martes, 1 de abril de 2014

ALFREDO PITA y su cuento "Extraños frutos"

El automóvil apareció como una sombra fosforescente y pasó, lento, frente al lugar donde él estaba. Era blanco, avanzaba en silencio y sus llantas apenas bisbiseaban sobre el asfalto húmedo. La calle brillaba dándole lustre y hondura a la oscuridad. La noche estaba cargada de una reverberación helada, pero tal vez era él, que ya estaba empapado. Su memoria lo agarró por el cuello y lo tiró hacia atrás, a sus años de estudiante sanmarquino. Recordó la llovizna en las madrugadas de Lima, el invierno en el centro de la ciudad. Era algo así, pero a la vez tan diferente. Él estaba ya lejos de todo eso. Aún cerca del Pacífico, sí, pero a años luz, a varios mundos de aquellas calles en las que había sido joven y nada feliz. Sí, había una distancia abismal entre esa esquina y las calles de su barrio, de su ciudad, de su país, del que había tenido que salir corriendo. ¿Hacía cuántos años de todo eso? Ya no llevaba la cuenta, le daba una especie de vértigo. Y allí estaba, en Los Ángeles, en pleno centro de Los Ángeles, después de haber pasado dos años, aleccionadores y horribles, de aclimatación al american way of life, del lado de Miami. Allí estaba, con sus cuarenta y pico años a cuestas y, bajo el brazo, es un decir, un mugroso título de abogado, de abogado peruano en California, perdonen la tristeza, que de nada le servía ya, y por el que, en Lima, habían estado a punto de matarlo o, al menos, de meterlo en la cárcel.
No había llegado a Los Ángeles para triunfar, como tal vez habría intentado engañarse a sí mismo de haber llegado joven. Un cuarentón triunfa con dificultad en California, y menos si no sabe inglés, como era aún su caso en los días en que llegó. Ahora lo chapuceaba, es cierto, pero no como para intentar levantarse a una actriz de Hollywood. No, su acentazo no era un pasaporte para la gloria. Tampoco estaba allí para fracasar, todo lo contrario. Se había prometido ganar plata, mucha plata, tanta como pudiera, para, un día, poder volver. Volver. Alguna vez, cuando todo se hubiese calmado. Por ahora, cada vez que lo pensaba, le era imposible imaginar ese regreso. Le era difícil hacer rimar en su cabeza la palabra volver y el sonido de sus pasos saliendo del aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Sólo de pensarlo sentía sudores fríos y vagas arcadas irradiaban, amargas, desde sus tripas. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cinco años? ¿Seis? El juicio no estaba cerrado y la orden de captura estaba viva. Todo estaba contra él y el dictador asiático y su caterva de ratas ladronas se la tenían jurada. Al flaco Manuel no le habían dado a escoger y una mañana amaneció con un tiro en la nuca en una vereda de Chorrillos. Con él, sin embargo, habían intentado jugar la legalidad. Lo acusaban en la práctica de terrorismo y lo querían apresar y juzgar. Llegado el momento, sin embargo, un comando de la muerte se habría encargado de él, estaba seguro. Había metido los dedos en el engranaje. Él, un joven abogado que había querido aventurarse en la defensa de los derechos humanos y otras arenas movedizas. No le había quedado, pues, sino la fuga. Por otro lado, ese viaje a Estados Unidos, al que lo incitaron, al comienzo, el miedo y el instinto de conservación, había acabado por tener otra justificación: el deseo, confuso y a la vez imperativo, de encontrarse con alguien, de verle la cara a otro prófugo, al militar que había matado a tanto campesino inocente en Ayacucho, al hombre que, al parecer, había matado a su amigo. El hijo de puta también se había “exilado” en tierras gringas, como él. No había logrado averiguar nada sobre el verdugo, al que venía buscando tres años ya. Eso también estaba pendiente. Ese era su “sueño americano”, del que poco había logrado. Esa era su circunstancia, su historia y sus límites. No le quedaba otra cosa sino juntar fuerzas, tensar músculos e ideas, y aguantar, aguantar, buscar su oportunidad, hallarla y sumar los dólares que fueran cayendo para, llegada la hora, hacer lo que tenía que hacer allí. No debía soñar en todo caso y, menos, cojudeces. De hecho, a diferencia de los peruanos que había encontrado en todo ese tiempo, una de las primeras cosas que él se había impuesto al llegar a Estados Unidos era que no había que soñar con castillitos de Disneylandia y con princesitas pecosas adictas al helado. Había que tener los ojos abiertos, pues, muy abiertos, para que la presa no se escapara, de presentarse la presa, claro. Así eran las cosas.
