miércoles, 29 de febrero de 2012

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS


JOSÉ MARÍA ARGUEDAS
               
VIDA Y OBRA



Por Rafael Alvarado Castillo
     José María Arguedas Altamirano nació el 18 de enero de 1911, en Andahuaylas que es una región muy pobre en el departamento de Abancay. Sus padres fueron doña Victoria Altamirano Navarro, una dama de Abancay y don  Víctor  Manuel Arguedas  Arellano que era un abogado cuzqueño que viajaba constantemente por toda la región andina del sur por razones de trabajo. En 1914, murió su madre de unos fuertes dolores hepáticos y el niño José María quedó al cuidado  de su abuelita paterna María Teresa Arellano.  Corría el año 1915 y su padre Víctor Manuel fue nombrado  Juez de Primera Instancia de la provincia de Lucanas, departamento de Ayacucho.


                                          Arguedas con su padre

  
     En el 1917, su padre se casó con una acaudalada terrateniente de San Juan de Lucanas, doña Grimanesa Arangoitia viuda de Pacheco, quién  maltrató física  y  psicológicamente al niño José María anulándole su autoestima  y  ésta la dejó una huella profunda en la personalidad para toda la vida. Cuando su padre se ausentaba por mucho tiempo su madrastra obligaba a vivir en la cocina con los sirvientes de la hacienda y con los indios. Arguedas escribiría después: “Voy a hacerles una confesión un poco curiosa: yo soy hechura de mi madrastra”. También soportó a su hermanastro  Pablo Pacheco, diez años mayor que él y que era muy violento, le golpeaba constantemente al niño.
     En el año de 1921, cansados de los abusos excesivos que se cometían contra él y su hermano mayor Arístides; éstos se escaparon de la hacienda de la perversa madrastra Grimanesa y se refugiaron por dos años en la hacienda de Viseca de su tío Manuel Perea Arellano. En 1923, viajó intensamente en compañía de su padre Víctor  Manuel por Ica, Arequipa, Cusco y Apurímac. Al siguiente año viajó a Abancay donde estudió en el Colegio Nacional “Miguel Grau”.

     El adolescente andahuaylino, en  1925, en un grave accidente perdió dos dedos de la mano derecha. En el  año de 1926, cuando contaba con quince años de edad,   José María inició sus estudios secundarios en el Colegio Nacional “San Luis Gonzaga” de  Ica.  En ese centro de estudios se enamoró de una compañera de aula de nombre Pompeya .  Le escribió una carta  con su puño y letra declarándole su amor, pero la chica le menospreció porque no quería  saber nada con un serrano. Esta actitud negativa de la muchacha le hizo mucho daño dejándole una profunda herida en el corazón del  adolescente.  En 1928, viajó con su padre Víctor Manuel a la ciudad de Huancayo, donde se quedó a radicar para estudiar en el Colegio Nacional “Santa Isabel”.  Publicó un artículo “La raza indígena será grande” en la revista estudiantil santa isabelina “Antorcha”,  que dirigió.  Al año siguiente viajó a Lima para estudiar en el Colegio Nuestra Señora de la Merced y en 1930 vivió una larga temporada con su padre en Yauyos.



     El joven  postulante Arguedas, en 1931, después de una intensa preparación ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos para estudiar la carrera de antropología que era su gran pasión. Siempre le preocupó profundamente los problemas del hombre andino y esa fue la razón fundamental por la inclinación que tuvo por la antropología.  En el año del 1932 murió su padre, el abogado Víctor Manuel Arguedas, quien llevó  una vida llena de problemas por los viajes constantes que hizo con su hijo José María por la serranía sureña del Perú. Arguedas escribió  sobre su padre en la novela monumental “Los ríos profundos”: “Mi padre no pudo encontrar nunca dónde fijar su residencia, fue un abogado de provincias, inestable y  errante. Con él conocí más de doscientos pueblos. Temía a los valles cálidos y sólo pasaba por ellos como viajero; se quedaba a vivir algún tiempo en los pueblos  de clima templado: Pampas, Huaytará, Coracora, Puquio,  Andahuaylas, Yauyos, Cangallo (…) A mi padre le gustaba oír  huaynos, no sabía cantar, bailaba mal, pero recordaba a qué pueblo, a qué comunidad, a qué valle pertenecía tal o cual canto. A los pocos días de haber llegado a un pueblo averiguaba  quién era el mejor arpista, el mejor tocador de charango, de violín, de guitarra. Los llamaba y pasaban en la casa toda una noche. En esos pueblos sólo los indios tocan arpa y violín. Los arpistas tocan con los ojos cerrados. La voz del arpa parecía brotar de la oscuridad que hay dentro de la caja; y el charango formaba un torbellino que grababa en la memoria la letra y la música de los cantos”. Ese mismo año, el joven Arguedas empezó a trabajar como empleado en la Central de Correo de Lima, con un sueldo de ciento ochenta soles  que le sirvió para seguir sus estudios universitarios.



     El inquieto joven escritor andahuaylino publicó su cuento “Warma Kuyay” (Amor de niño) en la revista “Signo”, en 1933. En el cuento, Arguedas, narra la historia de amor del niño Ernesto por la cholita Justina.  Los hechos del cuento se desarrollaron en la hacienda de don Froilán. Al año siguiente se publicaron varios cuentos en los periódicos “La Prensa” y “La Calle”.
     En 1935 publicó su primer libro de cuentos “Agua”, con el cual ganó el segundo premio del “Concurso Internacional de cuentos”,  organizado por  la Revista Americana de Buenos Aires, Argentina. La obra literaria contiene los cuentos más famosos: “Warma Kuyay”, “Los Escoleros”, “Agua”, “Orovilca” entre otros. En ese mismo año, el doctor Alejandro Ortiz Reyes conoció al joven José María Arguedas  en la Peña Pancho Fierro que está ubicado en el centro de Lima y desde entonces fueron grandes amigos. El abogado Alejandro Ortiz lo describía así:”José María era un dechado de bondad, de los hombres más buenos y fraternales que he conocido; además de una honestidad que pocas personas pueden ostentar”.  La amistad que los unía a los dos amigos era grande y esa era la razón que tuvo estas palabras sobre él: “Además tenía una sensibilidad casi enfermiza y un amor auténtico por los indios. A mí me contaba sobre el origen de este sentimiento. Se debía a que al lado de ellos recibió mucho cariño, cuando  estaba solo, pues su padre se ausentaba constantemente. Estos indios lo protegían, lo querían, lo cuidaban; y, como José María era un niño, contaba libremente todas sus cosas delante de él, quien escuchaba atentamente.  Así iba grabando esas historias en su memoria y en su corazón. Tenía un franco entusiasmo por la vida, por sus proyectos. Se mostraba generalmente alegre, a veces decía “Nunca ni en esta época, ni después, lo vi  angustiado o atormentado.  Se mostraba generalmente alegre; a veces decía cosas desconcertantes pero ello no iba acompañado de una actitud depresiva. Siempre se mostró entusiasta con los proyectos de los demás, aunque quien sabe, no tanto, con los suyos propios”.
     El joven escritor Arguedas, en  1936, fue elegido por unanimidad  delegado estudiantil del tercer año de la Facultad de Letras, ante el Centro Federado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Decana de América. Ese mismo año se editó la revista “Palabra”, que fue una especie de tribuna para los jóvenes intelectuales que defendieron el arte y la cultura. Dicha revista se fundó con el apoyo de los jóvenes intelectuales Alberto  Tauro del Pino, Augusto Tamayo Vargas,  y José Alvarado Sánchez cuyo seudónimo era Vicente Azar.
     Fue cesado  en el trabajo de la Central de Correo de Lima, en 1937,  y concluyó sus estudios de Literatura en la Facultad de Letras. Ese mismo año, Arguedas   fue encarcelado en la prisión de  “El  Sexto” que estaba ubicado en la avenida Bolivia de Lima. La razón fundamental del encarcelamiento del joven Arguedas y de varios estudiantes universitarios fue por la protesta que hicieron contra la presencia del general fascista Camarona en el claustro de la  Universidad Nacional Mayor de San Marcos a través de movilizaciones y agitaciones estudiantiles evitando su visita. En  la cárcel “El Sexto” estuvo preso en el pabellón de los presos políticos.
     Publicó “Canto Kechua”, traducciones de cantos indígenas, en 1938. Al año siguiente, sucedieron hechos importantes en la vida de José María: concluyó su tesis universitaria de bachiller “La canción popular  mestiza: su valor poético y sus posibilidades”; ejerció  la docencia en el Colegio Nacional “Pumacahua” en Sicuani, Puno; se casó muy enamorado con la bella dama Celia Bustamante Vernal; publicó el cuento “El barranco”.  En 1940, salió a luz en la ciudad de Mexico un artículo periodístico importante “El wayno y el problema del idioma en el mestizo”.

