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sábado, 1 de noviembre de 2014
EL JOVEN QUE SUBIÓ AL CIELO, Cuento de José María Arguedas
AFANASIEV, Alekandr y su cuento "El niño prodigioso"
Érase un
acreditado comerciante que vivía con su mujer y poseía grandes riquezas. Sin
embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, cosa que deseaban
ambos ardientemente, y para ello pedían a Dios todos los días que les
concediese la gracia de tener un niño que los hiciese muy dichosos, los
sostuviera en la vejez y heredase sus bienes y rezase por sus almas después
de muertos.
Para
agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas, comida y
albergue; además de esto, idearon construir un gran puente a través de una
laguna pantanosa próxima al pueblo, para que todas las gentes pudiesen
servirse de él y evitarles tener que dar un gran rodeo. El puente costaba
mucho dinero; pero a pesar de ello el comerciante llevó a cabo su proyecto y
lo concluyó, en su afán de hacer bien a sus semejantes.
Una vez
el puente terminado, dijo a su mayordomo Fedor:
-Ve a
sentarte debajo del puente, y escucha bien lo que la gente dice de mí.
Fedor se
fue, se sentó debajo del puente y se puso a escuchar. Pasaban por el puente
tres virtuosos ancianos hablando entre sí, y decían:
-¿Con qué
recompensaríamos al hombre que ha mandado construir este puente? Le daremos
un hijo que tenga la virtud de que todo lo que diga se cumpla y todo lo que
le pida a Dios le sea concedido.
El
mayordomo, después de haber oído estas palabras, volvió a casa.
-¿Qué
dice la gente, Fedor? -le preguntó el comerciante.
-Dicen
cosas muy diversas: según unos, haz hecho una obra de caridad construyendo el
puente, y según otros, lo has hecho sólo por vanagloria.
Aquel
mismo año la mujer del comerciante dio a luz un hijo, al que bautizaron y
pusieron en la cuna. El mayordomo, envidioso de la felicidad ajena y deseoso
del mal de su amo, a media noche, cuando todos los de la casa dormían profundamente,
cogió un pichón, lo mató, manchó con la sangre la cama, los brazos y la cara
de la madre, y robó al niño, dándolo a criar a una mujer de un pueblo lejano.
Por la
mañana los padres se despertaron y notaron que su hijo había desaparecido;
por más que lo buscaron por todas partes no pudieron encontrarlo. Entonces el
astuto mayordomo señaló a la madre como culpable de la desaparición.
-¡Se lo
ha comido su misma madre! -dijo-. Mira, todavía tiene los brazos y los labios
manchados de sangre.
Encolerizado
el comerciante, hizo encarcelar a su mujer sin hacer caso de sus protestas de
inocencia.
Así
transcurrieron algunos años, y entretanto el niño creció y empezó a correr y
a hablar. Fedor se despidió del comerciante, se estableció en un pueblo a la
orilla del mar y se llevó al niño a su casa.
Aprovechándose
del don divino del niño, le mandaba realizar todos sus caprichos diciéndole:
-Di que
quieres esto y lo otro y lo de más allá.
Y apenas
el niño pronunciaba su deseo, éste se realizaba al instante.
Al fin un
día le dijo:
-Mira,
niño, pide a Dios que aparezca aquí un nuevo reino, que desde esta casa hasta
el palacio del zar se forme sobre el mar un puente todo de cristal de roca y
que la hija del zar se case conmigo.
El niño
pidió a Dios lo que Fedor le decía, y en seguida, de una orilla a otra del
mar, se extendió un maravilloso puente, todo él de cristal de roca, y
apareció una espléndida población con suntuosos palacios de mármol,
innumerables iglesias y altos castillos para el zar y su familia.
Al día
siguiente, al despertarse el zar, miró por la ventana, y viendo el puente de
cristal, preguntó:
-¿Quién
ha construido tal maravilla?
Los
cortesanos se enteraron y anunciaron al zar que había sido Fedor.
-Si Fedor
es tan hábil -dijo el zar-, le daré por esposa a mi hija.
Con gran
rapidez se hicieron todos los preparativos para la boda y casaron a Fedor con
la hermosa hija del zar. Una vez instalado Fedor en el palacio del zar,
empezó a maltratar al niño; lo hizo criado suyo, lo reñía y pegaba a cada paso,
y muchas veces lo dejaba sin comer.
Una noche
hablaba Fedor con su mujer, que estaba ya acostada, y el niño, escondido en
un rincón oscuro, lloraba silenciosamente con desconsuelo; la hija del zar
preguntó a Fedor cuál era la causa de su don maravilloso.
-Si antes
sólo eras un pobre mayordomo, ¿cómo conseguiste tantas riquezas? ¿Cómo
pudiste en una noche hacer el puente de cristal?
-Todas
mis riquezas y mi poder mágico -contestó Fedor- las he obtenido de ese niño
que habrás visto siempre conmigo, y que le robé a su padre, mi antiguo amo.
-Cuéntame
cómo -dijo la hija del zar.
-Estaba
yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había prometido
que tendría un hijo dotado de tal virtud que todo lo que dijera se realizaría
y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño yo
lo robé, y para que no se sospechase de mí acusé a la madre diciendo a todos
que se había comido a su propio hijo.
El niño,
después de haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo a Fedor:
-¡Bribón!
¡Por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro!
Y apenas
pronunció estas palabras, Fedor se transformó en perro. El niño, atándole al
cuello una cadena de hierro, se fue con él a casa de su padre.
Una vez
allí dijo al comerciante:
-¿Quieres
hacerme el favor de darme unas ascuas?
