lunes, 24 de noviembre de 2014

CHEJOV y su cuento "Los veraneantes"

Por el andén de cierto punto de veraneo, hacia arriba y hacia abajo, paseaba una parejita de recién casados. Él la sostenía por el talle; ella se ceñía contra él y ambos se sentían felices. La luna, por entre los jirones de nubes, les miraba frunciendo el entrecejo. Con seguridad sentía envidia y enojo por su aburrida y forzosa virginidad. El aire inmóvil estaba impregnado de olor a lilas y acacias. Al otro lado de la vía, lanzaba un pájaro agudos sonidos.
-¡Qué bien se está aquí, Sascha! -decía la recién casada-. ¡Decididamente, podría pensarse que estábamos soñando! ¡Fíjate en el modo acogedor y cariñoso con que nos contempla ese pequeño bosque! ¡Mira qué simpáticos son estos sólidos y callados postes telegráficos!... Con su presencia, Sascha, dan vida al paisaje y nos hablan de que allá..., en alguna parte..., existen otras gentes..., hay una civilización... ¿Acaso no te gusta sentir cómo llega débilmente a tu oído el ruido de un tren que pasa?
-Sí; pero...; ¡qué manos tan calientes tienes! Eso es que te agitas, Varia... ¿Qué tenemos hoy de cena?
-Tenemos okroschka1 y pollo. Es suficiente un pollo para los dos; y para ti he traído de la ciudad sardinas y pescado ahumado.
La luna, escondiéndose detrás de una nube, hizo un guiño, como si hubiera tomado rapé. Sin duda, el espectáculo de la humana felicidad le recordaba su propia soledad..., su lecho solitario tras los montes y los valles...
-¡Viene un tren! -dijo Varia-. ¡Qué gusto!
En la lejanía surgieron tres ojos de fuego, y el jefe del apeadero salió al andén. Sobre los rieles, de aquí para allá, corrieron las luces de los guardavías.
-Despediremos al tren y nos iremos a casa- dijo Sascha bostezando-. ¡Qué bien vivimos juntos, Varia; tan bien que uno mismo no se lo puede creer!

El oscuro monstruo se arrastró sin ruido hasta el andén y se detuvo. Por las ventanillas de los vagones, medio iluminados, se vieron desfilar rostros soñolientos, sombreros, hombros...
-¡Mira! -se oyó exclamar desde uno de los vagones-. ¡Es Varia! ¡Y su marido!...¡Salieron a esperarnos! ¡Aquí están! ¡Vareñka!... ¡Vareñka!... ¡Eh!
Dos niñas saltaron del vagón y se colgaron del cuello de Varia. Tras ellas descendieron una señora gorda, de edad avanzada, y un caballero, alto y delgado, de patillas canosas. Después, dos colegiales cargados de equipaje; detrás, la institutriz, y, por último, la abuela.
-¡Aquí nos tienes! ¡Aquí nos tienes, amiguito! -empezó a decir el señor de las patillas, estrechando la mano de Sascha-. Con seguridad llevan mucho tiempo esperándonos. ¡Como si lo viera, estabas ya reprochando a tu tío el que no llegara! ¡Kolia!.... ¡Kostia!... ¡Niña!... ¡Fifa!... ¡Hijos!... ¡Abracen a su primo Sascha!... Hemos venido toda la familia a verlos y a pasar tres o cuatro días con ustedes. Espero que no los molestaremos... ¡Tú, haz el favor de no gastarnos ceremonias!
Ante la llegada del tío y de toda su familia, el matrimonio quedó aterrado. Mientras el primero hablaba y repartía besos, pasó raudo el siguiente cuadro por la imaginación de Sascha: Se veía a sí mismo y a su mujer ofreciendo a los invitados sus tres habitaciones, sus cojines y sus mantas. Veía el pescado ahumado, las sardinas y el okroschka devorados en un segundo... A los primos, cortando las flores, vertiendo la tinta... A la tía, hablando solamente, el día entero, de sus enfermedades (su solitaria y su dolor de estómago) y de que por su nacimiento era baronesa Fintij... Sascha empezó a mirar con odio a su joven esposa y le murmuró al oído:
-¡Han venido a verte a ti! ¡Que se vayan al diablo!
-¡No!..., ¡a ti! -contestaba ella, mirándolo a su vez con aborrecimiento y maligna expresión.
-¡No son mis parientes, sino los tuyos!... -y volviéndose hacia los huéspedes los invitó con la más amable de las sonrisas-. ¡Vengan, por favor!...
Por detrás de una nube asomó lentamente la luna. Parecía sonreír... Parecía agradarle no tener parientes...
Sascha volvía la cabeza para ocultar a los invitados sus desesperados e irritado semblante; pero repetía, haciendo esfuerzos para dar a su voz acentos de alegría y benignidad:

-¡Vengan, por favor!... ¡Vengan, por favor..., queridos huéspedes!

CHEJOV y au cuento "Los extraviados"