                                                      Caricatura de José María Arguedas
     
La primera novela de Arguedas “Yawar Fiesta” vio la luz, el año 1941. Según el laureado escritor Mario Vargas Llosa escribe sobre la novela: “Su mejor novela  de Arguedas (la mejor construida, la de los personajes más nítidos) es Yawar Fiesta”. Esta obra literaria fue estudiada e investigada por los  críticos literarios peruanos y de muchos países del mundo, quienes tuvieron buenas palabras sobre esta obra literaria.

                                               Arguedas con los pobladores de Andahuaylas

     Arguedas dictó, en 1942, Castellano y Literatura en la Gran Unidad Escolar (G.U.E)  “Alfonso Ugarte” de San Isidro, Lima  y en el año 1943 enseñó en el histórico Colegio Nacional “Nuestra Señora  de Guadalupe”. En 1947, el destacado escritor andahuaylino fue nombrado por el gobierno de turno, Conservador General del Folklore, en el Ministerio de Educación. Al año siguiente dictó  el curso de quechua en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, decana de  América.
     Con el paso de los años, la vida del novelista Arguedas se volvió más agitada por el intenso trabajo literario que desarrolló, así como también por los altos cargos públicos que asumió en el sector educativo y  cultural. En 1949, publicó su libro “Canciones y cuentos  del pueblo quechua” que tuvo mucha aceptación en el Perú.  Después de recibirse  de etnólogo, en 1950, Arguedas nos sorprendió con una nueva  publicación de su obra  “La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú”. Dirigió la jefatura del Instituto Etnológico del Museo de la Cultura Peruana”, en 1952.

                                                           Arguedas con sus amigos

     La pluma literaria de José María Arguedas llenó muchas páginas de sus obras que enriqueció la literatura peruana.  El escritor logró publicar  en 1954 su libro de cuentos “Diamantes y pedernales”, que narra magistralmente Arguedas la incorporación a la vida del pueblo andino del upa Mariano. En 1954, Arguedas fue nombrado por el  Presidente de la República, general Manuel Apolinario Odría, director  de Cultura.
     La novela indigenista “Los ríos profundos” fue publicada por primera vez, en el año de 1958 por la prestigiosa Editorial “Losada” de Buenos Aires, Argentina.  La  obra contiene once capítulos y sus personajes están bien diseñados y los espacios donde los personajes desarrollan sus acciones se encuentran inmersos en el mundo andino. Ese mismo año fue nombrado catedrático del Departamento de Etnología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Alma Mater de muchos ilustres personajes del Perú. Al año siguiente, el Jurado Calificador integrado por los novelistas más importante de esa época, dieron por ganador a la novela “Los ríos profundos”, concediendo a su autor el Premio Nacional de Novela “Ricardo Palma”. En el año 1961, apareció la novela corta “El Sexto”, donde narra las vivencias horribles de un reo político en una cárcel hacinada y deshumanizada. Fue galardonado por segunda vez,  en 1962,  con el Premio “Ricardo Palma” por su obra literaria “El  Sexto”. Publicó el famoso cuento “La agonía de Rasu Ñiti”.

     La vida del escritor andahuaylino se hizo más complicada por los cargos públicos que había tenido. Una vez más, Arguedas aceptó un cargo importante de Director General de la Casa de la Cultura, en 1963; pero al año siguiente renunció por razones personales. Arguedas consiguió el doctorado en Letras  en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos  con la tesis: “Las comunidades de España y del Perú” que fue sustentada con éxito.
       La novela más lograda de Arguedas fue “Todas las sangres”, que salió a la luz en 1964. En esta famosa y extensa  obra literaria, José María logró plasmar con su magistral pluma literaria la gran diversidad de elementos humanos que forman el Perú que tanto amó.   Nuevamente el doctor Arguedas aceptó otro cargo público  como Director del Museo Nacional de Historia y también empezó a dictar una cátedra en la Universidad Nacional  Agraria La Molina que lo albergó por varios años.
     Los problemas sentimentales  y emocionales se agudizaron en la vida del escritor porque su matrimonio con Celia Bustamante se había roto. En 1965, se divorció de la mujer que amó con todas las fuerzas de su corazón. Pero, a pesar de su crítica situación afectiva, publicó el famoso cuento tradicional que el escritor oyó  a un indio cuzqueño y que después escribió en quechua y tradujo  al idioma castellano.
     Arguedas venía arrastrando una depresión que no supo manejarla ni superarla. Era un hombre muy sentimental y sensible ante los atropellos que se cometían contra sus hermanos, los indios. Él no aceptaba los abusos y esto lo indignaba mucho. En 1966, intentó suicidarse por primera vez. Su amigo Miguel Reynel escribe al respecto: “Ya años atrás José María comenzó a pasar por una crisis de carácter personal que lo agobiaba y que no logró superar y lo tuvo entrampado. Ya hubo un primer intento de suicidio cuando era Director del Museo de Historia, de Pueblo Libre”.
     Corría el año de 1967 y hubo una mejoría en su estado emocional y psicológico porque se encontraba muy enamorado de la dama chilena Sybila Arredondo, quien le dio una paz grande en su alma. Se casó con ella lleno de felicidad. Nunca se alejó de la literatura y siempre le apasionó  escribir  relatos cortos. Ese mismo año, apareció su libro de cuentos “Amor mundo y todos  los cuentos” que fue saludado por los críticos literarios de la época.
     El escritor andahuaylino  se dedicó a impulsar y defender el Arte, la Cultura y la Educación, y por  esa razón, él ocupó los cargos más altos        de las instituciones culturales que  le confío el Estado Peruano. Justamente, en 1968, la Universidad Nacional Agraria La Molina le dio la jefatura del Departamento de Sociología y también se le concedió el galardón tan codiciado por los hombres intelectuales de la  época, el Premio “Inca Garcilaso de la Vega” por su gran labor que hizo por el Perú. Fue también un gran promotor cultural de alto nivel que desarrolló por muchos años.



