martes, 24 de octubre de 2017

GUSTAVO RODRÍGUEZ y su cuento "Mi papá es el loco Cienfuegos"

MI PAPÁ ES EL LOCO CIENFUEGOS
Cuento
Gustavo Rodríguez


La última vez que viajé a Trujillo en un ómnibus de estos tenía tu edad. Nada ha cambiado. Siguen siendo nueve horas mirando en esta pantalla la misma película, la arena como protagonista omnipresente y alguno que otro matorral marrón que entra en escena para desaparecer como un extra cualquiera. En vez de acomodadores tenemos a toda esta gente que sube ofreciendo pacaes, pacaes, ahí tiene los ricos pacaes.
Lo único bueno es que si vas al baño, al fondo, no te pierdes nada. Todo sigue igual. Hasta los baches por los que estamos pasando ahora. Maldito aeropuerto. Felizmente aquí no proyectan el famoso cartelito de la disposición municipal con el cigarro tachado.
¿Te molesta si fumo? Qué bien. Espero que tampoco te moleste mi conversación. En todo caso, si te aburre, será mejor para ti. Te puedes quedar dormido mientras mis palabras te entran por un oído y te salen por el otro. Por si acaso, si te llego al pincho, no te molestes en contestarme. Yo te comprendo. Yo tuve tu edad hace no mucho y los tíos habladores eran un suplicio para mí. Hasta eso sigue igual.

Ya sé en qué estás pensando. Si le molesta viajar por tierra, porqué no tomó el avión, huevón. Ah, sonríes. Yo hubiera pensado lo mismo. Ha sido esa maldita huelga de aeropuertos. Justo hoy, que tengo que llegar a Trujillo a como dé lugar. Tengo que despedir a un amigo que se está yendo. ¿A dónde? Es una buena pregunta. Nando, carajo. A Nando lo he salvado de muchas, pero de ésta ya no lo va a sacar nadie. La primera vez que lo salvé, era menor que tú. Un pata que estudiaba en nuestro colegio, un ídolo por su forma de trompear, se lo estaba llevando para estropearlo. Ese cojudo era un caso para ser estudiado. En los recreos agarraba a la gente del cuello y la atenazaba bajo el brazo preguntándole quién es tu papá, di, quién es tu papá. Y si no le contestabas mi papá es el Loco Cienfuegos, te sacaba la mierda.

Se llamaba Agustín. Pero todos lo conocían por esta chapa: El Loco Cienfuegos. Pero antes de que agarrara de punto a Nando, ya me había echado el ojo a mí.

Para que entiendas bien lo que te voy a contar, déjame explicarte mejor cómo era el Loco. Por esa época yo tenía catorce años y estaba en tercero de secundaria. El tenía dieciocho o diecinueve, y estaba en quinto. Lo recuerdo enorme, con el pelo siempre corto, y con un ropero en vez de cuerpo, sin duda por la disciplina del Ramón Castilla. Sí, ese mismo, el colegio militar.