Sí, no había que soñar. Era la consigna, dijeran lo que dijeran los que se creían el cuento, los que no llegaban a ver que eso era sólo para algunos, para muy pocos. El verdadero “sueño americano” lo vivían otros, los que se movían en las alturas de ese paraíso, los que roncaban sobre ese país y el mundo, los que tenían la sartén por el mango y repartían la torta o, mejor dicho, los mendrugos de la torta, que la torta se la quedaban entera, o casi. Para los otros, para la gente como su gente, lo único que quedaba era la servidumbre, ese estado objetivo de esclavitud que no querían ver los que se aferraban a la esperanza. Claro, que siempre podía llegar el golpe de suerte, que podía presentarse de cualquier manera. Sólo había que tener los ojos abiertos para que la liebre no se escapase. ¿Volver...? ¡Por favor! Él no sólo no había triunfado, sino que a esas alturas ni siquiera tenía trabajo de temporero, ya no se diga de lavaplatos o de portero. Hasta eso se había convertido en una quimera para él. Esa era una de las razones por las que estaba allí, en la madrugada, caminando bajo la garúa, preguntándose cómo iba a hacer, dónde diablos iba a dormir. Mala idea, muy mala idea esa de haberse quedado con los colombianos, jugando póker y tomando cerveza en el depósito donde trabajaba uno de ellos. El cabrón que apareció y les sorprendió era uno de los jefes. No sólo los asustó sino que los amenazó con la policía. Los colombianos se esfumaron en la noche, dejando a su paisano explicándose con el patrón. La policía era lo último que querían ver. Él también se había alejado del lugar, pero sin correr, a buen paso, no sólo por no llamar la atención sino por dignidad. De hecho, el cabrón ese del jefe nunca iba a llamar a la policía, pues hubiera tenido que explicar con detalle sus negocios y sus treinta o cuarenta latinos indocumentados. Los colombianos se habían dejado impresionar y habían escapado, rápidos como anguilas. De su lado, su venganza había sido salir con calma, llevándose de paso una botella de whisky que, desde hacía un momento, le guiñaba el ojo desde un anaquel. Él sabía cómo eran las cosas, por lo que caminó sin correr, adentrándose en la noche y la lluvia, pero, sobre todo, en sus recuerdos. No, el retorno a Lima no estaba a la vuelta de la esquina.
