miércoles, 19 de septiembre de 2012

MI AMIGO BRAULIO, cuento completo, y su ficha de lectura.

MI AMIGO BRAULIO

     En ese tiempo era yo interno de San Carlos. Frisaba en los diez y ocho años y tenía compuestos algunos centenares de versos, sin que se me hubiera ocurrido publicar ninguno ni confesar a nadie mis aficiones poéticas. Disfrutaba una especie de voluptuosidad en creerme un gran poeta inédito.

     Repentinamente nacieron en mí los deseos de ver en le,tras de molde algunos versos míos. Por entonces se publicaba en Lima un semanario ilustrado que gozaba de mucha popularidad y era leído y comentado los lunes entre los aficionado del colegio se llamaba: "El Lima  Ilustrado".

     Después de leer veinte veces mi colección de poemas, comparar su mérito y rechazar hoy por malísimo lo que ayer había creído muy bueno, concluí por elegir uno, copiando en fino papel y con la mejor de mis letras.

     Temblando como reo que se dirige al patíbulo, me encaminé, un domingo por la mañana a la imprenta de "El  Lima Ilustrado". Más de una vez quise regresarme; pero una fuerza secreta me impedía.

     Con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias penetré en una habitación llena de chivaletes, galeras, cajas, tipos de imprenta.

     -¿El señor Director? -pregunté queriendo  mostrar serenidad, pero temblando. 

     -Soy yo joven.
      
     Me dio la respuesta un coloso de cabellera crespa, color aceitunado, mirada inteligente y modales desembarazados y francos. En manga de camisa, con un mandil azul, cubierto de sudor y manchado de tinta, se ocupaba en colar fajas y pegar direcciones.

     -Me han encargado le entregue a usted una composición en verso.

     -Pasemos al escritorio.

     Ahí se  cala las gafas, me quita el papel de las manos y sin sentarse ni acordarse de convidarme asiento, se pone a leer con la mayor atención.

     Era la primera vez que ojos profanos, se fijaban en mis lucubraciones poéticas. Los que no han mannejado una pluma no alcanzan a concebir lo que siente un hombre al ser violado, por decirlo así, la virginidad de su pensamiento. Yo seguía, yo espiaba la fisonomía del director para ir adivinando el efecto que le causaban mis versos: unas veces me parecía que se entusiasmaba, otras que me censuraba acremente.

     -Y, ¿quién es el autor? - me dijo, concluida la lectura.

     Me puse a tardamudear, a querer decir algún nombre supuesto, a murmurar palabras ininteligibles, hasta que concluí por enmudecer y tornarme como una granada.

     -¿Cómo se llama usted, ven?

     -Roque Roca.

     -Pues bien, yo publicaré la composición en el próximo número y pondré el nombre de usted, porque usted es el autor: se lo conozco en la cara. ¿Verdad?

     No pude negarlo, mucho más cuando el buen coloso me daba una palmada en el hombro, me convidó asiento y se puso a conversar conmigo como si hubiéramos sido amigos de muchos años,

     Al salir de la imprenta, yo habría deseado poseer los millones de Rothschild para elevar una estatua de oro al director de "El Lima Ilustrado".


II

     Cuando el semanario salió a luz con mis versos, produjo en San Carlos el efecto de una bomba. ¡Poetam habemus!, gritó un muchacho que acordaba de no haber podido aprender latín. En el comedor, en los patios, en el dormitorio y hasta en la capilla escuchaba yo alguna  vovecilla tenaz y burlona que entonaba a gritos o me repetía por lo bajo una estrofa, un verso, un hemistiquio, un adjetivo de mi composición.

     La insolencia de un condiscípulo mío llegó a tanto, que, al pedirle el profesor de literatura un ejemplo de versos pareados, indicó los siguientes:

El poeta Roque Roca
echa flores por la boca.

     Con decir que el mismo profesor lanzó una carcajada y me dirigió una pulla, basta para comprender el maravilloso efecto de los dos pareados: a la media hora los sabía de memoria todo el colegio y andaban escritos     con lápiz negro en  las paredes blancas y con polvos blancos en las paredes negras. No faltaban variantes, como:

El poeta Roque Roca
echa coles por la boca;
el poeta Roque Roque
echa sapos por la boca.

  Un bardo anónimo, no muy versado en la colocación de los acentos, escribió:

El poeta Roque Roca
es un incomensurable alcornoque.

     Agotada la paciencia, recurrí a las trompadas; más como el remedio empeoraba el mal, acabé por decidir  que el partido más cuerdo era no hacerles caso y no volver a publicar una sola línea.

     Sólo encontré una voz amiga. Había un muchacho a quien llamábamos el Metafórico, por su manera extraña y alegórica de expresarse. El metafórico me llamó a un lado y me dijo con la mejor buena fe:

     -Mira,  no les haga caso y sigue montado en el Pegaso: el ruiseñor no responde a los asnos; poeta-aurora, desprecia a los hombres-coces.

     Las palabras me consolaron, aunque venían de un chiflado. ¡Qué voz no suena dulce y agradablemente cuando se duele de nuestras desgracias y nos sostiene en nuestras horas de flaqueza!