Nadie sabía exactamente por qué lo habían sacado del Castilla, pero cada barrio de Trujillo tenía su versión. La de mi cuadra era que le había sacado la mierda a un instructor porque le ordenó hacer doscientas ranas, y si el Loco no aguantaba pulgas, menos iba a aguantar batracios. Esta era una versión más creíble si la comparamos con la del barrio de mi enamorada, donde se decía que el director ordenó su expulsión luego de ser atenazado del cuello para escuchar y oler la bendita pregunta de quién es tu papá, cachaco de mierda, mientras cada sílaba destilaba un horrendo tufo a alcohol de la enfermería.
¿Puedes cerrar la cortina? El sol me está dando en los ojos. El que tampoco perdonaba los ojos era el Loco. Ni las pelotas, ni el hueso que acababa de quebrar con su patada. Imagina. Son las ocho de la noche. La gente de tu edad está llegando en grandes grupos desde todos los puntos hacia un parquecito escondido en una urbanización un poco alejada. Algunas colleras hasta han alquilado microbuses. Todos se han pasado la voz, pues en Trujillo no hacen falta los teléfonos para mover masas. Se ven incluso algunas chicas, en realidad unas pacharacas incondicionales que mascan chicle y hasta escupen al suelo, pero que aplauden más que nadie la entrada triunfal del Loco. Tiene puestas una botas negras con punteras de acero, que limitan con un jean ajustado para no afectar la elasticidad de las piernas, pero que sí deja ver un bulto enorme que llega hasta el bolsillo, que obliga a pensar que el Loco tiene un pincho descomunal, más condimento para la leyenda. El polo blanco que se ha puesto, apretado hasta reventar costuras, grita los quinientos kilos que el loco debe haber cargado en su casa como preparación para esa pelea. Y en la esquina izquierda, señoras y señores, pesando ciento veinte kilos, tenemos al Tanque Patiño, menos aplausos, dueño del gimnasio Atlas y de una espalda en la que pueden aterrizar helicópteros. Creo que esa misma noche estaban peleando Sugar Ray Leonard con Mano de Piedra Durán en la revancha del siglo, pero a nadie le importaba. Cuando nuestra pelea empezó, un amigo enorme del Loco me tapó la visión, por lo que sólo pude escuchar sonidos de cráneos estrellándose contra el suelo, conchas de tu madre desgarradores, y creo que los puños del Loco chocando contra la quijada del Tanque. En un momento dado se hizo la luz para mí, luego de escuchar un grito de guerra, un alarido animal que podía ser traducido al castellano como la frase ¡muere mierda!, alguien murmura se viene el tacle del Loco, y repite, es el tacle del Loco, y eso tuvo que ser, porque al instante una ola de carne cayó a mis pies tras derrumbar a la primera fila de espectadores.

El Tanque no tenía balas ni ganas de levantarse. La hemorragia que salía de su nariz parecía incontenible y hasta las pacharacas empezaron a decir pobrecito, déjalo Loco.