Es un lugar de veraneo. La oscuridad, completa; el campanario de la iglesia marca la una de la noche. Cosiaokin y Lapkin, ambos algo titubeantes, pero de muy buen humor, salen del bosque y se dirigen hacia las casitas.
-¡Gracias a Dios que hemos llegado! -dice Cosiaokin-; es una hazaña venir andando los cinco kilómetros desde la estación, y en nuestro estado. Me encuentro rendido..., y como si fuera hecho expresamente, no hay ni un solo coche.
-¡Amigo Pedro! No puedo más...; si dentro de cinco minutos no estoy en la cama me muero...
-¡En la cama! ¡Ni pensarlo! Cenaremos, beberemos una botella de vino tinto, y luego a dormir. No te permitiremos ni Verotchka ni yo que te acuestes antes. ¡No sabes tú, amigo mío, la felicidad que experimenta uno con estar casado! Tú no la comprendes; tú tienes un alma de solterón. Mira: ahora llegaré yo extenuado, rendido...; mi mujercita saldrá a recibirme; la comida estará preparada, el té listo... Para compensarme de mi labor dirigirá sobre mí sus ojitos negros con tanta afabilidad y cariño que lo olvidaré todo: mi cansancio, el robo con fractura, el Tribunal de casación, la Sala de la Audiencia... ¡Una gloria! ¡Una delicia!
-Es que no puedo tirar más de mi cuerpo; mis piernas se doblan. ¡Tengo una sed!...
-Nada; ya hemos llegado; henos en casa.
Los amigos se acercan a una de las casitas y se detienen frente a la ventana.
-Es una casita bonita -dice Cosiaokin-; mañana verás qué hermosas vistas tiene. Pero las ventanas están oscuras... Verotchka se habrá cansado de esperar, y se habrá acostado; no duerme, se hallará inquieta por mi tardanza (empuja la ventana con su bastón y la abre); pero qué valiente es: se acuesta sin cerrar la ventana.
Se quita el abrigo y lo echa dentro de la estancia, lo propio con su carpeta.
-¡Qué calor! Vamos a entonar una canción; la haremos reír. (Canta.) ¡Canta, Aliocha! Verotchka, ¿quieres oír la serenata de Schubert? (Canta, pero hace un gallo y tose.) ¡Verotchka, dile a María que abra la puerta! (Pausa.) Verotchka, no seas perezosa; levántate. (Sube por encima de una piedra y se asoma por la ventana.) Verotchka, rosita mía, angelito, mujercita mía incomparable. ¡Anda, levántate! ¡Dile a María que abra! ¡Bien sé que no duermes, gatita mía! No podemos soportar más bromas; estamos tan cansados que ya no tenemos fuerzas. Hemos llegado a pie desde la estación; ¿pero me oyes, o no?... (Intenta escalar la ventana, pero cae.) ¡Qué demonio! Ves; nuestro huésped está molesto. Noto que todavía eres una niña que no piensa más que en jugar...
-Escucha; tal vez tu esposa duerme de veras -dice Laef.
-¡No duerme; quiere que arme ruido; que despierte el vecindario! ¡Oye, Verotchka, me voy a enfadar! ¡Verás! ¡Qué diablo! Ayúdame, Aliocha, para que pueda subirme... Verotchka, no eres más que una chiquilla malcriada, una traviesa... ¡Amigo mío, empújame!...
Lapkin, jadeante, empuja a Cosiaokin; al fin éste alcanza la ventana, franquéala y desaparece en las tinieblas.
-¡Vera! -se oye al cabo de un rato-. ¿Dónde estás? ¡Demonio! Me he ensuciado la mano con algo. ¡Qué asco!
Estalla un bullicio, un aleteo y el cacareo desesperado de una gallina.
-¡Caramba! Escucha, Laef. ¿De dónde nos vienen estas gallinas? Pero, qué demonio; si hay una infinidad de ellas... ¡Y un cesto con una pava!... ¡Me ha picado la maldita!
Por la ventana salen volando las gallinas, y prorrumpiendo en chillidos agudos se precipitan a la calle.
-¡Aliocha, nos hemos equivocado!... -grita Cosiaokin con voz llorosa-. Aquí no hay más que gallinas. Por lo visto nos hemos extraviado... Pero malditas, ¿por qué no se están quietas?
-¡Sal pronto! ¿Qué haces? ¿No sabes tú que estoy muerto de sed?...
-Ahora mismo... Deja que encuentre el abrigo y la carpeta...
-¿Por qué no enciendes un fósforo?
-Es que están en el abrigo... ¡Quién demonio me habrá traído aquí!... Todas estas casas son iguales. Ni el diablo mismo las distinguiría en la oscuridad. ¡Oh! ¡La pava me dio un picotazo en la mejilla! ¡Maldita!
-¡Pero sal pronto, si no van a creer que estamos robando gallinas!
-Ahora mismo me es imposible dar con el abrigo. Hay tanto trapajo por el suelo que no puedo orientarme. Lánzame tus fósforos...
-Es que no los tengo.
-¡Estamos frescos! ¡No hay que decir!... ¡Valiente situación!... ¿Qué hago?... Yo no puedo, sin embargo, abandonar el abrigo y la carpeta. Necesito buscarlos.
-¡No concibo cómo es posible no reconocer su propia casa! -replica Laef, indignado-. ¡Casa de borracho!... ¡En mal hora vine contigo!... De ir solo, me hallaría ya en casa. Dormiría... en lugar de padecer aquí... ¡Estoy rendido!... ¡No puedo más!... ¡Siento vértigos!
-En seguida, en seguida; no te apures; no te morirás por esto.
Por encima de la cabeza de Laef pasa un gran gallo. Lapkin suspira desconsoladamente y se sienta en una piedra. Sus entrañas arden de sed, sus ojos se cierran, su cabeza tambalea... Pasan cinco minutos, diez, veinte... Cosiaokin está siempre enredado con las gallinas.
-¡Pedro! ¿Cuándo vienes?
-Ahora mismo. ¡Ya encontré la carpeta; pero volví a extraviarla!...
Lapkin apoya su cabeza en sus puños y cierra los ojos... Los cacareos aumentan... Las moradoras de la extraña vivienda salen volando y le parece que dan vueltas alrededor de su cabeza, como lechuzas... Le zumban los oídos y el terror se apodera de su alma... «¡Qué bestia! -piensa-. Me convidó, me prometió obsequiarme con vino y leche, y en vez de esto me obliga a venir aquí a pie y escuchar estas gallinas...» Lapkin está indignado; hunde la barba en el cuello, coloca la cabeza sobre su carpeta y se tranquiliza poco a poco... Vencido por el cansancio, empieza a dormirse.
-¡He encontrado la carpeta! -oye la exclamación de Cosiaokin triunfante-. No me falta sino encontrar el abrigo, y ¡a casa!
Pero en este momento se oyen ladridos de un perro, y de otro, y de un tercero... El ladrar de los perros acompañado del cacareo de gallinas forman una música salvaje. Un desconocido se acerca a Lapkin y le pregunta algo...; le parece que alguien pasa sobre él para saltar por la ventana...; gritan, pegan porrazos...; una mujer con delantal encarnado y un farol en la mano lo interroga...
-¡No tiene usted derecho a insultarme! -dice desde dentro Cosiaokin-. ¡Soy funcionario de la Audiencia! Aquí tiene usted mi tarjeta.
-¿Para qué quiero yo su tarjeta? -respondió una voz ronca-. Usted me ha dispersado las gallinas, pisoteado los huevos...; admiro su obra...; los pavitos tenían que salir del cascarón un día de estos, y usted los ha aplastado...; ¡qué me importa a mí su tarjeta!
-¿Usted se atreve a detenerme? ¡Eso yo no lo admitiré jamás!
«¡Qué sed tengo!...», piensa Lapkin esforzándose por abrir los ojos y sintiendo que otra vez alguien pasa por encima de él y sale por la ventana...
-¡Soy Cosiaokin; mi casa está al lado! ¡Todo el mundo me conoce!...
-¡No conocemos a ningún Cosiaokin!
-¿Qué me cuenta usted? ¡Que llamen al alcalde; él me conoce!
-¡No se acalore usted! Ahora mismo vendrá la policía; conocemos a todos los veraneantes del lugar; a usted no lo hemos visto nunca.
-Todos me conocen; cinco años ha, sin interrupción, que veraneo en los Grili-Viselki.
-¡Caramba!; pero esto no son los Grili-Viselki; esto, es Hilovo...; los Viselki están a la derecha, detrás de la fábrica de fósforos, a cuatro kilómetros de aquí.
-¡Que el demonio me lleve!... ¡Entonces he tomado otro camino!...

Los gritos humanos, el cacareo y los ladridos se confunden en una zarabanda por entre la cual de vez en cuando se oyen las exclamaciones de Cosiaokin: «¡Usted no tiene derecho...» «Me las pagará...» «Ya sabrá usted con quién trata!...» Por fin las vociferaciones se apaciguan, y Lapkin siente que le sacuden el hombro para despertarlo...

JUAN BOSCH y su cuento de navidad: "La nochebuena de Encarnación Mendoza"