Lo que tenía que hallar era un lugar seco, ya no para dormir sino para esperar el día. ¿Dónde hallarlo en el centro de Los Ángeles, en el corazón, o el vientre, de esa ciudad inmensa, donde a esa hora no había circulación y no se paseaba ni un alma, salvo él? Seguir caminando, intentar llegar a pie hasta Palmetto, el barrio donde se alojaba, era una apuesta disparatada. Sin pensarlo había encaminado sus pasos hacia esa plaza, donde, ahora se daba cuenta, en varias ocasiones había visto, a la caída de la tarde, a gente que reunía cartones y bolsas de dormir, como preparándose para la noche que se venía. Y allí estaba, bajo la lluvia, pensando en el acto fallido, en el peregrino impulso que lo había llevado a acercarse a ese lugar, a buscar un refugio, tal vez un cartón de refrigeradora que le sirviera de dormitorio y morada, por lo que quedaba de esa noche, al menos. Fue en ese momento cuando vio pasar el automóvil ese, que ahora ya se alejaba, silencioso, majestuoso, como un halcón blanco que volase a ras de tierra, rumbo a una mansión del lado de Mulholland Drive, o a un hotel donde, al que conducía, lo esperaba una cama limpia y caliente, ¡concha de su madre! Y él que no tenía un par de pesos para comer algo o para pretender dormir en un hotelucho. Los del póker lo habían limpiado. Ese era su triunfo "americano", por el momento. Y esa noche, y esa lluvia, eran un buen marco para considerar lo que había hecho de su vida. Esa no era su primera noche en la mera calle, ni mucho menos, pero era la primera con llovizna y eso lo cambiaba todo. Le asombraba verse a sí mismo en ese estado, en ese trance, como hubiera dicho su madre, pero no podía decirse que todo eso lo tomara de sorpresa. No, había que tener el valor de reconocerlo. No había sabido hacer las cosas, eso era todo. Ni en el Perú, donde se puso a defender a "terrucos" cuyas ideas no compartía, ni allí, en ese recodo de las entrañas del imperio, en medio de esa sociedad de mierda a la que, por necesidad, se había acogido, donde no había asumido su papel, donde no había aceptado los sometimientos mínimos que le imponía su condición de inmigrante clandestino. Se la había buscado, y a lo hecho, pecho.
En esas condiciones, ¿volvería, alguna vez? Ya hasta le daba náuseas intentar responderse. Buscó con la mirada el fondo de la noche y de la lluvia en que se había desvanecido el automóvil blanco y, sorpresa, vio que estaba de retorno. El automóvil avanzaba de nuevo hacia él, lento, irreal. Parecía no rodar, sino deslizarse. Él seguía detenido en esa esquina, donde, desde hacía un buen momento ya, se había puesto a considerar, bajo esa llovizna "limeña" y como paralizado, sin animarse a avanzar ni a retroceder, lo que había hecho de su vida, ¡insensato!, ¡insensato! El automóvil ya estaba cerca. Lo miró, ahora con impaciencia, molesto de que el hijo de puta ese que lo manejaba anduviera dando vueltas por allí, merodeando por donde él estaba, en lugar de estar gozando de su casa y de su cama caliente y limpia. El coche se detuvo a unos diez metros. Había dos personas dentro, el chofer y alguien a su lado, o alguien que estaba en el asiento de atrás, pero que se había inclinado para hablarle, para darle instrucciones al conductor. De pronto, desde la ventanilla delantera, posiblemente accionado por el chofer, se encendió un potente fanal, como si dentro del vehículo hubiera policías buscando a alguien, y un chorro de luz comenzó a barrer la amplia vereda de la plaza. En su cerebro también se hizo la luz y, centelleante, le vino la idea. No buscaban a nadie, se trataba de otra cosa. Desde la ventanilla trasera alguien estaba filmando ese lugar, esa escena que él no había visto bien, pero que había presentido, y buscado, al acercarse allí, con una extraña mezcla de fascinación y de temor. El chorro de luz dio vida a un horizonte de bultos informes que pronto se convirtió en una masa que se agitaba en forma lenta, que gruñía y protestaba ante ese baño de sol en medio de las tinieblas. Un paisaje extraño se movía ante él, nítido y muy cercano. Bultos cubiertos con plásticos, con periódicos, con sucias mantas, formas humanas que emergían a medias de absurdas construcciones de cartón. Ese era el planeta de los pobres diablos que él había ido a buscar. Y allí estaba él, contemplando, a su izquierda, en esa acera de Los Angeles Street, cuadra ocho, a esa humanidad en harapos y, a la derecha, delante de él, al automóvil que los filmaba. Tuvo ganas de alejarse, esta vez corriendo, pero algo en su cerebro lo paralizó. Tal vez había ido hasta allí para ver también eso.