Pero el Loco tenía una mirada asesina, como si la sangre pidiera más sangre, y metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, lo estoy viendo clarito, sus amigos le están gritando qué vas a hacer, y la respuesta que saca a relucir es brillante, contundente y bien enlazada, porque es una cadena de acero y no su pene enorme el bulto que llevaba a la altura del bolsillo. Una, dos, tres veces cayó el acero sobre la cara, cuatro, cinco, seis veces trataron de separarlo de su presa, lo vas a matar Loco, nos vamos a joder, y el sonido de acero sobre carne y sangre se hizo insoportable, hasta que felizmente se mezcló con el de una sirena policial que llegó a tiempo para evitar una tragedia. Al día siguiente el Loco se paseaba orondo por el patio del colegio, pues sabía que se estaba hablando de él, de su tacle, de sus cadenas y del respeto que había que tenerle y que había alcanzado cotizaciones astronómicas en la bolsa de valores de un adolescente como yo. En cambio, Nando era distinto. Si el Loco Cienfuegos era una bestia de caza, mi mejor amigo era un cordero. ¿Puedes cerrar un poco más la cortina? Nando empezó a ser mi mejor amigo el día que me faltó un brazo. Eran días de exámenes de medio año en el colegio, y a todos nos mezclaban en distintos salones para evitar trampas. Con ese sistema uno se sentaba en su carpeta y limitaba por delante con la nuca de un alumno de primer año y, por el costado, con el perfil de uno de quinto, por lo que copiar era absurdo. Suena el timbre y el colegio parece un cuartel, veo el patio hormigueando de alumnos que trotan, corren, se movilizan en desorden calculado, pues todos saben a dónde ir, saben qué trinchera les toca y a mí me toca el mismo salón de Nando, pues se apellida igual que yo, va corriendo a mi lado preocupado, apúrate que el salón va a cerrar, ¿puedes cargar eso?, y yo pienso por supuesto, un brazo en cabestrillo no es nada, una fisura en el hueso no importa si mi caída sirvió para que no nos metieran ese gol, qué atajada, hubieras visto, el Pato Fillol era un chancay de a veinte a mi lado, lo único malo fue la visita al huesero que me cagó más el codo en vez de arreglármelo, y claro, el pañuelo afeminado que mi mamá me puso para sostener el brazo. No hay otro así de grande, sentenció, y no se discutió más. Entramos y nos sentamos en nuestras carpetas ya asignadas, a cinco metros el uno del otro, tranquilos porque el profesor que va a cuidar aún no ha llegado. Quien sí está entrando en ese momento es un integrante del grupo del Loco Cienfuegos que se sienta junto a mí. Esa es mi carpeta, truena la voz amenazante. Levanto los ojos para ver a quién le está haciendo pasar el mal rato, y me petrifico al ver que el mal rato me pertenece, tiene mi nombre en la etiqueta y hasta viene con lisura incluida, a precio de oferta. ¿No oyes, carajo? Levántate. Sabía que todo el salón me miraba. Sentía que estaba siendo filmado y exhibido en público al mismo tiempo, en la escena en que el bandido ataca al bueno y éste sale con una frase genial que desbarata el coeficiente intelectual del atorrante para dejarlo en ridículo. Mi frase no pudo ser mejor, y la dije balbuceando. Esta... ésta es mi carpeta. Su respuesta fue más efectiva, porque vino acompañada de unas manos que me jalaron del brazo fisurado hasta botarme al suelo. Por un momento en mi vida quise ser el Loco Cienfuegos, sacar una cadena