado la mano de Gabriel en algún momento, recuerdo los aplausos, las cámaras fotográficas y las preguntas, el lacónico discurso del joven que se tocaba la frente y admitía que hasta ese momento solo había trascrito experiencias personales, y recuerdo, sobre todo, el violento golpeteo dentro de mi pecho, el sudor de mis manos y mi cuello, la terrible sofocación que me producía no querer pensar o no entender o no poder borrar de mi mente el único pensamiento que iba y venía como un pesado péndulo: Esto no puede estar pasando, es una locura...

5

Solamente la certeza de que, a pesar de todo, yo mantenía cierto control de la situación evitó que cometiera una locura más grande. Quería gritar que Gabriel era un simple remedo, un triste y patético eco de mis escritos, pero reflexioné que eso no serviría de nada, que finalmente él había recibido ya los reconocimientos que desde hace tiempo yo anhelaba para mí. Además yo jamás había hablado más de cinco minutos con él y nos habíamos limitado simplemente a asuntos genéricos, temas dictados más bien por la cortesía y las buenas costumbres antes que por alguna relación de simpatía o amistad. Solo una vez contesté una llamada suya, en casa de Nadia, y antes de comunicarlo con ella le pregunté si estaba escribiendo algo nuevo: Nada por el momento, contestó, lo que escribo mayormente se basa en mis experiencias, y últimamente no me ha ocurrido nada digno de ser escrito. Pensé que era lógico: yo no había tocado la máquina de escribir desde que asistí a aquella última premiación. No le conté a nadie del asunto, ni se lo mencioné a Nadia: sabía que sería difícil explicárselo y que al final tampoco me creería, o que pensaría que tan solo me estaba dejando llevar por algún tipo de celos.
Quizá saber que estaba solo en esto fue lo que me llevó a idear este plan, tan burdo y falto de forma al principio, pero ahora tan seguro de ejecutar que llegado el momento me dejará limpio y al margen de todo. Esta es otra de las cosas que agradezco a Nadia, porque fue ella la que me proporcionó (sin saberlo, por supuesto) la ocasión. Habíamos quedado en que ella vendría a mi casa hoy a las ocho, aprovechando que mis padres y mis hermanas han salido de Lima: éste sería por fin el momento de privacidad que tanta falta nos hace a los dos (con todo lo que ha pasado la he descuidado bastante, lo admito, pero confío en que esto pronto va a acabar). A las siete y media me llamó para decirme que no podría llegar a la hora acordada, que estaba en el terminal con un grupo de amigos de la universidad despidiendo a Gabriel. Viajaba a Chiclayo.
—Su familia presentó su cuento REGRESO A CASA a un concurso de allá —me contó—. Ganó el segundo premio.
Yo simulé fastidio por este contratiempo, y sentí celos; no de que Nadia estuviera despidiéndolo a él en lugar de venir conmigo (a fin de cuentas eran varios muchachos los que se encontraban acompañándolo, seguramente la habrían convencido), sino de que Gabriel hubiese vuelto a ganar con un relato que —solo yo lo sabía— era mío.
—Pero apenas acabemos con esto voy contigo, mi amor. No te preocupes.
—Bueno. Ya nos vemos...
                                               * * *
He dejado caer mi cabeza sobre el escritorio, las manos vencidas sobre las teclas de la máquina de escribir. Cuánto diera por no tener conciencia, ni un vestigio de esa voz que más tarde —lo sé— me reprochará el crimen que estoy cometiendo. ¿Quién me otorgó la potestad de decidir la suerte de al menos un individuo, a mí, que no soy mejor que cualquiera? El que lo hizo, ¿me creyó capaz de manejar los hilos sin dejarme llevar por flaquezas atribuibles al ser humano más común? No hay respuesta para mis interrogantes, nadie señala un derrotero inequívoco para mis dudas. Una vez más me convenzo de que estoy solo en esto, y tengo miedo. Pasarán las horas, los llantos, la ansiedad de hallar culpables; pero todo pasará por sobre mí, por debajo mío, incluso a través de mí. Soy intocable, insospechado dueño del destino de los hombres; pero como dios soy improvisado y corrompible, presa fácil de mis emociones y conveniencias.
Me lo contarán como un relato triste, como una historia cuyo final fue violentamente truncado; yo tendré el rostro compungido, la mirada apesadumbrada, los gestos desganados. Me dirán uno por uno los detalles que ya conozco, me nombrarán el lugar, me señalarán la hora; quizá me indicarán algunos detalles del epílogo, minucias inútiles que ya no convenían a la historia, pero en fin. Yo acompañaré al personaje hasta sus últimos momentos, a su recorrido final, a la despedida sorpresiva que le obligué a realizar, y le dedicaré algunas palabras finales, alguna oración íntima y desconocida que improvisaré dentro de mí para mi tranquilidad, para mi salvación.
Pero eso será mucho más tarde. Ahora solo puedo continuar lo que ya empecé: El ómnibus le pareció frío, algo impersonal: quizá hubiese deseado que el tipo de al lado le conversara, le preguntara algo que él tuviera que contestar por cortesía.
El teléfono suena (son las dos de la mañana). Interrumpo un momento la escritura para contestar:
—Soy Nadia —dice la voz del teléfono—. Sé que es tarde. ¿Puedo ir a verte o estabas durmiendo?
—Claro que no, ven. ¿Ya se fue?
—Sí. Lo acompañamos hasta que el ómnibus partió. Le tocó sentarse junto a la ventanilla, como quería... Bueno, estoy contigo en una hora.
Tal vez su compañía me ayude a olvidar los remordimientos, tal vez sus caricias y sus besos puedan borrar las imágenes que pululan en mi cabeza como insectos, como inflamables mariposas de papel. Tal vez me ayude a no pensar, a borrar el recuerdo del último año: Gabriel enciende un cigarrillo, aspira con placer el humo del tabaco, lo arroja lentamente. No sabe qué sentido tiene su vida, y por primera vez no le importa. Yo escribo por primera vez sin conocer la ruta del relato: solo sé que el caballo desbocado ahora trota bajo mi control, que Gabriel viaja en un ómnibus a Chiclayo, y que después de algunos párrafos que iré inventando a medida que voy escribiendo (palabras que son mero relleno, que son un pretexto para llegar a donde quiero llegar) lo haré desbarrancar en las traicioneras curvas de Pasamayo.

SERGIO GALARZA y su cuento "El mapache"

