viernes, 13 de septiembre de 2013

JULIO RAMÓN RIBEYRO Y SU CUENTO INÉDITO "LOS HUAQUEROS"



LOS HUAQUEROS
 (Cuento inédito de Julio Ramón Ribeyro)
     Poco  después de medianoche, el mulato Tobías y su compadre Filiberto salieron de sus casuchas y se adentraron en los solares de Santa Cruz.  Cada uno llevaba sobre la espalda un saco lleno de herramientas. Una vez que la noche se hizo cerrada, caminaron agachados, camuflándose  tras las paredes y los arbustos espinosos donde cantaban los grillos. Detrás de ellos soplaba una brisa fresca cargada de recuerdos y rumores marinos. Además  solo veían el contorno de la huaca juliana que se destacaba bajo las pálidas luces de Miraflores.
     Entonces, ¿Con qué crees que don Valeriano se ha hecho construir su quinta? –murmuraba Tobías-. Según las malas lenguas, con un tesoro escondido. Es la pura verdad, viejo.  Además, he visto los aretes que le ha regalado a su mujer, esa que tiene picada la cara de viruela.
     A medida que se acercaban a la huaca, se volvían más  suspicaces. Había casas en los alrededores desde donde podían verlos y una pista por la que pasaban taxis rezagados. Cuando la vía estaba desierta, la cruzaron de un salto y alcanzaron el cerco de la huaca.
     -¡Llegamos! –suspiró Tobías.- Tenemos por delante unas cuatro horas de trabajo, antes de que comience a hacerse de día.
     -Habrá que echar un vistazo.
     A tientas, tropezando con adobes sueltos, dieron una vuelta a la pirámide de tierra. Podían empezar indistintamente por uno u otro lado, pero Tobías se obstinó en escrutar las sombras, como si buscara un rastro, una inspiración.
     -Aquí –dijo al fin-, señalando un alud que parecía el resto de un antiguo muro.
     Sin mayor preámbulo, sacaron sus herramientas y se pusieron a trabajar. Sus picos golpearon el muro alternadamente, haciendo un ruido sordo y desprendiendo una polvadera seca que los asfixiaba. Los minutos pasaban y los adobes se acumulaban a sus pies, como testigos de la magnitud de su obra.
     -Deberíamos haber traído una linterna –dijo Tobías-. En toda la tierra que hemos sacado tal vez haya algo escondido.
     Filiberto comenzaba a aburrirse. Sus pestañas estaban cubiertas de polvo y la sed  lo torturaba. Como la estrechez del hoyo cavado sólo permitía que entrara un hombre, se dio cuenta de que no era práctico trabajar en esas condiciones.
     -Tendríamos que cavar uno después del otro –propuso-. Un cuarto de hora cada uno. Comienza tú. Mientras tanto yo vigilo.
     Tobías accedió y Filiberto, luego  de haber sacado una botella de pisco se sentó sobre el muro, a treinta metros de allí. La noche estaba tan oscura que no distinguía a su compañero. Sólo escuchaba la caída regular del pico y, a lo lejos , los ladridos de los perros en el jardín.
     Después del segundo trago, empezó a sentirse inquieto. Un  búho había ululado tres veces por la parte de las  acequias. Las historias de profanadores de tumbas que fueron encontrados muertos y que le hacían reír  durante el día, ahora le parecían verosímiles.  Aguzó el oído, tratando de captar el sonido del pico de Tobías, pero no escuchó nada.
     -¿Adónde te has ido, compadre?- dijo, mientras avanzaba con los brazos extendidos-.
     Nadie le respondió. Se detuvo y se quedó  inmóvil para auscultar el silencio. Un búho volvió a ulular. A su izquierda, percibió los golpes del pico. Se guió por ese ruido y se acercó. Cuando dio algunos pasos, el ruido cesó. Sólo se veía una silueta negra, encorvada e inmóvil.