escondida debajo de ese pañuelo ridículo y aplastarle el cráneo, toma mierda, toma mierda, yo te sacrifico en nombre de todos los débiles de cuerpo pero fuertes de espíritu. En vez de eso, mi garganta se saló y mis ojos se humedecieron de rabia, pero no tanto como para no ver la mirada que hizo de Nando mi mejor amigo hasta el día de hoy. Maldita sea. No, no te preocupes. No voy a llorar. Ya tienes mucho con aguantar mis historias, para que encima tengas que aguantar mis lágrimas. Yo estaba en el suelo, y entre las miradas de burla divisé una redentora. Era una mirada de bondad, de ternura, de soy tu amigo. Me ayudó a levantarme, me cedió su asiento y, no contento con ello, me cedió un lugar en su vida, un sitio más en su mesa familiar y un dolor enorme desde hoy en la mañana. Nos hicimos inseparables. Como nuestro apellido era el mismo nos convertimos en primos, y había gente que incluso decía que nos parecíamos, tienen la misma mirada, en esta foto hasta parecen hermanos.
Pero no era verdad. Nando era un ángel si lo comparabas conmigo. Las chicas le decían Cara de Bebe y había que verlo con su pelo dorado ensortijado, su sonrisa de niño y su cara de obediencia cuando su mamá lo resondraba por no haber ido a misa, para imaginárselo de Niño Dios en cualquier Nacimiento navideño. De aquella época recuerdo las fiestas en que bailábamos igual, las chicas diciéndonos están locos, bailan como pulpos, los regresos de medianoche a casa, caminando abrazados, borrachos, cantando a dúo I wanna rock, cállense mierda desde una ventana, y I wanna rock más fuerte, conteniendo la risa, hasta que llegábamos hasta la puerta de su casa y subíamos callados, shhhhh, vamos despacio, duerme allí, mi mamá te ha preparado esa cama; y los comentarios obligatorios después de cada fiesta y antes de dormir, creo que le gustas a Flavia, y yo que tengo una leve esperanza que necesita un espaldarazo, ¿tú crees?, y el espaldarazo no tarda, en serio, cuando la sacaste a bailar se puso roja y sus amigas sonrieron, y entonces yo también sonrío como ellas y cierro los ojos contento, porque la vida no puede ser mejor. Hasta que minutos después siento a la mamá de Nando entrar despacito al cuarto, pensando estos muchachos, caramba; arropa a su hijo consentido y luego me arropa a mí. Ya casi dormido escucho la voz de Nando decirme que lo mantenga informado, que le escriba a Piura sobre mi asunto con Flavia. Mira, ya llegamos a Huarmey. Parada a medio camino. ¿El Loco Cienfuegos? Te ha impactado el personaje, ¿verdad? Espera, te invito una cerveza y prosigo con eso. Qué bueno es desaplastar el culo, estirar las piernas, bajarse de este horno. ¿Vas al baño? Yo pido por ti. Dos cervezas, por favor. Qué, ¿tan rápido? Ojalá que el mozo sea tan rápido sirviendo como tú orinando. Mira este sitio. Siempre me he preguntado quién dicta la moda en estos restaurantes de camino, todos son iguales de norte a sur, durante dos mil quinientos kilómetros se ven los mismos letreros con logotipo de gaseosa, las mismas mesas con fórmica caprichosa, las paredes con calendarios de cerveza, el mismo culo apuntando hacia agosto, el olor a fritura y este mozo que ahora va a decir que la cerveza está fresquita nomás. Son una cadena tácita de tambos, Mac Donalds criollos que merecen nuestro respeto así se llamen El rincón de Mechita. No importa hijo, destápala nomás. Más vale fresca que caliente. Salud.