La Nochebuena de Encarnación Mendoza
Cuento de Navidad


     Con su sensible ojo de prófugo Encarnación Mendoza había distinguido el perfil de un árbol a veinte pasos, razón por la cual pensó que la noche iba a decaer. Anduvo acertado en su cálculo; donde empezó a equivocarse fue al sacar conclusiones de esa observación. Pues como el día se acercaba era de rigor buscar escondite, y él se preguntaba si debía internarse en los cerros que tenía a su derecha o en el cañaveral que le quedaba a la izquierda. Para su desgracia, escogió el cañaveral. Hora y media más tarde el sol del día 24 alumbraba los campos y calentaba ligeramente a Encarnación Mendoza, que yacía bocarriba tendido sobre hojas de caña.
     A las siete de la mañana los hechos parecían estar sucediéndose tal como había pensado el fugitivo; nadie había pasado por las trochas cercanas. Por otra parte la brisa era fresca y tal vez llovería, como casi todos los años en Nochebuena. Y aunque no lloviera los hombres no saldrían de la bodega, donde estarían desde temprano consumiendo ron, hablando a gritos y tratando de alegrarse como lo mandaba la costumbre. En cambio, de haber tirado hacia los cerros no podría sentirse tan seguro. Él conocía bien el lugar; las familias que vivían en las hondonadas producían leña, yuca y algún maíz. Si cualquiera de los hombres que habitaban los bohíos de por allí bajaba aquel día para vender bastimentos en la bodega del batey y acertaba a verlo, estaba perdido. En leguas a la redonda no había quién se atreviera a silenciar el encuentro. Jamás sería perdonado el que encubriera a Encarnación Mendoza: y aunque no se hablaba del asunto todos los vecinos de la comarca sabían que aquel que le viera debía dar cuenta inmediata al puesto de guardia más cercano.
     Empezaba a sentirse tranquilo Encarnación Mendoza, porque tenía la seguridad de que había escogido el mejor lugar para esconderse durante el día, cuando comenzó el destino a jugar en su contra.
     Pues a esa hora la madre de Mundito pensaba igual que el prófugo: nadie pasaría por las trochas en la mañana, y si Mundito apuraba el paso haría el viaje a la bodega antes de que comenzaran a transitar los caminos los habituales borrachos del día de Nochebuena. La madre de Mundito tenía unos cuantos centavos que había ido guardando de lo poco que cobraba lavando ropa y revendiendo gallinas en el cruce de la carretera, que le quedaba al poniente, a casi medio día de marcha. Con esos centavos podía mandar a Mundito a la bodega para que comprara harina, bacalao y algo de manteca. Aunque lo hiciera pobremente, quería celebrar la Nochebuena con sus seis pequeños hijos, siquiera fuera comiendo frituras de bacalao.
     El caserío donde ellos vivían -del lado de los cerros, en el camino que dividía los cañaverales de las tierras incultas- tendría catorce o quince malas viviendas, la mayor parte techadas de yaguas. Al salir de la suya, con el encargo de ir a la bodega, Mundito se detuvo un momento en medio del barro seco por donde en los días de zafra transitaban las carretas cargadas de caña. Era largo el trayecto hasta la bodega. El cielo se veía claro, radiante de luz que se esparcía sobre el horizonte de cogollos de caña; era grata la brisa y dulce­mente triste el silencio. ¿Por qué ir solo, aburriéndose de caminar por trochas siempre iguales? Durante diez segundos Mundito pensó entrar al bohío vecino, donde seis semanas antes una perra negra había parido seis cachorros. Los dueños del animal habían regalado cinco, pero quedaba uno “para amamantar a madre”, y en él había puesto Mundito todo el interés que la falta de ternura había acumulado en su pequeña alma. Con sus nueve años cargados de precoz sabiduría, el niño era consciente de que si llevaba al cachorrillo tendría que cargarlo casi todo el tiempo, porque no podría hacer tanta distancia por sí solo. Mundito sentía que esa idea casi le autorizaba a disponer del perrito. De súbito, sin pensarlo más, corrió hacia la casucha gritando:
     -¡Doña Ofelia, emprésteme a Azabache, que lo voy a llevar allí!
     Oyénranle o no, ya él había pedido autorización, y eso bastaba. Entró como un torbellino, tomó el animalejo en brazos y salió corriendo, a toda marcha, hasta que se perdió a lo lejos. Y así empezó el destino a jugar en los planes de Encarnación Mendoza.
     Porque ocurrió que cuando, poco antes de las nueve, el niño Mundito pasaba frente al tablón de caña donde estaba escondido el fugitivo, cansado, o simplemente movido por esa especie de indiferencia por lo actual y curiosidad por lo inmediato que es privilegio de los animales pequeños, Azabache se metió en el cañaveral. Encarnación Mendoza oyó la voz del niño ordenando al perrito que se detuviera. Durante un segundo temió que el muchacho fuera la avanzada de algún grupo. Estaba clara la mañana. Con su agudo ojo de prófugo él podía ver hasta. dónde se lo permitía el barullo de tallos y hojas. Allí, al alcance de su mirada; no estaba el niño. Encarnación Mendoza no tena pelo de tonto. Rápidamente calculó que si lo hallaban atisbando era hombre perdido; lo mejor sería hacerse el dormido, dando la espalda al lado por dónde sentía el ruido. Para mayor seguridad, se cubrió la cara con el sombrero.
     El negro cachorrillo correteó; jugando con las hojas de caña, pretendiendo saltar, torpe de movimientos, y cuando vio al fugitivo echado empezó a soltar diminutos y graciosos ladridos. Llamándolo a voces y gateando para avanzar, Mundito iba acercándose cuando de pronto quedó paralizado: había visto al hombre. Pero para él no era simplemente un hombre sino algo imponente y terrible; era un cadáver. De otra manera no sé explicaba su presencia allí y mucho menos su postura. El terror le dejó frío. En el primer momento pensó huir, y hacerlo en silencio para que el cadáver no se diera cuenta. Pero le parecía un crimen dejar a Azabache abandonado, expuesto al peligro de que el muerto se molestara con sus ladridos y lo reventara apretándolo con las manos. Incapaz de irse sin el animalito e incapaz de quedarse allí, el niño sentía que desfallecía. Sin intervención de su voluntad levantó una mano, fijó la mirada en el difunto, temblando mientras el perrillo reculaba y lanzaba sus pequeños ladridos. Mundito estaba seguro de que el cadáver iba a levantarse de momento. En su miedo, pretendió adelantarse al muerto: pegó un saltó sobre el cachorrillo, al cual agarró con nerviosa violencia por el pescuezo, y a seguidas, cabeceando contra las cañas, cortándose el rostro y las manos, impulsado por el terror, ahogándose, echó a correr hacia la bodega. Al llegar allí, a punto de desfallecer por el esfuerzo y el pavor, gritó señalando hacia el lejano lugar de su aventura:
     -¡En la Colonia Adela hay un hombre muerto!
     A lo que un vozarrón áspero respondió gritando:
     -¿Qué tá diciendo ese muchacho?
     Y como era la voz del sargento Rey, jefe de puesto del Central, obtuvo el mayor interés de parte de los presentes así como los datos que solicitó del muchacho. El día de Nochebuena no podía contarse con el juez de La Romana para hacer el levantamiento del cadáver, pues debía andar por la Capital disfrutando sus vacaciones de fin de año. Pero el sargento era expeditivo; quince minutos después de haber oído a Mundito el sargento Rey iba con dos números y diez o doce curiosos hacia el sitio donde yacía el presunto cadáver. Eso no había entrado en los planes de Encarnación Mendoza.