EL MAPACHE
Para Tito y Simona, por cuidar del mapache

Lavaplatos, ayudante de entrega de artículos informáticos, cuidador de una piscina, dependiente de la sección de comida en un supermercado, teleoperador por tres días y paseador de perros, son algunos de los trabajos que he realizado desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos. Antes fui empleado en una oficina. ¿Oficina de qué? No importa (pero parecía una nave espacial Alucinada en los años cincuenta). Los empleados son sólo empleados en cualquier parte del mundo. He viajado por Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay, Florida, Alabama, Mississipi, Louisiana, Washington, Chicago, Ohio, Nueva York y ahora escribo estas señales de viajero desde Barcelona, aunque mi hogar en España está en Madrid. Han pasado unos meses desde que partiera una mañana de forma definitiva de Lima, luego de varios regresos obligados. Lima es la ciudad donde aprendí a odiar, verbo que conjugo muy bien si de pelear se trata, donde, como una carta de despedida en cada lugar al que llegara. Sin embargo, mis odios persisten y se renuevan, mientras extraño aquella primera carta de despedida. Quien me reveló esta verdad fue un mapache.
Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenia ganas de borrar el lado A de un disco sin éxitos. El lado B es éste, que empieza como todo aquí en Madrid.
Trabajo paseando perros. Es un trabajo que me aleja de la gente y sus tareas. Cuando era lavaplatos ahuyentaba a las ratas del Deep South para tirar la basura y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que me preguntaba a cada rato cómo me sentía. Ésta es una de las cosas que más odio, que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llagado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso soy un tipo que necesita ayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez como si acabara de salirn de un centro de desintoxicación? A veces no me interesa hablar en las reuniones; sólo me da la gana de escuchar y quedarme ciego de fiesta. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama tendida a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia como la jaula del mapache que conocí.
Llegué a Madrid en compañía de Laura, mi novia. La convencí de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitare caer en el recuento amoroso de nuestra relación. Basta con confesar que el dia que todo empezó ha sido el más feliz que he tenido hasta ahora. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando y en la calle una 4x4 pasó por mi cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría. Subí a una combina y en un momento pasamos al lado de la 4x4. Sus ocupantes eran interrogados por unos policías. Quería contarles a los noctámbulos que viajaban en la combi que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararian a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.
Vivo el La Latina, el barrio al que llegué con Laura hace unos meses. Unos parientes tan lejanos que sólo conocí aquí me alojan por estos días a unas calles de la habitación que alquilamos. La habitación quedaba en un sótano, lo que nos emparentaba con los topos. En invierno el sol apenas si se asomaba por las ventanas a ras del suelo, y para saber si era de día o de noche había que mirar el reloj, aunque la hora nos tenía sin cuidado porque entonces éramos dos jóvenes desempleados y deslumbrados por el bullicio de una ciudad que respiraba el polvo de las construcciones y el humo de la fiesta perpetua. La ruptura sucedió al comienzo de esta primavera. Yo ya había conocido a Odo, el mapache, por medio de un amigo que pensó que si perros y mapaches tienen cuatro patas, entonces daba lo mismo cuidar a unos que otros. Llevaba dos semanas visitándolo en su casa de Pozuelo, una zona de gente adinerada, con residencias que me recordaban a la Planicie en Lima. Por las mañanas me iba a la Moraleja, otra zona residencial, donde dos labradores me recibían entre arañazos y lamidas; luego paseaba a los perros que fueran apareciendo en la semana, y por la tarde Odo me bufaba desde un rincón de su jaula amenazando atacarme.
El mapache es una rata, aunque haya quienes lo emparenten más con un gato. Es más grande que una rata, quizá como aquella que una tarde de fútbol hizo lo que la policía no podía: dispensar a una horda de barristas del Alianza Lima que amenazaba vengar la derrota de su equipo por las calles aledañas al Estadio Nacional. Los barristas portaban varas de fierro y piedras, asaltaban a los vendedores ambulantes que aceptaban resignados su prudencia, desquitaban su furia contra cualquier desprevenido que cruzaba por su camino, abollaban los carros que quedaban atrapados en esa telaraña de frustración y robaban lo que hubiera en su interior, destrozaban a pedradas los vidrios de casas y edificios en un concierto de violencia. El odio arrasaba las calles. Hasta que la rata saltó de u desagüe sin tapa. Empezó a correr entre los barristas se dividieron y yo aproveché para irme a casa porque ya habían empezado a asaltar a cualquiera de la horda que no reconocieran.
Los mapaches son animales que uno recuerda gratamente sin haberlos conocido. Las películas de dibujos animados han de haber dejado en toda una imagen inofensiva y de bicho hábil del mapache. La última parte es cierta: se trata de un animal que tiene cinco dedos en cada mano y las utiliza con la destreza que una gran parte de la gente desearía poseer. La primera es mentira. Consideran a los extraños como enemigos. El dueño de Odo era, por una herencia no bienvenida, un anciano que mataba las horas leyendo el diario encerrado en su habitación. Quien llevó a Odo a la casa fue su hijo, un chico que vive en Londres. El anciano, que apenas hablaba, ahuyentó a su hijo con su intransigencia. Quería que tomara las riendas de la imprenta que les había permitido vivir en la monarquía periférica de Madrid. El chico se espantó por la insistencia del padre y voló donde la hermana de su madre fallecida hacía pocos años, dejando al mapache enjaulado. Más allá de estos trazos gruesos, aquella historia familiar terminaba cuando el anciano tiraba las puertas de la casa cada tarde que yo limpiaba la jaula del mapache.
Irene, la empleada de la casa, tampoco quería al mapache. Ni siquiera se atrevía a pasar por delante de la jaula. Irene trataba de evitar también al anciano y sus quejas por la suciedad y el desorden que según él imperaban en la casa. Era obvio que el hombre estaba desquiciado. Además del salón, la cocina y el baño, la única habitación con rastros de vida era la suya. La de su hijo permanecía clausurada y el resto de cuartos guardaban nada más que ausencias. Las marcas del pasado, como fotos y adornos, estaban en unas cajas que ocupaban la mitad de la cochera, donde se oxidaba un carro que parecía una cápsula del tiempo de ésas que ya no salen en las películas de ciencia ficción. Irene limpiaba las cajas todas las semanas mientras al otro lado de la casa yo le hablaba con cariño a Odo y baria su mierda, rogando por que no me mordiera.
Por las mañanas el trabajo era más relajado. Recogía a los dos ladrones y caminábamos hasta un parque cercado detrás de su casa. No causaban problemas, y cuando no tenían ganas de jugar se dedicaban a arrancar las ramas de los árboles. Esos ratos los aprovechaba para lee, escuchar música o concentrarme en el rostro de una chica que pudiera transportarme a una escena de felicidad. A veces me distraía mirando a los adolescentes que se escapaban del colegio y perdían el tiempo en el parque infantil de al lado, cantando los éxitos de moda en la radio y hojeando revistas del corazón. Los chicos buscaban entonaban las mismas canciones y fumaban hachis. ¿Contra qué se rebelaba esa banda adolescentes bronceados en incubadoras y barnizados con gel? ¿Contra el aburrimiento cultivada por la cuenta bancaria de sus padres? ¿Contra la velocidad de las motos que volaban por las calles se sus hogares de piedra? La adolescencia: época de fracasos y victorias mínimas que uno engrandece para empapelar las paredes de la memoria. Mis recuerdos de esos años son gigantografías de detalles borrosos.
Veo que no me falta nada para alcanzar los treinta años. Mi hermana tenía ya dos hijos a los veinticinco. A mí no me atrae la idea de ser padre, no si la paternidad me obliga a trabajar más de ocho horas diarias y callarme la boca si el jefe me grita porque mi deber es mantener el empleo sobre todas las cosas. Si encontrara una mujer que me delegara las tareas del hogar y saliera a trabajar cada mañana, entonces sí que me agradaría criar a un niño. Le cambiaría los pañales y no había que tragarse el miedo a que me mordiera. Sería como cuidar a un mapache recién nacido. Trataría de que no se convirtiera en un animal huraño al crecer y no alimentara el odio natural que todos llevamos dentro. Me gustaría que no copiara mis manías, que soportara una cama destendida al llegar del trabajo y que no menospreciara los gustos musicales de otros sin claudicar de los suyos, es decir, los que aprenderá de mi colección de discos. Me costaría trabajo entender que asuma a Jim Morrison como su héroe. Para mí Morrison es el héroe de los poetas borrachos que ahogan su escaso talento entre el tráfico de las ciudades. A pie, por supuesto. Porque un poeta, bueno malo, siempre anda a pie.
Pregunta: ¿terminaré ahuyentando a mi hijo hipotético como el anciano de pozuelo?