El verano que Nando viajó a Piura para pasar las vacaciones en casa de su hermano, yo estrené enamorada; Flavia. Vivía en el centro de Trujillo, y yo la visitaba todas las noches, desde las siete hasta las diez. Su barrio era muy agradable. Habían otras chicas por las que también iban amigos míos, y todos formamos un grupo bestial que se divertía contando chistes y chismes sobre otros grupos y bromeando cuando alguna parejita se iba disimuladamente al edificio de la esquina, al zaguán semioscuro, para besarse a sus anchas. Después venían las preguntas de si le tocaste la teta, qué tal mete la lengua, ya le arrimaste el instrumento y otras preguntas curiosas que no hacían más que elevar las risas mientras el dichoso instrumento bajaba ruborizado. De vez en cuando esas risas se apagaban porque distinguíamos a algunos metros más abajo una silueta que se acercaba con las manos en los bolsillos, la cara mirando a la vereda y una aureola no sacra que nos hacía pegarnos a la pared con respeto mientras pasaba a nuestro lado. Era el Loco Cienfuegos, que vivía con sus padres en el edificio de la esquina. Nunca se metió con nosotros, nunca nos hizo la pregunta estúpida sobre la paternidad, parecía que conforme se acercaba a su casa su violencia iba aminorando metro a metro, paso a paso, pero el sonido de su cadena entrechocando sus eslabones en ese bolsillo nos decía cuidado, la fiera puede despertar en cualquier momento. Llegamos a acostumbrarnos a su aparición fantasmal e, incluso, nos aventuramos a saludarlo sin palabras, bajando la cabeza con reverencia, como si su andar se tratara de un cortejo fúnebre. Vamos, que el ómnibus nos deja. Ya sólo faltan cuatro horas, pero te prometo que mi historia se acaba en tres kilómetros. Oye, fuimos los últimos en subir. Abre un poquito la ventana, que se ventile ésto por un rato.
La noche de la que te voy a hablar tenía este mismo calor. Yo estaba sentado en las gradas de la casa de Flavia, esperando que llegara no sé de dónde. No había nadie en la calle, era como si todos se hubieran mudado sin avisarme, y en esa soledad me acordé de Nando y de qué mierda que soy, no le he contestado su carta, se debe estar preguntando si estoy finalmente con Flavia, y si es así, cómo fue, dónde fue, ¿no tendrá una amiga para mí?, cuenta pues primo, tú nunca me has fallado y yo no te voy a fallar Nando, por eso estoy en este ómnibus de mierda, hablándole huevadas a un muchacho que ni conozco, porque si no el viaje se me haría interminable, insoportable, por culpa de ese desgraciado y de esta huelga. Cálmate, hombre.
No hijo, no me pasa nada, es que estoy ordenando mis recuerdos. Como te decía, hacía un calor como éste a pesar de que era de noche. Yo estaba solo en medio de la calle, pensando tonterías y tarareando canciones, cuando el cortejo fúnebre se sentó a mi lado. Tú estás con Flavia, ¿no? Mi sí fue bastante tímido. Rica chiquilla, buenas yucas. ¿Ya le has tocado la papita? En eso estoy, contesté nervioso, pues no lo había hecho ni lo había pensado hacer. Soltó una carcajada inhumana parecida al grito previo a su tacle mortal y eso me erizó la piel; ya creía que me iba a atenazar bajo el brazo para toda la eternidad, pero no, era un abrazo amistoso el que me estaba dando, me decía no te quedes aquí solo, ven a mi casa para hacer tiempo. Tengo una música buenaza que te va a gustar. La voz le salió tan amistosa como su abrazo. Ser invitado por el Loco Cienfuegos era un privilegio, convertirme en su amigo me rodearía de un prestigio importante para alguien de catorce años y un físico incapaz de dar pelea. Recordé el episodio del año anterior, cuando yo y mi brazo escayolado rodamos por el suelo porque no tenía instancia a la cual acudir, rememoré el miedo que todos sin excepción le tenían y hasta me proyecté al futuro con ese guardaespaldas cuidando mis pasos, querido Nando: a que no sabes amigo de quién me he hecho, ya no nos van a buscar bronca porque tenemos el respaldo del Loco Cienfuegos que me ha invitado a su casa para escuchar música, es buena gente después de todo, ya te lo voy a presentar cuando regreses.
Fuimos hasta el edificio de la esquina y subimos por la escalera hasta el tercer piso. En un descanso nos encontramos con sus padres, que se estaban yendo a una comida. Mamá, papá, un amigo (sí, me nombró su amigo), encantado hijito. Agustín, llegaremos a las once, prepara algo para ti y tu amigo (confirmación de que ya era su amigo), y beso para mamá y papá. Increíble, el Loco Cienfuegos despidiéndose de su papá con beso, besando la mejilla de un hombre, pero con mucho respeto, eso sí. Al presenciar eso yo no sólo era amigo, era íntimo de la familia.

