lunes, 23 de julio de 2012

LA AGONÍA DE RASU ÑITI (Cuento completo) YSU FICHA DE LECTURA


     

Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio.
     Tenía un troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.
     El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la casca de Saño ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ (*)  “Rasu-ñiti”.
     Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras.
     Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.
     La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.
     -Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? –preguntó el mayor.
     -¡Es tu padre –dijo la mujer.
     Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.
     Corrieron las tres mujeres a la parte de la habitación.
   “Rasu Ñiti” se estaba vistiendo.  Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.
     -¡Esposo! ¿Te despides? –preguntó la mujer respetuosamente, desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaban temblorosas.
     -El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Que vayan ellas!
     Corrieron las dos muchachas.
     La mujer se acercó al marido.
     -Bueno. “Wamani” (*) Dios montaña que se presenta en figura de cóndor) está hablando! –dijo él. Tú no puedes oír. Me hablas directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme pantalón. ¿A dónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
     -Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
     Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas moscas negras.
     -Tardará aún la chiririnka (*) (mosca azul)  que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza, porque voy a estar bailando.
     Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en los hombros de su mujer.  Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas faldas de la montera, entre  cintas labradas, brillaban espejos en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda de bailarín, caía desde el sombrero una rama de cintas de varios colores.
     La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco  le cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayba, el gran dansak’ “Rasu-Ñiti” cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares de pueblos.
     -¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? –preguntó el bailarín a su mujer.
     Ella levantó la cabeza.
     -Está –dijo-. Está tranquilo.
     -¿De qué color es?
     -Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
     -Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis (paquetes) de maíz del corredor! ¡Anda!
     La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve, ni la tierra blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que juega, tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer los fue bajando, rápida pero ceremonialmente.
     Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín.
     Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor. Fueron a ver después al padre. Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la rigidez de los músculos.
     -¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? –preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.
     Las tres lo contemplaban, quietas.
     -¿Lo ves?
     -No –dijo la mayor.
     -No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
     -¿Oye el galope del caballo del patrón?
     -Sí oye –contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había pronunciado las palabras en voz bajísima-. ¡Sí oye! También lo que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti. Oye también el crecimiento de nuestro Dios que va a tragar los ojos de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borrego!
     Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la fina voz del acero era profunda.
     -El Wamani me avisa. ¡Ya vienen –dijo.
     -¿Oyes,  hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está obedeciendo.
     Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende del ritmo, de la orquesta y del “espíritu” que protege al dansak’.


Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.
     Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre “Untu” aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se mecía contra la sombra de la gran montaña. La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los militares de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la ventana de la torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó luego. Desde dentro de la torre se oía el canto de las tijeras; el bailarín iría buscando a tientas las gradas en el lóbrego túnel. Ya no volverá a cantar el mundo en esa forma. Todo constreñido, fulgurando en dos hojas de acero. Las palomas y otros pájaros que dormían en el gran eucalipto, recuerdo que cantaron mientras el  padre “Untu” se balanceaba en el aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y a la figura del dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente, parece, lo orna, le da el jugo vivo a su señor.
    El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el “espíritu” de una montaña (Wamani) ; de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y “condenados” en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizá sólo un pájaro,  o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas  y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakakllo, el chusek o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.
     “Rasu-Ñiti era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve eterna. Él, a esa hora, le había envía ya su “espíritu” un cóndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.
      Llegó “Lurucha”, el arpista del dansak’, tocando; le seguía Don Pascual, el violinista. Pero el “Lurucha” comandaba siempre el dúo. Con su uña de acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o las hacía gemir sangre en los pasos tristes que tienen también las danzas.
     Tras de los músicos marchaba un joven: “Atok’ sayku” el discípulo de “Rasu-Ñiti”. También se había vestido. Pero no tocaba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha.  ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero lloraba para adentro. Todos lo notaban.
     “Rasu-Ñiti” vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los músicos venía un pequeño grupo de gente.
     -¿Ves, “Lurucha” al Wamani? –preguntó el dansak’ desde la habitación.
     -Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
     -¡”Atok’ sayku”! ¿Lo ves?
     El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.
     -Aletea no más. No lo veo bien, padre.
     -¿Aletea?
     -Sí, maestro.
     -Está bien. “Atok’ sayku” (*) (Que cansa al zorro) joven.
     -Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! –le dijo al arpista.
     “Lurucha” tocó el jaykuy (entrada) y cambió en seguida al sisi nina (fuego hormiga), otro paso de la danza.
     “Rasu-Ñiti” bailó tambaleándose un poco. El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el rayo de sol. “Rasu-Ñiti” ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin fervor, casi tranquilo el jaykuy; en el sisi nina sus pies se avivaron.