     Yo contaba con un amigo de corazón: Braulio Pérez. Juntos habíamos entrado al colegio, seguíamos  las mismas asignaturas y durante cinco años habíamos estudiado en compañía. En cierta ocasión, una enfermedad le retrasó en sus cursos: Yo velé dos o tres meses para que no perdiera el año. ¿Quién sino él estaría conmigo? Como ni palabra me había dicho sobre mis versos ni salido   a mi defensa,  su conducta me pareció extraña y le hablé con la mayor franqueza.

     -¿Qué dices lo que pasa?

    -Hombre -contestó- ¿Por qué publicar los versos sin consultarte con algún amigo?

     -De veras.

     -Tú sabes que yo...

     -Estoy hasta  resentido de tu reserva conmigo.

     -Lo hice de pura vergüenza.

     -Si alguna vez vuelves a publicar algo...

     -¿Publicar?, antes me degüellan.

     Mantuve mi resolución un mes, y la habría mantenido mil años, si el director de "El Lima Ilustrado" no se hubiera aparecido en el colegio a decirme que se hallaba escaso de originales en verso y que  me exigía mi colaboración semanal. Quise excusarme, pero el hombre-lisonjero  - me comprometió a enviarle cada miércoles  una composición en verso.

     Recurrí al amigo Braulio, le conté  lo ocurrido y le enseñé todo mi cuaderno de versos para que me escogiera los menos malos; pero no logramos quedar de acuerdo: Todas mis aspiraciones le parecían flojas; vulgares, indignas de ver la luz pública en un semanario donde colaboraban los primeros literatos de Lima. Imposible sacarle de la frase: "Todas están malas". A escondidas del amigo Braulio, copié los versos que me parecieron mejores y se  los remití al director de "EL Lima Ilustrado".

     La tormenta se renovó con mi segunda publicación; pero fue amainando con la tercera y la cuarta: A la quinta, las burlas habían disminuido, y sólo de cuando en cuando algún majadero me endilgaba  los pareados o me dirigía una pulla de mal gusto.

     El único implacable era el amigo Braulio, convertido en mi Aristarco severo, todo por amistad, como solía repetírmelo. Apenas recibía el número de "El Lima Ilustrado", se instalaba en un rincón solitario y lápiz en mano, se ensañaba en la crítica de mis versos: Uno era cojo, el otro patilargo; éste carecía de acentos, aquel los tenía de más. En cuanto al fondo, peor que la forma.

     -Mira -me lanzó en una de esas expansiones íntimas que sólo se concibe en la juventud -; mira, el hombre no sólo se deshonra con robar y matar, sino también con escribir malos versos. A ladrones o asesinos nos pueden obligar las circunstancias; pero ¿qué nos obliga a ser poetas ridículos?

     Hacía dos meses que publicaba  yo mis versos, cuando en el mismo semanario apareció un nuevo colaborador que  firmaba sus composiciones con el seudónimo de Genaro Latino.

     -Cuando escribas así, tendrás derecho a publicar - me dijo sin el menor reparo. 
     
     Fui constantemente inmolado en aras de mi rival poético: Él era Homero, Virgilio y Dante; yo, un coplero de mala muerte.

     Cuando mi nombre desapareció de "El Lima Ilustrado", para ceder el sitio a de Genaro Latino, muchos de mis condiscípulos me reconocieron el mérito de haber admitido mi nulidad y sabido retirarme a tiempo. Sin embargo, algunos insinuaron que el director del semanario me había negado    la hospitalidad.

     Todos creían envenenarme la bilis con leerme los versos de mi rival, figurándose que la envidia me devoraba  el corazón. Braulio mismo me atacaba ya de frente, y se le atribuía  la paternidad de este nuevo pareado:


Ante Genaro Latino,
Roque Roca es un pollino.

     Un día, Braulio, triunfante y blandiendo un papel, instaló sobre una silla, pide la atención de los oyentes y empieza a leer una silva de Genaro Latino, publicada en el último número de "El Lima Ilustrado". De pronto, cambia de color, se muerde los labios, estruja el periódico y le guarda en el bolsillo.

     -¿Por qué no sigues leyendo? - Le pregunta una voz estentórea - Era el Metafórico.

     -¡Que siga, que siga! -Exclamaron algunos.

     -Yo seguiré - dijo el Metafórico.

     Se encaramó en la silla que el amigo Braulio acababa de abandonar y leyó:

      Nota de la Dirección: Como hay personas que se atribuyen la paternidad de obras ajenas, avisamos al público (a riesgo de herir la modestia del autor) que los versos publicados en "El Lima Ilustrado" con el seudónimo de Genaro Latino son escritos por nuestro antiguo colaborador el joven estudiantede jurisprudencia don Roque Roca.

     El amigo Braulio no volvió a dirigirme la palabra.


                                                   (Manuel Gonzáles Prada)

7 comentarios:

  1. Hola. «El amigo Braulio» es uno de los cuentos más encantadores de nuestra literatura. Y ahora que lo releo, caigo en la cuenta de que su inicio debió inspirar, sin duda, el de esa otra obra cuyo tema es el proceso vital del aprendiz de escritor: «La tía Julia y el escribidor». Por cierto, el apellido de nuestro escritor es con «z» (González), no con «s».

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