     El propósito de Encarnación Mendoza era pasar la Nochebuena con su mujer y sus hijos. Escondiéndose de día y caminando de noche había recorrido leguas y leguas, desde las primeras estribaciones de la Cordillera, en la provincia del Seybo, rehuyendo todo encuentro y esquivando bohíos, corrales y cortes de árboles o quemas de tierras. En toda la región se sabía que él había dado muerte al cabo Pomares, y nadie ignoraba que era hombre condenado donde se le encontrara. No debía dejarse ver de persona alguna, excepto de Nina y de sus hijos. Y los vería sólo una hora o dos, durante la Nochebuena. Tenía ya seis meses huyendo, pues fue el día de San Juan cuando ocurrieron los hechos que le costaron la vida al cabo Pomares.
     Necesariamente debía ver a su mujer y a sus hijos. Era un impulso bestial el que le empujaba a ir, una fuerza ciega a la cual no podía resistir. Con todo y ser tan limpio de sentimientos, Encarnación Mendoza comprendía que con el deseos de abrazar a su mujer y de contarles un cuento a los niños iba confundida una sombra de celos. Pero además necesitaba ver la casucha, la luz de lámpara iluminando la habitación donde se reunían cuando él volvía del trabajo y los muchachos le rodeaban para que él los hiciera reír con sus ocurrencias. El cuerpo le pedía ver hasta el sucio camino, que se hacía lodazal en los tiempos de lluvia. Tenía que ir o se moriría de una pena tremenda.
     Encarnación Mendoza estaba acostumbrado a hacer lo que deseaba; nunca deseaba nada malo, y se respetaba a sí mismo. Por respeto a sí mismo sucedió lo del día de San Juan, cuando el cabo Pomares le faltó pegándole en la cara, a él, que por no ofender no bebía y que no tenía más afán que su familia. Sucediera lo que sucediera, y aunque el mismo Diablo hiciera oposición, Encarnación Mendoza pasaría la Nochebuena en su bohío. Solo imaginar que Nina y los muchachos estarían tristes, sin un peso para celebrar la fiesta, tal vez llorando por él, le partía el alma y le hacía maldecir de dolor.
     Pero el plan se había enredado algo. Era cosa de ponerse a pensar si el muchacho hablaría o se quedaría callado. Se había ido corriendo, a lo que pudo colegir Encarnación por la rapidez de los pasos, y tal vez pensó que se trataba de un peón dormido. Acaso hubiera sido prudente alejarse de allí, meterse en otro tablón de caña. Sin embargo, valía la pena pensarlo dos veces, porque si tenía la fatalidad de que alguien pasara por la trocha de ida o de vuelta, y le veía cruzando camino y le reconocía, era hombre perdido. No debía precipitarse; ahí, por de pronto, estaba seguro. A las nueve de la noche podría salir; caminar con cautela orillando los cerros, y estaría en su casa a las once, tal vez a las once y un cuarto. Sabía lo que iba a hacer; llamaría por la ventana de la habitación en voz baja y le diría a Nina que abriera, que era él, su marido. Ya le parecía estar viendo a Nina con su negro pelo caído sobre las mejillas, los ojos oscuros y brillantes, la boca carnosa, la barbilla saliente. Ese momento de la llegada era la razón de ser de su vida; no podía arriesgarse a ser cogido antes. Cambiar de tablón en pleno día era correr riesgo. Lo mejor sería descansar, dormir...
     Despertó al tropel de pasos y a la voz del niño que decía:
     -Taba ahí, sargento.
     -¿Pero en cuál tablón; en ése o en el de allá?
     -En ése -aseguró el niño.
     "En ése" podía significar que el muchacho estaba señalando hacia el que ocupaba Encarnación, hacia uno vecino o hacia el de enfrente. Porque a juzgar por las voces el niño y el sargento se hallaban en la trocha, tal vez en un punto intermedio entre varios tablones de caña. Dependía de hacia donde estaba señalando el niño cuando decía "ése". La situación era realmente grave, porque de lo que no había duda era de que ya había gente localizando al fugitivo. El momento, pues, no era de dudar, sino de actuar. Rápido en la decisión, Encarnación Mendoza comenzó a gatear con suma cautela, cuidándose de que el ruido que pudiera hacer se confundiera con el de las hojas del cañaveral batidas por la brisa. Había que salir de allí pronto, sin perder un minuto. Oyó la áspera voz del sargento:
     -¡Métase por ahí, Nemesio, que yo voy por aquí! ¡Usté, Solito, quédese por aquí!
     Se oían murmullos y comentarios. Mientras se alejaba, agachado, con paso felino, Encarnación podía colegir que había varios hombres en el grupo que le buscaba. Sin duda las cosas estaban poniéndose feas.
     Feas para él y feas para el muchacho, quienquiera que fuese. Porque cuando el sargento Rey y el número Nemesio Arroyo recorrieron el tablón de caña en que se habían metido, maltratando los tallos más tiernos y cortándose las manos y los brazos, y no vieron cadáver alguno, empezaron a creer que era broma lo del hombre muerto en la Colonia Adela.
     -¿Tú ta seguro que fue aquí, muchacho? -preguntó el sargento.
     -Sí, aquí era -afirmó Mundito, bastante asustado ya.
     -Son cosa de muchacho, sargento; ahí no hay nadie -terció el número Arroyo.
     El sargento clavó en el niño una mirada fija, escalofriante, que lo llenó de pavor.
     -Mire, yo venía por aquí con Azabache -empezó a explicar Mundito- y lo diba corriendo asina -lo cual dijo al tiempo que ponía el perrito en el suelo-, y él cogió y se metió ahí.
     Pero el número Solito Ruiz interrumpió la escenificación de Mundito preguntando:
     -¿Cómo era el muerto?
     -Yo no le vide la cara -dijo el niño, temblando de miedo-; solamente le vide la ropa. Tenía un sombrero en la cara. Taba asina, de lao...
     -¿De qué color era el pantalón? -inquirió el sargento.
     -Azul, y la camisa como amarilla, y tenía un sombrero negro encima de la cara...
     Pero el pobre Mundito apenas podía hablar; se hallaba aterrorizado, con ganas de llorar. A su infantil idea de las cosas, el muerto se había ido de allí sólo para vengarse de su denuncia y hacerlo quedar como un mentiroso. Seguramente en la noche le saldría en la casa y lo perseguiría toda a vida.
     De todas maneras, supiéralo o no Mundito en ese tablón de cañas no darían con el cadáver. Encarnación Mendoza había cruzado con sorprendente celeridad hacia otro tablón, y después hacia otro más; y ya iba atravesando la trocha para meterse en un tercero cuando el niño, despachado por el sargento, pasaba corriendo con el perrillo bajo el brazo. Su miedo lo paró en seco al ver el torso y una pierna del difunto que entraban en el cañaveral. No podía ser otro, dado que la ropa era la que había visto por la mañana.
     -¡Ta aquí, sargento; ta aquí! -gritó señalando hacia el punto por donde se había perdido el fugitivo-. ¡Dentró ahí!
     Y como tenía mucho miedo siguió su carrera hacia su casa, ahogándose, lleno de lástima consigo mismo por el lío en qué sé había metido. El sargento, y con él los soldados y curiosos que le acompañaban, se había vuelto al oír la voz del chiquillo.
     -Cosa de muchacho -dijo calmosamente Nernesio Arroyo.
     Pero el sargento, viejo en su oficio, era suspicaz:
     -Vea, algo hay. ¡Rodiemo ese tablón di una ve!-gritó.
     Y así empezó la cacería, sin qué los cazadores supieran qué pieza perseguían.
     Era poco más de media mañana. Repartidos en grupos, cada militar iba seguido de tres o cuatro peones, buscando aquí y allá, corriendo por las trochas, todos un poco bebidos y todos excitados. Lentamente, las pequeñas nubes azul oscuro que descansaban al ras del horizonte empezaron a crecer y a ascender cielo arriba. Encarnación Mendoza sabía ya que estaba más o menos cercado. Sólo que a diferencia de sus perseguidores -que ignoraban a quién buscaban-, él pensaba que el registro del cañaveral obedecía al propósito de echarle mano y cobrarle lo ocurrido el día de San Juan.
     Sin saber a ciencia cierta dónde estaban los soldados, el fugitivo se atenía a su instinto y a su voluntad de escapar; y se corría de un tablón a otro, esquivando el encuentro con los soldados. Estaba ya a tanta distancia de ellos que si se hubiera quedado tranquilo hubiese podido esperar hasta el oscurecer sin peligro de ser localizado. Pero no se hallaba seguro y seguía pasando de tablón a tablón. Al cruzar una trocha fue visto de lejos, y una voz proclamó a todo pulmón:
     -¡Allá va, sargento, allá va; y se parece a Encarnación Mendoza!
     ¡Encarnación Mendoza! De golpe todo el mundo quedó paralizado. ¡Encarnación Mendoza!
     -¡Vengan! -demandó el sargento a gritos; y a seguidas echó a correr, el revólver en la mano, hacia donde señalaba el peón que había visto el prófugo.
     Era ya cerca de mediodía, y aunque los crecientes nubarrones convertían en sofocante y caluroso el ambiente, los cazadores del hombre apenas lo notaban; corrían y corrían, pegando voces, zigzagueando, disparando sobre las cañas. Encarnación se dejó ver sobre una trocha distante, sólo un momento, huyendo con la velocidad de una sombra fugaz, y no dio tiempo al número Solito Ruiz para apuntarle su fusil.
     -¡Que vaya uno al batey y diga de mi parte que me manden do número! -ordenó a gritos el sargento.
     Nerviosos, excitados, respirando sonoramente y tratando de mirar hacia todos los ángulos a un tiempo, los perseguidores corrían de un lacia a otro dándose voces entre sí, recomendándose prudencia cuando alguno amagaba meterse entre las cañas.
     Pasó el mediodía. Llegaron no dos, sino tres números y como nueve o diez peones más; se dispersaron en grupos y la cacería se extendió a varios tablones. A la distancia se veían pasar de pronto un soldado y cuatro o cinco peones, lo cual entorpecía los movimientos, pues era arriesgado tirar si gente amiga estaba al otro extremo. Del batey iban saliendo hombres y hasta alguna mujer; y en la bodega no quedó sino el dependiente, preguntando a todo hijo de Dios que cruzaba si “ya lo habían cogido”.
     Encarnación Mendoza no era hombre fácil. Pero a eso de las tres, en el camino que dividía el cañaveral de los cerros, esto es, a más de dos horas del batey, un tiro certero le rompió la columna vertebral al tiempo que cruzaba para internarse en la realeza. Se revolcaba en la tierra, manando sangre, cuando recibió catorce tiros más, pues los soldados iban disparándole a medida que se acercaban. Y justamente entonces empezaban a caer las primeras gotas de la lluvia que había comenzado a insinuarse a media mañana.
     Estaba muerto Encarnación Mendoza. Conservaba las líneas del rostro, aunque tenía los dientes destrozados por un balazo de máuser. Era día de Nochebuena y él había salido de la Cordillera a pasar la Nochebuena en su casa, no en el batey, vivo o muerto. Comenzaba a llover, si bien por entonces za. Y el sargento estaba pensando algo. Si él sacaba el cadáver a la carretera, que estaba hacia el poniente, podía llevarlo ese mismo día a Macorís y entregarle ese regalo de Pascuas al capitán; si lo llevaba al batey tendría que coger allí un tren del ingenio para ir a la Romana, y como el tren podría tardar mucho en salir llegaría a la ciudad tarde en la noche, tal vez demasiado tarde para trasladarse a Macorís. En la carretera las cosas son distintas; pasan con frecuencia vehículos, él podría detener un automóvil, hacer bajar la gente y meter el cadáver o subirlo sobre la carga de un camión.
     -¡Búsquese un caballo ya memo que vamo a sacar ese vagabundo a la carretera -dijo dirigiéndose al que tenía más cerca.
     No apareció caballo sino burro; y eso, pasadas ya las cuatro, cuando el aguacero pesado hacía sonar sin descanso los sembrados de caña. El sargento no quería perder tiempo. Varios peones, estorbándose los unos a los otros, colocaron el cadáver atravesado sobre el asno y lo amarraron cómo pudieron. Seguido por dos soldados y tres curiosos a los que escogió para que arrearan el burro, el sargento ordenó la marcha bajo la lluvia.
     No resultó fácil el camino. Tres veces, antes de llegar al primer caserío, el muerto resbaló y quedó colgado bajo el vientre del asno. Éste resoplaba y hacía esfuerzos para trotar entre el barro, que ya empezaba a formarse. Cubiertos sólo con sus sombreros de reglamento al principio, los soldados echaron mano a pedazos de yaguas, a hojas grandes arrancadas a los árboles, o se guarecían en el cañaveral de rato en rato, cuando la lluvia arreciaba más. La lúgubre comitiva anduvo sin cesar la mayor parte del tiempo; en silencio, la voz de un soldado comentaba:
     -Vea ese sinvergüenza.
     O simplemente aludía al cabo Pomares, cuya sangre había sido al fin vengada.
     Oscureció del todo, sin duda más temprano que de costumbre por efectos de la lluvia; y con la oscuridad el camino se hizo más difícil, razón por la cual la marcha se tornó lenta. Serían más de las siete, y apenas llovía entonces, cuando uno de los peones dijo:
     -Allá se ve una lucecita.
     -Sí, del caserío -explicó el sargento; y al instarte urdió un plan del que se sintió enormemente satisfecho. Pues al sargento no le bastaba la muerte de Encarnación Mendoza. El sargento quería algo más. Así, cuando un cuarto de hora después se vio frente a la primera casucha del lugar, ordenó con su áspera voz:
     -Desamarren ese muerto y tírenlo ahí adentro, que no podemo seguir mojándono.
     Decía esto cuando la lluvia era tan escasa que parecía a punto de cesar; y al hablar observaba a los hombres que se afanaban en la tarea de librar el cadáver de cuerdas. Cuando el cuerpo estuvo suelto llamó a la puerta de la casucha justo a tiempo para que la mujer que salió a abrir recibiera sobre los pies, tirado como el de un perro, el cuerpo de Encarnación Mendoza. El muerto estaba empapado en agua, sangre y lodo, y tenía los dientes destrozados por un tiro, lo que le daba a su rostro antes sereno y bondadoso la apariencia de estar haciendo una mueca horrible.
     La mujer miró aquella masa inerte; sus ojos cobraron de golpe la inexpresiva fijeza de la locura; y llevándose una mano a la boca comenzó a retroceder lentamente, hasta que a tres pasos paró y corrió desolada sobre el cadáver al tiempo que gritaba:
     -¡Hay m'shijo, se han quedao güérfano. . . han matao a Encarnación!
     Espantados, atropellándose, los niños salieron de la habitación, lanzándose a las faldas de la madre.
     -Entonces se oyó una voz infantil en la que se confundían llanto y horror:

