viernes, 27 de junio de 2014

EL RELOJ, Cuento de Pío Baroja

Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.
Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.
Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera. Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.
Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento. En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.
«¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.
¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico. En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.
-Tú también -le decía al cantor de la noche- vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.
Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra. Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.
Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.

Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.

martes, 24 de junio de 2014

ULISES VALENCIA, POETA



     Nació en Lima en 1947. Desde muy niño tuvo inclinaciones literarias. Ingresó a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos  a la Facultad de Ingeniería Química y posteriormente la abandonó.
     Ulises Valencia abraza con suma pasión e intenso amor el oficio de poeta. Es una persona sencilla y la humildad se le sale hasta por los poros de la piel. Es de poca palabra y la tristeza tiene dibujada en su rostro. Valencia nació para ser poeta y asume con responsabilidad el arte que tanto ama. Es el obrero incansable de la palabra. Tiene en su haber una rica y abundante producción poética: Un abismo de luces, 1983; Intensidad, 1985; Estaciones, 1989; Rambla, 1992;  Tiempo, 1995; Como el mar crece tu recuerdo, 1997; Nido de sierpes, 2004; Como una fiesta, 2006; Luego, cuando reinó el silencio, 2014. Ulises Valencia transita con suma humildad el camino espinoso de la poesía.
                                     Rafael Alvarado Castillo
Lima, 20 de junio de 2014. 


JUAN VILLENA ZÁRATE, en "Jueves de Poesía y Narrativa", 26 de junio 2014

ASOCIACIÓN DE LA CÁMARA POPULAR  DE LIBREROS
36 AÑOS AL SERVICIO DE LA CULTURA Y EL ARTE

Programa literario
“JUEVES DE POESÍA Y NARRATIVA”
  
26 de junio 2014  -   5.00 pm.

Sala de Lectura “Mario Vargas Llosa”  Jr. Amazonas 401 - Lima

Presenta:
El libro “Ojos de chocoloque”

del  novelista Juan Villena Zárate

GUSTAVO ARMIJOS y sus poemas.



SUPERMERCADO
La luz remoja mi vida como ramos de flores en el horizonte
y  te lames desolada en un pequeño supermercado de Plaza Manco  Cápac.
De nuevo, parezco revivir entre lechugas y hortalizas
desordenadas  palabras en un cuento de hospital marginal
cuando invento un sueño ridículo como erupción volcánica
entrecierra sus manos para atrapar el dinero
y  cierras tus ojos de golondrina que ahueca el horizonte.
Estás solitaria en medio del gentío
más allá del universo que no entiende
el paso de tus días bordados en el alma.

MALESA
La seca maleza caída sobre el agua estancada
y árboles a lo largo de todo el sinuoso camino.
Los objetos que parecen estatuas inmóviles
empezamos a despertar arrebatados ante el sol turbulento.
Primero miro y luego invento el chasquido del viento
para lavar la belleza de la mujer que un día amé.
Un gato apaleado por el canto de aves cantoras
cuando ya no cae el granizo de la nieve de la quietud
mostrando una falsedad llena de avaricias
la hermosa arquitectura del abedul me detiene

analizo los pasos de un geómetra y me voy con  impetuoso lamento.

lunes, 23 de junio de 2014

WILLY GÓMEZ MIGLIARO y su poema "La mirada atrás"