     El 20 de agosto de  1969, escribió en Santiago de Chile “He luchado contra la muerte  o creo haber luchado contra la muerte, muy de frente, escribiendo este entrecortado y quejoso relato. Yo tenía pocos y débiles aliados, inseguros; los de ella han vencido. Son fuertes y estaban  bien resguardados por mi propia carne. Este desigual relato es imagen de la desigual pelea”. La depresión se adueñó del  alma de Arguedas por el intenso trabajo que desarrolló durante años y su salud terminó   agravándose, en 1969. El doctor Miguel Reynel, que era profesor  de la Universidad Nacional Agraria La Molina escribió sobre ese día fatal: “Yo estuve ese día con él.  Recuerdo que entré al pequeño y estrecho comedor que teníamos en esa época en La Molina. Lo vi sentado  al fondo. Estaba con Alfredo Torero; teníamos mucha confianza  y José María era muy bromista, le gustaba andar fastidiando la paciencia, haciendo bromas, además hacía chistes de todos los colores; entonces lo vi, y me acerqué, lo saludé y le dije que me daba  gusto verlo y que estaba de  muy buen humor, pero noté, por primera vez en todos los  años que lo conocía, que me miró muy serio, creí que había dicho algo que no le había gustado y cambié la conversación. Seguimos hablando, conversando y seguimos almorzando juntos.   Me recomendó  a un folklorista uruguayo y me dijo que valía la pena que lo presentara en La Molina. Terminó el almuerzo y nada hacía presagiar lo que iba a ocurrir. Yo terminaba mis clases a las cinco de la tarde, a esa hora me fui sin saber nada de lo que había pasado. Porque en esa época  hacía unas clases de cinematografía en la Universidad de San Marcos, en la Facultad de Educación. Por ello fue que no me enteré de la muerte de Arguedas hasta el día siguiente cuando abrí el periódico y vi que había intentado quitarse la vida, recién, entonces, me enteré de lo que había pasado. Eso fue algo tremendo”.  El hecho lamentable se dio el día 28 de noviembre de 1969, en la oficina de la Universidad Nacional Agraria La Molina. Arguedas se metió un balazo en la sien   y falleció después de cuatro días de agonía, el martes el 2 de diciembre.

     Los restos de José María Arguedas fue trasladado del Cementerio “El Ángel” de Lima a la ciudad de Andahuaylas, su tierra natal, adonde llegó el 29 de junio de 2004. El recibimiento de los restos de su hijo predilecto fue multitudinario y apoteósico.  El cadáver del cholo inmortal descansa en su pueblo que lo vio nacer.

                                                  Arguedas y su esposa Sybika Arredondo

PRODUCCIÓN  LITERARIA:
 Cuentos:    “Agua”, 1935
                  “Runa Yupay”, 1939
                  “Diamantes y pedernales”, 1954
                  “La agonía de Rasu Ñiti”, 1962
                  “El sueño del pongo”, 1965
                  “Amor mundo y todos los cuentos”,1967
                  “El  forastero y otros cuentos”, 1972.

Novelas:    “Yawar fiesta”, 1941
                  “Los ríos profundos”, 1958
                  “El Sexto”,  1961
                  “Todas las sangres”,1964
                  “El zorro  de arriba y el zorro de abajo

Ensayos   : “Las comunidades de España y del Perú”, 1968
                  “Formación de una cultura  nacional Indoamericana”,            
                    1975
                  “Indios, mestizos    y señores”, 1985
                    “Nosotros los maestros”, 1986

LA OBRA LITERARIA DE ARGUEDAS
     Las novelas del cholo universal José María Arguedas gozan de alta calidad literaria y su contenido tiene una inmensa humanidad que trata de resaltar la dignidad y  el espíritu rebelde del hombre del ande. En las páginas de sus obras literarias, el personaje central es el indio con sus grandes problemas, pero también con sus grandes cualidades humanas que le da una grandeza inconmensurable. El novelista Mario Vargas Llosa  escribió  con mucha razón cuando se refiere a la obra completa de Arguedas: “Su obra tiene una significación múltiple, de calidad literaria y por otra parte es una obra de integración”. 

       Las obras literarias de Arguedas

     El escritor Arguedas en la novela corta “El Sexto” narra magistralmente, por boca de Gabriel Osborno, la experiencia personal en la cárcel tenebrosa el Sexto. La horrible prisión donde pasó el joven novelista, es el lugar donde cumplen condenan los políticos, trabajadores, estudiantes, obreros, criminales y ladrones comunes, vagos, pordioseros y locos; hombres blancos, indios, negros, cholos, injertos y japoneses. Los personajes que participan en la obra son: Gabriel Osborno  que  es un preso político de 21 años, un  estudiante universitario;  el pianista que muere por los maltratos que recibe del Negro Puñalada; el japonés  que muere por desnutrición; Clavel, delincuente homosexual y loco; el Negro Puñalada, delincuente  peligroso y  abusivo contra los débiles; Pacasmayo, Alejandro Cámac Jiménez, el Piurano, el Pato y el asesino del Negro Puñalada.  Todos los personajes de la obra crean con sus acciones  un clima de tensión y de violencia. Los hechos más resaltantes de la obra son: el suicidio de Pacasmayo; la locura de  “Clavel”; y las muertes  de El Pato, del Negro Puñalada, del pianista y del japonés.
     “Yawar Fiesta” es la primera novela de Arguedas que fue publicada en 1941.  “Yawar Fiesta” (fiesta sangrienta) es una idea  expresada por medio  de la palabra Yawar (sangre) y otra palabra castellana, fiesta. Los hechos de la obra se desarrollan en el pueblo andino de Puquio.  Los protagonistas cumplen sus papeles en la obra. y sobresalen: el alcalde Antenor que goza de complejo de superioridad y  es potencialmente racista porque odia a los mistis y a los indios; don Julián  Aranguena es un personaje controvertido que simboliza la sinceridad   y   la   fuerza;   y   el   toro Misita. Entre los personajes secundarios
destacan: Don Jesús, el mestizo   Pancho Jiménez, el juez don Santos,  don Demetrio que es un personaje hipócrita y que tiene ambiciones desmedidas, los Varayok’s, el párroco, el subprefecto, el sargento, el chofer Martínez y don Félix. En esta obra se contrapone  las costumbres del ande contra las costumbres hispanas: el espectáculo taurino. Las autoridades del pueblo de Puquio quieren  imponer a la fuerza las costumbres taurinas de corte hispano, pero los indios del pueblo lo rechazan y al final logran imponer sus costumbres. Nuestro escritor toca esencialmente en su obra literaria con gran profundidad el proceso de la transculturación hispano-indígena.
     La novela “Los ríos profundos” fue publicada en 1958. El tema central de la obra radica esencialmente en el sentimiento profundo al universo del ande peruano. Los personajes están bien diseñados por su autor. El protagonista es el niño Ernesto quien nos narra magistralmente su vida. Los personajes secundarios son muchos y destacan los más resaltantes como el padre de Ernesto,  Miguel Jesús, el viejo que es el hermano del padre de Ernesto; Augusto Linares o simplemente Padre Linares quien es el director del colegio religioso; el Padre Cárpena quien tiene una elevada estatura y de porte atlético; el hermano Miguel  a quien los alumnos le llamaban  “el Negro”;  Ántero Samanez, hijo de un terrateniente del valle Apurímac y todos le llamaban Markaska o el “marcado”,  Salvinia, chica de 12 año y enamorada de Antero; Añuco, hijo de un hacendado; el  “Peluca”, estudiante fortachón de 20 años;  Valle, estudiante interno de quinto año del colegio  religioso; Palacito, estudiante interno indígena y el menor de todos, le llamaban “indio Palacios”; doña Felipa, mujer obesa de mucho coraje y cabecilla de las chicheras; opa Marcelina, mujer de baja estatura y gorda, jovencita demente que ayuda en la cocina del internado: el papacha Oblitas, profesor y músico; Alcilla, notario de Abancay; y la lista de personajes es interminable. Las acciones  se desarrollaron  en el Cusco  y en Abancay en donde se ubican  el  colegio   del  internado religioso de Abancay; el barrio de las chicheras, Huanupata y la hacienda de Patibamba. La doctora Juana Martínez Gómez, catedrática de Literatura Hispanoamericana de la Universidad Complutense de Madrid, España hace un importante apunte de la obra maestra de Arguedas: “Los ríos profundos, novela esencialmente autobiográfica, está desarrollada a lo largo de once capítulos  de carácter muy heterogéneo cuyo hilo enlazado es el protagonista, el “yo” que relata una serie de episodios y le confiere  unidad a la novela. Ésta narra las experiencias de Ernesto, un muchacho de catorce años, en un colegio religioso de Abancay, al  que llega después de recorrer junto con su padre diversos lugares de la sierra. Los primeros capítulos son una auténtica biografía del autor, verdaderos   diarios de su infancia escritos con toda clase de  detalles. Al llegar al colegio, se incorporan nuevos personajes –los alumnos, los profesores y otros más o menos cercanos al mismo -, y se alternan los episodios  de dentro y fuera del centro escolar significativos  en la vida del muchacho, que van dando  a conocer al lector un mundo -Abancay- y un submundo  -el del colegio-. A simple vista, se observa que Ernesto no es un niño como los demás, sólo por su prudencia  –pues, aunque blanco se ha criado  entre los indios-, sino por su forma de actuar, por sus reacciones y actitudes ante diferentes situaciones. Esto le hace conquistar entre algunos profesores y alumnos como “loco”, “vagabundo”, “forastero  algo tocado”, etc. Es un niño que lo observa y todo lo medita. Ante sus ojos parece que no pasa nada inadvertido y de este modo, llega a unas conclusiones  llenas de inocencia, ternura y bondad y, a la vez, tan maduras que contrastan  con las de las que persona que le rodean.  En el capítulo “La despedida”, en que el padre parte de Abancay, comienza una nueva vida para Ernesto, que debe enfrentarse solo en el mundo. Esta separación es necesaria para iniciar una nueva etapa en su existencia; por eso está revestida de esperanza. Desaparece, así,  un personaje, el padre, pero continuará en el recuerdo del niño resurgiendo en los  momentos más críticos de su vida, de tal forma que la memoria llega a constituirse en uno de los elementos claves de la organización interna de la novela. El padre se convierte en una obsesión diaria, hasta el punto de transformarse en el objetivo de la existencia de Ernesto. En ausencia de su padre, el niño adquiere una visión negativa de la realidad. Desde el colegio, donde domina la violencia, el sexo y la maldad, observa el mundo, “cargado de monstruo y fuego” (…) En el universo mágico de la obra, a las vivencias del niño se yuxtapone la realidad exterior con distintos episodios que reflejan un entramado social y religioso cargado de abusos e injusticias. Es el caldo de la sublevación de las chicheras cuya causa es compartida plenamente por Ernesto que lucha activamente con ella.”
     “Todas las sangres” es la obra que tiene más páginas entre todas las novelas de Arguedas.  La literata Juana Martínez  Gómez  escribe sobre la obra: “El 1964  es el de la publicación de su obra más ambiciosa, Todas las sangres en la que quiere  presentar la gran diversidad de elementos humanos que componen el Perú. Intenta crear un cuadro de la totalidad social del país basándose en sus propias experiencias recogidas de todas las escalas y jerarquías del Perú que él conoció directamente”. La estudiosa e investigadora de las obras de Arguedas, doctora Juana Martínez  hace otro apunte importante sobre la obra  “En la  novela aparecen todos los problemas del Perú en plena ebullición en la época en que fue escrita, porque Arguedas se propuso abarcar la totalidad de las cuestiones sociales que afectaban al hombre peruano de su momento”. El propio autor la considera como la culminación de su obra, de modo  que las novelas anteriores constituirán  los eslabones necesarios para elaborar ésta última: “Todas las sangres ha madurado durante largos años. Para poder escribirla fue necesario haber intentado interpretar en Agua (1935), la vida de una aldea, en  Yawar Fiesta (1941) la de una capital de provincia y en Los ríos profundos (1958) la vida de un territorio humano y geográfico más vasto y complejo. Sin estas obras no hubiese podido crear Todas las sangres  (…) Y siento que mi última  novela es más literaria que las anteriores porque en ella lo literario proviene de la faz y el corazón  de infinidad de gentes distintas  entrabadas en nuestro país en una urdimbre sutil, profunda, a veces terrible, y no solamente de la descripción del llanto y de la mágica maravilla de los ríos y montañas”.  Los personajes principales  se encuentran bien diseñadas por el autor  y alrededor de ellos gira toda la obra arguedasiana. Los personajes centrales son tres: el hacendado Bruno Aragón de Peralta; el ambicioso Fermín Aragón que es dueño de la mina de Apark’ora que explota y abusa de los humildes indios; y don Demetrio Rendón Willka, quien primero trabaja para Fermín Aragón y después para Bruno como administrador de su hacienda. Entre los personajes secundarios sobresalen: Matilde, mujer de ojos grandes y color de piedra verde y esposa del hacendado Fermín el Gálico, el hacendado; el mestizo Gregorio;  el ingeniero Hernán  Cabrejos Seminario quien es jefe de las minas de San Pedro y también agente secreto   del Consorcio Wisther-Bozart.  Las acciones o hechos  que realizan los personajes se desarrollan en el espacio  local o regional que está ubicado en la sierra sur del Perú, y tiene como escenario tres áreas: la mina Apark’ora; el pueblo de San Pedro; y la hacienda “La Providencia”, la comunidad de Paraybamba y la comunidad de Lahuaymarca. La novela póstuma de Arguedas es el “El zorro de arriba y el zorro de abajo, 1971”.