El placer del paseador de perros: husmear en pisos y casas extrañas, establecer el perfil del dueño mirando su estantería de libros, si la hay, los platos sucios en la cocina, que siempre los hay, y los medicamentos y los envases del baño. Las ventajas: esos paseos impagables por el parque Retiro, las horas de lectura en compañía de un perro exhausto por el calor, el disfraz de dueño que el paseador aprovecha para conversar con las chicas guapas que se acercan a acariciar a la mascota adoptiva. La comida: bocatas de calamares, de chorizo ibérico y agua. La música: cualquier grupo con reminiscencias Fol o country. La fantasía: tirarse a una dueña. La calamidad: observar a las parejas sudando amor tiradas bajo los árboles y esas familias en bicicleta o paseando como un ejército victorioso. La realidad: eres el empleado de un perro.
Después de un mes limpiando la jaula de Odo, estaba al borde de un colapso nervioso. Temía por mi vida cada tarde en Pozuelo cuando Odo mostraba esos dientes que podían atravesarme la mano como a un crucificado. A esto había que sumarle el calor que inundaba los vagones del metro y convertía a los pasajeros en muñecos de plástico dentro de un microondas, mientras en la calle el sol caía como una plancha sobre los turistas que exhibían la palidez de sus afectos por el centro de Madrid. Mis amigos veraneaban en otras ciudades, y cada mañana al bajar por las escaleras mecánicas del metro me sentía como una sardina a punto de ser triturada y enlatada. Para legar a La Moraleja tomaba un bus en la Plaza Castilla. El bus se llenaba de rumanos, latinos, árabes y algunas excepciones españolas. La gente rompía la fila por subir y el chofer nos castigaba manteniendo apagado el aire acondicionado. El bus era un container de olores que invitaban al desmayo. Odiaba que me antepusieran un brazo en la cara, que alguien renegara en voz alta cuando el día apenas empezaba, que todos tuvieran como timbre de sus móviles las horribles canciones de moda que sonaban como música metálica, que ese árabe siempre cargara con una radio portátil donde difundía la música pop de su país. Odiaba estar en una jaula, pero todos viajábamos por el mismo camino.
Una tarde en Pozuelo, mientras esperaba que Odo se alejara de la puerta de su jaula para limpiar el anciano me sorprendió al hablarme por la espalda.
- ¿Cómo está ese bicho?
- ¿No sé, yo lo veo igual.
El anciano me hizo e un lado y miró por la única reja durante unos minutos al mapache. Luego no entendí lo que dijo y desapareció. Esa noche tuve un paseo de urgencia para una bóxer. Su dueña era una chica que vivía sola en un piso del barrio de Salamanca y viajaba a menudo por asuntos de negocios. La bóxer dormía en el sofá de un salón donde abundaban los folletos de ropa y las revistas de economía. En la cocina nunca había rastros de comida y en el baño sobraban las maquinas de afeitar. La habitación de Paula, la dueña, siempre estaba cerrada.
La bóxer estaba obesa y se desplomó al pie de un semáforo a pocas calles de su hogar. Allí nos quedamos el resto de la hora que debía durar al paseo. Los carros cruzaban a toda velocidad, la gente corría a sus citas nocturnas sofocada por el viento que parecía salir de un motor recalentado, unos policías me dijeron que el perro debía llevar un bozal porque parecía peligroso, y un padre que iba con su familia me ordenó creyendo que eran de la bóxer, que recogiera unas morcillas de mierda que uno de sus hijos estuvo a punto de pisar. Deseé que la perra se transformara en un mapache gigante y los aplastara a todos con la cola. Después el mapache huiría de la policía corriendo por la Gran Vía y se quedaría ciego por los flashes de los turistas. Se colgaría del aviso de Schweppes como King Kong, pero la faltarle Jessica Lange como prisionera le dispararían con una bazuca. Su muerte sería aprovechada por los chinos, que venderían camisetas con la cara del mapache en la Plaza Mayor. El Garaje Sonico de Malasaña sería rebautizado en su honor. Unos vándalos reemplazarían al Oso y el Madroño por una estatua del mapache. Los niños pedirían un mapache de peluche como regalo de Navidad y yo me convertiría en el Paseador Anónimo.
El barrio de Salamanca es una zona aséptica si uno levanta la mirada hacia sus edificios y visita sus bares y discotecas, pero si la entierra ( lo cual es una recomendación ), apreciará la consistencia y los colores de la mierda perruna que los dueños de sus depositarios esperan que otros recojan. Definición general de Madrid: ciudad de jorobas forzosas por el asco a pisar mierda. Para quien desee saberlo, la mierda del mapache es como la de un labrador. Sólo cuando el hedor era insoportable e su jaula, Odo me dejaba limpiar tranquilo, brindaba una tregua a su empleado y bufaba si me demoraba en hacer mi trabajo. Busqué cebarlo para ver si así le provocaba una depresión por sobrepeso. Le picaba la fruta en pedazos grandes esperando que uno se le atorase en el esófago. Estuvo sin agua unos cuantos días porque n me dejó sacar su plato. Qué diferencia con la bóxer y su dueña invisible, a quien encontré encerrada en su habitación una noche que volví a pasear a su mascota.
Paula siempre solicitaba el servicio de paseo a última hora, por las mañanas o por las noches. Fue una de esas mañanas que tuve que regresar con el perro unos minutos después de salir tras darme cuenta de que había olvidado mi móvil en su baño. Mientras abría la puerta del departamento escuché un portazo en el dormitorio y una ráfaga de aire esparció por el suelo unas hojas de papel que estaban amontonadas en una mesa. Recogí el móvil y me acerqué a su puerta. Seguro ella escuchaba mi respiración agazapada en la cama. Había llamado a última hora diciendo que tenía que viajar de improviso. ¿Acaso había perdido el vuelo y le avergonzaba admitirlo? ¿Por qué su dormitorio estaba siempre cerrado? En ese momento me parecieron tonterías propias de quien no tiene otra cosa en qué pensar a las ocho de la mañana. ¿Estaría en ropa interior? Permanecí detrás de su puerta esperando que algo la delatara: un estornudo, un lloriqueo, la respiración agitada de una niña descubierta en su travesura. Luego arrastré al perro fuera del piso y desaparecimos por el asesor.
Fatigado por el trabajo y las preocupaciones de mi supervivencia, llamé a mi amigo- jefe una mañana para avisarle que estaba mal del estómago y que él tendría que hacerse cargo de Odo y de cuanto perro hubiera que pasear ese día. Pretendía quedarme en la cama, pero el calor me expulsó a la calle. Caminé buscando refugio bajo los árboles. Tomé unas cervezas y compré unos discos que necesitaba para soportar la dejadez y la soledad que me invadían por la noche. Para regresar a casa me sumergí en el metro. Revisaba mis discos cuando una chica empezó a gritar mi nombre desde el andén de en frente. ¿Paula?
No la reconocí, porque su cabello se había oscurecido y llevaba un corte horrible, como si la peluquera le hubiera colocado un wok en la cabeza para perpetrar ese esperpento. Pauline, mi ex compañera de piso, me sonreía dibujando esos hoyuelos con los cuales me había alegrado varias noches en las que nos burlamos frente al televisor. La había olvidado. ¿Por qué recordamos a alguien? Siempre tengo presentes a mis padres porque incumplo todas sus advertencias y mis aventuras acaban como profecías que para otros sólo suponen tropiezos. ¿Será por esa manía de tomarme hasta los fracasos mínimos como tragedias? Quizá no haya nada más importante para fijarme en esa ruta, como un camionero que cree que su vida está escrita en los avisos publicitarios que palidecen a lo largo de cualquier desierto. Las risas de Pauline no había marcado un territorio en mi memoria, donde dominaba la derrota de mi relación con Laura, una lista interminable de historias inconclusas y los colmillos del mapache.
Saludé a Pauline fingiendo esa emoción de los encuentros casuales que detesto por sus chirridos adolescentes, sobre todo si se trata de alguien a quien te da lo mismo ver de nuevo. Ella me hizo una seña para que la esperara en mi andén. Perdí el tren y cuando llegó corriendo mientras se quitaba aquella peluca en forma de casco que me había engañado, no supe ni putearla porque el siguiente tren tardaría más de cinco minutos o decirle que se veía linda. Nos abrazamos y salimos de la estación rumbo a un bar. Si le hubiera puteado no habría podido disfrutar de esos hoyuelos.
Pauline vivía en un piso con un estudiante peruano y una modelo rusa. Se ofreció a presentarme a mi compatriota y la corté diciéndole que ya conocía a varios. Pauline me contó que acababa de terminar con un novio argentino que la estresaba con su manía por construir frases trascendentales. Pero el detonante de la ruptura no fue eso, sino la exasperación que le causaban sus gemidos en la cama. El argentino, bruto y dócil de apariencia según Pauline, se portaba como una niña que asume su primer polvo como la comunión entre sexo y amor. Esta situación tuvo su capitulo final cuando ella le exigió una tarde, con la ropa esparcida en la cocina, que la penetrara con fuerza y le jalara los pelos. Él se negó porque temía hacerle daño y, además, la cocina no le parecía un lugar adecuado para tirar.
- Pobre huevón, yo te la hubiera metido y punto.
Mi comentario me sorprendió a mí mismo. Pauline enmudeció y secó de un trago su cerveza. Luego pidió la cuenta. La había cagado. Estaba por disculparme cuando ella me clavó la mirada. ¿Tenía que pegarme para sentirse desagraviada?
¿Entonces? ¿Vamos a mi piso o al tuyo?



