viernes, 4 de abril de 2014

EL ESPANTAJO, Cuento de Rocío Silva Santisteban

Mátala— dijo el Espantajo, casi susurrando, acezando, con los dientes apretados, la voz muy dura pero con un tono disipado, deletreando, poniendo énfasis en la “a” del final que redondeaba abriendo los labios cuanto pudiera.
—Mátalaaaaaaa.
Galaor se lanzó con toda la fuerza de su cuerpo formado para la cacería. Primero inclinó el peso hacia adelante, las patas se agazaparon flexibles; en un instante, con un zarpazo rápido, logró coger a la paloma antes de que inicie la huida y le metió un mordisco en la parte más carnosa del cuerpo. Movió la cabeza con violencia, primero hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Con otro par de movimientos iguales pudo controlar el pequeño cuerpo mientras caían algunas plumas desde los dientes. La paloma dejó de oponer resistencia. Galaor entonces abrió la boca y la volvió a cerrar, se acercó hacia el Espantajo y dejó caer a la paloma sobre sus botas. Era un amasijo de plumas y baba, apenas se adivinaba la cabeza del animal, los ojos abiertos, como disecados.
— Buena— le dijo el chico al animal, acariciando el pelaje naranja que llevaba sobre el lomo, mientras dejaba suelta la mirada sobre la paloma tendida en la vereda.
El chico sonrió sin ganas y empezó a caminar junto al perro dejando atrás el juego de la cacería inútil.
—Maldito— se escuchó desde el otro lado del parque.
El Espantajo se sacó la cadena que llevaba a la cintura y Galaor paró en seco, olfateando el aire. Una mirada verde se deslizó entre la hierba recorriendo de este a oeste el jardín municipal, con las manos de uñas diminutas —se las comía— se acomodó el cuello de la casaca de cuero, luego metió lentamente una mano en el bolsillo para buscar el último cigarrillo de la tarde.
Se estaba haciendo de noche.
—Maldito— volvió a escuchar esta vez con un suave eco, casi imperceptible.
Galaor levantó el hocico. Algunas palomas que habían revoloteado sobre la cancha de fulbito se atrevieron de nuevo a posarse sobre los arbustos. El Espantajo prendió el cigarrillo e impaciente, con la misma voz cavernosa, gritó:
—Ya, sal de donde estés— y agregó con la voz en un tono más bajo y casi en una sola sílaba —mierrrrddda...
—Hijo de puta— se escuchó detrás de un Ford Falcón estacionado a un lado de la cancha. Una chica se levantó del suelo y caminó. Llevaba un polo blanco, una casaca de jean y una faldita transparente.
—Mierda, ¿qué tienes?— dijo el Espantajo.
—Asesino, tú y tu perro, par de malditos asesinos— llegó a decir la niña, (era apenas una niña, no tendría más de trece años) antes de acercarse hacia la paloma para recoger el cuerpo con extrema delicadeza. La levantó hacia su cara, la colocó junto a su mejilla y le lanzó un poco de aire, suavemente, con los labios haciendo una o. La cara se le ensució con un rastro de sangre.
El Espantajo se conmovió. Era algo tan inusual en él que estuvo a punto de perder la conciencia y besar a esa chica y tratar de resucitar al animal.
Pero se contuvo.
Sintió que una ráfaga caliente le atravesaba el cuerpo, desde el estómago hasta las mejillas, donde se instaló con un ardor vergonzoso. Se tocó las mejillas y pensó que se le habían enrojecido. Bajó la cabeza y llamó al perro. Sus ojos verdes adquirieron un tono acuoso, líquido, y el cigarrillo dejó de bailar en sus dedos para caer sobre el pasto de un preciso y nervioso pellizco.
Trató de fingir, de actuar, de luchar contra el calor del pecho. Y sonrió. Una sonrisa tonta, sin sentido, estúpida, inoportuna. De medio lado, casi una mueca.
La chica lo miró fijamente pero sus ojos sólo destilaban rencor, oscuridad, mugre, indignación. ¿Lo odiaba? No se dio por enterado, se pasó una mano por el pelo, el sol de la tarde, a contraluz, iluminó por un segundo la falda de la chica y el Espantajo pudo ver entre la tela celeste las piernas duras y delineadas.
—Galaor— gritó el muchacho —no te dije, bestia, que no la mates.
—Hipócrita— contestó de inmediato la chiquilla— yo te escuché diciéndole que la mate. Eres un cochino hipócrita de mierda cabrón chetumadre...
—Aprende a limpiarte los mocos antes de hablar como una jugadora...
—¡Hablo como chucha me da la gana!— e inmediatamente después de proferir toda esta sarta de palabrotas y groserías se puso a llorar. Lloraba con un tono muy quedo, unos gemidos breves y agudos, como lloran los perros pequeños apenas los separan de su madre.
Galaor se acercó a la chica y se puso a llorar con ella. Dentro de la raza de los perros sentimentales Galaor se llevaba todos los premios, no podía aguantar un solo segundo antes de lanzarse con sus gemidos berracos junto al que solloza por cualquier motivo. Incluso en las calles, cuando los niños caen sobre las piedras y sueltan un llantito engreído, Galaor siempre se acerca para aunarse al coro.
El Espantajo, que ya estaba acostumbrado de las manías sentimentales de su perro peleador, al principio iba a soltar una estruendosa carcajada pero se reprimió al sentir los ojos empapados de la muchacha que lo miraban fijamente.
— ¡Ves!— le dijo la niña sorbiendo los mocos —hasta él está arrepentido de lo que ha hecho.
—Llora cada vez que escucha llorar a alguien... es como el experimento del ruso ése...
—Nada... llora porque tiene los sentimientos que a ti te faltan.
— ¿Que a mí me falta qué?
—Sentimientos... Eso es lo que he dicho. Que tienes menos sentimientos que un perro.
El Espantajo se quedó pensando. La chica estrechaba con más fuerza a la paloma junto a su pecho.
—Puede ser— adujo de forma cínica instalándose cómodamente en su mejor trinchera —de hecho tengo menos sentimientos que ese estúpido animal... pero en todo caso no llora porque se haya dado cuenta de nada, sino porque tú lo haces... Mira, ya dejó de hacerlo...
Galaor se había acercado a su dueño moviendo la cola. Nuevamente estaba feliz. Los perros sólo necesitan de un segundo o de un gesto para cambiar de estado de ánimo. El Espantajo envidiaba a Galaor.
—Hubiera querido que me salga una lágrima aunque sea... pero soy así de duro, qué voy a hacer.
La chiquilla lo miró con ganas de pegarle pero no hubiera podido hacer nada contra ese cuerpo inmenso de pelo cortado disparejo. Quiso volver a repetir otras lisuras cuando en su mano, el cuerpo inerte de la paloma vibraba casi imperceptiblemente. La chica lo acercó a su pecho, acurrucó a la paloma, Galaor movió la cola.
— ¿Y tú cómo te llamas?— preguntó el Espantajo, haciéndose el desinteresado.
—No te voy a decir. Para qué— contestó ella concentrada en el cuerpo inerte— Ayúdame a enterrarla— la chica se levantó y se acercó al centro del parque, con las manos empezó a jalar la tierra. El Espantajo se sacó la casaca, se arrodilló sobre la tierra y la ayudó con ambas manos. Tenía los dedos gruesos y ásperos, perfectos para cavar la tierra.
La paloma vibraba imperceptiblemente, pero nadie se dio cuenta.
La ceremonia no duró ni media hora, la enterraron viva porque estaban en realidad más concentrados el uno en el otro que en el animal. Cuando estuvo la paloma totalmente cubierta, la muchachita se arrodilló y rezó con las manos juntas. El Espantajo se sintió inquieto e incómodo.
Terminado todo, el Espantajo caminó unos pasos hacia la zona del Ford Falcón, se recostó en el carro y sacó una chicharra del bolsillo. Con el último fósforo la prendió mientras miraba a la niña que jugaba con Galaor. La falda se movía con el viento, el pelo le caía suavemente sobre la cara. Tiraba una ramita y Galaor, experto en todo tipo de situaciones caninas, la recogía para entregársela moviendo la cola. Ella reía. Parecía haber olvidado por completo a la paloma.
—Oye, ven acá— le gritó el muchacho, la chicharrita estaba a punto de apagarse.
La niña vino corriendo alegre, acezando. Él le estiró la mano, ella cogió con suma destreza la chicharra y la absorbió en el aire hasta que no quedó ni el mínimo rastro de marihuana. Después sacó un verdadero troncho del bolsillo y lo estiró para que el Espantajo lo prenda.
—Sorry, no tengo fósforos.
—Me hubieras dicho, lo hubiéramos prendido con eso— señalo con su dedo el último residuo de papel que permanecía hecho cenizas sobre la vereda— ¿Y ahora? No sabes lo tranca que es conseguir un fósforo por acá...
—Eso no es problema. Vamos a caminar hacia la autopista, por ahí debe haber algo...
Los dos caminaron mientras Galaor correteaba alrededor de ellos.
— ¿Ya no me odias?— se animó a preguntar el muchacho.
—No te odio, te desprecio... Eres un asesino de palomas. Ya todos te conocen por acá. Todos saben de tu calaña. Pero yo no puedo odiar, soy incapaz de hacerlo... Yo he nacido para amar, eso me dice mi mamá siempre y ¿por qué no lo voy a creer? Lo que pasa es que tú no tienes quién te quiera. Debe ser muy triste llevar la vida que llevas.