     -¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando –dijo “Atok’sayku”, mirando la cabeza del bailarín.
     Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a henchirse como de una cargazón de viento; el dansak’ renacía. Pero su cara, enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía mejor el ritmo de la danza. “Lurucha había pegado el rostro al arco del arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era sólo de las cuerdas y de la madera.
     -¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! –dijo con voz fuerte del bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de la bocado un loro.
     Se le paralizó una pierna.
     -¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! –exclamó la mujer del dansak’ porque sintió que su hijo menor temblaba.
     El arpista cambió la danza al tono del Waqtay (la lucha). Rasu-Ñiti hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba como en abstracto; sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.
     -El Dios está creciendo. ¡Matará al caballo! –dijo.
     Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.
     ¡”Lurucha”! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz blanco. De mi pecho sale su tonada. De mi cabeza.
     Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.
     Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de chichería en los meses de viento.
     “Lurucha” que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.
     El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
     La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.
     “Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia.  ¿Por qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del yawar mayu este que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha” aquietó el endiablado ritmo de este paso de la danza.  Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras lluvias; ríos de las proximidades de la selva que marchan, también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran,  indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de los abismos les dan silencio.
          “Rasu-Ñiti” seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó sin control, hasta tocarla tierra.
       Entonces “Rasu-Ñiti” se echó de espaldas.
      -¡El Wamani aletea sobre su frente! –dijo “Atok’ sayu”.
     -Ya nadie más que él lo mira –dijo entre sí la esposa- Yo ya no lo veo.
     “Lurucha” avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de tripa. Pudo oirse entonces el canto del violín más claramente.
      A la hija menor  le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que los dedos de su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta el techo. El padre tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte que había en el suelo.
     “Atok sayku” se separó un pequeñísimo espacio, de los músicos: La esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué iba a suceder luego? No les había ordenado que salieran afuera.
     -¡El Wamani estaba ya sobre el corazón! –exclamó “Atok sayku”, mirando.
     “Rasu-Ñiti” dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y los ojos.
    El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco y el violín colgándole de las manos.
     “Rasu-Ñiti” movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor seguía atacada por el ansia de cantar como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido. ¡Pero igual en violencia!
     Duró largo, mucho tiempo, el illapa vivon. “Lurucha” cambiaba la melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al maestro. La danzante llama que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa, seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los ojos del dansak’ pero lo seguía. Es que Lurucha estaba hecho de maíz blanco según el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos del músico funcionaban juntos; esa música hizo detenerse a las hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido sólo alguien percibe. Esta vez era por el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ toda la vida, cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
     “Rasu-Ñiti” cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le alumbraba con sus espejos.
     “Atok’ sayu” saltó junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos lo estaban mirando. “Lurucha tocó el lucero kanchi (alumbrar de las estrellas), del wallpa wak’ay (canto del gallo) con que empezaban las competencias de los dansak’, a la media noche.
     -¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi techo! Aleteando! –dijo el nuevo dansak’.
     Nadie se movió.
     Era él, el padre “Rasu-Ñiti”, renacido, con tendones de bestia tierna y el fuego del wamani, su corriente de siglos aleteando.
     “Lurucha” inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos. “Atok’ sayu” los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos, su pañuelo, sus espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’; dansak’ nacido.
     -¡Está bien! –dijo “Lurucha” -. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del medio día en el nevado, brillando.
     -¡No lo veo! –dijo la esposa del bailarín.
     -Enterraremos mañana al oscurecer al padre “Rasu-Ñiti”.
     -No muerto. ¡Ajajayllas! –exclamó la hija menor-. No muerto. ¡El mismo! ¡Bailando!
      “Lurucha” miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.
     -¡Cóndor necesita paloma! ¡¡Paloma,pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere –le dijo.
     -Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.
                                                                                        (José María Arguedas)

FICHA DE LECTURA
ANÁLISIS LITERARIO DE LA OBRA
1.-Obra………………………………………………………………………………….
2.-Autor…………………………………………………………………………………
3.-Género literario………………………………………………………………........
4.-Especie literaria …………………………………………………………………...
5.-Forma de composición…………………………………………………………..
6.-Escuela literaria……………………………………………………………………
7.- Época……………………………………………………………………………….
8.- Localización del texto literario…………………………………………………
9.- La estructura de la obra…………………………………………………………
10.- Los personajes principales……………………………………………………
11.- Los personajes secundarios………………………………………………….
…………………………………………………………………………………………...