Los del automóvil seguían filmando la confusa alfombra humana que ya se alzaba. Alguien, desde las cajas más próximas a él, tosió.
—¡Mierda...! —se alzó una voz sofocada— ¿Qué ocurre...? ¿Nos está filmando el hijo de puta…?
—¡¿Qué pasa...?! ¡¿Qué pasa...?!.
Las voces se trizaban, estallaban. Eso iba a acabar mal. Él supo que debía alejarse, que debía retroceder, pero no se movió. Estaba fascinado por lo que estaba viendo. Muchas de las sombras estaban ya en pie, y brillaban, enceguecidas y titubeantes, cubriéndose los ojos heridos, como si el fanal las hubiera arrancado con sangre del sueño, del suelo donde habían estado debatiéndose con pesadillas que no eran nada frente a lo que les estaba ocurriendo. La viva alfombra, que se extendía hasta el final del square, se agitaba bajo la fina llovizna, convulsa, colectiva, como si fuera incapaz de reacciones individuales. Todo eso duró apenas unos segundos. Los gestos de esa multitud oscura eran lentos y confusos. Las siluetas, sin embargo, trabadas por las mantas, por los plásticos y cartones de los que surgían, comenzaban a tener coherencia. La sorpresa jugaba contra esa gente y eso se veía en el paso errático, vacilante, con que avanzaba el primero que había reaccionado. Era un gigante negro que, bañado por la luz del fanal, parecía ser de plata. Su gran melena, trenzada, apelmazada, a medias recogida hacia atrás, parecía despedir rayos. Pensó en un Bob Marley enorme, fornido y belicoso. El hombre quería hacerlo todo a la vez, gritar, botella en mano, alertar a los otros, avanzar, pero trastabillaba en su intento de acercarse a la pista, de lanzar su proyectil. Atrás, se alzaba ya un coro de insultos, al tiempo que las miradas se tornaban en todas las direcciones y las manos, afanosas, enloquecidas, buscaban piedras, maderos, cualquier cosa hiriente, arrojadiza.
Cuando lo alcanzó la primera botella, el automóvil ya estaba otra vez en marcha y se acercaba hacia donde estaba él, siempre lanzando su implacable chorro de luz. Él veía la escena paralizado, como un gorrión al que la serpiente va a devorar. Adivinó que, de un momento a otro, ese fantasma sobre ruedas iba a acelerar, que sus llantas iban a chirriar y que iba a alejarse, ahora con brillos opacos, para no volver más. Su mano se levantó autónoma y, con la fuerza y la certeza del atleta que él no era, lanzó la botella de whisky contra el parabrisas, que estalló. Él lo veía todo en cámara lenta, como a través de una cortina de escarcha. El automóvil se desvió y se estrelló contra un poste. Se quedó inerte y silencioso. Su fanal se había extinguido. Las sombras se lanzaron sobre los restos de la bestia herida, mientras él contemplaba la escena, el coche, la noche, las botellas y latas vacías de cerveza que volaban, que lanzaban los rezagados y que no llegaban lejos. ¡Por la grandísima…!
Los ocupantes del automóvil no estaban heridos, sólo golpeados y, sobre todo, paralizados por el miedo. Los sacaron a empellones y les cayeron algunos puñetazos y patadas, que no continuaron porque el gran negro impidió que la horda se desbocara. Pidió calma y silencio y se llevó el dedo hacia la oreja, como para escuchar alguna lejana sirena de policía. No se oía nada, salvo el rumor, casi imperceptible, de la lluvia sobre la ciudad dormida, y los quejidos de uno de los ocupantes del automóvil, que, al parecer, era el que peor había salido del choque. La noche había vuelto a la oscuridad y a su indiferencia por el hecho humano, por los pequeños afanes, por las miserables contiendas de los hombres. Volvió a sentir la urgente necesidad de desaparecer de allí, pero permaneció inmóvil. El gigante, cuyos rasgos ahora se fundían con las sombras, dijo que había que sacar de allí el automóvil, que había que aparcarlo, para que no llamara la atención. Los otros le obedecieron.