-¿Para
qué las necesitas?
-Porque
tengo que dar de comer al perro.
-¿Qué
dices, niño? -le contestó el comerciante-. ¿Dónde has visto tú que los perros
se alimenten con brasas?
-¿Y dónde
has visto tú que una madre se pueda comer a su hijo? Has de saber que soy tu
hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me robó de tu casa y
acusó falsamente a mi madre.
El
comerciante quiso conocer todos los detalles, y ya seguro de la inocencia de
su mujer, hizo que la pusieran en libertad. Luego se fueron todos a vivir al
nuevo reino que había aparecido en la orilla del mar por el deseo del niño.
La hija
del zar volvió a vivir en el palacio de su padre y Fedor se quedó en
miserable perro hasta su muerte.
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AMBROSE BIERCE, y su cuento "Una noche de verano"
El hecho de que Henry Armstrong
estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para
demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de
persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba
realmente enterrado. Su posición -tendido boca arriba con las manos cruzadas
sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la
situación-, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y
el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y
Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.
Pero, muerto... no. Sólo estaba
enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó
demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo,
sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica
indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora
aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su
futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.
Pero algo todavía se movía en la
superficie. Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes
relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas
de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una
fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una
noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de
un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la
tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.
Dos de ellos eran jóvenes estudiantes
de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el
tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess
estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza
favorita era la de que "conocía todas las ánimas del lugar". Por la
naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no
estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.
Al otro lado del muro, apartados de la
carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando.
El trabajo de excavación no resultaba
difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes
ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados
de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess
era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre
el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones
negros y camisa blanca.
En aquel preciso instante, un
relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente
estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó
tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.
Profiriendo gritos inarticulados, los
hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección
distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero
Jess estaba hecho de otra pasta.
Con las primeras luces del amanecer,
los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura
latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.
-¿Lo has visto? -exclamó uno de ellos.
-¡Dios! Sí... ¿Qué vamos a hacer?
Se encaminaron a la parte de atrás del
edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el
ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos
jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro
Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.
-Estoy esperando mi paga -dijo.
Desnudo sobre una larga mesa, yacía el
cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por
haber recibido un golpe de azada.
JUAN VILLENA ZÁRATE y su poema "Rinconcito junto al río". (Honemaje a "Jueves de Poesía y Narrativa)
Escritor y poeta Juan Villena Zárate
Hoy tu primer aniversario, rinconcito junto al río
donde brota la prosa y se respira poesía,
Rafael Alvarado, el poeta que anima,
Rodolfo Moreno, el decimista, quién toma las fotografías,
Juan Milla, el pintor que lee sus lindos poemas,
Isaac Soto, el poeta cusqueño que marca la diferencia,
el que lee poemas en quechua, luego en castellano.
Por otro lado, Esperanza Rayde, la poeta abogada, nos deleita
con sus poemas y con su dulce voz entona los huaynitos
de nuestra sierra.
No podían faltar el poeta Orlando Ordóñez Santos
y el recitador poeta, que embelesa la semblanza, de todos sus seguidores,
ese es mi paisa Juan Flores Arrascue.
No se queda atrás, de su selva el profesor Jorge Saldaña,
le pone colorido, con sus poema floridos,
hechos del profundo oriente, para todos sus amigos.
Nosotros los asistentes aplaudimos las veladas
que se hacen, en la cámara de libreros del jirón Amazonas,
todos los jueves del año a las seis de la tarde.
Feliz aniversario, rinconcito de la prosa, de la poesía,
del canto y el teatro.
(Juan Villena Zárate)
ANA MARÍA SANTANA, en "Jueves de Poesía y Narrativa"

Poeta Ana María Santana
Ana Maria Santana nació en Huancayo, la ciudad incontrastable del Perú. Abogada de profesión, especialista en Conciliación Básica y Familia. agremiada al Colegio de Abogada de Lima. Trabajó como locutora en Radio Huancayo y viajó por todo el Perú para conocer de cerca la realidad de cada pueblo y poder aportar con ellos sus conocimientos en Derecho. Participó en el Fórum Debate "Derecho a la vida" en la Universidad de la La Plata de Argentina. En Chile realizó un trabajo de investigación realizado a su profesión de abogada.
Ana María Santana incursionó en el campo de la poesía y la asume con pasión e intenso amor. La poeta nos ha sorprendido con su primer libro de poesía "Ángelus al atardecer" que se presentó el 30 de octubre en el programa literario "Jueves de Poesía y Narrativa" de la Cámara Popular de Libreros (Feria de libros de Amazonas). La presentación del libro estuvo a cargo del poeta Orlando Ordóñez Santos. Tiene un segundo poemario que ya está en preparación. Felicitaciones.
Rafael Alvarado Castillo
Lima, 31 de octubre de 2014.
MARÍA DELFINA SANTANA GUEVARA y sus poema
OH POETAS
Oh poetas
que dejan huellas
por donde van
recuerdos imborrables
con sus letras
al llegar.
Poetas: son seres especiales
que la vida supo escoger
son
ese don que Dios les dio.
¡Oh!, poemas que haces
compañía a la soledad.
Poetas que ponen el sol
al amanecer
y estrellas al anochecer.
¿A dónde van los poetas?
A llevar sus poemas
al viento.
EL SOL
El sol se oculta
entre los árboles
cayendo así
su sombra dormida.
En el valle del Mantaro
los pajarillos dan sus
últimos cantos
hasta un nuevo amanecer
en el Valle del Mantaro.
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