Odo se enredó en mi brazo un día. Aprovechó que se me cayó el plato de agua dentro de la jaula para dar un brinco y prenderse como un alfiler. Bufaba en mi oreja mostrando el filo de sus colmillos. Traté de esconder la cabeza para que por lo menos no me desfigurara. Para qué tanto viaje si me va a matar un mapache, me lamenté. En momentos así uno se sumerge en el recuerdo de cosas que aún le faltan por hacer, en el de aquéllas que le producen un arrepentimiento sutil o brutal que, da igual, son el síntoma de la fragilidad humana que necesitaba el mapache para perdonarme la vida. Sus bufidos bajaron de tono y empecé a girar la cabeza hacia él. Un leve movimiento bastó para que el animal retomara su posición hostil. Tardó un rato en calmarse y luego saltó al suelo. Se quedó sentado a mis pies. ¿Cuántos días llevaba esa jaula? ¿Quién y dónde lo habría capturado? ¿Cual era su edad? ¿Le gustaba viajar? ¿Qué lugares había conocido? ¿Tenía una familia esperándolo?
Los días siguientes el mapache se deprimió y el trabajo dejó de ser un riesgo. Se la pasaba acostado en cualquier rincón y su pelaje comenzó a parecer la melena de un vagabundo. Un mapache resignado a su suerte. Por las noches me preguntaba qué contradicción existía entre considerarme un viajero y trabajar como empleado. Para viajar había que caer en la despreocupación, dejar que los mapas se dijeran con los obstáculos que aparecían en el horizonte, creer que la única responsabilidad era no prolongar las responsabilidades ineludibles que a veces asaltan a cualquiera. Todos aquellos que piensen así son unos ilusos. Siempre hay responsabilidades que cumplir; si no, pregúntenle a un empleado: él también quisiera viajar en avión o durmiendo frente al televisor. ¿Debía marcharme una vez más sin mirar atrás, para quedarme botado en otra ciudad en la cual tendría que trabajar quizá en un ofiuco duro para escapar de ahí? La idea no me agradaba. Pauline me dijo, una de las últimas veces que nos vimos, que a mi edad ya quería tenerlo todo arreglado en su vida. Había marcado una frontera clara para la siguiente etapa. Suspiraba antes de empezar una frase y le disgustaba que le dieran la contra. Quería hartarse de su juventud para adoptar el próximo personaje.
Paula solicitó un servicio un domingo por la noche. El piso estaba con la luz del salón encendida. Era la regla. Cuando la bóxer se quedaba sola esa luz no podía apagar. Por un reflejo involuntario la apagué al salir con la perra y, al volver la miraba hacia el interior, vi. Una línea de luz blanca y tenue que parpadeaba bajo la puerta de la habitación de Paula. Estaba ahí. ¿Por qué no paseaba a su perro ella misma? Es cierto que eso me hubiera restado ingresos. Me lo preguntaba porque molesta que alguien te espíe. Había llegado a esta conclusión sobre la chica que se ocultaba detrás de una puerta para vigilarme unos minutos de vez en cuando. Al retornar del paseo con la bóxer apagué la luz del salón a propósito y me largué.
El anciano de Pozuelo se asomaba más a menudo a la cocina, desde donde podía verme limpiar la jaula del mapache y yo a él. Irene ya no se quejaba de su malhumor, reemplazado por un mutismo misterioso. Los empleados que habían tomado sus vacaciones antes que todos retornaban a Madrid. Pauline se marchó a su pueblo en Francia. Ella aseguraba que era una ciudad porque tenía varios sitios históricos y un centro comercial que se llenaba los fines de semana de jóvenes que llegaban de pueblos cercanos. Para no hacerme problemas aceptaba que era una ciudad. Me dijo que la visitara y recibí la invitación con el gesto afirmativo de quien nunca paseará su sombra por allí. Aumentaron los paseos de perros y hasta cuidé a un par de gatos. El aire acondicionado no funcionaba en los vagones del metro. La ciudad era como un resto arqueológico: calles cerradas, huecos y tierra, maquinaria ociosa por todos lados.
El amigo que me daba el trabajo llamó una mañana para contarme que Paula se había suicidado. Después me indicó cuáles serían los servicios de la semana. Copié sus instrucciones y al terminar la llamada pensé en quién pasearía a la bóxer. La chica que yo creía que me espiaba se había matado encerrada en su habitación. Que mi amigo no me lo hubiera dicho no me impedía llenar el vacío de la noticia. ¡En qué otro lugar se habría podido atiborrar de pastillas con tranquilidad! Tuvo que ser con pastillas, lo apuesto. Nunca había estado a una puerta de alguien que terminara suicidándose. Todos piensan alguna vez en la posibilidad de hacerlo. En la mayoría de los casos son arrebatos de desesperación porque las cosas no son como queremos que sean. Al cabo de un rato la vergüenza invade al aspirante a escapista, puede que hasta la burla. Es una sensación desoladora, o extraviarse en un desierto sin una brújula. ¿Adónde ir? ¿Hacia qué patria corre? ¿La familia, un amor olvidado, un consejero del trabajo, la letra de una canción que uno supone con empeño que contiene la verdad absoluta, un paraíso artificial de alucinógenos, el ocio liberador si no se es un empleado, la resignación inútil porque la única posibilidad en semejante situación es desaparecer?
Durante los paseos de ese día me dediqué a buscarle un rostro a Paula entre las chicas que me cruzaba. Uno que le sirviera para mirarme cuando yo abriera la puerta de su habitación.
Decidí renunciar a los perros largarme a Francia. Quería dormir en los cementerios de París, donde se supone que están enterrados los más grandes talentos de la humanidad, lo cual significaría que el talento se ha extinguido. Si al morir me ponen una lápida, por favor que diga: “Peleó contra el mapache”. Mi amigo me pidió que me quedara unos días más, porque había conseguido quién me reemplazara con los perros pero no había nadie que se ocupara de Odo, ni siquiera él mismo. El anciano estaba al tanto del problema. En mi penúltima visita estuvo presente toda la hora que tardé en limpiar la jaula.
¿Te ha mordido alguna vez?
No.
¿Y no te gruñe?
Ya no. Al comienzo sí, pero ahora está deprimido
¡Cómo que deprimido! Las ratas no se deprimen
Este hombre no sabe nada de nada, pensé. Los animales no se emocionan al escuchar una canción que los transporte a un pasado feliz o amargo. Sin embargo, sí la pasan mal, sobre todo en una jaula en la mansión de un viejo que los odia.
Tomaría un bus hasta Barcelona y de allí en adelante tiraría dedo en la carretera. Cargaría chorizos para comprar pan en el camino y atravesaría los pueblos sin entrar en los bares por precaución, no fuera a emocionarme muy pronto. Escribía en un diario el nombre y la dirección de cada conductor, ofreciendo enviarles una postal de la Torre Eiffel, y en vez de ello les mandaría la foto de un cementerio anunciándoles mi lamentable deceso. Llevaría una grabadora de mano para registrar los conciertos callejeros. Ningún libro me acompañaría para no contaminar la experiencia. Partiría el viernes por la noche luego de la última visita a Odo.
Pauline vivía cerca de los Pirineos. Acercarme por allí no me entusiasmaba. La ex novia de un amigo vivía en París, lo que me aseguraba al menos un techo. Un escritor peruano con fama de salvaje conducía el tranvía en Nantes. Me dijeron que en Lille no habría problema para conseguir drogas. Montpellier parecía el nombre de una joven pequeña y tímida. Pero antes había que decirle adiós a Odo. Llegué temprano a Pozuelo. Irene había salido a hacer unas compras, así que el anciano me abrió la reja. Tuve un presentimiento. Como si fuera a ocurrir un desenlace sangriento. El viejo caminaba a mi lado hacia la jaula del mapache. Aluciné que al llegar me enseñaría el cuerpo del animal aplastado por una vara de fierro, y a continuación procedería conmigo.
Se me escapó.
La confesión del anciano ante la jaula con la puerta abierta me molestó porque se trataba de una mentira mal pensada. Si lo sometía a un interrogatorio terminaría inventándose otra mentira. Su orgullo le impediría aceptar la torpeza de su plan. La jaula estaba vacía y limpia, como si un sicario hubiese borrado las huelas del delito. Ante mi silencio me dijo que había querido alimentarlo, para ir entrenándose en su cuidado, pero no había calculado su velocidad para escabullirse. ¿Dónde estaría Odo? ¿Sobreviviría? Salí de la mansión sin despedirme. Caminé hasta la parada del bus. La calle estaba silenciosa. Corría un viento ligero que se agradecía por la temperatura que me producía visiones de Madrid derritiéndose. Y me pregunté si en Toulouse habría mapaches.