El Espantajo se quedó mudo.
Después caminó algunos pasos y tuvo ganas de largarse, pero de inmediato le asaltó la idea del troncho recién armado y dejó su dignidad a un lado por el asqueroso vicio. Total: se trataba de una chiquilla de mierda.
El Espantajo caminó por inercia pero estuvo dudando unos segundos mientras miraba los zapatos de charol rojo que llevaba la insoportable que estaba a su lado. Pensó que quizás se trataba de una chiquilla sacerdotisa de esa nueva religión que se había puesto de moda. O de una niña que veía demasiados dibujos animado evangelistas.
Al llegar a la autopista ambos se acercaron a la baranda de metal. Caminaron cogiendo la baranda con una mano por el borde de la pista hasta que llegaron al primer puente peatonal. El Espantajo se adelantó a la chica y hurgó debajo del puente, cerca de la baranda. Encontró un fósforo. Ella sonrió y se acercó al muchacho, ambos se sentaron sobre la tierra, el Espantajo prendió el troncho y lo fumaron callados, mirando los carros que pasaban a toda velocidad.
— ¿Qué pasaría si cruzo la pista?
—Casi nada: volarías en mil pedazos— el Espantajo le devolvió el troncho— No seas malcriada y ni se te ocurra cruzar, que el perro iría detrás tuyo... No quiero que se muera.
— ¿Y yo no te importo?— le preguntó recibiéndolo.
—No mucho— le contestó mientras apoyaba la espalda contra el muro de la baranda que separaba la autopista de la vereda.
—Lo suponía— le contestó con cierta tristeza.
—Después de todo lo que me has dicho... ¡¿Estás loca o qué te pasa?! Sólo vine acá porque hace tiempo que no consigo una cantidad de yerba considerable como para estar en algo, lo demás no me importa...
Ella lo miró con cierta rabia y después acarició al perro. Galaor ladró. Un par de autos competían una carrera de piques a lo lejos. Se escuchaba el ruido de los motores. Por la autopista no dejaban de circular los carros rápidamente, dejando una estela de ruido que rebotaba contra el techo del puente.
La yerba se acabó. La chica se acercó al Espantajo, se sentó a su lado. Él la miró bastante fastidiado queriendo zafarse de la situación. Pero había algo en ella que lo encandilaba y no podía resistirse a ese acercamiento. Cuando estuvo a su lado, ella colocó muy despacio su cabeza sobre las piernas del chico.
— ¿Me puedes acariciar el pelo?— le dijo como si se tratase de lo más natural del mundo.
El Espantajo cada vez más nervioso se quiso apartar, pero Galaor se acercó a ambos y se echó tranquilo a los pies de la muchacha. El Espantajo, con las manos algo sudorosas, fue acariciando el pelo de la chica. Lo tenía muy suave, casi imperceptible, era terriblemente agradable hacer eso.
La chiquilla se metió el dedo gordo en la boca y comenzó a succionar. El Espantajo, sin saber lo que hacía, se lo sacó fastidiado.
—Ya estás grande para hacer eso.
Ella se limpió la baba del dedo en la casaca y siguió en la misma posición.
—Bueno, pero no dejes de acariciarme el pelo.
El Espantajo empezó a impacientarse pero continuó acariciando, despacio, sintiendo el suave roce en cada movimiento. Ella se quedó dormida.
—Ya sabía...
Por un momento pensó en dejarla ahí, durmiendo la yerba, pero se resistió porque cierto remordimiento le empezó a latir en la cabeza. Veía pasar los carros y gracias a la sensación placentera y brumosa del troncho todos los colores le parecían más vivos y la situación más soportable. Se imaginó que esa chica era su hijita. Una hija bastante grande. Luego sin darse cuenta le acarició también los brazos, despacio, lentamente, con paciencia. Y después las piernas y luego los dedos fluyeron hacia arriba, cada vez más, palpó las nalgas lentamente, luego el pubis sin un solo vello púbico. Se puso nervioso. Quiso hacerla hacia un lado para levantarse e irse corriendo. Pero en ese momento ella despertó.
— ¿Ha pasado mucho tiempo?
—No creo— le contestó él— todavía no oscurece del todo.
—Mi mamá se va a molestar, tengo que regresar a mi casa. ¿Quieres acompañarme? Me da miedo cruzar el río sola.
—No... no puedo. Tengo que encontrarme con alguien ahorita.
—Pero ya se está haciendo de noche. Me pueden asaltar.
—Oye, no te hagas... ¿quieres que ahora te crea una señorita cuando ya sé que eres una callejera? Sabes caminar sola perfectamente. Así que no te voy a acompañar ni mierda. No me vengas con huevadas...
— ¡Así que no te importa que me violen y me maten! Ah, yo no sé, ah.... si me violan y me matan y encuentran mi cadáver flotando todo hinchado sobre el río... será tu culpa.
—Ya pues. ¿Y qué?
—Yo no sé, ah.
Ella empieza a caminar, salta la baranda del muro que separa la autopista del parque y se aleja. Él la mira un rato. Luego vuelve la misma mirada verde sobre los carros que pasan corriendo de este a oeste. Suspira y trata de controlarse. Pero de pronto se para apresurado, salta la baranda, corre hacia el lugar donde ella se ha perdido. Galaor lo sigue a paso lento.
Al voltear la esquina que da hacia el río, la chiquilla estaba agazapada esperándolo.
—Te demoraste menos de lo que pensé.
El Espantajo para de golpe y se molesta consigo mismo por la poca efectividad de sus decisiones.
—Ya, pues, apúrate.
Los dos van caminando, bajan una loma para acercarse al río y ella se le adelanta un poco: juega con Galaor lanzándole palitos que el perro insiste en recoger una y otra vez. El Espantajo se queda mirando a la chica: se siente extraño, algo dulce le surge de adentro, un sentimiento que detesta porque le parece femenino, amanerado, maricón. Piensa que quizás eso sienta la gente que alguna vez jugó con una madre: él nunca tuvo infancia, del puericultorio pasó a la calle a los siete años, y en la calle se hizo de su fama apenas supo cómo robar para comer. La única ración de ternura la ha recibido de los animales: perros, gatos, aves y hasta de una iguana verde que mordía los pasadores de sus zapatillas. Animales que lo comprenden porque no le piden nada: les dan su lomo y él pasa la mano distraído. Se contentan con poco, igual que él. Pero ahora pasar la mano por el lomo de esa chiquilla lo ha perturbado como nunca, y detesta encontrarse en esa situación, porque no puede controlar nada: ni las miradas ni sus impulsos. Y la mira y tiene ganas de acercarse y besarla y pasarle de nuevo la mano por el pelo mal cortado.
La chiquilla está a punto de cruzar el río y él no sabe cómo llamarla para detenerla, sobre una sección poco profunda empieza a saltar entre las piedras. Su falda se moja, Galaor ladra, el viento sopla suave y él puede volver a ver las piernas de muslos firmes y tiernos. La noche envuelve al paisaje.
Pero de pronto Galaor levanta la cola y las orejas: algo está a punto de suceder. El Espantajo voltea hacia el otro lado del río pero sólo mira cómo una bandada de palomas se levanta simétrica hasta alcanzar las copas de los árboles. Las palomas vuelan en círculos, levantándose, y regresando al ras del suelo varias veces y Galaor, diestro en la cacería, tensa todo el cuerpo esperando el momento adecuado para dar el salto fatal. Se distrae y mientras observa complacido el instinto de su perro, el Espantajo no se da cuenta que frente a él aparecen cuatro individuos armados con metralletas recortadas y fusiles ligeros. El Espantajo se detiene e intenta llamar a la chica y al perro, pero no le hacen caso y siguen cruzando el río.
—Galaor...— grita desesperado —Galaoooooorrrrrrr...
En ese mismo instante cae abatido por las armas.
Los hombres se acercan sin dejar de disparar. Galaor intenta en un primer momento atacar al que está más rezagado pero la chiquilla lo atrapa por el cuello, se le tira encima y lo mantiene fuera del cuadro de combate. Tras breves segundos de un silencio de pavor, el jefe, un individuo de barba escuálida, se acerca y remata al Espantajo con un tiro en la cabeza.
—Idiota...
La chiquilla también se acerca despacio, Galaor se le ha adelantado y olfatea con su hocico la sangre que salta rojísima de las perforaciones del cuerpo. Los demás hombres revisan el pantalón del muchacho, le quitan una billetera vieja sin un centavo y unos papeles higiénicos que guardaba en el bolsillo de la casaca. El perro aúlla.
—Te demoraste demasiado. Ya te iba ir a buscar— le dice el hombre de la barba a la chica.
—Me quedé dormida, esa hierba era pura lechuga...— los dos se miran indiferentes — ¿Y me puedo quedar con el perro?
Galaor lloraba mientras olisqueaba con insistencia el cuerpo del muchacho. El hombre la miró a los ojos.
—Realmente te gusta el animal, ¿no?
—Sí... desde hace tiempo.
—Llévatelo.
Ella sonríe y salta contenta en busca de Galaor y lo llama con un silbido. El perro termina de olfatear al muchacho y se acerca a su nueva dueña moviendo la cola.