     -¡Mamá, mi mamá!... ¡Ese fue el muerto que yo vide hoy en el cañaveral.

domingo, 23 de noviembre de 2014

CHEJOV y su cuento "Ganas de dormir".

Antón Chejov

GANAS DE DORMIR
Cuento

Es de noche. La niñera Varka, una muchacha de unos trece años, mece la cuna en la que está acostado el niño y canturrea con voz apenas audible:
Duérmete, niño,
al son de la nana…
Ante el icono arde una lamparilla verde; una cuerda, de la que cuelgan pañales y unos grandes pantalones negros, se extiende de un extremo al otro de la habitación. La lamparilla dibuja en el techo una gran mancha verde, mientras los pañales y los pantalones proyectan largas sombras sobre la estufa, la cuna y Varka. Cuando la lamparilla empieza a parpadear, la mancha y las sombras se animan y se ponen en movimiento, como azuzadas por el viento. El ambiente es sofocante. Huele a sopa de repollo y a material de zapatería.
El niño llora. Hace ya un buen rato que se ha quedado ronco y agotado de tanto llorar, pero sigue chillando y no hay manera de saber cuándo se calmará. Y Varka tiene sueño. Los ojos se le cierran, la cabeza se le dobla, el cuello le duele. No puede mover los párpados ni los labios y tiene la impresión de que su rostro está seco y rígido, de que su cabeza se ha vuelto tan pequeña como la de un alfiler.
-Duérmete, niño -canturrea-, y te prepararé la papilla…
En la estufa canta el grillo. En la habitación contigua, al otro lado de la puerta, roncan el dueño y el aprendiz Afanasi… La cuna emite quejumbrosos chirridos, Varka canturrea y todo se funde en esa música nocturna y adormecedora tan grata de oír cuando se va uno a la cama. Pero en ese momento esa música sólo consigue irritar y enfadar a la muchacha, porque la adormece y ella no debe dormirse; si Varka se quedara dormida, Dios no lo quiera, los dueños la azotarían.
La lamparilla parpadea. La mancha verde y las sombras se ponen en movimiento, se insinúan en los ojos entornados e inmóviles de Varka y se transforman, en su cerebro medio dormido, en nebulosas ensoñaciones. Ve nubes oscuras que se persiguen en el cielo y gritan como el niño. Pero, de pronto, se levanta una ráfaga de viento, las nubes desaparecen y Varka ve una ancha carretera, cubierta de barro líquido, por la que avanzan carros, se arrastran hombres con alforjas al hombro y se desplazan sombras arriba y abajo; a ambos lados, a través de la fría y sombría niebla, se divisan bosques. De pronto, los hombres de las alforjas y las sombras se desploman en el barro líquido.
-¿Por qué hacéis eso? -les pregunta Varka.
-¡Para dormir! -le responden.
Y un sueño profundo y dulce se apodera de ellos, mientras los grajos y las urracas posados en el hilo del telégrafo gritan como el niño y tratan de despertarlos.
-Duérmete, niño, al son de la nana… -canturrea Varka, viéndose ahora en una isba oscura y sofocante.
En el suelo se revuelve su difunto padre Yefim Stepánov. Ella no lo ve, pero oye cómo se retuerce de dolor y gime. Como dice él, “la hernia está haciendo de las suyas”. El dolor es tan intenso que no puede pronunciar palabra y sólo es capaz de aspirar grandes bocanadas de aire y de rechinar los dientes en una especie de redoble de tambor.
-Bu-bu-bu…
Su madre, Pelagueia, ha ido corriendo a la hacienda para decir a los señores que Yefim Stepánovich está muriéndose. Hace tiempo que se ha marchado y ya debería haber regresado. Varka está tumbada sobre la estufa, sin dormir, escuchando el “bu-bu-bu” de su padre. De pronto, se oye el ru mor de un coche que se acerca. Los señores envían a un joven médico de la ciudad que está de visita en su casa. El médico entra en la isba; la oscuridad vela su rostro, pero se le oye toser y abrir la puerta con un chirrido.
-Necesito luz -dice.
-Bu-bu-bu… -responde Yefim.
Pelagueia se precipita sobre la estufa y se pone a buscar el pedazo de barro en donde se guardan las cerillas. Pasa un minuto en silencio. El médico, tras rebuscar en los bolsillos, enciende una de las suyas.
-Ahora mismo, padrecito, ahora mismo -dice Pelagueia; sale corriendo de la isba y vuelve al poco rato con un cabo de vela.
Yefim tiene las mejillas sonrosadas, los ojos acuosos y una mirada especialmente penetrante, que parece atravesar la casa y el médico.
-¿Y bien? ¡Mira que ponerte enfermo! -dice el médico, inclinándose sobre él-. ¡Ah! ¿Hace tiempo que estás así?
-¿Qué? Ha llegado mi hora, excelencia… No saldré de ésta…
-Deja de decir tonterías… ¡Te curarás!
-Como usted diga, excelencia, se lo agradezco humildemente, pero me parece que… Cuando llega la muerte, no se puede hacer nada.
El médico examina a Yefim durante un cuarto de hora; luego se pone en pie y dice:
-No puedo hacer nada… Hay que llevarte al hospital, allí te operarán. Vete enseguida… ¡Vete sin falta! Es algo tarde y en el hospital todo el mundo duerme, pero no importa, te daré una nota. ¿Me oyes?
-¿Y cómo va a ir, padrecito? -pregunta Pelagueia-. No tenemos ningún caballo.
-No importa, se lo pediré a los señores y ellos os lo darán.
El médico se marcha, la vela se apaga y de nuevo se oye: “Bu-bu-bu…”. Al cabo de media hora llega un coche enviado por los señores para llevarlo al hospital. Yefim se prepara y se marcha…
Al poco rato nace una hermosa y despejada mañana de verano. Pelagueia no está en casa: ha ido al hospital para saber qué ha pasado con Yefim. Un niño llora en algún lugar y Varka oye que alguien canta con su propia voz:
-Duérmete, niño, al son de la nana…
Pelagueia regresa; se santigua y susurra:
-Esta noche le pusieron todo en su sitio, pero por la mañana ha entregado el alma a Dios… Que el Señor le conceda el Reino de los Cielos, descanse en paz… Dicen que era demasiado tarde… Habría que haberlo llevado antes…
Varka va al bosque para llorar, pero, de pronto, alguien la golpea en la nuca con tanta violencia que su frente choca con un abedul. Levanta la vista y ve delante de ella a su amo, el zapatero.
-¿Qué haces, sarnosa? -le dice-. ¡El niño está llorando y tú duermes!
Le tira con fuerza de la oreja; ella sacude la cabeza, mece la cuna y entona su canción. La mancha verde, las sombras del pantalón y los pañales se balancean, le hacen guiños y pronto vuelven a apoderarse de su cerebro. De nuevo vislumbra una carretera cubierta de barro líquido. Los hombres de las alforjas al hombro y las sombras se han tumbado y duermen profundamente. Al verlos, Varka siente unos deseos enormes de dormir; de buena gana se iría a la cama, pero su madre Pelagueia camina a su lado y le mete prisa. Ambas se dirigen a buen paso a la ciudad para buscar colocación.
-¡Una limosna, por el amor de Dios! -pide la madre a las personas que le salen al encuentro-. ¡Tengan compasión, buenas gentes!
-¡Dame al niño! -le responde una voz conocida-. ¡Dame al niño! -repite la misma voz, esta vez con enfado e irritación-. ¿Me oyes, miserable?
Varka pega un brinco, mira a su alrededor y comprende lo que sucede: no hay ninguna carretera, Pelagueia no está a su lado, no se cruzan con nadie; en medio de la habitación sólo está el ama, que ha venido a amamantar al pequeño. Mientras el ama, gruesa y de anchas espaldas, da el pecho y calma al niño, Varka, de pie, la mira y espera a que termine. Fuera, el aire se tiñe ya de azul, las sombras y la mancha verde del techo palidecen a ojos vistas. Pronto llegará la mañana.
-¡Toma! -dice el ama, abotonándose la camisa-. Está llorando. Seguro que le han echado mal de ojo.
Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y vuelve a mecerlo. La mancha verde y las sombras desaparecen poco a poco y ya nadie se desliza en su cabeza ni enturbia su cerebro. No obstante, tiene tantas ganas de dormir como antes, ¡unas ganas enormes! Varka apoya la cabeza en el borde de la cuna y se balancea con todo el cuerpo para vencer el sueño, pero los ojos se le cierran y a cada instante siente un peso mayor en la cabeza.
-¡Varka, enciende la estufa! -le grita el amo desde el otro lado de la puerta.
Eso significa que es hora de levantarse y ponerse a trabajar. Varka deja la cuna y va corriendo al cobertizo a por la leña. Se siente contenta. Cuando corre o camina, no tiene tantas ganas de dormir como cuando está sentada. Trae la leña, enciende la estufa y siente que los músculos rígidos de su cara se desentumecen y que sus ideas se aclaran.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
Varka parte unas astillas, pero apenas ha tenido tiempo de encenderlas y ponerlas en el samovar cuando oye una nueva orden:
-¡Varka, limpia los chanclos del amo!
Se sienta en el suelo, limpia los chanclos y piensa en lo agradable que sería apoyar la cabeza en uno de ellos, grande y profundo, y echar una cabezadita… De pronto, el chanclo crece, se hincha y ocupa toda la habitación; Varka suelta el cepillo, pero enseguida sacude la cabeza, abre mucho los ojos y trata de mirar las cosas de manera que no crezcan ni se muevan delante de ella.
-¡Varka, friega la escalera; está tan sucia que da vergüenza cuando viene algún cliente.
Varka friega la escalera, limpia las habitaciones, luego enciende la otra estufa y va corriendo a la tienda. Tiene tanto trabajo que no le queda ni un solo minuto libre.
Pero nada le cansa tanto como estar de pie en un mismo sitio, ante la mesa de la cocina, pelando patatas. La cabeza se inclina sobre la mesa, la patata gira ante sus ojos, el cuchillo se le escapa de las manos, mientras a su alrededor la gruesa y colérica ama, arremangada, va de un lado para otro, hablando tan alto que los oídos le zumban. También le causa mucha fatiga servir la mesa, lavar la ropa, coser. Hay momentos en que siente ganas de tumbarse en el suelo y dormir, sin reparar en nada.
El día pasa. Al ver cómo las ventanas se oscurecen, Varka se aprieta las sienes entumecidas y sonríe sin saber por qué. La neblina de la tarde le acaricia los ojos semicerrados, prometiéndole un sueño próximo y reparador. Por la noche llegan invitados.
-¡Varka, prepara el samovar! -grita el ama.
El samovar de los amos es pequeño, de manera que hay que calentarlo cuatro o cinco veces antes de que los invitados se sacien. Después del te, Varka pasa una hora entera en el mismo sitio, mirando a los invitados y esperando órdenes.
-¡Varka, vete a comprar tres botellas de cerveza!
Ella sale a toda prisa y corre con todas sus fuerzas para ahuyentar el sueño.
-¡Varka, vete por vodka! Varka, ¿en dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia los arenques!
Por fin los invitados se marchan; las luces se apagan y los amos se van a dormir.
-¡Varka, acuna al niño! -oye aún una última orden.
El grillo canta en la estufa; la mancha verde del techo y las sombras del pantalón y los pañales vuelven a deslizarse por los ojos entornados de Varka, haciéndole guiños y enturbiando su cabeza.
-Duérmete, niño -canturrea Varka-, al son de la nana…
El niño chilla hasta no poder más. Varka vuelve a ver una carretera embarrada, hombres con alforjas; reconoce a Pelagueia y a su padre Yefim. Lo entiende todo, reconoce a todo el mundo; sólo una cosa le resulta incomprensible en medio de ese duermevela: la fuerza que le sujeta los brazos y las piernas, la oprime y le impide vivir. Mira a su alrededor, la busca para librarse de ella, pero no la encuentra. Por último, extenuada, haciendo acopio de todas sus energías y aguzando la vista, contempla la mancha verde y parpadeante y, prestando oídos al grito, descubre al enemigo que le impide vivir.
Su enemigo es el niño.
Se ríe. Se sorprende: ¿cómo es posible que no se haya dado cuenta antes de algo tan evidente? La mancha verde, las sombras y el grillo también parecen reír y sorprenderse.
Varka se deja ganar por una alucinación. Se levanta del taburete y, con una amplia sonrisa, sin parpadear, pasea por la habitación. La idea de que en ese mismo instante va a librarse del niño que le inmoviliza los brazos y las piernas, le causa un agradable cosquilleo… Matar al niño y luego dormir, dormir, dormir…
Riendo, haciendo guiños y amenazando a la mancha verde con el dedo, Varka se acerca con sigilo a la cuna y se inclina sobre el niño. Nada más estrangularlo, se tumba en el suelo, riendo de alegría ante la perspectiva del sueño; al cabo de un minuto duerme ya profundamente, como una muerta…