FELIX TERRONES y su cuento "Valientes muchachos"


Escritor Félix Terrones


VALIENTES MUCHACHOS

Cuando Antonio regresó de un viaje que prometía su consagración literaria, todos se agitaron en el bar para recibirlo como debía ser. Recuerdo, como si hubiese sido ayer mismo, la manera en que todos se organizaron para esperarlo en el mismo aeropuerto, llevarlo al bar e incitarlo - entre la ceniza de los cigarrillos y los vasos a mitad vacíos – a que cumpliera el papel que le habíamos impuesto, es decir, que nos cuente en qué barrio había vivido, con qué escritor se había cruzado, en qué editorial publicaría su nuevo libro y tantas otras interrogantes que sería despejadas por sus palabras, luminosas, cristalinas y vencedoras. Muy secretamente, sin embargo, ese interés por el amigo lejano que regresaba no tenía tanto de amistad sincera y desinteresada como de resignación frente a la vida. En otras palabras, de ganas de verificar en el retorno del amigo triunfante nuestro exclusivo ocaso, nuestra inalienable derrota. Como esos lectores que al identificarse con los héroes novelescos viven por procuración las vidas que ellos jamás llegaron a vivir, nosotros viviríamos durante un instante infinito en el resplandor europeo que Antonio no sólo conoció sino que también conquistó. De esa manera le entregaríamos un sentido - ajeno pero sentido al fin y al cabo - a nuestras vidas renunciadas a todo ardor y entusiasmo. Desde luego que en algunos de nosotros esto era inconsciente mientras que en otros, los más distantes pero con todo presentes, se trataba de un sentimiento que los llenaba de fascinación frente a la perspectiva del amigo que vuelve.
(Acabo de escribir que todos se agitaron para recibirlo pero es mejor que me corrija ahora mismo que puedo hacerlo y que él no llega todavía a la barra, cuenta la misma broma de siempre, tira con desdén la moneda, única y distinta, y se entrega, metódica e indiferentemente, al ritual que aniquila al hombre, convierte a Antonio en Tony o, lo que es igual, disuelve nuestros sueños en lo más hondo de un vaso de cerveza).
Mientras todos los demás se ajetreaban para recibir al amigo, convertido en escritor, yo me quedaba en mi esquina y los miraba hacer, indiferente a sus calificativos de envidioso y mezquino aunque muy secretamente igual de expectante por su llegada. No era mi culpa actuar de ese modo, ni siquiera mi elección; al contrario, yo me resignaba a cumplir el rol que las circunstancias me habían asignado en la mascarada de los regresos. En mi recuerdo, Antonio me había reducido a vivir bajo su sombra, con su inteligencia pero también sus sucesivos esfuerzos por rebajarme; yo no tenía, por lo tanto, manera de evadirme de esa distancia que su despecho me había impuesto. ¿Para qué buscarlo junto con los demás si de todos modos siempre era oportuno contar con un envidioso a quien señalar para exorcizar el demonio que se esconde en los más recónditos pliegues del alma?

Dado que nadie tenía razón para saber en qué terminaría aquel viaje que ante nuestros ojos adquiría los contornos de una trayectoria que por exitosa excluía al grupo y subrayaba al individuo, quizá deba comenzar por el inicio y contar cómo fue que empezó todo, decir que en aquel entonces nos reuníamos cada fin de semana para emborracharnos en Garibaldi, irnos de putas en Tepito o a fumarnos unos porros en la colonia Vergara. Vivíamos la bohemia que queríamos, una bohemia de madrugadas, colillas de cigarrillos, cristales rotos y nostalgia de las vidas que no habíamos tenido ni tendríamos nunca. Nuestra bohemia - fraterna reunión de todos los letraheridos del Distrito Federal - tenía algo de profundamente triste que era subrayado cada vez más, conforme nos dábamos cuenta de que estábamos excluidos de todo lo que de verdad tenía interés literario. La verdadera literatura no había sido inspirada en nuestra ciudad, provinciana y polvorienta, sino en otras latitudes en las cuales la belleza había germinado de manera unívoca. Londres, Roma, Berlín, incluso Madrid, pero sobre todo París, eran para nosotros más que nombres de ciudades. Eran contraseñas cuya sola alusión abría las puertas de nuestras imaginaciones febriles a entonaciones cosmopolitas donde la libertad y lo sublime no sólo eran una promesa sino también una condición.

Por eso, cuando la convocatoria del certamen literario fue anunciada, todos empeñamos nuestras esperanzas e ilusiones en el premio ofrecido que nos hizo sentir, por anticipado, habitantes de la mismísima París, ciudad que relucía ante nuestras miradas como el faro que guía a los viajeros en el medio de la desesperanza más oscura. Así, el Guajolote se excusó un fin de semana y partió a Texcoco para escribir su cuento ganador. El Machi Julián, por su parte, trabajó en el cuento que más le habíamos celebrado los de la tertulia, mientras que Pablito y el Chabelo decidieron unir sus esfuerzos y escribir un cuento a cuatro manos -estaban convencidos de que sumando sus inteligencias superarían, por simple aritmética, los textos de sus adversarios - acerca de los crímenes de un vampiro con leucemia en Aguascalientes. Si de lo que se trataba era de salir al aire libre, saltar a la aventura de la civilización y el estetismo, entonces ninguno de nosotros perdería esa oportunidad. Recuerdo que por las noches discutíamos el avance de nuestros respectivos trabajos, dándonos ánimos pero también midiendo nuestras posibilidades frente a los demás. Después, una vez que todos nosotros ya habíamos enviado nuestros cuentos y no quedaba nada más que esperar, nos dedicamos a imaginar qué haríamos de ser elegidos, en otras palabras, de ser aquellos cuyo destino se asentaría en la merísima Ciudad Luz.