Su dormitorio me sorprendió por lo sencillo que era. Yo imaginé algo más acorde con su temperamento, afiches de músicos en ritos satánicos o, por lo menos, alguna mujer desnuda en veinte uñas. Pero no. Lo único desnudo eran las paredes y, sorpresa, el Cristo en el crucifijo sobre su cama. ¿Puede una bestia que raja cabezas tener un crucifijo sobre la suya?. La incongruencia era atmosférica, se respiraba en cada detalle. Sólo faltaba encontrar un cancionero cristiano junto a una guitarra con la calcomanía de Sonríe, Jesús te ama.
En vez del cancionero encontré un Satélite, el vespertino que fue bautizado así porque salió a la venta días antes de que el Apolo XI alunizara. A propósito, ¿sigue publicándose el Satélite? ¿Ves? Hasta eso sigue igual.
La primera plana anunciaba que la Corriente del Niño vendría con fuerza ese verano, en Tumbes y Piura las inundaciones podrían ser catastróficas, pobre Nando, y que incluso la ciudad de Trujillo sufriría las consecuencias de unas lluvias para las que no estaba preparada. Yo tampoco estaba preparado para algo así, esa mano bajando despacio el cierre de mi pantalón y la imagen del Loco arrodillado ante mí, concentrado, sin decir palabra, aprovechando que yo estaba abstraído en la lectura. Qué pasa, dije pegando un brinco. Nada, sólo quiero darte una chupadita. Qué pesadilla más rara, despierta hombre, antes de que ésto pase a mayores. Mi mano baja a pelear con la suya, mis dedos tratan de subir el cierre, los suyos de bajarlo, qué pasa Agustín, no me gustan estas bromas. No es una broma, vas a ver que te va a gustar. Sólo una chupadita y te dejo ir. Mis dos manos agarran su antebrazo anchísimo, tratando de detener su mano desde la raíz, pero es inútil. Su otra mano ya está continuando lo que la anterior dejó de hacer. Pero Agustín, (la voz me tiembla) qué ganas con eso, ni siquiera se me va a parar.
Ya veremos si no se te va a parar. Su voz amistosa se transformó en lo que temía. Un rugido constante que llenaba la habitación, inundaba la casa, quién sabe si hasta el barrio, allá afuera, y con suerte vendría alguien en mi ayuda. Pero hasta entonces quizás ya sería demasiado tarde. Carajo, bramó, te vas a dejar o te saco la concha de tu madre. Pensé en mi madre, en Flavia, en Nando, en el tacle asesino y en la cadena sacándole más sangre al rostro del Tanque Patiño, en mi habitación compartida con mi hermano y en todo lo que daría por estar allí en ese momento, y no con ese loco de mierda, matón brutal, y encima maricón indecente, asolapado y, sobre todo, sorpresivo, porque cuando tienes catorce años y estudias en un colegio de curas de una ciudad tranquila no se te pasa por la cabeza ni en un millón de años que el héroe de las broncas, la bestia de los recreos, el terror de los militares, es un chupapenes y quién sabe qué más.
Ya, déjate mierda, sonó un trueno en plena costa peruana. Y seguí pensando en que Flavia ya debía estar afuera, preguntándose dónde me había metido, mientras yo dudaba si valía la pena saltar los tres pisos que separaban a aquella ventana de la calle, con tal de escapar de esa fiera que me tenía acorralada; y esa maceta que está allí, ¿lo podrá noquear si se la tiro en la cabeza?, ayúdame Dios mío, tú no estás en ese crucifijo por casualidad, te prometo no tocarle los senos a mi enamorada, ni masturbarme pensando en ella, por favor, por favor, por favor. Mis lágrimas comenzaron a desbordarse haciendo que mis palabras fueran más conmovedoras. Por favor, Agustín, déjame salir, yo solo quiero ser tu amigo. Yo siempre te he admirado, te he respetado, no quiero cambiar esa imagen que tengo de ti. Parece que llegar a su ego con lágrimas en los ojos fue el camino correcto. Soltó una carcajada, soltó mi brazo, y soltó lo de está bien, te has cagado de miedo, ¿no es cierto?, otra risa feroz, has estado estudiando las salidas, has estado viendo qué tirarme en la cara, ¿no es verdad?, otra risa, eres el primero que voy a dejar ir, pero si le cuentas esto a alguien, te voy a matar. Tú sabes que a mí me llaman El Loco, y no me dicen Loco por las huevas. Ahora lárgate, y bésale la papita a Flavia de mi parte. Bajé las escaleras sintiendo náuseas, tragándome los escalones de tres en tres y no paré hasta tomar un taxi que me llevó a mi casa. Te has quedado mudo.
Nando también se quedó pasmado cuando se lo conté luego de salvarlo.