Hecho esto, un grupo comenzó a vociferar, a empujar a los dos hombres hacia el square, más allá de la reja contra la que se apoyaba la larga ciudadela de cartones y de tiendas improvisadas de plástico.
—¡Hijos de puta...!
—¡Avancen, pelotudos! Así que filmándonos, ¿no?
El negro volvió a pedir calma y, agitando las manos con las palmas hacia abajo, exigió menos bulla. ¡Callen, carajo! ¿Quieren que venga la policía, o qué? Los más exaltados dejaron de gritar y alguno se consoló dando un empujón brutal a los detenidos, que estaban demasiado aterrados para protestar. Él estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo, algo le decía que, esa noche, tal vez no debía meterse en más honduras. Estaba madurando, no había duda. Antes, actuaba, y pensaba después. El gigante lo miró, levantó el índice, como llamándolo, y comenzó a caminar hacia él. Se dijo que había perdido, hacía unos minutos, una buena oportunidad de largarse. El hombre avanzaba despacio, con pasos sincopados, salmodiando algo entre los dientes, alzando otra vez los brazos al cielo, pero ahora ya no con ira, sino como para agradecer algo a alguien, o para recibir en sus manos la lluvia, que desde hacía un momento ya no caía. Cuando lo tuvo muy cerca, vio que el hombre reía y cantaba a la vez, muy quedo, sin dejar de mirarlo, conmovido, agradecido.
—¡Hermano...! ¡Vi lo que hiciste...! ¡Muy bien!
Vio también sus abundantes canas, su barba rala y blanca, su melena alborotada; vio sus facciones, su sonrisa, su mirada afiebrada. Sintió su pesada mano en el hombro, mientras que, fascinado, buscaba, en sus oscuras cuencas, sus ojos, que parecían dos brasas extraídas de una forja. El hombre repetía, ¡muy bien!, ¡muy bien! Él no supo qué responderle. No se atrevió a decirle que lo había hecho sin pensar, que ahora lo único que quería era volverse por donde había venido y desaparecer de allí. La mano del hombre, con una leve presión, lo orientaba ya hacia la plaza, hacia donde los otros se habían ido con sus prisioneros. Él obedeció. La idea de que él también era un prisionero le atravesó, fugaz, la conciencia.
—Vamos a ver qué se hace… —dijo el hombre.
En el centro del parque, bajo la luz amarilla de unas farolas, el nutrido grupo, el tumulto de sombras, se agitaba en forma ruidosa en torno a sus presas, a los dos hombres que yacían amordazados y maniatados en el suelo, como si hubieran sido capturados en alguna guerra exótica. El grupo inconexo de hacía un momento era ahora un ser colectivo, una tribu, que saltaba y danzaba lanzando gritos, quedos, aullidos contenidos, casi sólo mimados. Al verlos, algunos se pusieron a corear un nombre, exaltados, ¡Clyde!, ¡Clyde!. El hombre quiso imponerles silencio sin mucho éxito. En ese momento las nubes dejaron pasar la luz de la luna, que iluminó aún más esa extraña asamblea, esa escena esculpida en cobre y plata que él tenía ante sí, en la que se perfilaba y adquiría forma nítida esa multitud que entonaba su desigual canto ahogado. El hombre se esforzaba por poner un poco de orden. Bueno, vamos a aclarar esto, dijo. ¿Qué han averiguado? ¿Alguien tiene algún elemento? Algunas voces asintieron. Una de ellas dijo que eran unos periodistas de Nueva York, que intentaban hacerse de un reportaje sobre los efectos de la crisis. Alguien tiró a los pies del gigante un maletín con documentos y materiales. Lo habían tomado del automóvil, era evidente. Aquí está todo, dijo, con odio frío, un individuo iracundo. Lo dijo casi escupiendo.