DUELO DE CABALLEROS, Cuento de Ciro Alegría



Voy a contar una historia verdadera. Se trata de un singular duelo de caballeros cuyo interés principal reside en que los protagonistas fueron dos personajes del hampa de Lima, exactamente del barrio de Malambo. El nombre de resonancia africana abarca un dédalo de casas y callejones de adobe, colorido emporio del negrerío, del mulataje, de una más reciente cholada, de toda esa chocolateada mezcolanza racial ante la cual resalta la blancura de la minoría cuyos antepasados dieron nombre a la Ciudad de los Reyes.
Otro elemento de interés en la historia es que tal duelo no se llevó a cabo según las puntillosas reglas del Marqués de Cabriñana. Fue a la criolla y usando el arma llamada chaveta, larga y delgada hoja de acero, filuda hasta poder afeitar, con la cual se dan tajos los pelanderos del pueblo costeño del Perú.
Quizá tenga también interés anotar que mi información es de primera mano. La historia del duelo me la contó el sobreviviente, mientras ambos cumplíamos condena en la penitenciaría de Lima. ¿Será necesario aclarar que yo estaba preso por razones políticas? Fui sentenciado a diez años de presidio por tomar parte de la revolución de Trujillo, hecha en 1932.
Cuanto vi, escuché y pasé en ese sombroso antro de altas paredes lisas y barrotes rechinantes, donde más de una vez, por esos radiosos milagros del alma humana, afloraba también luz, podría ser materia de una novela que acaso escriba con el tiempo. Por el momento, quiero contar la historia del original duelo que, pese a algunas de sus características arrabaleras, fue considerado por la Corte de Justicia de Lima como un duelo de caballeros. Para tan gallarda interpretación mediaron causas que ya aparecerán.
Después de ingresar en la Penitenciaría, pasé por siete días reglamentarios de aislamiento y luego entré en contacto con una treintena de compañeros de lucha que me había precedido en la entrada, y los presos comunes. Los “políticos” no tardaron en señalarme a las notabilidades que había entre los “comunes”. Allí se encontraba Carita, mulato malambino de los que por su retadora condición de hombre de pelea, reciben el nombre de faites.
Carita era más alto que bajo, de contextura recia; usaba zapatos de tacón alto, a la andaluza; llevaba arreglado el uniforme a rayas negras y grises según su medida; se ladeaba sobre la frente la visera ancha de una gorra de apache y los domingos hacía flotar en torno al cuello un pañuelo rojo. En su cara cetrina y alargada, un tanto caballuna, la boca prominente lucía una gran cicatriz; la nariz era ancha y de trazo enérgico; los ojos oscuros se movían ágiles, pero a ratos adquirían la fijeza de los de una fiera en acecho.
Tenía modales sueltos que denotaban aplomo, respondía con una sobriedad no exenta de distinción a su prestigio legendario y miraba desdeñosamente a lo que podría llamarse el vulgo del delito. Por el tiempo en que lo conocí, allá en el año 32, Carita hacía gestiones para conseguir el indulto y ofrecía en cambio sus servicios de guardaespaldas a Sánchez Cerro, razón por la cual y muy a su manera, guardando todo el solapado oportunismo de un tipo de experiencia, trataba también con cierta indiferencia a los “políticos”, que estábamos allí por oponernos al régimen. En ese tiempo, cumplía una segunda condena a quince años de presidio por un crimen vulgar, pero la nombradía de bravura adquirida en el famoso duelo, le duraba todavía. De “puro macho” —así comentaban los otros presos— no comía con los demás, sino que en la mesa de los guardas, tal como suena. Iba a los talleres cuando le venía en gana y, en general, tenía hacia el trabajo esa actitud de desdén que es propia de los delincuentes de vuelo y de los aristócratas. De la Independencia para acá, éstos han ido arriando bandera y se han puesto a laborar. Los delincuentes, aquéllos de ley, la levantan en alto aún, y Carita hacía sólo a regañadientes las concesiones demandadas por la necesidad. Formaba de mala gana en las filas de presos, pero su latente indisciplina no llegaba a propasarse. Con los guardas se llevaba dentro de unas maneras en las que había agazapadas amenazas revestidas de dignidad. Ni autoridades ni presos tenían conflictos con él. Las primeras le respetaban los caprichos con los que afirmaba su espíritu individualista y rebelde, y los segundos a la vez lo admiraban y le temían, razón por la cual le prodigaban atenciones o lo eludían. Carita era todo un héroe de la prisión.
Un día lo encontré en el despacho de recetas del hospital y le dije:
—Mire, Carita. Cuando yo era repórter del diario El Norte, de Trujillo, tropecé en la cárcel con un negro chavetero y ladrón apodado el Mono. Le hice un reportaje. Afirmó que él fue quién mató a Tirifilo, cuando la pelea estaba en las últimas pero indecisa, por salvarlo a usted…
—Mentiras del Mono —replicó Carita, haciendo un gesto de desdén con la mano, y agregó—: Cierto que el Mono estaba en mi barra, pero ¿cómo se iba a meter si ahí estaba también la barra de Tirifilo? Eso dice el Mono por darse pisto, por vincularse de algún modo al asunto… ¡Negro atrevido! Cuando yo salga, le advertiré que diga la verdad…
Carita me hizo varias preguntas y sonrió con satisfacción al confirmar yo su fama. Alentado por eso y mi condición de periodista, me dijo:
—Sentémonos aquí y yo le contaré cómo fueron las cosas. No me gusta contárselas a todos, ¿me entiendes? ¡Qué va a hablarle uno a cualquier suche!
Tomamos asiento en dos sillas que había por allí y Carita comenzó a hablar. Pese a su desdén por los suches, es decir, la gente de poca monta, siempre lo escucharon varios a los que seguramente consideraba así, o sea quien despachaba las recetas, un guarda y varios presos comunes que entraron por remedios y se fueron añadiendo al auditorio. Ya entusiasmado por el recuerdo de su hazaña, en pleno relato, Carita aceptaba la admirativa atención de los suches con ocasionales miradas de condescendencia.
Su voz era gruesa y opaca, pero adquirió emocionadas modulaciones a medida que avanzaba narrando. Sus palabras y frases tenían color. En un momento se puso de pie y dio varios pasos, haciendo fintas, para reproducir los lances de la pelea.
No recuerdo sus palabras exactas. Se nos confinaba desde las seis de la tarde a las seis de la mañana en una celda parecida a un nicho, cuyas paredes laterales uno podía tocar abriendo los brazos. Allí, mientras había luz, o sea hasta las nueve, me entretenía tomando notas de mis impresiones diarias y escribiendo cuanto se me ocurría. Una vez, con motivo de que a un compañero le encontraron una revista que contenía un artículo considerado “subversivo”, hicieron un registro de celdas “políticas” y se llevaron todos nuestros papeles. Las notas del relato de Carita estaban entre los míos. No sé a qué sabias conclusiones llegarían las autoridades después del concienzudo análisis que practicaron, pero a nadie le devolvieron una hoja. En muchos casos, los tales papeles eran simplemente esas cartas que vienen del mundo de afuera, con el mensaje de la familia, de la novia, de los amigos, y que para el preso constituyen un tesoro.
Me procuré un grueso fajo de papel de estraza en la cocina, pero no pude reconstruir cuanto había apuntado y menos re—crear (aquí no hay nada unamunesco) mi incipiente producción literaria. Con todo, a modo de revancha, prosé algunos nuevos versos libertarios que fueron bastante celebrados y, ganando la calle, adquirieron una apreciable popularidad. También compuse cuentos. Mi instinto de novelista me decía que lo memorable se quedaría en la memoria para después.
Así, narro la historia del famoso duelo de Carita y Tirifilo sin más auxilio que el de la memoria. Si hay fallas, que me disculpen los años trascurridos.
En el barrio de Malambo, antes del año 20, era lo que se llama el taita un negro apodado Tirifilo. Sería exagerado decir que tal sujeto no tenía oficio ni beneficio. De oficio era ladrón y como beneficio, por cierto exclusivamente personal, tenía el de manejar la chaveta como nadie. Fuera de contar con un corazón bien puesto, lo ayudaban sus condiciones físicas. Tirifilo levantaba una larga estatura, según la fama de cerca de dos metros. Esto más que fama resultaba leyenda para muchos, pero en todo caso era muy alto y flaco, de una agilidad de puma, a todo lo cual se agregaba que sus brazos extraordinariamente largos, armado de chaveta el uno, el otro sirviéndole de defensa mediante la manta arrollada, no dejaban pasar los tiros del rival y en cambio lo alcanzaban con una facilidad extrema.
Todo ello hizo que Tirifilo fuera el indiscutible mandamás del hampa negra y mulata de Malambo, durante un número de años que ya nadie se encargaba de contar. Los más valientes y diestros chaveteros le huían. Pero el poder es perecedero y la vida, huidiza. Más si dependen del filo de la chaveta.