Poeta Willy Gómez, leyendo sus poemas

LA MIRADA ATRÁS

Recojo los caracoles que se detienen en el garaje de la casa de M
Marco en el calendario
                                 los días de llegada de cada una de estas babosas.
                         Contribuyo al negocio de M
                         y busco más de estos animales. Baba de caracol
para las arrugas, baba de caracol para los dolores musculares,
baba de caracol
                            para tus huesos débiles por el tabaco. Ah
                            el animal cura, mi gran amor, y no lo sabía.
              Ahora yacen dispuestos sobre las verjas
                                             y también
sobre la caja de herramientas que ha olvidado mi suegra.
Suenan mis oídos con el sonido que hace mi cuñado A
                       al martillar el tubo de escape de su camioneta blanca.
Desisto, por un momento, de mi rutina
y comunico a mis inquilinos, a través del teléfono,
el nuevo pago de alquiler.
La caminata me envuelve de tiempos,
y es como si creara una ausencia de pistas transponiendo otros barrios.
La tarde apenas quiere terminar.
    Mis vecinos me esperan, voy al rescate de ellos
que se conducen con seguridad a firmar los documentos de alquiler.
Agarrada a su perro, la Sra. S cree mover la mano de sus pensamientos
para no quedar desamparada;
el Sr. R aprovecha para hablar de abrigos y ternos a un precio cómodo
y no puede convencerme de confeccionar uno para mí;
V confiesa que no tiene dinero. Ya nadie tiene dinero, dice,
para quines venimos de provincia es difícil conseguir dinero;
J recibe con gratitud un contrato del banco.
Pronto estará afuera, tímidamente en la lluvia,
recordándome a su padre cuando salía de la imprenta
de la calle Daniel Nieto
en el Callao
e iba hacia <>.
¿Cuáles?
        Me explica.
Todo fue a pedir de boca cuando los niños se quedaron solos
                                 y mi padre no apoyó a los obreros gráficos
y vino la traición de C que ya no podía seguir callando.
Cuando regresé de comprar gasolina para el carro de B,
encontré a mi padre con los brazos ensangrentados en la habitación de E.
B lloraba.
B llora, hasta ahora,
las decapitaciones de su cuerpo que nosotros no supimos limpiar.
Es cierto, J  -pienso-
cada día crece una familia espléndida en la tragedia.
Pero también es cierto el aprendizaje de la limpieza
como dicen que hizo Rodolfo
y no para la felicidad sino para la salud. 
J me hace daño cuando habla,
nunca avizoro un signo de palabras felices en su vida. Debo irme.
                             Se amarilla la piel de los enfermos en Lima. Los veo
en los bancos, en las escuelas y en las calles. Se mueren finalmente
   con destellos de tristeza en los ojos.
Ahora hay una distancia entre ellos y yo, entre la conversación
de mis inquilinos y la sombría decisión de los sobrevivientes,
entre el negocio de caracoles de M que hecha luces
        y mi forma de contribuir a un film oscuro.
Fumo un cigarro premier camino a casa. Cuídate de los perros, me digo, 
en la siguiente calle o toma otro camino
y ya no regreses. Ya no regreses ahí.

sábado, 21 de junio de 2014

RAÚL GÁLVEZ CUÉLLAR, en "Jueves de Poesía y Narrativa", 19 de junio 2014

    El 19 de junio se presentó la novela “Yerbabuena” del poeta, escritor, crítico literario y ensayista en el programa literario “Jueves de Poesía y Narrativa”  de la Cámara Popular de Libreros (Feria del Libro de Amazonas de Lima).
     La presentación del libro estuvo a cargo de la profesora, poeta y cuentista Zoraida Margarito Guadalupe quien resaltó las cualidades de la obra literaria y de la pluma del autor.
     El doctor Raúl Gálvez Cuéllar es abogado y  ex-magistrado. Ex-catedrático de Filosofía, de Derecho y Lingüística.  Varias de sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán, catalán y ruso. Tiene una gran producción literaria: “Veinte cuentos”, “Santo Domingo y veinte cuentos”, “Cincuenta años”, “Aleteos”, “Cuentos para sonreír”,  “Arte regresivo”, “Colección de cuentos” (1,2,3), “Cuentos cortos”, “Gato egipcio” novela y “Yerbabuena”, novela.
     En homenaje a la obra literaria, el poeta Orlando Ordóñez Santos leyó su poema “Yerbabuenita”.
                              
                                                Rafael Alvarado Castillo

Lima, 20 de junio de 2014.   

ORLANDO ORDÓÑEZ SANTOS Y SU POEMA "YERBABUENITA"


Poeta Orlando Ordóñez Santos leyendo un poema

YERBABUENITA

Y te llamaron yerbabuena
porque así eres, siempre apacible
en tu cobijo casi a ocultas
en la misma vera de los arroyos
donde menos importa las maldades.

Sabia simbosis, toda tu existencia
gama del verde, destellan tus hojas
como si fuera esperanza desesperada
jugueteando copiosa con el caudal
desigual cuando las lluvias o el estío.

Te persiguen tus voraces verdugos
sólo por tu aroma, aroma singular
que trastoca no sólo al paladar
sino a todo el engranaje vertical
del inefable circuito y arquitectura alimental.

Eres blonda calada, celosa
guardiana de límpidas melodías
del apresurado reptar de cristales
derramando sinfonías jamás oídas, esas
que solo puede percibir la absoluta soledad.

Yerbabuenita indefensa e inerme
si algún día otros caminantes
detuvieran su cansancio sólo para solazarse
de tu encanto, di que el mundo aún
es hermoso pese a las incomprensiones.