12.- Ambiente(s)……………………………………………………………………….
13.- Acciones  principales……………………………………………………………
……………………………………………………………………………………….......
……………………………………………………………………………………….......
14.-Tiempo……………………………………………………………………………..
15.- Tipos de narrador…………………………………………………………….....
16.-Tema central………………………………………………………………….......
17.- Argumento……………………………………………………………………….
……………………………………………………………………………………….......
……………………………………………………………………………………….......
……………………………………………………………………………………...........
…………………………………………………………………………………………..
18.- Estilo del autor…………………………………………………………………..
…………………………………………………………………………………………..
…………………………………………………………………………………………..
19.-Apreciación personal sobre la obra………………………………………….
…………………………………………………………………………………………..
…………………………………………………………………………………………..
20.- Mensaje de la obra:…………………………………………………………….
…………………………………………………………………………………………..
…………………………………………………………………………………………..

Lima. 16 de julio de 2012          Rafael Alvarado Castillo

USHANAN JAMPI (cuento completo) Y SU FICHA DE LECTURA




La plaza de Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran acto de justicia a la que se había convocado la víspera, solemnemente.
     Se habían suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos. Allí estaban el jornalero, poncho al hombro, sonriendo con sonrisa idiota, ante la frase intencionada de los corros; el pastor greñudo de de pantorrillas bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela tímida y pulcra de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja regañona, haciendo perinolear al aire el huso mientras barcotea un rosario interminable de conjuros, y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda gacha y capa cónica tiritando al abrigo de un ilusorio ponchito que apenas le llega al vértice de los codos.
     Y por entre esa multitud, los perros, unos perros de color ámbar sucio, hoscos, de cabeza angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos hirsutos, miradas de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas yendo y viniendo incesantemente, olfateando a las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida, lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
     Se trataba de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus miembros. Conce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de un castigo pronto y ejemplar.
     Al pleno sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con una macicez de mueble incaico, el gran concejo de los yayas, constituido en tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que parecían tascar un freno  invisible.
     De pronto los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca de la masticación, limpiáronse en un pase de manos de las bocas espumosas y el viejo Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:
   -Ya hemos cachado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora bebamos para hacerlo mejor.
     Y todos servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de chacta.     
     -Que traigan  a Conce Maille –ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de beber.
     Y, repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció ante el  Tribunal un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que parecía desdeñar las lujurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones de indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte señorial que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran simpatía la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la fuerza.
     -¡Suéltenlo! –exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
     Una vez libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza, desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
     -José Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste su vaca y que y que has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?
     -¡Verdad! Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
     -¿Por qué entonces no te quejaste?
     -Porque yo no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
     -Los yayas no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su derecho.
     Ponciano al verse aludido, intervino:
     -Maille está mintiendo, taita. El toro que dice que yo le robé se lo compré a Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
     -Verdad,  taita –contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
     -¡Perro! –gritó  Maille, encarándose ferozmente a Huaylas-. Tan ladrón tú como Ponciano. Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.
      Ante la imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe del tribunal, más inalterable que nunca, después de imponer silencio con gesto imperioso dijo:
     -Conce Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
     Y dirigiéndose al agraviado José Ponciano, que desde uno de los extremos de la mesa, miraba torvamente a Maille, añadió:
     -¿En cuánto estimas tu vaca, Ponciano?
     -Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
     En vista de estas respuestas el presidente se dirigió al público en esta forma:
     -¿Quién conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
     Muchas voces contestaron a un tiempo que la conocían y que podría costar realmente los treinta soles que le había fijado su dueño.
     -¿Has oído, Maille? –dijo el presidente al aludido.
     -He oído, pero no tengo dinero para pagar.
     -¡Tienes ganado, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupán inmediatamente y para siempre. La primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que enmendaras y volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlas de yaachisum.  La segunda vez tratamos de ponerle bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achusun, pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente… Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte y aplicarte el jirarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanam-jampi. ¿Has oído bien Conce Maille?
     Maille se encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui que, por milagro había conservado en la persecución y sacado un poco de coca se puso a chacchar lentamente.
     El presidente de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado, dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
     -Compañeros, este hombre que está delante de nosotros es Conce Maille, acusado por tercera vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido, no ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
     -Botarlo de aquí, aplicarle jirarishum,  - contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar mudos e impasibles.
     -¿Has oído Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien; pero no lo has querido. Caiga sobre ti el jirarishum.
     Después levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la empleada hasta entonces.
     -Este hombre que ven aquí es Conce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras cualquiera de los presentes podrá matarlo. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y sígannos
     Y los yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza, atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en medio de un imponente silencio. Hasta los perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad del acto.