 (Del libro: "Literatura Peruana", Rafael Alvarado Castillo)

"CUENTOS PERUANOS", antología

    Rafael Alvarado

     El crítico literario y novelista norteamericano Bill  Oliver nos dice que los libros de cuentos tradicionalmente han reportado escasas ganancias y a menudo no ha sido reseñado por la crítica literaria. El escritor Oliver  sigue diciendo: “No es de sorprender, pues,  que un escritor como Peter Taylor, de más de 70 años de edad, aclamado por el famoso crítico literario  Jonathan  Yardley  del “ Washington  Post”  como el mejor autor de Estados Unidos, haya trabajado en relativa oscuridad tantos años: Taylor escribe cuentos”. Por último, el  doctor Oliver, escribe: “Sin embargo,  ahora se observa  el fenómeno literario de la década, aclamado por las casas  editoriales, directores de revistas, críticos y escritores por igual (en los Estados Unidos), y  avivado por el interés de un gran número de lectores. Se trata del renacimiento del cuento o por lo menos así se ha llamado”.

     Shannon  Rabéenle, editora, jefa de la editorial Algonquin y editora de la antología periódica  “Best American Short  Stories” escribe: “Cuando se habla del resurgimiento  o renacimiento del cuento, están volviendo a los años veinte y treinta, cuando cierto tipo de cuento bien escrito y de éxito comercial podía lograr determinar la circulación y los precios de venta al público”.  El destacado crítico literario Oliver   agrega categóricamente: “Estos cuentos se publicaban en revistas como “Vanity Fair” y “The Saturday Evening Post”   y eran el equivalente de los  programas de hoy en las cadenas nacionales de televisión. Lo que se observa en el cuento ahora es un resurgimiento de aquella situación”.
     En el Perú, ¿qué sucede con el cuento? Es realmente lamentable que no se valore al que escribe cuentos porque sencillamente no se leen cuentos como debe ser. En los colegios se exigen que se estudien a los grandes cuentistas peruanos; y eso me parece muy bien. Un buen cuento elaborado es bello y maravilloso.

     El escritor norteamericano  Seymour  Mentor dice que  “El cuento es una narración breve, fingida en todo o en parte, creada por un autor, que se puede leer en menos de una hora, y cuyos elementos contribuyen a producir un solo efecto”. El cuento es tan antiguo como el mismo hombre, no voy a entrar a definir lo que es un cuento y menos a profundizar el problema del cuento que es sumamente complejo.  

     En el presente libro de antología del cuento peruano he considerado las siguientes  obras literarias: “Calixto Garmendia”, “Los gallinazos sin plumas”, “Warma Kuyay”, “El caballero Carmelo”, Ushanan-jampi”, “El sueño del pongo”, “La venganza del cóndor”, “Paco Yunque”, “El banquete”, “El trompo”, “La botella de chicha”, “El niño de junto al cielo”, “Avicha”, “El regalo de Virginia” y “Campanada de retorno”.

     Quiero resaltar las producciones literarias de los cuentistas de las  tres últimas décadas::Fernando Iwasaki, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Carlos  Eduardo Zavaleta, Oscar Colchado Lucio, Cronwell Jara Jiménez, Carlos Rivas Loayza, Javier Arévalo, Oswaldo Reynoso, Luis Loayza, Genaro  Maza, Mario Palomino  Medina, Wilmer Rojas, Alejandro Medina Bustinza,  entre otros.