Tomaba vuelo entre los chaveteros de Malambo un mozo al que habían apodado Carita por la acusada expresión jovial que tenía su faz en aquellos años. No pasaba mucho más allá de los veintiuno y ya había puesto fuera de combate, con los puños o por medio de la hoja filuda, a cuantos se le enfrentaron. Era además medio guitarrista y cantor, cliente distinguido de los burdeles baratos, bueno para el trago y amigo de sus amigos. Las nuevas promociones de faites, los negros y mulatos jóvenes eran partidarios de Carita por esa solidaridad que hay entre los miembros de la misma generación y sus colindantes y también porque es un natural impulso de la juventud perseguir la renovación del liderazgo, aun en el mundo llamado bajo. Mientras tiraban los dados y bebían pisco en las penumbrosas cantinas de Malambo, aseguraban que Carita era muy capaz de hacerle pelea a Tirifilo, aunque pocos osaban afirmar que lo derrotaría.
El poderoso amenazado, por su parte, no tomaba en cuenta las habladurías. Tirifilo trataba a Carita con la natural superioridad que va del maestro al discípulo, aunque la verdad era que a usar la chaveta no le había enseñado. Ni siquiera lo había visto pelear. Lo que sí quiso enseñarle fue el arte de robar y meterse en contrabandos y malas aventuras, por todo lo cual andaba siempre buscando al mozo, quien con su madre ocupaba dos cuartos en un callejón del barrio.
La señora, madre al fin, mostraba cierta resistencia a que su hijo entrara en colaboración estrecha con un tipo tan notorio, imaginando naturalmente que no tardaría en mezclarlo en un lío de gran clase malambina. Su actitud evasiva y poco amistosa traía molesto a Tirifilo.
Y sucedió que una mañana, en circunstancias en que el taita hacía planes para practicar un robo de importancia, llegó al callejón en busca de Carita. Éste no se encontraba en casa y así se lo dijo la señora con la frialdad que el otro ya conocía. Tirifilo tronó afirmando que ella “lo negaba” para impedir que se juntara con él y le espetó, intercalando entre frase y frase el más selecto conjunto del repertorio de injurias arrabalero:
—¡Vieja!... ¡Quieres tener al hijo metido entre las polleras!... ¡Déjalo que salga y se haga hombre!...
El vecindario se revolvió al oír los gritos. Las puertas del callejón enracimaron cabezas aguaitadotas. Corrían voces diciendo:
—¡Es Tirifilo! ¡Es Tirifilo!
Era como si un hálito de malos presagios cruzara por el aire.
Tirifilo siguió gritando para que lo oyeran todos, inclusive Carita, a quien suponía oculto en el otro cuarto:
—¡Lo vas a hacer un flojo, un cobarde, si es que ya no lo es!... ¡Sácatelo de entre las polleras, vieja!... ¡Que salga ese cobarde!...
Carita carecía del don de la ubicuidad y naturalmente no salió. Se fue puertas adentro, entre sollozos, la pobre negra defendelona y Tirifilo optó también por marcharse, escupiendo desprecio y amenazas frente al pobrerío amedrentado.
Al poco rato apareció Carita y encontró a su madre llorando. Ella no le quiso revelar nada de lo que había pasado y Carita salió a informarse entre los vecinos. Cuando supo lo ocurrido, se le enrojecieron los ojos y enmudeció, adquiriendo la torva resolución de una fiera herida. De ahí no más se fue a la calle, a fin de que “la vieja” no supiera lo que iba a hacer, y buscó a dos miembros de su barra para que fueran testigos del reto.
En compañía de dos negros, uno de los cuales era el Mono, llegó a casa de Tirifilo. Éste se encontraba sentado junto a la puerta, todavía con señas de mal humor.
—¡Negro liso! —le gritó Carita, intercalando con exacta propiedad otro selecto conjunto de injurias del susodicho repertorio—. ¿Por qué te has atrevido a insultar a mi madre? Me la vas a pagar…
—¿Qué? —gruñó Tirifilo con una desdeñosa incredulidad—. Lo que he dicho, ahí se queda…
—¿Se queda? —retrucó Carita—. Vas a ver que pa un hombre hay otro, negro abusivo… Te reto a pelear esta noche, cuando salga la luna, en el Jato del Tajamar… ¡Uno de los dos se quedará ahí!...
Tirifilo miró a Carita, midiéndole despectivamente, y respondió:
—Ahí estaré…
La noticia del próximo duelo corrió sigilosamente de calle en calle, de casa en casa, de callejón en callejón, de cuartucho en cuartucho, convocando  lo más granado del hampa de Malambo. Cada bando reclutó una barra de unos veinte chaveteros escogidos. Y ya no se hizo nada más, salvo que los contrincantes afilaron bien sus mejores chavetas y todos esperaron.
Llegó la noche a Malambo.
La luna debía surgir tarde. A eso de las dos salieron Carita, el Mono y otro más, rumbo a las afueras del barrio y por las callejas soledosas, brotando de la oscuridad de los callejones; llamándose y respondiendo con rápidos y peculiares silbidos, avanzaron también los miembros de las barras.
Carita y sus acompañantes, todos los cuales se le juntaron en un lugar convenido, fueron los primeros en llegar al Jato de Tajamar, sitio llano, cubierto de basura y latas viejas.
Pese a la oscuridad, unos cuantos limpiaron un ancho espacio, librándolo de latas y lo que pudiera servir para tropezar. A poco, llegaron varios del bando de Tirifilo y revisaron el trabajo hecho, ampliando todavía más el espacio sin obstáculos. Corrió un rumor entre las barras cuando Tirifilo arribó, seguido de algunos más, delineando su alta silueta entre las sombras. Al ser rodeado por toda su gente, dijo algo hablando sobre las cabezas.
De nuevo, ya no quedaba sino esperar.
Los duelistas y sus barras sentáronse en fila, a un lado y otro del espacio señalado. Sus rostros y vestidos oscuros, apenas se veían en la sombra. Sí fulgía la luz de los cigarrillos. Y hablaban una que otra vez, en voz baja, como se habla siempre en tales horas, que son de un anticipado respeto a la muerte.
No lejos pasaba el silencioso Rimac, que separa a Lima de Malambo. El barrio negro se aplastaba a un lado, chato bajo la noche, entre un débil reflejo de luces rojizas. Al otro lado del río, la ciudad alzaba hacia el cielo un pálido resplandor. Pero la sombra del Jato del Tajamar envolvía a los duelistas y sus barras y había que seguir en espera de la luna.
La espera se hacía tensa. En el silencio de la noche, no se oía ya ni una palabra. Algunos masticaban coca, la hoja india que amansa los nervios. La luz de los cigarrillos continuaba brillando.
Cuando el reloj de la catedral marcó las tres y media, comenzó a surgir la luna. Hubo que esperar un rato más, hasta que saliera de una espesa mancha de nubes. Carita bebió medio vaso de pisco mezclado con tabaco. Tirifilo hizo otro tanto. Una voz surgió desde la barra de éste, diciendo:
—Vamos.
La luz de la luna había llegado al Jato del Tajamar.
Los contendores, seguidos de dos ayudantes, avanzaron a paso lento, en mangas de camisa, hacia el centro del campo. Detuviéronse a corta distancia uno del otro y lentamente, casi ritualmente, envolvieron una manta en el antebrazo izquierdo. Debía quedar bien ceñida, como una paca de chafar puntazos. Con la diestra empuñaron la chaveta. Las hojas de acero y los ojos buidos refulgieron a la luz de la luna.
—¡Ya!... ¡Déjenlos solos! —gritó alguien.
Los ayudantes se apartaron.
Tirifilo y Carita se quedaron solos y frente a frente, como dos hitos. La muerte parecía estar entre ellos, reclamando otra calavera. Eran muy pocos los que pensaban que no sería la de Carita. Pero todos admiraban al mozo, por atreverse a hacer lo que nadie. El negro Tirifilo, el as de la chaveta, estaba allí ante un contendor al que aventajaba claramente en estatura y largo de brazos. Además, doblaba en edad al novato, y nadie consideraba la pérdida del vigor, sino una mayor experiencia decisiva. A Carita no parecía quedarle otra cosa que morir, salvo que Tirifilo, después de cortarlo a su gusto por vía de distracción y ejemplo, le perdonara la vida. En realidad, esto es lo que pensaba hacer Tirifilo; ya así se lo había confiado a dos de sus íntimos, como se supo después. A última hora había dudado de que Carita aceptara el perdón, recordando la forma resuelta en que lo retó. El combate diría…
Tirifilo inició la pelea dando un salto hacia atrás y poniéndose en guardia. Agazapado para hurtar el vientre a los puntazos, los hombros inclinados hacia delante, el enorme brazo izquierdo arqueando el antebrazo protector, con la chaveta en la diestra, jugándola a golpe de muñeca, parecía un gigantesco puma de zarpas prontas. Y más lo pareció cuando, una vez que Carita entró en guardia, se puso a dar agilísimos saltos en redondo, como si quisiera aturdirlo, caerle por sorpresa, burlarse de él o todo junto. Carita, dándole la cara siempre, lo medía y aguardaba sin moverse casi del sitio en que se plantó al comenzar.
—¡Entra, hijo de puta! —gritó Tirifilo.