     -¿Por qué no respondes, compadres? –dijo y avanzó-.  Te estoy buscando como  loco.
     Como única respuesta oyó una suerte de estertor y le pareció que la silueta se difuminaba. Filiberto sintió que la botella se le resbalaba de las manos. ¿Qué le ha pasado a Tobías?, se preguntó. Buscó apresuradamente una caja de fósforos y  encendió uno.
      Frente a él, vio a un desconocido con el rostro descompuesto, acuclillado, con un pico en la mano. Filiberto sintió un nudo en la garganta y dejó escapar un grito de horror- El desconocido respondió, al unísono, con un grito parecido. El fósforo se apagó. Filiberto gritó de nuevo y la voz del otro respondió como un eco.  Sin saber cómo,  Filiberto terminó enlazado  al desconocido, en medio de alaridos salvajes y de un olor a tierra seca que flotaba en el aire. Mejilla con mejilla, cada uno intentaba tumbar al otro al suelo.
     -¡Yo también  estoy cavando!
     Filiberto creyó oír que su adversario mascullaba estas palabras.
     -Pero yo también.
     Y entonces, ¿por qué no tienes cuidado, maestro.
     -Y usted, ¿por qué me agarra del cuello?
     Se soltaron y se alejaron unos cuantos pasos.
     -Alumbre para que pueda verlo –dijo el desconocido-.
     Filiberto encendió un fósforo. Mientras duraba la llama, se examinaron uno al otro y luego estallaron en  carcajadas. Buscaron la botella, bebieron a la salud de ambos y se pusieron a charlar. Pronto vieron llegar a Tobías, intrigado  por todo ese ruido.
     -Este es un colega –dijo Filiberto-.
     -Soy Andrés, el zapatero. Pero no estoy solo. Mi compadre Toledo se encuentra al otro lado., cavando con su pico.
     La huaca es de todo el mundo, ¿no? Hay sitio para todos. Quiero llamar a mi compañero. Él tiene otra botella.
     Algunos instantes después, los cuatro se hallaban sentados al pie de la huaca y hacían circular la botella de pisco para festejar por los tesoros enterrados. Habían olvidado momentáneamente el trabajo y se contaban, bajo secreto, historias de amigos que habían descubierto momias de oro macizo, mantos, brazaletes de plata. Excepto Filiberto, todos eran viejos buscadores que hacía años que venían, una vez al mes, a excavar en esta tumba y en otras similares.  Pero hasta ahora sólo habían encontrado trozos de cerámica, huesos, conchas y botellas vacías de Coca Cola.
     -Todo está en tener suerte –dijo  el mestizo Toledo-, pero también un poco de paciencia. A veces se sigue una buena pista, pero uno se cansa, se agota y se va y no vuelve más a ese lugar. Ya que somos cuatro, deberíamos aprovechar para trabajar duro y parejo en el mismo sitio. ¿Por qué no vamos por mi lado? Mi olfato no me engaña. La tierra es bastante blanda y he visto una lagartija que se mordía la cola.
     Después de una breve discusión, se pusieron de acuerdo y dieron la vuelta a la huaca para llegar a la esquina del mestizo Toledo. Hicieron un último brindis. Como la noche era agradable, se quitaron las camisas y las anudaron a la cintura.
     Al cabo de una hora de trabajo, los cuatro se hallaron al fondo de un hoyo tan profundo que debían arrojar la tierra por encima de sus cabezas. En el momento en el que los primeros gallos empezaron a cantar en los huertos de Santa Cruz, el pico de Tobías  arrancó un sonido extraño del suelo. En seguida, todos se volcaron sobre ese punto y comenzaron a hundir sus herramientos con frenesí. En medio de su confusión, no se percataron de que una sombra se inclinaba sobre la fosa.
     -Así que huaqueando, ¿no? ¡Policía!
     Al alzar la cabeza, sólo vieron el disco amarillo de la linterna. Luego, más abajo, las polainas de cuero. No había duda: era un policía-
     -¿No han oído? ¡Vamos, salgan de ese hueco!
