martes, 6 de mayo de 2014

CORAZÓN, Edmundo de Amicis, Franti expulsado de la escuela, texto

Sábado, 21 de enero.

     Sólo uno podía reírse mientras Derossi rememoraba los funerales del rey, y Franti se rió. Lo aborrezco. Es un malvado. Cuando viene un padre a reñir a su hijo, delante de todos, él goza; cuando alguien llora, ríe. Tiembla ante Garrone y pega al “albañilito” porque  es pequeño;  atormenta a Crossi porque tiene el brazo inmóvil, se burla de Precossi, a quien todos respetan; y se ríe hasta de Robetti, el de segundo grado, que anda con muletas por haber salvado a un niño. Provoca a todos los que son más débiles que él, y cuando pega se enfurece y procura hacer daño. Hay algo que infunde repugnancia en aquella frente baja, en aquellos ojos torvos, que tiene ocultos bajo la visera de su gorra de hule. No teme a nada, se ríe del maestro, roba cuanto puede, niega desvergonzadamente, siempre está en pelea con alguno, lleva a la escuela alfileres para pinchar a los próximos, se arranca los botones de la chaqueta, se los arranca también a los demás, y los juega; y la cartera, los cuadernos, los libros, todo lo tiene deslucido, destrozado, sucio; la regla, mellada; el cortaplumas, mordido; las uñas, roídas; los vestidos, lleno de manchas y rasgones que se hace en las riñas. Dicen que su madre está enferma de los disgustos que le da, y que su padre lo ha echado ya de su casa tres veces. Su madre va a la escuela de vez en cuando a pedir informes, y siempre se va llorando. Él odia la escuela, odia a los compañeros, odia a los profesores. El maestro hace alguna vez como que no ve sus bribonadas, pero él no por eso se enmienda, sino que cada vez es peor; ha probado a corregirlo por las buenas, y él se burla del procedimiento; y él se cubre la cara con las manos como si llorase, pero se está riendo.
     Estuvo suspendido de la escuela por tres días y volvió aún más malvado que antes. Derossi lo reconvino:
     -Hombre, enmiéndate; mira que el profesor sufre con tu proceder…
     Y él lo amenazó con clavarle un clavo en el vientre. Pero esta mañana, por último, se lo ha echado como a un perro. Mientras el maestro daba a Garrone el borrador de El tamborcillo sardo, cuento mensual de enero, para que lo copiase, puso en el suelo un petardo que estalló e hizo retemblar la escuela como si hubiese sido un cañonazo. Toda la clase dio una sacudida. El maestro se puso de pie y gritó:
     -Franti, fuera de la escuela!
     Él respondió:
     -¡No he sido yo! –pero se reía.
     El maestro repitió:
     -¡Afuera!
     -No me muevo –contestó.
     Entonces el maestro, perdida la paciencia, bajó como un relámpago,  lo asió por un brazo y lo arrancó del banco.
     Él se revolvía, apretaba los dientes. Hubo que arrastrarlo afuera de viva fuerza. El maestro lo llevó casi en vilo al director, y volvió solo a la clase; después, sentado ante su mesa, cogiéndose  la cabeza entre las manos, preocupado, con tal expresión de cansancio y aflicción que da lástima verlo, dijo tristemente:
     -Después de treinta años de enseñar…
     Todos conteníamos el aliento. Las manos le temblaban de ira, y la arruga recta que tiene en medio de la frente era tan profunda que parecía una herida. ¡Pobre maestro! Todos nos compadecimos de él.
     Derossi se levantó y dijo:
     -Señor maestro, no se aflija; nosotros lo queremos mucho.
     Entonces él se serenó  algo y dijo:

     -Hijo, volvamos a la lección.

No hay comentarios:

Publicar un comentario