     Después de un cuarto de hora de marcha por  senderos abruptos, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde y la extraña procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de las de Obas.
     -¡Suelten a ese hombre! –exclamó el yaya de la vara.
     -Y dirigiéndose al reo:
     -Conce Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras porque nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las cosechas y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate para siempre de aquí.
     Maille volvió la cara hacia la multitud que con gesto de asco e indignación, más afligido que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese desprecio que sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
       -¡Ysmayta-micuy!
       - Y de cuatro saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la banda opuesta, mientras los perros ladraban furiosamente, sin atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
     Si para cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como Conce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los bienes; la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la choza.
     El jirarishum es la muerte civil del condenado, una muerta de la que jamás se vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por quebradas, cerros, punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades bajo las férulas del misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas es un suplicio y una vergüenza.
Y Conce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa, jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, habían dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le hacía concebir los más inauditos proyectos. Y exaltado por los recuerdos nostálgico y cargado su corazón de odio, como una nube, de electricidad, harto en pocos días de la vida de azar y merodeos que se le obligaba a llevar, volvió a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo riachuelo que un mes antes cruzara a pleno sol, bajo el sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los ladridos de una jauría famélica y feroz.
     A pesar de su valentía, comprobada cien veces, Maille, al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le apretara el corazón, y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? Pero ¿qué podría importarle la muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para batirse con Chupán entero escapar y cuando se le antojara.
     Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso, auscultando todos los ruidos, oteando los matorrales, por la misma senda de los despeñaderos  y de los cactus tentaculares y amenazadores como pulpos, especie de vía crucis, por donde solamente se atrevería a bajar, pero nunca a subir, los chupanes, por estar reservada para los grandes momentos de su feroz justicia. Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.
     Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y, una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta se abrió y dos brazos se enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo que una voz decía:
     -Entra guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?
     Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y entró.
     Pero el gran consejo de los yayas, sabedor por experiencia propia de lo que el indio su hogar, del gran dolor que siente cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia con que se adhiere a todo lo suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando  le falta poder para recuperarlo, pensaba: “Maille, volverá cualquier noche de estas; Maille es audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él sienta el deseo de chacchar bajo su techo y al lado de la vieja Natalia, no habrá nada que lo detenga”.
     Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y noche, por turno, con disimulo y tenacidad verdaderamente indios.
     Por eso aquella noche, apenas Conce Maille penetró a su casa, un espía corrió a comunicar la noticia al jefe de los yayas.
     -Conce Maille ha entrado a su casa, taita. Natalia le ha abierto la puerta –exclamó palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro que viera a un león de repente.
     -¿Estás seguro, Santos?
     -Sí, taita, Nastasia lo abrazó. ¿A quién podría abrazar la vieja Natalia, taita? Es Cunce…
     -¿Está armado?
     -Con carabina, taita. Sí vamos a sacarlo, iremos todos armados Cunce es malo y tira bien.
     Y la noticia se esparció por el pueblo eléctricamente… “¡Ha llegado Cunce Maille! ¡Ha llegado Cunce Maille!” era la frase que repetían todos estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a relucir sus grandes garrotes –los garrotes de los momentos trágicos-; las mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus casas, y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y a dialogar a la distancia.
     -¿Oyes Cunce? –murmuró  la vieja Natasia, que, recelosa y con el oído pegado a la puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquel, sentado sobre un banco, chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo-. Siento pasos que se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No oyes? Te habrán visto.. ¡Para qué habrás venido guagua-yau!
     Conce hizo un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
     -Ya te he visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chaccha en mi casa. Voime ya. Volveré otro día.
     Y el indio, levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
     Pero Maille era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de ese silencio. Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en seguida un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvo la puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos de indios armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando: ¡Muera Conce Maille! ¡Ushanam-jampi! ¡Ushanam-jampi!
     Maille apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente, le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente sobre los primeros que intentaron alcanzarle.
     Entonces comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
      A cada diez tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a un yaya, lo que había enfurecido al pueblo entero.
     -¡Tomen, perros! –gritaba Maille a cada indio que derribaba-. Antes que me cojan mataré cincuenta. Cunce Maille vale cincuenta perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino? ¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?  
     Y shipina era el cañón de arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo sentido.
     Ante tanto horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación, resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por ofrecerle todo, hasta la vida que, una vez abajo y entre ellos, ya se verá cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
     Alguien señaló a José Facundo. –“Verdad –exclamaron  los demás-. Facundo engaña al zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso”.