     Los cuatro dejaron caer sus herramientas.
     -Pero no estamos huaqueando –replicó el mestizo Toledo-. Nosotros somos albañiles y buscamos adobes.
     -¡Ya veremos eso en la comisaría!  ¿No saben que está prohibido huaquear?
     -Un momento, jefe –interrumpió Tobías, dispuesto a jugarse el todo por el todo-.Tiene razón.  Estamos cavando. Pero la autoridad ha llegado a tiempo. Necesitamos una linterna. Le juro que aquí hay algo, algo valioso. ¡Oiga cómo suena la tierra!
     Cogió su pico y golpeó el suelo, de donde brotó  un eco profundo.
     -¿No se da cuenta? ¡Aquí, en el fondo, hay algo que choca con el pico!
     ¡Seguro que es un  cofre lleno de monedas! –agregó Filiberto-.
     El policía permaneció un instante sin decir nada. Examinó la fosa a la luz de su linterna, la apagó y giró la cabeza en dirección de la calle. En la claridad del alba, se distinguía un patrullero estacionado a unos cien metros.
     -Caven un poco más, pero muy despacio –murmuró él-. El teniente duerme en el auto y podría despertarse. En todo caso, mitad y mitad; si no, ¡todos al calabozo!
     Luego de intercambiar miradas, los cuatro aceptaron el ofrecimiento y reanudaron su labor. El ´policía, acuclillado, los miraba trabajar, lanzando de vez en cuando una ojeada hacia la calle.
     -¿Y? ¿Todavía nada? –preguntó-. Apúrense, ¡se va a ser de día!
     -¡Luz! –dijo de pronto Tobías-. He tocado madera.
     La linterna descubrió el ángulo de una caja. Los huaqueros dejaron sus herramientas y comenzaron a quitar tierra con las manos. El policía los animaba desde arriba y luego acabó por saltar dentro del hoyo para alumbrarlos de más cerca.
     Descubrieron la superficie rectangular de una caja. Se disponían a forzarla con sus palancas cuando una segunda silueta se irguió en el borde de la fosa. El policía soltó la linterna. Los huaqueros dejaron de trabajar. Recortado contra el cielo, con la mano en la cartuchera, el teniente los contemplaba en silencio. Sus ojos observaron con calma a cada uno de los participantes y luego se posaron largamente sobre la caja.
     -Perdone… -se  atrevió a murmurar Tobías-.
   -¡Silencio! –gritó el teniente antes de saltar dentro del hoyo-.
   Se inclinó y recogió la linterna. Dispersó con su boca unos terrones y pateó la caja. Los hombres lo miraron sin saber qué hacer.
     -¡Tú, sal de aquí! –le dijo al policía-. Anda a vigilar la calle Y ustedes, ¿por qué se quedan mirando? ¡Sigan sacando tierra, caracho!
     Tuvo que repetir su orden. Desconfiados al principio, los huaqueros se ocuparon de liberar la caja, cada uno por una esquina. Cuando vieron que el teniente se quitaba el saco y se ponía a trabajar, se sintieron tranquilos y, haciendo un enorme esfuerzo, alzaron la caja.
     -Ábranla aquí mismo –ordenó el teniente-. Afuera podrían vernos.
     Los picos cayeron sobre la madera y la tapa no tardó en ceder. Las cinco  cabezas formaron un círculo ceñido en torno a la caja mientras las manos de Tobías arrancaban  las últimas planchas.
     Fue un cráneo lo que apareció en primer lugar. El resto del cuerpo se hallaba cubierto por una tela gastada.
     -¡Una momia! –gritaron todos al unísono-.
     Examinaron con mucha atención aquel montón de trapos y huesos.  Nadie se atrevía a  abrir la boca. El rumor de la resaca ascendía por el acantilado.
     -¿Desde cuándo las momias tienen zapato  de cuero? –acabó por decir el mestizo Toledo, consternado-.
