viernes, 4 de octubre de 2013

MARTÍN ADÁN: EL POETA QUE YO CONOCÍ

     Martín Adán, es el poeta vanguardista más importante de la literatura peruana e hispanoamericana. Él comenzó a escribir la obra "La casa de cartón", cuando tenía apenas diecisiés años y estudiaba en el Colegio Alemán.
     Martín Adán es el seudónimo de su nombre verdadero Rafael de la Fuente Benavides. Él procedía de una familia de alta alcurnia que nadaba en dinero; pero jamás fue feliz en su hogar. Su padre Santiago de la Fuente,  un hombre rico, lo abandonó siendo muy niño y desde ese instante quedó al cuidado de su tía Tarcila quien la maltrató negándole afecto. Creció entre la soledad y el abandono familiar. Estudió en la Universidad Nacional de San Marcos y en la Universidad de la Católica. El poeta tiene una abundante producción literaria: La casa de cartón, 1928; La Rosa de la Espinela, 1939; Sonetos a la Rosa, 1931-1941; Travesía de extramares, 1950; Escrito a ciegas, 1961; La piedra absoluta, 1966; Mi diario, 1966-1967; Diario de un poeta, 1966-1973. Fue Premio Nacional de Poesía (1946, 1961 y 1975 y Mienbro de la Academia Peruana de la Lengua.
     Recuerdo, cuando iba  a la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA), en 1981, primero entraba a saborear un café muy sabroso en un bar-restaunte que se encontraba entre los jirones Puno y Carabaya, mejor dicho a media cuadra de la librería de Juan Mejía Baca y a unos treinta metros de la Anea. Cada vez que entraba a ese bar,  veía a un hombre de aspecto sombrío y  entrado en años que vestía terno de color negro y con anteojos. Nunca se me cruzó por la cabeza que era el genial poeta  Martín Adán. Después me enteré por boca del mesero de que se trataba del poeta que admiraba. Muchas veces traté de acercarme a él, pero desistí porque me di cuenta de que era un hombre huraño como el gato. Después lo comenté  a unos amigos poetas de la Anea, quienes querían conocerlo y nos pusimos de acuerdo para ir a verlo. Cuando llegamos al lugar donde él acostumbraba tomar su trago corto y su taza de café; nosotros al verlo con su cara de pocos amigos, desistimos en acercarnos. Bueno, yo no dejé de ir al bar para saboreaba el exquisito café  y también para ver a mi poeta de cabecera. Por aquel entonces leí casi todos sus poemarios. Cada vez que iba me sentaba en la mesa más próxima a él y lo miraba con la intención de hablarle, mientras saboreaba el rico café. Recuerdo que un día, el poeta escribió unos apuntes en servilletas y luego se quedó dormido. Días después, me enteré por boca del mesero que Martín Adán escribía poemas en las servilletas. Un día, haciendo un gran esfuerzo me acerqué al poeta y me recibió con suma frialdad. Entones le dije que era su admirador y que leía sus poemas. Él sólo me miró y no abrió la boca para nada. Después, me acerqué varias  veces tratando de ganar su confianza a través de la poesía y él apenas aceptaba la conversación, hasta que un día le regalé el poemario "Travesía de extramares" que tenía páginas amarrillentas por el paso de los años. El libro  lo conseguí en la avenida Aviación de la Parada donde vendían solamente libros.  Cuando recibió el libro que había escrito allá por los años de 1940, se alegró y me dio la mano por el regalo. A partir de ese momento aceptó ser su amigo. Seguí frecuentándole y le pedí que me hablase de su poesía que me fascinaba sobremanera. Poco me habló de su poesía y más bien me habló de los poetas malditos de Francia: Verlaine, Rimbaud y Baudelaire. Cuando le pregunté ¿Por qué su poesía era hérmetica? y me respondió "El poeta escribe y punto, el lector debe interpretar el poema leído". Un día, dejó de ir. La mesa que siempre ocupaba él estaba vacía. Pasaron los días y nada de llegar. Dejé de ir y cuando regresé de nuevo, le pregunté al mesero el por qué de la ausencia de mi amigo. Él me respondió a secas "El señor poeta se encuentra en el hospital Larco Herrera". Al escuchar esas palabras de boca del mesero me sentí muy triste. Seguí visitando el bar para ver si llegaba el poeta; pero nunca llegó. Entonces, terminé por no poner más mis pies en ese lugar y también por no  saborear el exquisito café.
                                          Rafael Alvarado Castillo 
Lima, 4 de octubre de 2013.

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