Todos enviamos nuestros mejores cuentos, pese a que sólo uno de nosotros podía ganar el premio. Como es evidente, se trataba de Antonio Carneiro, el único que siempre leía de verdad los libros de los cuales hablábamos, aquel que se despedía temprano todos los fines de semana pues regresaba a su casa a escribir (en lugar de hablar de aquello que nunca escribiría), el único que ya había publicado sin necesidad de pagar la edición y con reseña elogiosa nada menos que en “La Jornada”. Con todo, alentamos la esperanza secreta y vehemente, pero imposible, de que el jurado del concurso se inclinara por alguno de nuestros textos. Pero fueron ilusiones vanas que se rindieron ante la evidencia cuando anunciaron que el ganador del premio era el joven talento llamado Antonio Carneiro. Si muchos querían ser escritores, sólo un puñado de elegidos, una raza aparte y excepcional, a la que Antonio había pertenecido desde siempre, podía serlo de verdad. Aquel destino que en nuestras noches de insomnio habíamos imaginado para nosotros mismos terminaba tomando forma pero en la trayectoria de otro individuo, aquel a quien el talento y el esfuerzo habían escogido para darle una fulgurante carrera literaria.

Su cuento se llamaba “Valientes muchachos” y contaba la relación de dos hermanos a quienes reúne un amor intenso. En un viaje a un país remoto uno de ellos se pierde, razón por la cual el otro se empeña en buscarlo por todas partes, sin detenerse a pensar que al hacerlo se embarca en una travesía a las fronteras de la noche, donde conocerá a todo tipo de gente: putas místicas, marineros enamorados, delincuentes justicieros, mercenarios sentimentales y suicidas llenos de amor por la vida. Al final, no encuentra a su hermano pero termina descubriendo que toda esa vida gastada en encontrar a alguien perdido para siempre era otra manera de vivir. Lo que importaba, en última instancia, no era haber dado con el desaparecido sino todo lo que se había aprendido y olvidado desde que se comenzó a buscarlo. En su reporte, el jurado del premio había elogiado lo que consideraba “una particular y penetrante mirada del mundo de los desheredados, aquellos que lo han perdido todo y que nunca pudieron aspirar a nada”. También subrayan su sensibilidad para poder discernir y transmitir lo que ellos denominan una “atmósfera de derrotados” en la cual “asoma una posibilidad de redención”.

De todos los del grupo, me había tocado a mí obtener la mención honrosa en el concurso. No voy a decir que de no ser por el cuento de Antonio yo habría ganado el premio, me habría ido a Francia, me habría convertido en escritor y no estaría en este momento escribiendo sentado en esta mesa sucia, limpiándome la espuma de la cerveza con el dorso de la mano, alcoholizándome con lo que me regala la caridad de mis padres. Tampoco que en lugar de haberme quedado en esta miserable ciudad de México donde nada ocurre y todo se corroe, pudre y oxida, me habría entregado a escribir sin parar acerca de todo aquello que mi nueva vida me habría ofrecido. Lo que sí voy a decir es que, tras conocer los resultados, me dije que con ese premio se iba mi única oportunidad para salir del país, de salvar los límites del encierro. No lo pensé con rabia o rencor, ni siquiera con resignación, pero eso sí con la seguridad que se tiene frente a los eventos ineluctables. Por eso, cuando el jurado me preguntó si podía publicar mi cuento junto con el de Antonio Carneiro le respondí que no. ¿Me daba cuenta de la oportunidad a la que renunciaba? La edición sería formidable, mucha gente tendría acceso a ella, era seguro que algún editor se interesaría en mi trabajo. Frente a estos argumentos nadie se explicó mi reiterada negativa. Nunca más me he vuelto a presentar a un concurso. A mis jóvenes y definitivos cuarenta años no he escrito nada más y nadie lo ha lamentado. Así debe ser. Cuando no se tiene nada que escribir, lo mejor es quedarse en silencio o - lo que es lo mismo - ser nadie.

Aquella noche en que se despidió a Antonio Carneiro todos llegamos más temprano de lo debido. Ni bien hizo su aparición, un murmullo sordo se escuchó en todos los rincones del bar. El Guajolote tomó la palabra para decirle que se sentía honrado de ser amigo de tan magno escritor, que no olvidara nunca jamás nuestra amistad a prueba de balas, que le deseábamos todos los éxitos posibles para su residencia parisina y ¡salud por el hermano que se nos iba a tierras tan lejanas! Después aplaudimos, disciplinados y extasiados, frente a nuestro héroe que partía lejos para cumplir el destino que le correspondía. El Machi Julián, por su lado, le conminó a no perder la oportunidad de contar lo que nuestro grupo había vivido, el mundo tenía que conocer los avatares de nuestra generación literaria. Finalmente, Pablito y Chabelo juntaron una vez más sus cerebros para decirle que piense en ellos cuando conozca a los representantes de las editoriales españolas, es más aquí le hacían entrega de su último manuscrito, el de la novela intitulada “Los ardores secretos de sor Filotea”. Desde sus alturas, Antonio Carneiro sonreía sin decir palabra alguna, acaso saboreaba ya la mañana parisina del día siguiente y todo aquello que vivía en ese instante no era más que los estertores inevitables del enfermo desahuciado que se termina por abandonar a su suerte y que ya no se verá más y tanto mejor...

Sólo conmigo Antonio Carneiro no tuvo la actitud calurosa, ni el gesto amistoso ni menos aún la palmadita cómplice. Ni siquiera me estrechó la mano como se hace con un colega o un conocido. La noche en la cual se celebraba su entrada a la vida literaria, lo último que Antonio Carneiro quería recordar era al individuo que le había robado el lugar por el cual tanto se había esforzado o, más bien, la mujer con la que tanto había soñado pero que tantas negativas le había entregado. Aún recuerdo al gran Antonio Carneiro esperando al final de los cursos para poder conversar con la esquiva Ángela, proponerle ir al teatro, acudir a una conferencia, ir a una librería o simplemente tomar juntos un café. Casi puedo verlo, ahora y de nuevo, rebajándose a esperarla en la puerta de cualquier cine sin resignarse a la verdad: lo habían plantado. O escucharla inventar cualquier excusa para no verlo y cruzarla más tarde con algún conocido, muerta de risa e indiferente a su sufrimiento. Todo esto con la mirada huidiza y la voz vacilante de quien, primero, no se resigna; después, no comprende; y, en última instancia, se desespera frente a las negativas sistemáticas e inflexibles de la esquiva Ángela. Negativas que eran tan espontáneas como su interés por mí: poco tiempo después empezamos a salir Ángela y yo. Recuerdo que una vez le pregunté a Ángela acerca de Antonio. Ella se limitó a alzar las cejas y a decirme qué era un pesado que no se había cansado de perseguirla.

Mi relación con Ángela no duró más de algunas semanas. Ahora ni siquiera recuerdo la razón que nos hizo terminar, acaso fue una discusión o el encontrar a otra persona o, simplemente, una de esas veleidades de juventud que pasan de explicación. Tampoco supe nada más de ella después de su partida a Chile. Ella fue en mi vida uno de esos fantasmas que aparecen un instante para después regresar al decorado del cual surgieron. Imagino que yo fui lo mismo en la suya (tampoco es algo que ahora me importe demasiado). Esto no quiere decir, sin embargo, que yo haya dejado de ser para Antonio aquel que le robó la vida que quiso para él, aquel que tomó el lugar que creía merecer en el corazón de quien le hacía perder la seguridad, el aplomo. Pese a las conversaciones que Antonio y yo tuvimos posteriormente, encuentros ocasionales promovidos por los amigos, conversaciones en las cuales nuestra interacción fue, por decirlo de algún modo, respetuosa, si no cordial, yo siempre supe que un rencor sordo se alojaba en sus pupilas, se escuchaba en sus silencios. Por eso el día de su despedida ni siquiera se dignó saludarme ni despedirse de mí. En aquel contexto de vencedores y vencidos era él quien había ganado; por lo tanto, se podía permitir esos gestos reivindicativos que me aplastaban, al tiempo que lo elevaban a aquellas alturas desde las cuales se hacía intocable.