Carita continuó en su sitio, sin mostrar intenciones de atacar. Que no era cobarde lo probaba el hecho mismo de encontrarse allí. Él sabría lo que iba a hacer. Para Tirifilo, entre tanto, la tarea de darle vueltas a saltos había pasado a ser incómoda. No podía estarse así todo el tiempo. Se decidió a atacar dando un formidable salto hacia delante, como para cortar a Carita en el hombro, pero éste se hizo a un lado a su vez, con otro salto muy liviano, y dejó pasar al gigantesco puma limpiamente.
—¡Así! —gritaron en la barra del mozo.
Tirifilo volviose con rapidez y repitió el ataque, esta vez al rostro, y Carita lo eludió con un salto hacia atrás, perdiéndose el chavetazo en el aire. Tirifilo repitió su reto:
—¡Entra, carajo!
Carita no atacó. Estaba visto que se guardaba. El maestro de siempre comenzó a sospechar que tenía un rival de vuelo. Volvió a la carga una y otra vez, y una y otra vez fue eludido. Si bien Tirifilo aventajaba a Carita en estatura, no le llevaba nada en astucia. El muchacho había resuelto pelearle de lejos. Tirifilo alcanzó luego a clavarle varios puntazos en la manta arrollada. Mientras más se esforzaba, menos parecía lograr. Carita comenzó a tantearlo. Confiado en el largo de sus brazos, Tirifilo se descuidaba un tanto después de saltar hacia adelante. En una de esas, Carita contraatacó logrando cortarle el brazo izquierdo, cerca del hombro. La primera sangre, sangre de Tirifilo, comenzó a chorrear. Algunas gotas brillaron en el suelo. Las barras, cada una por razón contraria, miraban la sangre con sorpresa.
Tirifilo se enfureció, lanzando más injurias que ataques. Carita se le escapaba con una agilidad felina. Luego, Tirifilo calló. Los contrincantes comenzaron a jadear. El resuello de Tirifilo era violento. Producía un ruido ronco y agudo. Por poco rugía. Carita logró darle otro tajo en el antebrazo derecho, devolviéndole un chavetazo que falló. Las barras aullaron. Sólo la luna lucía impasible.
Tirifilo trató de serenarse y de tomar las cosas verdaderamente en serio. Estaba visto que ya no podría lucirse cortando a su placer a Carita y menos perdonándole. Jugó los brazos simulando contradictorios ataques y luego entró a fondo, logrando cortar a Carita en la boca.
—¡Ése es tajo que vale! —gritó uno de la barra adicta al maestro. Y agregó más fuerte—: ¡Ríndete, Carita! ¡Te va a matar!
Carita comenzó a beber su propia sangre, que del labio superior partido le chorreaba a la boca. El sabor de su sangre lo enfureció más, aturdiéndolo un poco, circunstancia que aprovechó Tirifilo para lanzarle nuevos chavetazos que lo hirieron en los hombros.
—¡Ríndete, Carita! —conminó de nuevo la voz.
La respuesta fue agacharse, saltar a un lado y otro, desviar la diestra armada de Tirifilo entrando de costado y darle un formidable puntazo en el rostro. Carita sintió el hueso del pómulo. Tirifilo rugió de dolor y las barras se excitaron a tal punto que alguien demandó calma a gritos.
El novato volvió al ataque pero el maestro, ya prevenido, lo paró en seco. Carita sintió que le desgarraba la camisa, a la altura del pecho. La chaveta cruzó de costado. Un poco más y lo habría muerto.
Carita se puso a dar saltos en torno a su enemigo, rehuyendo un entrevero. Trataba, mientras tanto, de pensar con claridad. La intimación al rendimiento le pareció un indicio de que la pelea estaba indecisa. Si bien la segunda vez lo había indignado, atacando como lo hizo, ahora veía que si continuaba entrando, Tirifilo acabaría por ganarle a pura dimensión de brazo, encajándole un chavetazo mortal. Entonces, debía volver a su táctica de pelearle de lejos, haciéndole el mayor número de tajos, cansándolo y desangrándolo hasta debilitarlo en tal forma que la tarea de rematar sería cuestión de tiempo. Tirifilo, con toda su experiencia de luchador, entendió bien lo que Carita se proponía. Desde el principio, trató de indignarlo para que entrara. Luego vio que no le hizo caso, pero más tarde se arrebató en forma que podía aprovechar. Ahora, que Carita volvía a escurrírsele, entendió que llevaba las de perder si no terminaba pronto con el “vivo” y se lanzó al ataque. Lo perseguía de un lado a otro del campo, hasta tropezar con los miembros de las barras o alguna lata vieja. Carita retrocedía a saltos, lo esquivaba, no sin lanzarle un chavetazo alguna vez. Los brazos de Tirifilo se iban llenando de heridas. Y parecía que Carita siempre le iba a quedar lejos.
—¡No corras, hijo de puta! —gritó Tirifilo.
En su voz había un acento de contenida desesperación.
Le daba rabia no poder acabar con ese rival novato, de sorprendente agilidad, que no sólo iba a dar al traste con su prestigio de chavetero sino que le podía quitar la vida. Habiendo abandonado la idea de lucirse con él y perdonarlo hacía mucho rato, resultaba que ahora tampoco podía matarlo. El gigantesco puma bufaba lanzando chavetazos de frente y de costado, sin lograr herir a Carita. Había sangre en los aceros y en los cuerpos, pero la sangre de Tirifilo corría más. En un momento en que éste se tiró a fondo como para atravesar a Carita, fue esquivado en forma tal, que la chaveta del muchacho, quien hizo un quite agachado y lanzóse hacia delante, le partió un muslo. Tirifilo volvióse rápido para encontrar que Carita le pasaba por un lado, cortándole el molledo del brazo izquierdo. El maestro se detuvo, como si para él todo eso constituyera el colmo de la sorpresa. Luego reinició la terca persecución, resollando angustiadamente.
Comenzaba a clarear el día. Carita vio la congestionada faz de Tirifilo. De los ojos rabiosos salían lágrimas que dejaban un trazo brillante en una mejilla. En la otra, mal herida, las lágrimas se confundían con la sangre. Carita vio también que en esos ojos estaba grabada la muerte, a fuego de odio y orgullo. Querían la muerte para Carita o Tirifilo mismo, pero nada menos.
Las barras se habían callado. El final ya parecía anunciarse, pero la derrota de Tirifilo se tenía aún por cosa increíble. Muchos esperaban que acertara haciendo un último esfuerzo. De algo habrían de servirle su gran valor, sus brazos larguísimos, su experiencia de años. Acaso terminaría por matar a Carita, pese a las malas condiciones en que estaba. Se había desangrado mucho, pero ninguna de sus heridas parecía mortal. La cuestión consistía en que resistiera. Aún podría atacar…
Es lo que trató de hacer Tirifilo. Pero no pudo persistir en el esfuerzo. Dio visibles muestras de debilidad. Sus saltos eran menos ágiles. El brazo de la manta aflojó mucho. Se hubiera dicho que perdía la guardia. El otro, se movía con poca agilidad al lanzar los chavetazos.
Confundido ya, insultó de nuevo a Carita, a la loca, como se vio luego:
—Entra, hijo de puta.
Carita saltó de un lado a otro, confundiendo más a su rival y midiendo la situación. De repente entró a fondo. Con el antebrazo enmantado, hizo a un lado el arma de Tirifilo y como la defensa de éste era floja, le clavó la chaveta en el pecho, empujándola con la palma de la mano ahuecada y sacándola luego inmediatamente, de modo que todo aquello pareció suerte de torería. Tirifilo derrumbose largo a largo y murió dando un rápido estertor.
Viendo las camisas blancas enrojecidas a trechos, uno comentó:
—Se han pintao la bandera peruana.
Carita se marchó hacia Malambo solo, la manta ensangrentada en una mano, la chaveta en la otra. Llegando al poblado, echó a andar por media calle, el paso vacilante, por poco sin fuerzas.
Cuando pasaba frente a la casa de Tirifilo, encontró a la mujer de éste, esperando a su marido en la puerta. Díjole entonces:
—Anda, recoge a tu negro, que no se levantará más…
Calle adelante, tropezó con dos policías. Pese a que caminaba con dificultad, llevaba en el rostro tal expresión de fiereza, y todo su continente rezumaba tanta disposición de lucha, así con la manta chorreando sangre y la chaveta lista, que los policías lo dejaron pasar, limitándose a seguirlo. Carita llegó por fin a la puerta de una botica, donde se desplomó gritando:
—Cúrenme.
La noticia fue recibida con incredulidad por los cronistas policiales. ¿Muerto a chaveta Tirifilo, el as de Malambo? Luego que la confirmaron viendo el cadáver en la morgue y entrevistando a Carita en el hospital, los diarios lucieron crónicas y reportajes a grandes titulares, durante muchos días.
El alma del pueblo vibró. Carita tenía en su favor, más allá de toda consideración de valor y victoria sobre el temible Tirifilo, el hecho de haber defendido a su madre. Valses criollos y marineras cantaron la hazaña. Un nuevo héroe popular había surgido. A la larga fue envuelto en una aureola de leyenda.
Cuando la Corte de Justicia vio el caso, Carita tenía ganada su causa en la opinión. Los magistrados consideraron la reyerta entre un negro y un mulato de Malambo como una clara cuestión de honor, un duelo de caballeros, y dictaron la sentencia correspondiente: tres años de prisión.
Los negros y mulatos de Malambo, de ordinario arrogantes, abombaron un tanto más el pecho al pasar por las calles de la Ciudad de los Reyes.