     Y Facundo, después de aceptar tranquilamente la honrosa misión, recostó su escopeta en la tapia en que estaba parapetado, sentase, sacó un puñado de coca y se puso a catipar religiosamente por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena de saltos y zig-zags, en dirección al campanario gritando:
     -¡Amigo Cunce!, ¡amigo Cunce! Facundo quiere hablarte.
     Conce Maille le dejó llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le preguntó:
     -¿Qué quieres, Facundo?
     -Pedirte que te bajes y te vayas.
     -¿Quién te manda?
     -¡Yayas!
     -Yayas son unos supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber la mía?
     -No, yayas me encargan decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
     -Han querido matarme.
     -Ellos no; ushanam-jampi, nuestra ley. Ushanam-jampi igual para todos; pero se olvidará esta vez para ti. Están asombrados de tu valentía. Han preguntado a nuestra gran jirca-yayag y él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca les ha dicho lo mismo. Están pesarosos.
     Conce Maille vaciló, pero comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía continuar indefinidamente, que, al fin llegaría el instante en que habría de agotársele la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba.
     -No quiero abrazos ni chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y, a veinte pasos de distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
     Lo que pedía Maille era una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo porque no estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanam.jampi no había juramento posible.
     Facundo vaciló también, pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:
     -He venido a ofrecerte lo que pidas. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
     Y, abriendo los brazos, añadió:
     -Cunce, ¿no habrá para tu hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.
     Maille desarrugó el ceño, sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo que se les había tendido, y, rápido como el tigre, estrechó más fuerte a su adversario, levantándolo en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero al poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad, con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar encima de su contendor.
     -¡Perro!, más perro que los yayas –exclamó Maille, trémulo de ira-, te voy a retacear allá arriba, después de comerte la lengua.
     Facundo cerró los ojos y se limitó a gritar rabiosamente:
     -¡Ya está!, ¡ya está! ¡ya está! ¡Ushanam-jampi!
     -¡Calla, traidor!-, volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a facundo por la garganta se la apretó tan rudamente que le hizo saltar la lengua, una lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez cogido por la cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por su cuerpo como una onda.
     Maille sonrió satánicamente, desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima y  se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que, aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada en la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y abrirse paso a puñaladas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su casa. Pero la turba, que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en que el infeliz caía en los brazos de su madre. Diez puñaladas se le hundieron en el cuerpo.
     -¡No le hagan así taitas, que el corazón me duele! –gritó la vieja Nastasia, mientras salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada  por el desmadejado cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar, una mano arrancaba el corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquella vaciaba el vientre de la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y sumergían ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
     -¡A arrastrarlo! –gritó una voz.
     -¡A arrastrarlo! –respondieron cien más.
     -¡A la quebrada con él!
      -¡A la quebrada!
     Inmediatamente se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero, por el pueblo, para que,, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después por la senda de los cactus.
     Cuando los arrastradotes llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo quedaba de Conce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse entre los cactus, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los perros.
     Seis meses después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos, grasosos, a manera de guirnaldas: eran los intestinos de Conce Maille, puestos allí por mandato de la justicia implacable de los yayas.
(Enrique López Albújar)
FICHA DE LECTURA
ANÁLISIS LITERARIO DE LA OBRA
1.-Obra………………………………………………………………………………….
2.-Autor…………………………………………………………………………………
3.-Género literario………………………………………………………………........
4.-Especie literaria …………………………………………………………………...
5.-Forma de composición…………………………………………………………..
6.-Escuela literaria……………………………………………………………………
7.- Época……………………………………………………………………………….
8.- Localización del texto literario…………………………………………………
9.- La estructura de la obra…………………………………………………………
10.- Los personajes principales……………………………………………………
11.- Los personajes secundarios…………………………………………………..
…………………………………………………………………………………………...
12.- Ambiente(s)……………………………………………………………………….
13.- Acciones  principales…………………………………………………………..
……………………………………………………………………………………….......
……………………………………………………………………………………….......
14.-Tiempo……………………………………………………………………………..
15.- Tipos de narrador…………………………………………………………….....
16.-Tema central………………………………………………………………….......
17.- Argumento……………………………………………………………………….
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……………………………………………………………………………………….......
……………………………………………………………………………………...........
……………………………………………………………………………………………
18.- Estilo del autor…………………………………………………………………...
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…………………………………………………………………………………………...
19.-Apreciación personal sobre la obra…………………………………………..
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20.- Mensaje de la obra:……………………………………………………………..
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Lima, 16 de julio de  2012              Rafael Alvarado Castillo