Lima, 16 de  de febrero de 2012.           Rafael Alvarado Castillo  

sábado, 18 de febrero de 2012

"CONFESIONES DEL LOBO", poemario

         De Rafael Alvarado
   
     El poemario “Confesiones del lobo” lo vine trabajando desde 1985, pero fue publicado artesanalmente en  1992, justo cuando apareció el  primer número de la Revista de Poesía “TRILCE” que dirigía y que publicó a los poetas de aquella época por cinco años. Durante los  hermosos   años de los ochenta frecuenté las tertulias literarias que se realizaban en  la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en  la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (A.N.E.A.). Conocí en aquella época a los grandes poetas Washington Delgado, Pablo Guevara, Juan Gonzalo Rose, César Toro Montalvo, Demetrio Quiroz Malca, Winston Orrillo, Paco Bendezú, Mario Florián, Luis Nieto, Leoncio Bueno, Gustavo Valcárcel, Luis Hernán Ramírez. Posteriormente frecuenté a los poetas  Julio Chiroque, Espinoza Sánchez, Juan Benavente,  Federico Torres, Francisco Ponce Sánchez,  Julio Aponte, Max Dextre,  Carlos Alfonso, Víctor Bradio, Willy Gómez,  Manuel López Rodríguez, Guido Carrión, José Guillermo Vargas,   entre otros.  
     El libro de poesía “Confesiones del lobo”  es un testimonio personal  sobre  mi vida que estaba llena dolor y angustia, enfrentándome a un mundo injusto y deshumanizado. Escribir  poesía era para  mí  una especie de pasión y de placer.  Y en realidad,  eso sentí cuando escribía este poemario.


EPISTOLA  A MI HERMANA TERESA
 Hermana Teresa, hoy es un día cualquiera y ha llovido
                                                                            como nunca,
y  he tomado un buen café y he leído a Elliot, Ungaretti
                                                                         y Ezra Pound
Y  después me he puesto a pensar en lo que es la vida
                                                      y mi alma se ha espantado,                      
no sé de repente cogiéndome el corazón hecho pedazos
se me dado por hablar de tantas cosas que bailan en mi
                                                                                        cabeza.
Tú,  sabes muy bien que nunca fui feliz y que siempre fui
                                                                            un desgraciado                         
-rara  vez lo digo- y me resigno a vivir así  con mis escritos    
                                                  manchados de melancolía donde
danza mi desdicha riéndose  en mi propia cara.
                                                        
Anda, hermana Teresa, pero rápido donde el padre
                                                                             Enrique Olier,
el que suele  hablar hasta el cansancio de Damián
de Molokai, inmenso apóstol de los leprosos
y  dile  que no soy un hombre malo,
a  pesar de que solía hacer llorar mucho a mamá                                              
todas las mañanas cuando el cholo Don Lucho
-extraño jardinero con cara de gato asustado que
                                                           creíase Charles Chaplin-
salía llevándose  de paseo a su angustia en dos    ruedas.
Corre,  hermana Teresa, como la gacela que va junto
al  tren  perdido  con rumbo a lo desconocido
y  visita también al viejo Camilo –hipócrita lector de  Vallejo-
que todavía  está en su lecho de cemento con cara
                                                                               a la muerte
abrazado a su inmensa miseria en plena esquina,
allí donde está parado la desdicha como una columna
                                                                                  de humo
y  dile al oído –aunque algunos dicen que él perdió
                                                    en un basural su conciencia
dile que soy un hombre bueno que jamás conoció
                                                                           la felicidad
y dile también que en su nombre escribiré
                                                           los poemas  más tristes
y  que releeré siempre   a Vallejo, Whitman y Neruda
que nos hablan de la esperanza que quisiera que
                            naciera  en mi pecho como una flor de otoño.
Ah no te vayas a olvidar, hermanita Teresa, de ir
                                         aunque     sea   un   instante     donde
el negro Tom,  ayer tumbador de hombres  y  hoy
                                                            bailarín  de bares oscuros,
de  visitar  también donde  el mocho,  el  trompetista
con cara de sapo que  se cree  el genial  Lousis   Armstrong 
y el viejo Zumarán de mi barrio, quien reparte todas
                                               las mañanas la más linda sonrisa
todos los niños que llevan un silencio de jazz
                                                                      sobre sus almas,
y diles que todavía sigo siendo el mismo de siempre
                                                            y que  Jamás se olviden                                           
de que el río, corto o largo, se parece a la vida de los  hombres.
Perdóname, hermana Teresa, estoy llorando y no traten  
nadie de consolarme porque creo que es mejor así.
Siento que la tristeza del mundo cae herida
                                               como un gigante árbol  en mi alma.
Y  de pronto, me he puesto a canturrear canciones de mis
                                                                                        años verdes
rasgueando mis nervios averiados como si fuese una   guitarra,
y   como nunca  he  recordado entre lágrimas y risas
a mi padre, hombre de mil oficios  y lector de libros  anónimos,
cogiéndome en su ancho pecho colorado y cubriéndome de besos;
a mi madre que se paseaba en mi cuarto espantando
la tristeza que se escondía en mi alma;
a Charito, miniatura de Sofía Loren - decían que era muy mala -
                                                                             pero yo no lo creía,
la que siempre me contaba a oscuras cuentos malévolos,
                                                                                    asustándome                                                       a Rocío, la que tenía  cara  de tortuga , a quien hacía  
aterrizar  vestida todo de blanco en los mejores  charcos de barro,
                                                                                                                                                                                                                 a César, el chiquitín que solía robarme en complicidad de mi madre
mis mejores cometas hechas con mis propias manos
y mis carritos de madera de color chocolate;
a  Lucy, la muchachita de ojitos negros, quien solía
                                                           matar  con su sonrisa coqueta
la  ira  que cabalgaba como un dragón en el rostro  de mamá.

Hermana Teresa, quiero que me devuelvan –ahora   mismo-
mi patria hermosa con sus palomas blancas y sus chiquillos
                                                correteando por las largas avenidas,
que me devuelvan también –lo digo esta vez empeñando
                                                                        mi alegría al viento -
la sonrisa de niña de mamá que se paseaba por mi rostro
cuando la cólera andaba en mi sangre como un viejo    
fantasma derramando la leche tibia de los niños.
 Quiero  –lo  pido  casi  ahogado  en  un  mar  de  llanto –
que devuelvan  aunque sea por un solo instante
la última sonrisa de mi hijo que se fue con la sombra  del otoño.
Quisiera de buena gana, hermana Teresa,  darle 
                                              un  golpe  mortal  en plena nuca
a  aquel  juez  que  ensaya  una  sonrisa  de  Judas  y
luego reírme a sus espaldas como un  loco pordiosero;
también quisiera  asustarle con violencia hasta  quitarle
                                                                                casi el aliento
a aquel  siniestro  hombrecillo  vestido todo de verde –
                                                     creo que se llama el doctor Silva-
que se pasea siempre muy orondo por los pasillos
                                                                  cuarteados de melancolía
del noveno piso de ese horrible hospital con rostro 
parecido  al  viejo sauce desnudo  azotado por el viento 
                                                                                     del  otoño,

Quiero  leer hasta el cansancio  a Hemingway, Vallejo, Dickens,
                                                      Mauppassant  y  Mark Twain
- mis maestros coronados de tristeza- y luego salir 
                                                             a  buscar  al padre   Olier
para decirle que Santo Tomás de Aquino me llega al  alma;                                                                      quiero     abofetear   con  violencia  a   Carlos   Marx                                                                                              
                                        -mi autor preferido de juventud-
y  romper todos sus escritos para que nadie los lean;
por último quiero, hermana Teresa, abrir como  un loco de par en par                                                                           
la ventana de mi tristeza  y tocar la luna con mis manos.
                                                                
QUISIERA SER UN HOMBRE FELIZ
                  (Fragmento)
Quisiera ser siempre un hombre feliz
caminar bajo la lluvia mojándome los zapatos,
gritando como un  loco en las esquinas que la felicidad es sólo
                                                     para los dioses del olimpo
y que Baudelaire anda  en mi alma de invierno
maldiciendo en alta voz los sonetos de Petrarca.