OTORONGO, Cuento de Dante Castro

Era muy de noche cuando llegó una patrulla del ejército a Quebrada Huariacca preguntando por el teniente-gobernador. Sonaban disparos de fusil y el aire de aromas naturales se llenó de olores extraños traídos de otras tierras. Los uniformes de invierno de la tropa se adherían a sus cuerpos despidiendo un vaho acre de sudores de caballo. La selva se puso quieta y silenciosa como esperando la lluvia y hasta el viento se refugió en lo más recóndito de la quebrada. Los colonos, sorprendidos en su sueño, comenzaron a prender antorchas y bajaron hacia el camino como un intermitente enjambre de luciérnagas.
-No queremos matar a nadie... -habló un sargento-. Tenemos la orden de decomisar todas las armas de la zona. Al que después se le encuentre con un arma... ¡se le fusila y listo!
Había inquietud en las miradas soñolientas de los campesinos que observaban con temor a los uniformados. Don Benito Santos, el teniente-gobernador, se comprometió con la tropa a que todas las armas serían entregadas. Por toda explicación le dijeron que era para prevenir una asonada comunista en aquella región. Junto con él caminaría la patrulla, casa por casa de los colonos, recogiendo las retrocargas y escopetas viejísimas con que cazaban. No sólo fueron armas lo que se llevaron, sino que hicieron matar una ternera para llevársela por pedazos a su guarnición, además de cargar con gallinas y chanchos ante la impotencia de sus propietarios. Fue así como Quebrada Huariacca se quedó sin armas de fuego.
El único que se salvó del decomiso fue Pedro Reyes, el dueño de la cantina de la zona. Enterró apresurado su carabina antes que la columna llegara, y no por intuición, sino por aviso de un comerciante errante que se emborrachaba en su negocio. Una nueva costumbre se haría crónica desde aquella fatídica visita de los cachacos: Ir a pedirle prestada el arma a Reyes.
-Don Pedrito, présteme su carabina pa’ tumbar chancho e’ monte...
-Don Pedro, el tigrillo se está comiendo las gallinas, présteme su arma.
Pronto empezaría a alquilar el arma a precios cada vez más fuertes. Fue por aquellos días que hizo su aparición un otorongo negro que se convertiría en el azote de la quebrada. El magro ganado doméstico de los colonos aparecía destrozado, desgajado y sin una gota de sangre cada mañana.
-Cómo sabe el animal cuando no hay escopeta, carajo...
Comentaba don Ramón Sánchez, hombre de respeto, con los vecinos que narraban entre sollozos la muerte de sus vacunos.
-No se sabe qué azote es peor... Primero los cachacos y después el tigre.
El felino hacía gala de su fuerza arrastrando toretes que lo triplicaban en peso a lo largo de varias cuadras. Silenciaba chanchos triturándoles el cogote entre sus fauces. Su mayor placer era romperle el cuello al ganado y beberse la sangre fresca del animal todavía vivo. El cuerpo, casi completo, quedaba para los carroñeros en algún lugar del campo.
Varios lo habían visto y jurarían, como don Ramón, que nunca hubo otro tan grande y tan hermoso. Pero con los machetes y rejones era imposible hacerle frente al animal. La gente se limitaba a ver con impotencia los restos de sus mejores vacas y chanchos desperdigados por las chacras.
Organizaron rondas de doce colonos armados con rejones y machete al cinto, pero la astucia del fiero siempre era mayor. Impusieron el sistema de los silbatos y el colono que sintiera el gemido de una de sus bestias, debería pasar la alarma a sus vecinos más próximos para que acudieran a perseguirle. Todo fue en vano. El otorongo se ponía a salvo en la selva virgen, desde donde acechaba los pasos de las rondas desconcertadas.
-Debemos ir a Huánuco pa' comprar escopetas. -sugirió don Ramón a la autoridad Benito Santos.
-No queremos a la tropa por acá de nuevo. -respondió.
-¿Y qué hacemos con el tigre?
-Pídanle su arma a Reyes... Que se las alquile...
Pero cada vez que el otorongo era cercado y acudían al negocio de Reyes, más tardaba en llegar el arma que el tigre en romper el cerco y huir al monte.
-Hay que hacer trampas. -comentaba la gente.
Una mañana, don Ramón Sánchez pidió ayuda a tres de sus vecinos más cercanos para cavar un hoyo profundo, casi un pozo. Tardaron hasta el ocaso sacando lampadas de tierra húmeda, creando una fosa de tres metros. La cubrieron de hojas de plátano y de una esterilla. Construyeron al día siguiente una reja de madera rudimentaria. Entrelazaron ramas fuertes y dejaron la armazón al lado del pozo cubierto. La ubicación era estratégica: al pie de la cerca del corral donde encerraba a los terneros.
-Ahora sí va a caer el muy astuto... -se dijo.
Comenzaría para él una secuela de noches de insomnio y de vigilia con el rejón calzado entre sus toscas manos de labriego. Consumió considerables cantidades de coca para no dormirse y fumó más de la cuenta. Luego de diez días de cansancio inútil, decidió que sus terneros no eran del gusto de la fiera y durmió normalmente. Correría otra semana sin novedad. No volvió a preocuparse del otorongo.
Una noche en que la cosecha del rocoto había agotado sus fuerzas y la lluvia convertía en lodazales las tierras de descanso, sintió ruidos extraños en el establo. Los becerros se inquietaban tratando de salir contra la mohosa cerca de troncos en un desesperado intento de huir. Corrió en la oscuridad con el machete en la diestra hacia la trampa y empujó sobre ella la armazón de maderos entrelazados que había preparado.
Su mujer le alcanzó una antorcha. Ante la luz irregular de la tea, resplandecían los ojos y el lomo brillante del predador. Tocó nervioso el silbato varias veces hasta que le contestaron de los predios vecinos. Para asegurar la reja de madera, colocó una enorme piedra encima.
A la media hora se veían hileras de antorchas dirigiéndose a los pagos de don Ramón. El tigre se hallaba en una sola posición, rígido y con la mirada hacia su posible salida. Cambió luego de actitud husmeando las paredes del cráter profundo. Quiso salir empujando la reja a saltos, pero se lo impedían los vecinos parados sobre el armatoste y la enorme piedra.
-¡Hay que matarlo de una vez! -gritó un colono.
-¡Tito! ... ¡anda tráy la carabina de Reyes! -le indicaron a un niño.
-¿Y si está cerrado el negocio?
-Tócale la puerta con piedra, pues, sonso... ¡Corre!
La algarabía era general. El azote de la quebrada había caído. Rígido y solemne, optaba por fingirse indiferente ante la muchedumbre que lo alumbraba con teas. Trajeron chacta para matizar la espera del arma. Tomaron y fumaron durante dos horas y el rifle no aparecía. Por fin llegó el niño jadeando.
-Dice que no presta, sino alquila... No quiere trato si nuay plata.
-Velo pues al desgraciado ese...
-Hay que usar los rejones.
-Con rejón nomas hay que matarlo...
-¡Clávenlo! -gritaba la gente.
Pero comprobarían que la longitud de las lanzas no era suficiente y el animal esquivaba con facilidad las estocadas. Hizo vanos intentos de empujar la armazón de palos y consiguió hacerles perder el equilibrio por un instante a los captores que se hallaban allí parados. Fue inútil.
-No se deja el tigre. Nuay cómo clavarlo.
-Pendejo, carajo...
-Dale pué...
Hasta que don Ramón se acordó del techo que había estado calafateando con brea esa tarde. Recordó cuando en Pucallpa vio a un crío meter la mano, por accidente, en la brea caliente: se la sacaron en esqueleto. “No quedó ni un miserable pedazo de carne en su mano”, pensó.
-¡Ya sé, burros!... ¡Lo mataremos con brea!... -exclamó.
Fueron a buscar el cilindro aún tibio y lo trajeron cargado en un palo. Prendieron fuego suficiente para un último hervor. El felino, mientras tanto, miraba sereno hacia el exterior.
-Ya está... ¡Ábranse de ahí!
Varias manos con trapos empujaron el cilindro hirviente para derramar el denso líquido sobre la reja que cubría la trampa. Se sintió un aullido potente, casi humano, y la fiera salió con reja y todo de un salto. El dolor había creado fuerzas descomunales en el animal. La sombra fugaz desapareció en la oscuridad de la noche y la selva se puso tan quieta y silenciosa como aquella vez que llegaron los soldados.
-No ha muerto... ¡Está vivo!
-Es el chullachaqui...
-El mismo demonio será...
-Anden cojudos... ¡Qué demonios ni qué carajos! ¡Busquen con las antorchas su rastro! -gritó don Ramón Sánchez.
Confirmarían después de corta búsqueda que los restos deformes del otorongo habían quedado pegados en cada obstáculo de su loca carrera por sobrevivir: una garra con el brazo pegados en un tronco de chonta, pedazos de piel con carne chamuscada en una roca. Y al final del regadero, en medio del monte, hallaron el espinazo con la cabeza desfigurada del que otrora fue un bello animal.
El azote había terminado.