     -Es un feto –añadió Filiberto-.
     -¿Con esas costillas? Es un enano –afirmó Tobías-.
     -¡Imbéciles! Interrumpió el teniente-. ¿Están ciegos? ¡Es el esqueleto de un niño!
     Luego de un momento de estupor, se iniciaron las lamentaciones.
     Cada uno se ahogaba a su gusto. La culpa era de Dios, del diablo, de los búhos, de la lagartija, del policía. Cuando no supieron a quién maldecir, se callaron y miraron con desesperación. Al ver sus cabellos hirsutos, sus rostros cubiertos de polvo y con grandes ojeras, a esa hora de la madrugada, se sintieron ridículos y, espontáneamente, se pusieron a reír. Durante cinco minutos sólo se escucharon las carcajadas que salieron de la fosa, voces, pedazos de frases. Alguien arrojó unas tibias que fue a parar al pie de la huaca. El policía arrojo su gorra al aire. Todos se precipitaron en pos de las botellas y bebieron alegremente al lado del muerto.
     -¡Pero voy a tener que denunciarlos! –dijo de pronto el teniente, recobrando la seriedad-.
     -Entonces cesaron las risas-
     -¡No pueden quedarse aquí –agregó-. Tal se trate de un asesinato.
     Tobías protestó.
     -¿Qué le va a decir al comisario? ¡Usted también está metido en este asunto.
     -¡Al diablo –refunfuñó el teniente-.  Está bien, yo me voy. ¡Me tapan el hueco y que no quede fuera ni un solo hueso.
     Volvió a ponerse  el saco y emergió de la fosa lanzando maldiciones. Se dirigió hacia el auto donde le esperaba el sargento. Desde el fondo del hoyo, los huaqueros oyeron que el vehículo se ponía en marcha. Permanecieron inmóviles durante algunos minutos, extenuados, habiendo perdido todas las ganas de reír, rumiando su decepción.
     -¿Tapar esto? Ni hablar –dijo el mestizo Toledo, recogiendo sus herramientas-.
     -¡y si nos llevamos la caja? –sugirió Filiberto-. Podríamos quemarla como leña.
     Tobías lo miró boquiabierto.
     -No es mala  idea –dijo y sujeto el ataúd-.
     Lo puso al revés y su contenido cayó a tierra. Luego lo levantó sobre sus hombros y enrumbó hacia las casuchas, seguido por sus compañeros.  Cuando habían recorrido la mitad del camino, los cuatro volvieron a estallar en carcajadas.  Se habían olvidado de las momias y todo lo demás. Sólo pensaban en las buenas papas que iban a asar para el desayuno, sobre  las brasas de aquellas viejas maderas.

EL PROFESOR SUPLENTE, Julio Ramón Ribeyro.



EL PROFESOR SUPLENTE
     Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria  de la clase media, de la necesidad de tener que andar  siempre con la camisa limpia, del precio de los transporte, de los aumentos de ley, en fin de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.
     -¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio- No se trata de un gran puesto y los emolumentos  no son grandiosos, pero es una magnífica ocasión  para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la universidad… Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor,  eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces.  En el acto llamo al Director para decirle  que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!
     Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir opinión, el doctor  Valencia había llamado al colegio, había hablado con el Director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.
     Durante unos minutos Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía la delicia de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico  impidió que su mujer intercalara un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió  del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra la luz de la farola.
     -Todo esto no me sorprende –dijo al fin-. Un hombre de mi calidad no podía  quedar sepultado en el olvido.
     Después de la cena se encerró en el comedor, me hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas de trabajo, con quienes  acostumbraba a reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.
     A la diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de  de su mujer, quien lo perseguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.
     -No te olvides de poner la tarjeta en la puerta –recomendó Matías antes de partir. Que se lea bien: “Matías Palomino, profesor de historia”.