Estoy enredado en mi propia miseria del tamaño del cielo
entre el pan ausente en mi mesa y el vino despreciado
                                                    por los hombres sin sueños,
entre el correr del tiempo que se detiene en los cabellos
                                                                       de Rita la Caimana
y  la lectura de los cuentos del maldito Charles Bukowski.

Quisiera ser siempre un hombre feliz como Pablo, el viejo mendigo
que se acuesta con su inmensa tristeza en las bancas frías de París
odiando  a Van Vogh  y  gritando que ama a  Liz Taylor.
                              
                                                                        Lima,  20 de abril de 1988

TRATADO DE LITERATURA




     A fines de la década del 70 conocí el libro “BREVE TRATADO DE LITERATURA”  del maestro universitario, doctor Luis Alberto Sánchez que me pareció muy importante, porque me sirvió como una guía muy didáctica para comprender la literatura. Este libro lo han utilizado varias generaciones de estudiantes, literatos y de profesores de la especialidad de Lengua y Literatura. El maestro Sánchez me enseñó lo que realmente es la literatura a través de este texto universitario.

     Después de varios años de estudios de investigación sobre las cuestiones literarias,  logré publicar el libro  “TRATADO DE LITERATURA” que está dirigido para los estudiantes de literatura, para los profesores de Comunicación y para las personas interesadas en los temas literarios. El doctor Antonio Cornejo Polar saludó la obra cuando salió a luz en el año 2000, con estas palabras: “El libro TRATADO DE LITERATURA  de  Rafael  Alvarado Castillo  es un trabajo sumamente interesante para el estudiante que requiere los conocimientos necesarios sobre la literatura, así como también para los profesores. El autor nos ofrece un texto con temas literarios actualizados, como las técnicas narrativas contemporáneas, entre otros.
      Espero que el presente libro contribuya esencialmente  a enriquecer  los conocimientos literarios del lector.
     El libro desarrolla los siguientes temas literarios:
- La obra literaria
- Los géneros literarios
- El estilo literario
- El contexto socio-cultural
- Los recursos literarios
- Las técnicas narrativas
- La narración
- El cuento
- La novela
- La poesía
- El teatro
- El ensayo
- El periodismo
- Guía metodológica para analizar una obra literaria
- Modelos de análisis  literarios.

   Lima, 16 de enero de 2012                         Rafael Alvarado Castillo

viernes, 10 de febrero de 2012

EL ÁGUILA, novela


“EL ÁGUILA”  DE  RAFAEL ALVARADO


     Escribir “El águila” fue una experiencia muy rica en mi carrera de escritor porque pude descubrir los valores que existen en la vida; pero que el hombre no lo sabe aprovechar para darle sentido a su vida.  Más que una novela, yo lo considero una obra de superación personal que tiene como objetivo fundamental elevar la autoestima del lector para que pueda  alcanzar la meta trazada en la vida con una lucha permanente.
     “El águila” es una obra motivadora que trata de darle optimismo, perseverancia y coraje al  lector para que pueda vencer todos los obstáculos que se le presenten en su vida. El optimismo es un elemento vital que todo hombre debe poseer para tener un espíritu de superación. Una persona optimista tiene más posibilidades de alcanzar el éxito que el hombre pesimista. El optimista nunca piensa perder una batalla ya que trata por todos los medios ganarla.
     La perseverancia es otro elemento importante que va de la mano con el optimismo. El que es perseverante no se desalienta ni se rinde tan fácilmente en la lucha, sino que avanza aunque sea a paso lento para lograr el triunfo ansiado.
      El coraje que le ponemos a las cosas que queremos hacer juegan un papel importante en la vida de los seres humanos. El hombre que está lleno de coraje luchará a brazo partido para conseguir todo lo que desee.
     El protagonista de la obra “El águila”,  Ángel Álvarez, lleva en su mente y en su  corazón: el optimismo, la perseverancia y el coraje. Él descubrió estos tres elementos vitales en la hazaña heroica del águila, mediante los cuales pudo alcanzar su meta ansiada como escritor y logrando conseguir el éxito y la felicidad.

Lima, 16 de  enero del 2008      Rafael Alvarado Castillo  

*****  

     La obra “El Águila” es muy leída en los colegios de los niveles  de primaria y de secundaria por su gran contenido y por su mensaje. Aquí les ofrezco un pequeño fragmento de la obra.
                                                "EL Águila"                                                     
       Ángel Álvarez era un soñador. Él estaba plenamente convencido de que  algún día llegaría a  cristalizar su sueño mayor: ser un famoso escritor. Ese inmenso deseo que latía en  su pechlo llevaba bien guardado en su corazón.
     Un día, Ángel tuvo un  hermoso sueño. Él soñó que se encontraba en un bello lugar donde se elevaban las montañas más altas del mundo.  El muchacho quedó muy impresionado al ver la cima de la montaña más elevada de todas. Hasta allí trataban de llegar las aves de diferentes tamaños poniendo mucho esfuerzo. Nadie logró conseguir su objetivo. Después apareció la deslumbrante figura de un águila embelleciendo el cielo con su majestuoso vuelo. Ángel se quedó con la boca abierta al ver al hermoso animal volador. Éste emprendió un ascenso armonioso dejando atrás a las aves que luchaban por llegar hasta la cima de la montaña gigante. En ese  momento, empezó a llover en forma torrencial impidiendo que el águila subiera con facilidad.  Las otras aves desaparecieron del cielo tenebroso por no tener un espíritu de guerrero para seguir luchando hasta alcanzar la cima ansiada. Solamente quedó el intrépido águila, amo del cielo, que luchaba intensamente en su ascenso hacia su objetivo. Era una lucha desigual entre la furia de la naturaleza y el espíritu combativo del animal.
El águila sin acobardarse insistió en su lento ascenso hacia la punta de la elevada montaña que estaba cerca del cielo, a pesar de que estaba totalmente mojado por la torrencial lluvia que hacía, superó el obstáculo. De pronto, un fuerte viento se adueñó del cielo y empezó a soplar con mucha violencia haciendo  retroceder   al   ave, pero éste no solamente recuperó el terreno perdido sino que siguió  subiendo. Luego el viento con toda su furia volvió a embestir al aguerrido águila, pero éste no se quedó de brazos cruzados y nuevamente comenzó una lucha más intensa que antes entre ambos, logrando salir victorioso el animal volador que siguió su ascenso imparable.
     Cuando el águila había subido un buen trecho con rumbo a su meta,  el cielo se llenó de truenos y relámpagos. El ave no se asustó y continuó su camino trazado. Los truenos y los relámpagos reventaban cerca de él, quien los esquivaba olímpicamente con su vuelo majestuoso, evitando ser destrozado en mil pedazos. Después de varias peripecias logró llegar hasta la cumbre, allí  agitó sus poderosas  alas  en señal de triunfo y las luces radiantes que arrojaban los truenos y los relámpagos alumbraban la hermosa figura descomunal del águila. En ese preciso instante, el niño Ángel  Álvarez se despertó muy emocionado por la gran hazaña que había realizado el águila en su sueño y eso había quedado grabado  para siempre en su mente.