miércoles, 2 de abril de 2014

HUMO AZUL, Cuento de José de Piérola

AUNQUE sólo han transcurrido tres días desde mi llegada, gracias a las facilidades que me brinda el gobierno que me ha acogido, escribo estas líneas para que sean difundidas por la Cadena Mundial de Mensajería Neumática. Hubiera preferido perderme tranquilamente entre los exilados que transitan las anchas calles de Tenerife, olvidado para siempre, pero la importancia del balance estratégico mundial, así como una poderosa razón de consciencia, me obliga a cumplir con una última responsabilidad antes de desaparecer de los despachos de prensa.Debo señalar, sin embargo, que no escribo con el propósito de dañar la reputación de los miembros del Consejo, gente proba más allá de cualquier sospecha. Debo señalar, además, que el arduo trabajo del Consejo durante los últimos ocho años, visto en retrospectiva, ha sido quizá el más brillante de la Era Postbellum. Sé, por ejemplo, que, desde que se descubriera en la famosa Bóveda de Tiempo Número 5, los textos completos de los cuatro escritores-cuyos nombres se conocían sólo por referencias fragmentarias- ninguno de los miembros del Consejo vaciló un instante en aceptar la inmensa responsabilidad que recaería sobre ellos. Después de tantos años de literatura anónima, era posible, por primera vez, nombrar no uno, sino cuatro autores. Pero antes, era imprescindible elegir a uno de ellos como el centro del canon, la referencia absoluta, la vara con que se mediría la excelencia de todo lo escrito, la semilla para la producción literaria del futuro. Sin embargo, la Tarea no fue fácil.Pocos saben cuánto trabajó el Consejo desde el día en que se abrió la bóveda de tiempo hasta la tarde en que se alzó la voluta de humo azul desde el último piso del Ministerio de Diseminación de Información. Durante los primeros cinco años, las largas sesiones, grabadas en tambores de ferrita para la posteridad, consistieron en análisis minuciosos, línea por línea, de los textos de los cuatro escritores. Cada vez que se encontraba una cualidad sobresaliente en uno de ellos, aparecían, de inmediato, cualidades semejantes en los otros tres. El análisis volvía, entonces, a la primera línea, al texto anterior, al escritor anterior, en un espiral que los envolvía interminablemente sin que pudieran discernir el paso de las horas. No era raro que el Consejo trabajara desde el alba hasta el crepúsculo.Sin embargo, a pesar del minucioso análisis de la obra de los cuatro escritores, después de cinco arduos años, el Consejo no había llegado a ninguna conclusión. Las obras, aunque disímiles en cuanto a los temas, estilos y técnicas narrativas, eran de calidades equivalentes. El Consejo, presionado cada vez más por la llegada constante de cápsulas exigiendo resultados, trataba infructuosamente de completar la Tarea. El quinto año, por ejemplo, se recibieron medio millón de cápsulas neumáticas de los lugares más remotos del país. Como se sabe, aquel año la Primera Ministra había difundido un mensaje por la Red Nacional de Mensajería Neumática, justificando el reclutamiento masivo de escritores anónimos para el Ministerio de Diseminación de Información, ya que, según explicó, la demanda pronto excedería la producción. También aquel año hubo grupos que marcharon por las calles. Unos querían que el Consejo autorizara la relectura de viejas obras. Otros pedían el cierre de los incineradores oficiales. Los más radicales, bajo el emblema "SCRIPTOR EX FABULA", llegaron a exigir que se incluyera el nombre del autor en las obras literarias.Quizá esta presión excesiva provocó la enfermedad de la Presidenta del Consejo, que, siguiendo recomendaciones médicas, tuvo que someterse a frecuentes baños de sales en una tina especialmente diseñada por el Instituto de Enfermedades Meridionales. Fue en vano que, en un intento por continuar con la Tarea, el Consejo mudara su sala de deliberaciones al baño, especialmente acondicionado, donde la Presidenta, detrás de un biombo de vidrio pavonado, se sometía al tratamiento. A la dificultad de las discusiones, entorpecidas por el eco de las paredes de mármol, se sumó el efecto nocivo de los salinos vapores en los textos originales. Esto hizo imprescindible la interrupción de tal arreglo.Todavía recuerdo cuando la Cadena Nacional de Mensajería Neumática difundió la noticia: Debido a su enfermedad, la Presidenta del Consejo se veía obligada a pedir su pase al retiro, consciente de que su decisión irrevocable afectaría irremediablemente la historia del país. Y no podía ser de otra manera. Es cierto que el orden de sucesión dentro de los miembros del Consejo era de dominio público, pero también es cierto que el retiro de la Presidenta dejaba una poltrona libre, lo cual impedía la continuación de la Tarea. El nuevo Presidente del Consejo, después de la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, propuso suspender la Tarea hasta que se llenara la poltrona vacante. Dos días después, también, la CNMN anunció que el más joven de los miembros del Consejo, consciente de su falta de experiencia en un proceso semejante, había pedido su separación temporal, ya que, según declaró, su presencia sólo entorpecería las deliberaciones. Desde entonces, por un lapso de tres meses, los cinco miembros restantes se dedicaron íntegramente al proceso de selección.Tampoco fue fácil. El primer candidato, por ejemplo, recomendado por la Universidad de Dominica, además del Capellán Mayor de la Metrópolis de Tulsa, llegó a la entrevista tan nervioso que el Consejo decidió suspenderla, otorgándole el día libre para que paseara por los Jardines Botánicos. Lo cual resultó acertado, porque regresó, al día siguiente, más calmado y cargado de voluminosos legajos que pensaba usar a su favor. Ya en la entrevista, siendo de rigor la imparcialidad de los candidatos, se le preguntó, como tema inicial, si tenía alguna preferencia entre los cuatro escritores. El candidato, mirando con ojos grandes, azules, que contrastaban con su mentón recién afeitado, dijo que sí, tenía una preferencia, al tiempo que depositaba sobre el tablero los dos inmensos legajos que había traído consigo.Desde el descubrimiento de la Bóveda de Tiempo Número 5, empezó diciendo, gracias a las copias facsimilares que obran en poder de la Universidad de Dominica, he estudiado metódicamente los textos de los cuatro escritores. Aunque al principio me parecieron equivalentes, después, cuando empecé a comparar los temas, más allá de las proezas estilísticas, pude comprobar que uno de ellos era definitivamente superior. Los resultados de mis estudios, continuó, aparecen en estos manuscritos documentados con exhaustivo detalle.