CHEJOV y su cuento "De mal en peor"

En casa de Gradussoff, sochantre de la catedral, se encontraba el abogado Kaliakin que, dando vueltas entre los dedos a un aviso del juez de paz a nombre de Gradussoff, decía:
“Diga usted lo que diga, Dosifey Petrovich, usted es el que tiene la culpa.”
“Yo le respeto y le aprecio, pero con todo el dolor de mi alma he de manifestarle que usted no ha tenido razón. ¡Eso es, usted no ha tenido razón! Usted ha ofendido a mi cliente Dereviachkin… Pero, vamos a ver, ¿por qué le ha ofendido?”
“¡Qué ofensas ni qué demonios!” gritó acalorado Gradussoff, anciano alto, de frente estrecha poco prometedora, cejas espesas y una medalla de bronce en el ojal. “Yo lo que hice fue leerle la cartilla de la moralidad. ¡A los necios hay que enseñarles! Porque si no se les enseña no nos dejarán pasar por la calle…”
“Pero, Dosifey Petrovich, usted lo que ha hecho no ha sido instruirle precisamente. Usted, según él manifiesta en su denuncia, le ha ofendido públicamente llamándole burro, canalla, etcétera…, y hasta una vez, intentó levantarle la mano como si deseara maltratarle de obra.”
“¿Cómo no pegarle, si lo merece? ¡No lo entiendo!”
“¡Comprenda que no tiene usted ningún derecho para hacerlo!”
“¿Que no tengo derecho? ¡Vamos, perdóneme!… ¡Vaya usted a contárselo a cualquier otro y a mí no me maree más, hágame el favor! Él, después de haber sido echado a puntapiés del coro episcopal, pasó al mío y allí lo he tenido diez años. ¡Yo soy su bienhechor, para que lo sepa usted! Y si se ha enfadado porque le he echado del coro, él mismo es el culpable. Le he echado por su afán de filosofar. Filosofar es propio solamente de individuos instruidos que han estudiado en la Universidad. ¡Pero si él es un estúpido, de una inteligencia cortísima! Así, métete en un rincón y cállate… Calla y escucha cómo hablan los hombres inteligentes.”
Pero el gran badulaque siempre procuraba meterse en filosofías. Estaban cantando o diciendo misa y él hablaba de Bismarck o de yo no sé qué Gladstone.
“¡Querrá usted creer…, el canalla se ha suscrito a un periódico! ¡Y cuántas veces le hice cerrar a puñetazos la boca por la guerra ruso—turca! ¡No se lo puede usted figurar!”
“Teníamos que cantar y él se inclinaba a los tenores, y venga a contarles cómo los nuestros habían echado a pique con dinamita el acorazado Liufti-Gelil… “¿Acaso esto es orden? Naturalmente, es muy agradable que los nuestros hayan vencido, pero esto no quiere decir que no haya que cantar.”
“Después de la misa puedes hablar todo lo que quieras.” En una palabra: es un cerdo.
“¿De modo que usted también le ofendía antes?”
“Antes no se quejaba. Se daba cuenta de que lo hacía por su bien. Lo comprendía… Sabía que no se podía contradecir a los mayores ni a los bienhechores, pero en cuanto entró de escribiente en la Policía, ¡adiós!”, empezó a darse tono y dejó de comprender las cosas. “¡Yo”, dice “no soy ahora cantor, soy un funcionario! ¡Me voy a preparar para registrador!” “¡Pedazo de animal!”, le dije “filosofa menos y límpiate las narices con más frecuencia: eso te será mucho más provechoso que soñar con los títulos… A ti”, le dije “no te sientan bien los grados, sino la pobreza. ¡Ni oír quiso!”
“Veamos, por ejemplo, este caso: ¿Por qué me ha llamado el juez de paz?…
“¿Ve usted qué cafre?” Estaba yo en la taberna de Samoplinyeff, tomando el té con nuestro jefe de aldea. Todo estaba lleno, no había un solo sitio libre… Miro y me encuentro con que él estaba también allí, con otros escribientes, atiborrándose de cerveza. Iba hecho un elegante. Levantó su hocico y gritó, gesticulando con los brazos… Yo me puse a escuchar…
Hablaba del cólera. “¿Qué le parece a usted? ¡Filosofando! Yo, ¿sabe usted?, me callaba, soportándole…” Charla, charla —pensaba yo—, la lengua no tiene huesos…”De pronto, por desgracia, comenzó a sonar la música de la máquina… Entonces, aquel cafre se puso sentimental, se levantó y dejó a sus amigos:
“¡Bebamos —dijo— por el progreso!… Yo —dijo— soy hijo de mi patria y soy eslavófilo. ¡Daré mi único pecho por ella! ¡Salid, enemigos!
“¡El que no esté de acuerdo conmigo, que salga!” Y dio un puñetazo en la mesa. Entonces, yo no pude contenerme más, me acerqué a él y le dije con toda la delicadeza posible: “Oye, Osip… Si eres un cerdo y no entiendes absolutamente nada, vale más que te calles y no te pongas metafísico. Un hombre instruido puede hacerlo, pero tú no: tú eres la escoria, la ceniza…”. Yo le decía una palabra y él me contestaba diez… Entonces se armó allí un jaleo. Yo, naturalmente, lo hacía por su bien, y él me contestaba porque es tonto… Se ofendió, y ahí lo tiene usted: me ha denunciado ante el juez de paz…
—Sí —dijo suspirando Kaliakin—. Eso está muy mal… Por tonterías como ésas, el demonio sabe lo que puede resultar. Usted es un hombre con familia, respetable, y no le benefician en nada estos chismes, causas y arrestos…
—¡Hay que acabar con este asunto, Dosifey Petrovich! Tiene usted un recurso, con el cual está también conforme Dereviachkin. Usted va a venir hoy conmigo, a las seis de la tarde, a la taberna de Samoplinyeff, donde se reúnen los escribientes, los actores y otras gentes, delante de los cuales le ha ofendido usted, y ante ellos le pedirá usted perdón… Entonces él retirará su denuncia. ¿Ha comprendido? Supongo que aceptará usted, Dosifey Petrovich… ¡Se lo digo como amigo!… Usted ha ofendido a Derevjachkin…
—Le ha puesto de vuelta y media, y sobre todo ha dudado de sus sentimientos meritorios, y hasta… los ha profanado. En nuestros tiempos, ¿sabe usted?, no se puede hacer esto. Hay que tener mucho cuidado. En sus palabras hay un cierto matiz…, ¿cómo diría yo? que en nuestros tiempos…, en una palabra: no es… Ahora son las seis menos cuarto: ¿quiere usted venir conmigo?
Gradussoff movió la cabeza negativamente, pero cuando Kaliakin le pintó con vivos colores el “matiz” de sus palabras, añadiendo que ese matiz podía tener consecuencias, Gradussoff se acobardó y aceptó.
—¡Pero fíjese bien!… Pídale perdón como es debido, con buenas formas – le decía el abogado, instruyéndole cuando iban a la taberna—. Lléguese a él y pídale perdón, tratándole de “usted”… “Perdóneme usted… Retiro mis palabras”, etcétera, etcétera…
Al llegar a la taberna, Gradussoff y Kaliakin la encontraron llena de gente.
Había comerciantes, actores, funcionarios, escribientes de Policía, y en general toda la gentuza que tenía costumbre de reunirse por las noches en la taberna para tomar té o cerveza. Entre los escribientes se hallaba el propio Dereviachkin, joven, de edad indeterminada, ojos grandes e inmóviles, nariz aplastada y cabellos tan ásperos que al mirarlos entraban ganas de cepillarse las botas… Su rostro tenía una expresión tan feliz que con verle una sola vez podía uno enterarse de todo: de que era un borracho, de que cantaba con voz de bajo y de que era tonto, pero no tanto que se considerase hombre inteligente.