     En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de la lección. Durante la noche anterior no había podido evitar el temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso, pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se le mirara, era  una inteligencia en desuso. Desde hace doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de  bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someter una  sola cogitación  al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia  del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia, sus conocimientos. Pero si no había podido optar el título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por la ciencia al menos por apariencia, quedaba dentro de los límites de la profesión.
     Cuando llegó ante la fachada del colegio se sobreparó en seco. Y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar  hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.
     En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar –el reloj del municipio acababa de dar las once- cuando detrás  de la vidriera de una tienda de discos distinguió un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató  que ese hombre no era otra cosa  que su propio reflejo. Observándose con disimulo hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la malanoche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías  comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con gesto de absoluto vencimiento.
     Un poco mortificado por la observación se retiró con ímpetu de la vidriera. Una satisfacción de mañana estival  hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante  la fachada del colegio, sin que en apariencia nada la provocara, una duda tremenda lo asaltó: en ese momento  no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba  figuras semejantes para demoler a sus enemigos del parlamento. Confundido abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba  el ojo de encima. Esa mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó  en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina siguiente.
     Allí se detuvo resollando. Ya el problema de la Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrazaba.
     Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes.  En ese barrio residencial sólo se encontraba salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías la examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.
     Desconcertado se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas continuaban girando; Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol y luego descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje,
     Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y ofuscado  por tanto tiempo perdido se lanzó al colegio. Con el movimiento aumento su coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzar cuando al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban  inquietos. Esta inesperada composición –que le recordó a los jurados  de su infancia-  fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y virando con rapidez se escapó hacia la avenida.
     A los veinte pasos se dio cuenta que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.
     -Por favor –decía- ¿No es el señor Palomino, el nuevo profesor de historia?  Los hermanos lo están esperando.
     Matías se volvió rojo de ira.
     -¡Yo soy cobrador! –contestó  brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.
     El portero le pidió escusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la Avenida, torció hacia el parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel,  estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.
     Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a  retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa.  Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba  por todas las fisuras  de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio a su mujer lo esperaba  en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a la cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso,, tentó  una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.
     -¡Qué tal le ha ido! ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han hecho los alumnos?
     -¡Magnífico!...¡Todo ha sido magnífico! –balbuceó Matías-  ¡Me aplaudieron! – pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaba al cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza, y se echó desoladoramente a  llorar.

LOS PERROS HAMBRIENTOS




LOS PERROS  HAMBRIENTOS Y SU ARGUMENTO
     Los perros pastores Wanka, Zambo, Güeso y Pellejo defienden al ganado de los abigeos y de los puma. Antuca, la pastorcita de 12 años, ama a su rebaño y a sus perros pastores. El narrador nos cuenta  la desaparición de su perro Güeso que fue robado por los Celedonios y la muerte  de  otro dos perros: “Tinto” a dentellada del feroz Raffles y “Mauser” que es volado con dinamita. Ls peripecias van combinándose con las  consecuencias de una sequía que, al malograr las cosechas de las chacras del pueblo,  extiende el hambre. Estas terribles calamidades toman cada vez proporciones inesperados con tinte catastrófico. A su vez, los indígenas del pueblo  sufren los estragos de la sequía. La situación de la miseria se agudiza, de tal manera que el hambre de los perros les hace tan feroces que se comen a las reses, a quien cuidaban.  Todo cambia cuando cae la lluvia sobre la tierra devolviendo  la paz a la gente del pueblo y los perros vuelven a ser amigos del hombre.  Una tarde, la pastorcita se encontró con Manu. Estaba tirado sobre las piedras. Su colgante  lengua tenía un color pálido. Se trataba de un perro que podía esperar la muerte en medio de la soledad. Antuca había  crecido con los perros. Cuando cayó la noche y escuchó la voz de Juana, que la llamaba, Antuca tenía aún las manos puestas cariñosamente en las hirsutas lanas del cuello del Manu.