         Lima, 16 de enero del 2012                                 Rafael Alvarado Castillo

Presentación de la obra “El Águila” en la Casa de la Literatura Peruana

     El viernes  19 de marzo del 2010, se presentó la obra “El Águila” de Rafael Alvarado Castillo, que estuvo a cargo del doctor José Guillermo Vargas Rodríguez, Presidente de la Casa Nacional del Poeta y del escritor Julián Rodríguez. El evento se realizó en el auditorio de La Casa de Literatura Peruana, a horas 7.00 pm

                                             El autor con el Dr. José Vargas y el escritor Julián Rodriguez

                                     El autor con el Dr. José Vargas, Presidente de La Casa Nacional del Poeta


                                                     El autor con sus amigos escritores

OPINIONES DE PROFESORES E INTELECTUALES SOBRE   LA OBRA “EL ÁGUILA”

     “La novela EL ÁGUILA nos enseña que debemos luchar para lograr nuestros ideales y metas. La obra  tiene un lenguaje sencillo que permite al lector hacer una lectura fluida y rápida. También nos  muestra  las diferentes situaciones que se tiene que pasar para alcanzar el éxito. El título de la obra “El águila” es metafórico y simboliza la fuerza, el coraje, la perseverancia, el sacrificio que tiene que pasar el hombre para conseguir  el triunfo
             (YENNY MARISOL CAINICELA AVELLANEDA,  Colegio Nacional “Julio C.  
             Tello, UGEL 05, San Juan de Lurigancho-Lima)

      “EL ÁGUILA es una interesante obra motivadora que trata de inyectar optimismo, constancia en la lucha diaria para alcanzar sus sueños y la alegría de vivir en forma positiva. Es una obra que debe leer todas las personas”
            (DOCTOR ABEL  MANCILLA ÁLVAREZ,  Psicólogo de la Cruz Roja  
           Peruana y de la DEMUNA de la Municipalidad de La Victoria)

     “La novela EL ÁGUILA  del escritor Rafael Alvarado Castillo, es una obra que invita a todas las persona a elevar su autoestima y a buscar su propia identidad. El autor   ofrece al lector que puede ser leído con suma  facilidad y que deja una gran motivación para enfrentarse a la vida con optimismo, con lucha constante y con valor. Es un libro que no debe faltar en casa”
           (MARÍA VARAS CAMPOS, Colegio Nacional “Andrés de los Reyes, UGEL 10)

     “EL ÁGUILA es una  novela que toda persona de cualquier edad debe leer porque enseña  a vivier la vida con intensidad en busca de la felicidad. Esta obra que tiene un gran mensaje va a cambiar tu vida”
        (MÁXIMO BUENO HUAMÁN, Colegio Nacional “José María Arguedas,
         UGEL 10, San Juan de Lurigancho)

     “La novela EL ÁGUILA eleva la autoestima y el optimismo de las personas y también enseña a luchar permanentemente todos los días para alcanzar el éxito y la felicidad”.
     (DOCTOR COSME HILARIO MARCAS,  Psicólogo y jefe del Departamento de Psicología y de la DEMUNA de la Municipalidad de La Victoria)


VISITA DEL AUTOR AL COLEGIO ANDRÉS DE LOS REYES
 El escritor Rafael Alvarado Castillo tuvo un encuentro con los alumnos del tercero de secundaria de la sección F del Colegio Andrés de Los Reyes, después que leyeron la obra El Águila. El autor y los alumnos dialogaron acerca de la obra.





"MAMÁ SABINA", novela




      Mi última novela literaria “Mamá Sabina” narra el drama de mi madre abnegada y valiente que sobrevivió, a pesar de todas los obstáculos que se le presentaron en su vida logrando salir adelante con sus hijos huérfanos de padre.
     Aquí les presento un capítulo de la novela  “Mamá Sabina”.