Al ver entrar al sochantre, se levantó e hizo unas muecas como si moviese el bigote. El público que, por lo visto, estaba prevenido de la pública retractación, prestó oídos.
—Aquí… el señor Gradussoff está conforme! —dijo Kaliakin entrando.
El sochantre saludó a unos cuantos, se sonó con estrépito, se ruborizó y se acercó a Dereviachkin.
—Perdone usted… —balbuceó sin mirarle, metiéndose el pañuelo en el bolsillo—. Retiro mis palabras delante de todo el público.
—Le perdono —exclamó Dereviachkin con su voz de bajo, lanzando una mirada de triunfo sobre el gentío y sentándose —. ¡Estoy satisfecho!. Señor abogado, le ruego que retire mi denuncia.
—Me excuso —prosiguió Gradussoff—. Perdone usted. No me agradan los disgustos… ¿Quieres que te hable de “usted”? Como quieras… ¿Deseas que te considere un hombre inteligente? Pues ya está… ¡Me importa un comino! Yo, hermano, no soy rencoroso, el demonio te lleve…
—¡Ea! ¡Permítame! Usted excúsese, pero no insulte…
—¿Pero cómo quieres que me excuse? ¿No lo estoy haciendo? ¿Tal vez porque no te doy el “usted”? Pues es porque se me ha olvidado… ¿Que me ponga de rodillas?… Me excuso y hasta doy gracias a Dios de que hayas tenido un poco de seso para terminar con este asunto. Yo no tengo tiempo para rodar por los juzgados… Nunca he pleiteado ni me pondré a pleitear… ni a ti tampoco te lo aconsejo… Es decir, a usted…
—¡Naturalmente! ¿No desea usted tomar algo en señal de paz?
—Sí, ¿por qué no?… Sólo que tú, hermano Osip, eres un cerdo… Esto te lo digo no por insultarte, sino, así… por ponerte un ejemplo… ¡Eres un cerdo, hermano! ¿Te acuerdas de cómo te arrastrabas a mis pies cuando te echaron del coro episcopal? ¿Eh? ¡Y ahora te atreves a denunciar a tu bienhechor! ¡Hocico de cerdo! ¡Marrano! ¿No te da vergüenza? Señores parroquianos: ¡Y no le da vergüenza!
—¡Permítame usted! Resulta que me está usted insultando otra vez…
—¿,Qué insultos?… Te lo digo para enseñarte… Hemos hecho las paces y por última vez te digo que no pienso insultarte… ¿Meterme yo otra vez contigo después de que tú has denunciado a tu bienhechor? ¡Vete al diablo! ¡No quiero ni hablar contigo! Y si acabo de decirte que eres un cochino es…porque lo eres… En lugar de pedir eternamente a Dios por tu bienhechor, que durante diez años te ha dado de comer y te ha enseñado la música, vas a denunciarle y me envías a estos abogadillos del demonio…
—¡Oiga usted, Dosifey Petrovich! —dijo Kaliakin ofendido—. En su casa he estado yo, pero no ningún demonio… ¡Tenga usted un poco más de cuidado, se lo ruego!…
—¿Acaso me he referido a usted? Vaya usted a mi casa aunque sea todos los días… Unicamente me asombra ver cómo usted, que ha cursado estudios y que es una persona instruida, en lugar de enseñar a este pavo le ayuda en contra mía… Yo, en su lugar, le metería en la cárcel… Y luego, ¿por qué se enfada usted? ¿No me he excusado? Pues ¿qué más quiere? ¡No lo entiendo! ¡
—Señores parroquianos: ¡ustedes serán testigos de que yo me he excusado y no he de hacerlo por segunda vez ante un imbécil como éste!
—¡El imbécil es usted! —exclamó roncamente Osip, dándose, lleno de indignación, un puñetazo en el pecho.
—¿Yo imbécil? ¿Yo? ¿Y me lo dices tú?…
Gradussoff se puso rojo y comenzó a temblar.
—¿Y tú te has atrevido…? Pues ¡toma! —gritó, al mismo tiempo que le lanzaba un escupitajo—. ¡Y encima de escupirte, canalla, te denunciaré al juez de paz! ¡Ya te enseñaré a ofender! Señores, sean ustedes testigos…
—Señor teniente de Policía: ¿cómo está usted ahí mirando? A mí me están ofendiendo y usted se queda tan tranquilo. Ustedes cobran buen sueldo, pero en cuanto hay que cuidar del orden ya no es cosa de ustedes, ¿eh? Acaso se creen que no hay justicia para ustedes.
El teniente de Policía se acercó a Gradussoff y se produjo un escándalo.
Al cabo de una semana Gradussoff comparecía ante el juez de paz, acusado de haber ofendido a Dereviachkin, al abogado y al teniente de Policía; a este último en acto de servicio. Al principio no comprendía si estaba allí como acusador o como acusado; luego, cuando el juez de paz le condenó a dos meses de arresto, se sonrió amargamente y gruñó: “¡Hum!… A mí me han ofendido y encima tengo que ir a la cárcel… ¡Qué cosa tan extraña!… Hay que juzgar según la ley, señor juez de paz y no hacer lo que uno quiere… Su difunta madrecita, Bárbara Sergueyevfla, que en paz descanse, mandaba dar de vergajazos a tipos como Osip, y usted los defiende… ¿Qué va a resultar de todo esto?… Usted los absuelve, otro hace lo mismo… Entonces, ¿dónde podremos ir a quejamos?”.
—La sentencia puede ser apelada en el término de dos semanas… Y le suplico que no discuta… ¡Puede usted retirarse!
—¡Naturalmente!… En estos tiempos no se puede vivir totalmente con el sueldo —dijo Gradussoff guiñando significativamente un ojo—. Si uno quiere comer se mete a un inocente en la cárcel…
—Eso es!… Y no se puede protestar de nada…
—¡Nada!… Eso… No tiene importancia… ¿Usted cree que porque lleve la cadena de oro no hay justicia que pueda con usted? Pierda cuidado… ¡Lo pondré todo en claro!
El asunto se complicó por haber ofendido también al juez, pero intervino el arcipreste y todo se arregló.
Al pasar la causa a la Audiencia, Gradussoff estaba convencido de que no solamente le absolverían, sino de que meterían a Osip en la cárcel. Así lo pensaba hasta el momento de celebrarse la vista. Cuando se encontraba ante los jueces se portaba pacíficamente, sin decir ni una palabra de más. Sólo una vez, cuando el presidente le dijo que se sentara, se ofendió y exclamó:
—¿Acaso está escrito en las leyes que un sochantre se siente al lado de sus cantores subalternos?
Cuando la Audiencia confirmó la sentencia del juez de paz, Gradussoff entornó los ojos…
—¿Cóomo? ¿Qué-e?… —preguntó—. ¿Cómo entender eso? ¿A qué se refiere usted?
—La Audiencia confirma la sentencia del juez de paz. Si no está conforme, acuda al Tribunal Supremo.
—¡Muy bien! ¡Muchísimas gracias, excelencia, por juicio tan rápido y justo!. Naturalmente, sólo con un sueldo no se puede vivir: lo comprendo perfectamente; pero perdonen ustedes: ya encontraremos un tribunal que no se deje sobornar…
No voy a relatar todo lo que Gradussoff le dijo a la Audiencia. Actualmente está acusado por insultar a los magistrados y ni siquiera presta atención cuando sus amigos intentan explicarle que tan sólo él es culpable… Está persuadido de su inocencia y cree que tarde o temprano le darán las gracias por haber descubierto graves abusos.
—¡No se puede hacer nada con este tonto!… —dijo el párroco, haciendo con el brazo un movimiento de desesperación—. ¡No entiende nada!