viernes, 18 de enero de 2013

JOSÉ GONZALO MORANTE Y SUS POEMAS

Poeta mayor y profesor universitario por muchos años. Fue un gran amigo a carta cabal y sobre todo poeta por excelencia. José Gonzalo fue admirado por los poetas de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA) en la década del 80. Escribió dos grandes poemarios "Qué puedo hacer mujer que me ames" (1985) y "El mentir de las estrellas" (1988), publicadas por la ANEA.

Los poemas de José Gonzalo Morante

La vida

Es el grito perlado de la rosa,
es la espuma soñada del rocío,
es el vuelo del agua en aquel río,
es la sangre de un día que se empoza.

Es de tu amor imagen dolorosa,
es de tu piel razón o desvarío,
es de tu corazón el albedrío,
eres tú, que te yergues olorosa.

Es el mar que en su música se inclina,
es la constelación de la azucena,
es el canto que en el amor se empina.

Tal es la vida que nos encadena:
es la rosa pero también la espina
la alegría pero también la pena.

Ballet

                                     A mis alumnas de la Escuela
                                  Nacional de Ballet

Si te paras de puntas como un sueño
mientras tocan el piano de la brisa,
canta o golpea el mármol de tu risa
y avivas con tus pies algún ensueño

La música de un beso  muy pequeño
bailas con levedad de una sonrisa
y entonces, con el viento hecho ceniza,
arden mis horizontes como un leño.

Las golondrinas marcan tu camino,
y el movimiento es hierro en tu batalla:
ser planeta de lirio, ese es tu sino.

Y es del amor tu corazón metralla
y te hundes como espada en mi destino
cuando tu cuerpo en música te estalla,

La vejez del amor

Cómo has envejecido, amor.
En tu piel las arrugas van como las olas, 
por tu boca pasa la sombra de los besos.
Cómo has envejecido, amor,
lejos de mí.

Sobre tus sienes veo el polvo de los sueños
y entre tus párpados, la aurora de tus lágrimas.

En tu talle brillaba la luna, 
en tus senos ondulaba la música,
en tus muslos se adelgazaba el día.

No me dejaste encender los carbones de tu corazón
ni regar tus rosas con el rocío de tu aliento.
No fue mío el huracán de tus cabellos
ni en mis campos floreció la primavera de tus caricias.

En tu risa, que era jaula de un ruiseñor,
caen como hojas secas los trinos en otoño.

Cómo has envejecido, amor,
lejos de mí,
Ven, sin embargo,
ven que quiero amarrarme al mármol de tus venas
y sentir el trompo de tu sangre,
Ven que  hay frescura en la lluvia de mis manos
y en mis ojos recuperarás la juventud.

Lima, 16 de enero de 2013

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