CAPÍTULO I
       Cuando estaba un poco crecidito yo ya sabía eso de morirse porque mamá Sabina siempre me decía que nadie se escapa de las garras de la  muerte ni siquiera los  que tienen harta plata. Todos, pobres y ricos van a dar al hoyo tarde o temprano, porque nadie tiene la vida comprada, me repetía cada vez que se le daba por hablar de eso de irse al otro mundo. Por eso, me decía para mis adentros, hay que entrarle a las cosas buenas y no hay que estar haciendo daño a las personas porque en cualquier momento el de arriba que todo lo ve y lo escucha nos puede decir “Hasta aquí nomás mi hijito” y nos recoge rapidito de este horrible mundo. Pero lo más triste de todo, seguía diciendo para mi solito, es que los gusanos nos salen comiendo todo y hasta los zapatos. Yo ya sabía que cuando uno se muere,  el alma se va derechito al cielo o al fuego eterno. Cuando me ponía a pensar en esas cosas se me metía abundante miedo en el cuerpo y así de pronto también se me metía sin pedir permiso hasta los huesos una terrible tembladera de nunca acabar.
     Un día llegaron a casa unos hombres extraños vestidos de negro que jamás había visto en mi vida. Ellos muy sueltos de huesos dijeron que papá Alfredo se había muerto así de repente. Yo  al escuchar esa mala noticia me quedé paradito como un poste y no podía abrir la boca ni siquiera para decir algo, porque la lengua se me había enredado por tanta angustia que se había adueñado de mi alma de niño. Se me dio por la lloradera al ver a mamá Sabina cómo sufría por la muerte del hombre que le hizo suspirar de amor en algún momento de su vida. Ella terminó tendida en el bendito suelo con un llanto que le sacudía el pecho y de sus ojos caía abundante agüita como si fuese manantial. La que me dio la vida  empezó a revolcarse en medio de una gran polvareda en el corralón donde vivíamos como si el dolor se lo estuviese tragando sin piedad. Y yo nada de alejarme de allí donde seguía paradito sin quitarle la mirada de encima por un solo instante. Después se le dio por estar jalándose las mechas hasta quedarse sin aliento. “¿Por qué Dios mío? ¿Por qué te lo has llevado? ¿Por qué?”, decía, por momentos, casi balbuceando. Yo seguía quietecito allí nomás viendo la dolorosa escena que hacía la que me trajo al mundo.  Yo tenía los ojos sin lágrimas porque había llorado demasiado por mamá Sabina. Al ver que ella no daba muestra de vida por la falta del color rosadito en sus mejillas,  yo empecé a gritar de desesperación con todas las fuerzas de mi corazón su bendito nombre.  Al  oír  mi   voz   chillona  que  tenía  y  que  ella  la  conocía  de  memoria,  comenzó a reaccionar haciendo grandes esfuerzos. Luego se sentó y con su mirada casi perdida me buscó hasta dar conmigo. Ella al darse cuenta de mi presencia con su gracioso dedito me dio a entender que me acercase a su lado y yo le obedecí en menos de lo que canta un gallo sin chistar. Al estar junto a su cuerpo, ella apoyó su carita de color papel blanco sobre mi hombro, enlazando con sus manos mi escaso cuerpo al mismo tiempo que yo sentía que caía de sus ojos agüita caliente en mi ropa. Ella acarició mis cabellos y cubriéndome de besos mi cara sucia me dijo que ya no tenía papá Alfredo porque diosito se lo había recogido.
     Después me enteré por otras bocas que mi papá Alfredo se murió en un accidente. No sé por qué a veces lloraba por él, tal vez porque  mi madre  me contagiaba con su lloradera. Valgan verdades, jamás papá Alfredo me dio cariño y menos un beso de padre. Para mí fue un hombre misterioso y desconocido. Yo para él fui cualquier cosa, menos un hijo. Nunca se me acercó para decirme cosas bonitas “Te amo hijito” o “cuídate que ya regreso”. Él siempre brilló por su ausencia en casa. Nunca tuvo tiempo para nosotros. Cuando mi madre me hablaba de él, yo le decía “Yo no tengo papá”. Ella “Hijo estás mal. Él es tu padre”. Yo como no tenía pelos en la lengua le decía que no tenía papá porque no lo sentía y me ponía a llorar a chorros de pura tristeza. Entonces, ella me abrazaba tiernamente y me cubría el rostro con besos  de madre. Me decía que papá Alfredo era bueno y que nunca tuvo amor de sus padres, por eso era así. Poco a poco empecé a agarrarle algo de cariño nada más, pero no era amor de hijo lo que sentía por él. En cambio, el amor que le tenía a la que me dio la vida era del tamaño del cielo. Ella era todo para mí. Una madre como ella no encontraría así nomás en el mundo. Antes de que se fuera de este valle de lágrimas, papá Alfredo le había dicho repetidas veces a la que amaba mucho de que yo tenía que ocupar su lugar el día que él se muriera. Entonces, cuando él se murió tuve que cumplir su voluntad y para mí fue muy duro cumplirlo al pie de la letra. Bueno, desde el día de su ausencia eterna de papá Alfredo tuve que  enfrentarme solito contra el mundo. Tuve que hacerme grande a la fuerza para defender a mi familia, pues yo era apenas un mocoso que vivía la vida por vivir. También tenía que ser fuerte ante los problemas que se me presentasen y después tenía que vencerlos aunque sea a la mala. Mi mamá se quedó viuda y con seis hijos pequeños a quienes tenía que dar amor y también llenar la barriga para que no se muriesen de hambre.                                                        
      Después de la muerte de papá Alfredo, mamá Sabina seguía llorando y de paso me hacía llorar a mí también. Pero, ella no se cruzó de brazos pensando que las cosas le caerían del cielo, sino se puso a trabajar como cocinera en una casa de ricos para darnos de comer. Sus patrones le agarraron harto cariño y aprecio muy rapidito, no sólo por lo rico que cocinaba; sino especialmente porque era una mujer que le encantaba el trabajo, era amante de la limpieza y enemiga de estar cogiendo las cosas que no le pertenecían. A pesar, que había transcurrido poco tiempo desde la primera vez que ella había puesto sus pies en esa enorme mansión,  ya todos le tenían mucha confianza, aparte del respeto que se había ganado. Si tuvieran que poner la mano al fuego por ella, todos lo harían. Me acuerdo que una vez ella me llevó a su trabajo, un día sábado que no tenía clases en el colegio. Apenas llegamos, tocó el timbre y el mayordomo - que era alto, con buen semblante y con anteojos grandes -   abrió la puerta de la enorme mansión, mi madre le saludó y él con sumo respeto y reverencia le respondió “Buenos días, señora Sabina”. Yo no me quedé atrás porque antes que él me saludase, lo hice primero, y él sólo abrió su boca para darme la bienvenida. Mi madre  me vino diciendo desde que salimos de casa que tenía que saludar a todos por igual y eso fue lo que hice con el que nos  abrió la puerta.  Ella después se metió a un cuarto y al ratito nomás salió vestida de blanco de pies a cabeza. Apenas mis ojos la vio me quedé sorprendido porque estaba hecho  un anís. Lo más gracioso de todo era que llevaba  una gorra de tamaño pequeño y de color de nieve que apenas le cubría la nuca. Esa gorrita se parecía al que llevaba mi perrito Jazmín encima de su cabecita haciendo reír a todo el mundo cuando salía a la calle. A mamá Sabina le quedaba bien graciosa esa cosa blanca y de tanto verlo me ponía a reír  como si me  estuvieran matando a cosquillas. Ella quiso reírse también por la manera cómo me reía a mandíbula batiente; pero ella terminó poniendo la cara de pocos amigos y me ordenó que cerrase el pico de inmediato. Yo sin chistar cerré bien la boca y encima la tapé con mis dos manos para que no saliesen esos sonidos sonoros que producían mi risa. La que me trajo al mundo, sin perder más tiempo se alejó de mi vista casi corriendo y se metió a la cocina para preparar la comida para los patrones. Presintiendo que iba a hacer alguna travesura me llamó y yo en un abrir y cerrar de ojos estaba a su lado bien paradito como un soldadito y me dijo que me comportase como un niño bueno y yo moví mi cabeza como diciendo que sí. Luego me señaló una silla que había en la cocina y me dijo que me sentara allí quietecito. No sé cuánto tiempo me encontraba sentado en esa horrible silleta, sin poder hacer nada. Estaba aburrido. Yo en un descuido me alejé de mi mamita que  peleaba  con las ollas y fui en busca de una escoba. Me puse a barrer un pasadizo largo donde había algunas hojas que se habían desprendido de los árboles y en ese momento me sorprendió la patrona de la casa quien mostrándome una linda sonrisa me preguntó “¿Qué hace este niñito inquieto?”. Yo quise esconder la escoba detrás de mi persona para que no la viera, pero no tuve tiempo. Ella se me acercó y me acarició  el cabello con ternura diciéndome “Tú has salido bien hacendoso igual que tu madre”. Espérame un momentito, me dijo y se alejó de mi vista. Mi madre al darse cuenta de que había desaparecido como por arte de magia, me llamó con una voz de pajarito enojado y yo en un santiamén estuve frente a ella con las manos detrás escuchándole lo que me decía “Te dije que te quedaras sentadito y no me has obedecido”. En ese preciso instante, cuando ella continuaba con su sermón sobre la obediencia, oí que me llamaba la patrona de la casa diciendo “Niñito, ¿dónde te has metido?”.  Yo seguía paradito cerca de la silla sin abrir la boca y escuchando todo lo que me decía mi madre. Al  rato, la cara de la señora se asomó por la puerta de la cocina y ella mostrando una bella sonrisa a flor de labios me enseñó una caja grande de chocolate que jamás había visto en mi vida y me dijo “Niño, ven acércate”. Yo la miré  y mamá Sabina “Anda, obedece”. Patitas me faltaron para llegar a donde estaba la patrona de mamá, quien me dio un beso en mi mejilla haciéndome sentir muy bien y me dijo “Esto es para ti por ser un niño bueno y hacendoso”. Me entregó la caja de chocolate y yo no sabía qué hacer con ella. Sólo atiné a abrazarla mientras miraba a mamá Sabina y a la señora de la mansión que se decían cosas. Entonces, paré mis orejas como las del burro y escuché que hablaban de  mi  persona, mientras yo  comía mi chocolate que tenía un sabor muy exquisito y que era para estar lamiéndose los labios y los dedos horas y horas.  Muchas veces fui a esa casa grande los días sábados porque no había clases en la escuela. Me hice querer por toda la familia porque siempre estaba haciendo algo. Unas veces, regando el jardín con una manguera larga o limpiando los vidrios de las ventanas con un trapito que había traído de mi casa. Otras veces se me daba por barrer el patio grande y  los pasadizos largos y cortos de la inmensa mansión. Yo me sentía muy feliz haciendo las cosas y no estaba pensando que la señora me regalase otra cajita de chocolate.
     Era muy feliz estando cerca de mamá Sabina, pero mi contentura terminaba cuando un hombre se le acercaba con malas intenciones. Un día miré con mis ojos sorprendidos cómo el otro mayordomo  gordo y confianzudo  se le acercó bien cerquita  a mi madre para decirle cosas en su oído para que nadie la oyese y después se puso  a reír con su cara de idiota que tenía mucha malicia. Eso le molestó  sobremanera a la que me cubría siempre de besos el rostro  y se le notó  a la legua por la cara de molesta que puso.  Entonces, sin perder tiempo monté  en cólera y poniendo mi cara de diablo me fui derechito sobre el gordo que tenía terno negro y corbata de  michi y le metí un golpe fuerte con mi zapato en su canilla. Él empezó a saltar de una sola pata cogiéndose la pierna golpeada con sus dos manos, diciendo bien despacio “aaayyy”. Mi madre, montada en cólera me llamó la atención por lo que había hecho y me dijo en mis orejas bien bajito, si otra vez  haces lo mismo ya no vendrás los sábados a la mansión. También me dijo, si la señora patrona se enterase de lo sucedido nos pondría a los tres de patitas a la calle. Le prometí que no volvería a suceder lo mismo, pero le dije que lo botara apenas se le acercase.  Ella me dijo que lo haría. Yo tenía que cuidarla para que nadie le haga daño. A todos lados iba con ella y no permitía que ningún hombre se le acercase. Bueno, pues yo era su fiel protector y estaba en las buenas y en las malas con mamá Sabina.