(Dicen que en París los escritores de todas partes ocupan las terrazas de los cafés donde escriben las obras maestras que el mundo entero leerá fascinado y conmovido. Dicen que en París los escritores se consagran día y noche a revolucionar la literatura por siempre jamás. Dicen que en París los escritores son admirados y respetados y no minusvalorados o incluso ridiculizados. Dicen que en París las editoriales se pelean por publicar a los escritores, les entregan premios, los promueven y defienden. “Dicen”: expresión que demuestra cuánto sabemos de oídas pero que al mismo tiempo transmite nuestra ignorancia, nuestra necesidad de acudir a un saber anónimo y general para llenar los vacíos que tenemos y que nos esforzamos en disimular. Ahora que Antonio entra en el bar, se sienta en mostrador y me mira con odio y tristeza, yo no diré que “dicen” pero más bien “diré”. Y diré que su regreso a México, el fracaso de haber dejado inexplicablemente París, es la cita diaria, precisa y que nos damos cada viernes en este bar donde nos rebajamos a saludarnos y, por lo tanto, a recordarnos).
Fue poco después de la partida de Antonio Carneiro que el grupo se deshizo. El Guajolote abandonó sus estudios para trabajar en una sucursal del Banco de Mérida ubicada en una de esas colonias cuyo nombre nadie recuerda nunca: “de leer a Chateaubriand terminé trabajando para los nacos”, decía con aire afectado pero resignado. El Machi Julián, por su lado, se hizo contratar en la librería de la plaza Francia donde al menos podía servir a algunos escritores como José Emilio Pacheco, Carlos Monsivais o Sergio Pitol así como, de tanto en tanto, robar algún ejemplar. Además, se daba valor diciendo que era “librero” o, lo que es lo mismo, alguien cuyo trato con los libros trasciende la simple transacción comercial. Finalmente, Pablito y Chabelo decidieron, por su lado, unirse al magisterio y convertirse en profesores de primaria. Poco tiempo después los enviaron a las zonas altas del DF donde alfabetizarían a niños desdentados y malnutridos. La realidad, lenta pero implacablemente, nos devolvió a la verdad que quisimos negar con nuestra bohemia, nuestro estetismo y también nuestra escritura.

Exiliados de los sueños, apátridas de la literatura, nos deslizamos en una mediocridad que nos acogía como si fuésemos sus hijos expósitos, es decir, con ese calor indiferente que se expresa frente a quien regresa para quedarse. Yo mismo terminé encontrando un trabajo en una editorial, un trabajo muy por debajo de mis fantasías juveniles, pero al menos concreto y remunerado. Era el negro literario de la casa, razón por la cual escribí las autobiografías de gente tan diferente como un militar golpista, una cantante de moda, un futbolista del “América” en retiro y un narco transfigurado en santero. Gracias a mi pluma, los destinos sin par de esos mexicanos encontraban un auditorio agradecido y cada vez más numeroso. Recuerdo que el director del la editorial elogió mi trabajo delante de todos los colegas pues, según él, nadie mejor que yo para ocupar el lugar de los personajes más heterogéneos y entregar por escrito una crónica de sus vidas tan llena de verdad. Le agradecí sus palabras aunque no le dije lo que para mí era una certeza. Me era tan fácil escribir esas biografías pues la escritura se me había convertido en tomar, desde la penumbra cómplice, el lugar de otra persona.

De tanto en tanto, homenaje silencioso a la juventud que se nos había escapado por entre los dedos y al amigo que se había marchado, regresábamos al bar donde años atrás habíamos despedido a Antonio; sin embargo, ya no lo hacíamos en grupo ni nos dábamos cita para encontrarnos. Simplemente íbamos como lo hacen los sobrevivientes que regresan al lugar donde tuvo la catástrofe para conmemorar el recuerdo de ésta. Así, acudíamos y nos instalábamos en las mesas más marginales, allí donde apenas llegaba la música y el ruido de las conversaciones se hacía un murmullo. Las generaciones posteriores no sólo habían tomado nuestras mesas, en pleno centro del bar, sino que también habían robado nuestros temas de conversación sin dejar de darles un aliento actual. ¿Le darían por fin el Nobel a Mario Vargas Llosa? ¿Quién era más ensayista Octavio Paz o Alfonso Reyes? ¿Qué novela era mejor “Los detectives salvajes” o “2666”? Cuando veíamos que uno más del antiguo grupo había tenido la idea de acudir al bar lo saludábamos unos segundos, el tiempo que toma saber que el antiguo conocido se había convertido, él también, en un camarada de fracaso. Con el tiempo, ya ni siquiera nos levantábamos de nuestros sitios sino que nos limitábamos, como único saludo, a mover la cabeza de un extremo al otro del bar.

Se podría decir que ya no quedaba nada de aquel pasado universitario en el cual habíamos soñado con un futuro distinto. Cualquiera sea la forma que podían tomar nuestros asentamientos en la realidad, la asumíamos como la máscara que se pega en el rostro vacío de rasgos. Lejos de aquellos destinos fulgurantes que en algún momento soñamos para nosotros, nos exiliábamos en nuestra misma ciudad con el mismo fervor de quienes huyen del terror a ser alguien, vivir una vida de verdad. Por eso que, muy secretamente, nos aferrábamos al recuerdo de Antonio Carneiro, el único de nosotros que pudo salir de esta miseria de silencios, resignación y saliva seca. Como una estrella hacia la cual levantábamos los ojos cuando nos sentíamos extraviados, la imagen de Antonio Carneiro refulgía en nuestro horizonte. Bastaba que cruzáramos un par de palabras para decirnos que algo de nuestras juventudes permanecía con vida en él. Cada nuevo libro publicado, cada conferencia, cada invitación a leer los textos que le imaginamos, no sólo eran un éxito de nuestro amigo sino también de nosotros mismos.
(Miro a Tony sentado en la barra. Sus rasgos han ganado en gravidez y parecen descender, desencajados y fláccidos, de su rostro. Lleva una boina vasca en la cabeza, detalle que evoca sus años en París pero que al mismo tiempo subraya su condición de extranjero en su mismo país. Rodeado de los delincuentes, fumando hierba con los proxenetas, acariciando las entrepiernas de mujeres viejas y decrépitas, riendo más fuerte que ninguno parece querer ser uno más de ellos. Solo yo sé que no es así, que buscando ser adoptado por ellos demuestra su necesidad de caer más bajo, de castigarnos, de castigarme, de llenar con lodo y mierda los sueños que empeñamos en él. Acaba de mirarme y sonreírme amigable o irónicamente, no lo sé. Sólo yo sé la verdad que hay en él, una verdad de renuncias pero también de resignaciones. Al final de cuentas, me digo, ambos somos más o menos parecidos.)

En ese entonces, incluso sus facciones se habían extraviado en detrimento de nuestras fantasías. Ninguno de nosotros recordaba con exactitud su rostro - eran tantos los años que habían pasado desde su partida -, pero todos recordábamos las cualidades que en la lejana Francia le estarían abriendo camino. Las palabras no hacen al ausente aunque sí lo reinventan y lo mistifican. Quien recuerda a quien ya no está, se apropia de éste, lo hace otro, un ser basado en el original pero antes que nada fruto de todo lo que se proyecta en él, las ilusiones, los ardores y las esperanzas. Cuando el Guajolote anunció el regreso de Antonio Carneiro, todos nos pusimos de acuerdo para recibirlo como se lo merecía. Desde luego, nosotros no recibiríamos al Antonio Carneiro que se había ido una mañana de septiembre, sino al escritor que, minuciosa, prolija, desesperadamente, habíamos fabricado con nuestra envidia y también con nuestra fascinación. Mientras menos días faltaban para su regreso, más nos excitábamos frente a lo inminente de éste. Alguno se compró un terno, otro creyó conveniente pasar por el peluquero. Frente a lo que Antonio Carneiro encarnaba para nosotros era necesario actuar como si fuésemos dignos de su contacto. Yo mismo, quien había tenido la relación menos sana con él, cuidé con primor mi manera de vestir esa noche antes de ir al bar donde los encontraría.