Habían pasado tres meses desde aquella noche perturbadora, y Nando ya había regresado de Piura. Yo ya no estaba con Flavia, pero daba vueltas por su casa por pura casualidad, porque en realidad seguía enamorado de ella. Iba solo, porque no hay mejor forma de sufrir que estando solo. Te sientes la última escoria de la Vía Láctea y eso le da sentido a tu vida, pues al menos destacas en algo. A lo lejos, a cincuenta metros luz de la casa de Flavia, diviso a Nando, el cordero, el Niño Dios, la presa fácil, tomando cerveza con el depredador en la esquina del edificio. Lo está abrazando, le está dando palmaditas, le toca los rizos de su cabello mientras, seguramente, su pene se yergue homoeróticamente.
Piensa rápido, piensa rápido, porque de ésta Nando sí que no se salva. Es demasiado hermoso y debe estar demasiado borracho como para que el Loco lo deje escapar. Aprieto el paso, porque el Loco y él ya se están metiendo al edificio, el viejo truco de vamos a escuchar música, sin duda alguna.
Entonces corro gritando Nando, Nando, te he estado buscando por todas partes. El Loco voltea a decirme con los ojos qué haces acá so reconchadetumadre. Es tu mamá, Nando, es tu mamá. Ha tenido un accidente, vamos a tu casa, rápido, vamos.
Mi mensaje golpea a mi amigo y evapora el alcohol de su sangre, porque al instante reacciona y sale corriendo. Los dos escuchamos la voz del Loco gritando después te busco Nando, y sólo yo escucho su pensamiento me cagaste el plan, mocoso de mierda.
Una vez en el taxi, tranquilizo a Nando diciéndole que todo es mentira, y detengo la mandada a la mierda que me va a lanzar contándole lo que ya sabes. Se quedó mudo. Como tú. Y ahora se quedará sin hablar para siempre, porque agoniza. Esa esquina maldita, esa vereda trágica, ese edificio de mierda, esta vez ni yo ni nadie lo va a salvar del loco ese.
Cienfuegos lo asaltó en ese mismo lugar, tanto tiempo ya, y ni eso ha cambiado. Esta vez no se la quiso chupar, lo interceptó con una pistola en la mano y le dijo dame plata pa’ fumar. Estaba drogado, con la cabeza hecha humo, según me contó el hermano de Nando hoy por teléfono. Y Nando, el pobre Nando, lo quiso disuadir según su estilo, le predicó la palabra de Dios seguramente, le dijo que las drogas no son el camino, piensa, qué ejemplo van a seguir tus hijos si te ven así, Agustín, por favor. Y en esa calle no hubo ventanas para escapar, ni macetas que arrojar, ni lágrimas que derramar, porque Nando nunca lloraba, sólo atinó a mostrar su billetera casi vacía para convencerlo de que de él no iba a conseguir dinero para seguir drogándose. Y puedo ver la cara del Loco Cienfuegos llenándose de furia porque este huevón no se me va a escapar por segunda vez, mi reputación no se va a ir a la mierda tan fácilmente, no te voy a cachar, pero sí te voy a matar en nombre del padre, y del hijo y del espíritu drogado. Una trinidad de balazos que dejaron a mi Nando tendido, desangrándose en esa esquina como un perro, indefenso, mi Nando de toda la vida, mientras el conchadesumadre se ríe en la cárcel, risa de hiena, porque sabe que seguramente lo van a perdonar argumentando transtorno mental.
Hijo de puta. Si pudiera lo mataría yo mismo. Te has quedado helado. Disculpa que me haya exaltado, pero no puedo creer que ésto esté pasando, que dentro de tres horas tenga que entrar corriendo a un hospital para no saber qué decir, para no saber cómo llorar, para no saber cómo explicar todo este absurdo. El absurdo de que en una ciudad tan pacífica como Trujillo hayan matado a un tipo tan pacífico como él. Debe ser porque la muerte no sabe de estadísticas. Si te toca desaparecer hoy, no existe nada que lo impida; si está escrito que te caerá un piano mientras caminas por el desierto no faltará un avión carguero al que se le abrirá accidentalmente una compuerta a la altura y la velocidad adecuada, por más que sobren millones de kilómetros cuadrados alrededor de tu cuerpo aplastado, tal como no faltó un Loco Cienfuegos a la hora precisa, en la esquina indicada, con la pistola correcta y el cerebro dañado como tenía que ser.
Sí pues. Nando y el Loco Cienfuegos se iban a encontrar inexorablemente para terminar de esa forma, así Trujillo tuviera la población más tranquila del Perú, gente que se saluda en las calles con cariño, niños que juegan sin miedo hasta muy tarde en los parques, muchachos bien criados a la antigua... Bueno tú lo sabes mejor que yo, porque eres trujillano. A ti también te criaron allí, ¿verdad?. En fin.
A propósito, ¿cómo se llama tu papá?

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