¿Los tiene grabados en un tambor de ferrita?, preguntó el Consejo. El candidato, con una sonrisa de orgullo, depositó en el tablero un reluciente tambor de ferrita con los sellos oficiales de su universidad. Déjenos el material, dijo el Consejo, lo usaremos en nuestra deliberación; mientras tanto puede esperarnos en el recibidor, donde encontrará algunas exquisiteces traídas de la República Panafricana, incluyendo un estupendo vino de Ciudad del Cabo.Asombrado por la rapidez de la entrevista, el candidato siguió a un ujier segundo hasta el Recibidor del Consejo, donde comió algunos canapés de soya, pero antes de que pudiera tomar la primera copa de vino, un ujier primero le comunicó que el Consejo sentía mucho no poder concederle la poltrona vacante, rogándole, además, su comprensión por no devolverle ni el manuscrito ni el tambor de ferrita. El candidato, rojo de ira, pensó reclamar, pero no pudo, porque dos guardias nacionales, después de leerle sus derechos, ya lo escoltaban al primer piso. Allí lo embarcaron en un transportador oficial que lo llevó al Instituto de Estudio de Conductas Excéntricas de Tierra del Fuego, donde sigue incomunicado hasta el día de hoy. El Consejo decidió, además, retirar las copias facsimilares de las siete universidades del país.Sin adelantarme a los hechos, debo señalar que no todos los candidatos fueron tratados de manera tan sumaria, ni tan severa. Algunos, como el profesor de la Gran Europa, que luego de veinte años de vivir en nuestro país se había naturalizado para trabajar en el Ministerio de Poesis, asistió a dieciocho entrevistas consecutivas, que abarcaron extensas discusiones sobre los autores de la Era Antebellum, además de otros textos antiguos menos conocidos. El profesor, sin embargo, se retiró de manera voluntaria, ya que él mismo consideró que su vasto conocimiento de la literatura antigua podría influir negativamente en la Tarea. Hecha pública su decisión en la CNMN, la Primera Ministra le envió sus felicitaciones.Sería largo, además de innecesario, enumerar todos los candidatos entrevistados. Sin embargo, es pertinente señalar a la última, la que ocuparía la poltrona vacante en el Consejo, convirtiéndose, además, en el miembro más joven de la historia. Pero eso no es lo asombroso. Lo increíble es que esta joven ocupara semejante cargo sin haber leído nunca obra literaria alguna. ¿Cómo había llegado al Consejo? La respuesta es simple. Desde que terminó su educación elemental, debido a sus aptitudes para el pensamiento algorítmico, pasó directamente a trabajar como aprendiz en el Instituto de Computación Bioneumática, el mismo año en que, previendo la escasez, la Primera Ministra había aprobado el presupuesto especial para el desarrollo del Gran Permutador, el súper computador bioneumático que produciría obras literarias a partir de textos canónicos almacenados en tambores de ferrita de alta capacidad. La candidata fue asignada a la Unidad de Estilo que desarrolló el dispositivo bioneumático que convierte una obra cualquiera a un estilo previamente almacenado en tambores de ferrita. Como los demás miembros del equipo, ella también firmó un contrato en que renunciaba temporalmente a su primer derecho constitucional, el derecho a la lectura. En cinco años, por lo tanto, no había podido acceder, legalmente, a ninguna obra literaria.Terminado el Gran Permutador, todos los miembros del equipo fueron felicitados por la Primera Ministra. En la misma ceremonia, la directora del Instituto de Computación Bioneumática, aclaró que semejante avance tecnológico no hubiera sido posible sin el genio del dispositivo concebido por nuestra joven candidata. Declaración excesiva, pero que llevó a la Primera Ministra a proponerla para ocupar la poltrona vacante del Consejo.Cumplida la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, ya completos sus siete miembros, el Consejo reanudó la Tarea. Es cierto que la nueva integrante participó con el mismo empeño que los demás, pero también es cierto que fue ella quien propuso discutibles estrategias para el análisis de los textos. Al principio, como es natural, los demás miembros del Consejo, experimentados en análisis literario, se negaron. Pero, poco a poco, en una labor de convencimiento en que no escatimó el uso de su capacidad para el pensamiento algorítmico, empezó a ganar la aprobación de los demás miembros, menos uno. Es así como se aceptaron, por mayoría simple, cada una de sus propuestas.Sin embargo, todavía transcurrieron tres años sin que el Consejo eligiera a uno de los cuatro escritores. Fue durante esos años, en especial, durante el último, que la joven miembro llegó a ejercer cada vez mayor influencia, proponiendo métodos cada vez más objetables, hasta llegar al último, el inaceptable. Pero el Consejo, presionado por los nuevos grupos extremistas que empezaron a marchar por las calles, presionado por la llegada masiva de cápsulas neumáticas, presionado por las visitas constantes de la Primera Ministra, se vio obligado a tomar una decisión. No es necesario describir la algarabía general que se produjo en todo el país cuando las primeras volutas de humo azul se alzaron en el cielo de la tarde. Pero, mientras el país entero celebraba, yo meditaba sentado junto al amplio ventanal de mi oficina, hasta que, ya casi a la madrugada del día siguiente, obligado por mi consciencia, tomé una decisión sin precedentes en nuestra historia, y usando mi privilegio como Presidente del Consejo, fleté el transportador oficial que me trajo al Santuario Mundial de las Islas Canarias, donde he pedido asilo.Mi decisión de abandonar el Consejo cuando empezaría su época más gloriosa, se debe a que no puedo aceptar que un asunto tan importante para la historia de mi país, tan importante para el mundo entero, se haya decidido, bajo la malsana influencia del miembro más joven, con una suerte equivalente al abyecto rodar de unos dados

PLAN LECTOR: "ACO", (El diario de niño escolar). Opinión de la prof. Élida Solís Cueva

“El libro “A C O” es una novela biográfica del autor, donde nos cuenta a través de un diario escolar su vida cuando cursaba el cuarto grado de primaria. El escritor Rafael Alvarado Castillo logra atrapar al lector con  su rica pluma literaria. Mis alumnos quedaron encantados en el aula de clase con la lectura de la obra”

     ÉLIDA SOLÍS CUEVA, Colegio Abraham Valdelomar, San Juan de Lurigancho, Lima. UGEL O5)

PLAN LECTOR: "ACO"(El diario de un niño escolar) Opinión de la prof. Justina Abarca Cotrina



 “Para  mí personalmente, la obra “A C O” del escritor Rafael Alvarado Castillo es muy buena, tanto por su mensaje como por la manera cómo narra los hechos que ejecutan los personajes principales y secundarios en el escuela.    Cuando mis alumnos leyeron la obra en el aula de clases se identificaron con los personajes y al final se sintieron que eran parte de la obra”.  (JUSTINA ABARCA COTRINA, Colegio Nacional de  Huando, UGEL 10)

ACO, (El diario de un niño escolar) Opinión de la Prof. Jenny Cainicella Avellaneda

      “Conocí la obra “A C O” en el año 2009 y después de leerla me gustó mucho. Entonces, creí conveniente que mis alumnos de varias secciones los leyeran. Cuando mis alumnos  leyeron la obra en el aula de clases  disfrutaron mucho con el diario de un niño escolar. El autor nos narra su vida y de otros personajes de la escuela de una manera peculiar que atrapa al lector de comienzo a fin. Es una obra que debe ser leída por garndes y chicos”
  (JENNY MARISOL CAINICELLA AVELLANEDA, Colegio Nacional "Julio César Tello", San Juan de Lurigancho,   UGEL 05).