Por eso el contraste con la realidad fue instantáneo además de violento. No me refiero a su transformación física, todos nos sorprendimos de lo obeso que estaba, esa barba descuidada que llevaba y el hedor de su cuerpo, sino más bien a su actitud. Apenas entré al bar y los divisé, como en los viejos tiempos, en el mismo centro del salón me dije que algo extraño estaba ocurriendo. Poco importaba si, curiosos con la actitud de aquellos viejos fracasados que de repente invadían el centro, varios jóvenes se les hubieran unido ni que de tanto en tanto los chicos recordaran alguna anécdota de los años universitarios, del tiempo de nuestro grupo y nuestra revolución poética. Todos los esfuerzos llevados a cabo para subrayar lo extraordinario de su regreso se estrellaban contra lo impenetrable y frío de su actitud. Un segundo, cuando Antonio Carneiro cruzó mi mirada, sentí que algo cambiaba en su semblante, como corrientes submarinas que se alteraban de golpe, pero solo fue un momento. Después las aguas volvieron a su cauce, cubrieron ese conato de agitación y se hicieron calmas o, más bien, se estancaron. Incluso en eso había cambiado Antonio Carneiro: sus ojos no transmitían mirada alguna, parecían detenidos en un instante sin tiempo y también sin vida. Aquel individuo que años atrás habíamos celebrado, ese joven de mirada fulgurante y gestos intransigentes parecía mirarnos desde debajo, a miles de metros de profundidad.

Nosotros no nos dimos fácilmente por vencidos y al inicio nos empeñamos en demostrarnos que quien teníamos frente a nuestros ojos no era el verdadero Antonio Carneiro. O que todavía no habíamos sabido dar con la cuerda que era necesario rasgar para hacerlo reaccionar. Así, en un esfuerzo por desatascar la situación, el Guajolote le preguntó acerca de a quiénes había conocido en la Ciudad Luz, decían que en el Café de Flore se podía encontrar a los escritores del momento. Después el Machi Julián le preguntó cuántos libros había publicado, decían que los franceses recibían con curiosidad las publicaciones de los latinoamericanos; finalmente, Pablito y Chabelo le preguntaron cuándo regresaría a París o si acaso había decidido residir en otra ciudad europea como Barcelona, decían que ahora había mucha “movida” - esa es la palabra que utilizaron – en Cataluña. A todos y a cada uno, Antonio Carneiro respondió con esa indolencia que tanto había sorprendido desde su bajada del avión. Después pidió más cerveza. Que le regalaran otro cigarrillo. Que alguien le diera algo de comer. Cuando el alba llegó todos nos convencimos de aquello que buscamos negar desde que lo vimos. Aquel hombre que teníamos delante era el Antonio Carneiro que había regresado pero no el que nosotros habíamos esperado. Hacía mucho rato que los jóvenes se habían ido, fastidiados con dejarnos las mesas que se habían acostumbrado a ocupar, molestos con habernos creído capaces de algo más que ser mediocres. Despechados y dolidos regresamos a nuestras respectivas guaridas sin saber a ciencia cierta a qué se debía ese ligero malestar que penetraba nuestros pulmones esa madrugada.

Con el tiempo terminamos encontrando la razón. Recuerdo que al inicio los muchachos intentaron encontrarse a solas con Antonio Carneiro. Acaso lo mejor era disfrutar de su presencia de manera más próxima y menos bulliciosa, por lo demás esto permitía un mayor margen de intimidad. Cuando aceptaba las invitaciones, acudía tarde, casi ni hablaba y se hacía pagar el consumo. De su pasado universitario o parisino, nunca hablaba. ¿Qué habría pasado con él en París, la ciudad con la cual todos nosotros habíamos soñado, para que haya decidido no sólo renegar de su juventud sino también dejar de escribir, encerrarse en un silencio hermético sin palabras ni respuestas para nadie? Con el tiempo ya ni siquiera se le propusieron encuentros y cada vez que nos lo cruzamos intentábamos pasar desapercibidos. Al final, cuando Antonio ya había dejado de ser Antonio y se hacía llamar Tony, ni siquiera teníamos reparos en esquivarlo o ningunearlo, e incluso, insultarlo.
Al inicio nos sentimos traicionados. Tony había vivido a costas de nuestras esperanzas, se había aprovechado de ellas para, sin escrúpulos, alimentar su ego en la lejana Francia. Mientras nosotros nos habíamos desvivido aquí, imaginando con detalle cómo sería su vida en París, él se había entregado a ejecutar todo lo contrario. Es decir, se había arrojado a deshacer todas las perspectivas de éxito o gloria o, simplemente, de hacerse de un lugar en el viejo continente. Con la misma decepción que debe tener quien devela la infidelidad de la persona amada, descubierto el engaño, decidimos alejarnos de él, rechazarlo sin concesiones. Cuando los meses y los años acumularon su capa de polvo sobre nuestros sentimientos, incluso terminamos por olvidarlo y, de tanto en tanto, acostumbrarnos a prestarle dinero (plata que nunca nos devolvería) para sus vicios. No dudo de que entre algunos de nosotros se trataba de la venganza, lenta y dulce, al mismo individuo que se había llevado tan lejos nuestras expectativas sin haber regresado con ellas multiplicadas aunque sí fracturadas.

Pero yo sé la verdad detrás de nuestros fastidio, rencor y olvido. Yo soy el único que sé y recuerda, a cada ocasión que me encuentro con Tony, que él jamás fue verdaderamente el espejo sobre el cual reflejamos nuestras ilusiones sino que nosotros lo sacrificamos a nuestras buenas conciencias. Aprovechamos su farsa ya conocida y su drama personal para encontrar una justificación a nuestras renuncias y acomodos. ¿Si aquel que estaba destinado a grandes cosas había terminado por sucumbir a la misma mediocridad que nos acogía a todos nosotros eso no quería decir que habíamos hecho bien en abandonarnos a la adultez confortable, en renunciar a las promesas que la juventud nos había ofrecido? Cuando regresamos a casa, compramos un coche de segunda, engañamos a nuestras mujeres y nos reunimos entre nosotros para tomar unas cervezas hasta emborracharnos, nos ocurre pensar en Antonio convertido en Tony. Entonces nos decimos que se lo tenía bien merecido, siempre había sido un creído aunque muy en el fondo nos decimos sin decirlo que gracias a él no tenemos ningún cargo de conciencia por no haber hecho lo que deseábamos cuando jóvenes, que su fracaso justifica por lo tanto el nuestro.

(Parado en la barra, Tony no lo sabe, él es ajeno a todo esto. A él no le afecta en nada la manera cómo lo percibimos, pues no somos más que extranjeros de su presente, habitantes de un olvido del cual él se ha desterrado para seguir viviendo entre sus nuevos amigos. Ahora que levanto los ojos y lo veo recibir palmaditas en los hombros, esos hombros cada vez menos erguidos y ya abandonados, me digo que todo esto que he escrito es falso, nada más que una especulación que busca llenar el vacío dejado por su partida, su distancia y también su silencio. Mis palabras nos sirven para completar los espacios aunque sean útiles cuando se trata de ocultarlos. Algo intenso nace de pronto en mí por él, hacia él, nuestro hermano extraviado, el único que se asomó a ese alto abismo con el cual ritualmente coqueteamos cuando jóvenes pero del cual huimos apenas pudimos. Mientras tanto, la ciudad de México le cierra los oídos a mis palabras, una ciudad cada día más grande y anónima, inmenso cementerio de sueños, letrina de ilusiones, fosa de las esperanzas).

Lima, junio, 2011.