—¿Qué hacemos con ellos, Clyde? Estos perros merecen un escarmiento.
Otro clamó:
—¡Vamos a arrancarles la piel, los ojos!
Otro rió obscenamente.
—¡Clyde, que tal si los fusilamos todos y cada uno!
Se alzaron otras risas. El gigante no respondió. Se puso de cuclillas junto a uno de los caídos. Le quitó la mordaza y se puso a interrogarlo, a dialogar con él, como un jefe de milicia que aún no sabe la suerte que va a imponerles a sus prisioneros. Luego se puso a hablar con algunos de los que lo rodeaban en círculo. Era un consejo de guerra. Se diría que estaban en un claro de bosque, en alguna sabana, salvo que en el horizonte se alzaban los grandes rascacielos que rodeaban el centro de Los Ángeles. Volvió a sentir la urgencia de irse. Se dijo que ya estaba bueno, que ya se había complicado la vida en forma suficiente, que era tiempo de desaparecer de ese lugar. Debía hundirse en esa selva de edificios y calles que apenas conocía y que ya se le había revelado hostil y fría en otras ocasiones. Porque quedarse allí sólo podía ser peor, sobre todo si aparecía la policía. Le extrañaba que no estuvieran ya allí, con sus sirenas y todo su circo, después de lo que había ocurrido. Hizo ademán de retroceder unos pasos, sin dejar de mirar el tumulto que poco a poco se iba calmando, como si tuviera que fijar bien en su cerebro todo ese paisaje humano y material que tenía al frente y que, por momentos, se preguntaba si era real o tan sólo un sueño. Clyde hablaba con el prisionero y, otra vez, con su estado mayor. Sonrió por la analogía que estaba haciendo. La luna se había vuelto a ocultar, pero él, en forma inexplicable, veía todo eso muy claro. Esa noche, no sabía qué lo había puesto así, si las cervezas, la adrenalina, la llovizna o, simplemente, sus recuerdos. En todo caso, estaba como clarividente, algo zahorí. Siguió retrocediendo. No, no era eso. El centro del parque estaba algo iluminado, y la luz de la luna se iba y venía, eso ayudaba. No se pudo alejar mucho. Clyde se volvió hacia él con naturalidad y le hizo un gesto de que se acercase. Él obedeció.
—¡Este hermano latino nos ha dado una mano! —dijo.
Los dos prisioneros estaban de nuevo amordazados y esperaban su suerte como resignados, inmóviles. Se dijo que tal vez debía ayudarlos, pero calló.
Clyde insistió:
—¡Este hermano latino nos ha hecho un gran regalo hoy! ¡Quiero que lo traten como corresponde a un aliado nuestro!
Un rumor de aprobación lo rodeó y le hizo sentir algo que no sentía desde que se fue del Perú. Que servía para algo, que podía ser útil, que no era diferente en esa sociedad obtusa, que había ayudado a gente que estaba aún más al margen que él. Tal vez, todo eso estaba escrito en alguna parte y por una razón determinada él debía estar esa noche allí, asistiendo a esa ceremonia difícil de entender y de describir. Su mirada buscó por instinto a los caídos y vio que seguían quietos en la tensa espera de su suerte. Algunas manos le palmearon la espalda con aprobación. Él seguía fascinado por esa tensión que había cedido sin ceder, por la electricidad de los gestos y miradas que lo rodeaban. Las voces y los brazos seguían levantándose, como intentando arrancar algo a la noche. Una voz entonaba un monocorde rap improvisado que daba cuenta de la situación extraña que todos vivían. Muchas de las sombras miraban las nubes que dejaba filtrar la luz de la luna, como si el cielo tuviera que rendir cuentas a esa humanidad que ahora parecía querer danzar y que poco antes él había visto armada de botellas, de trozos de madera y fierros viejos. La elasticidad e incoherencia de los pasos de la danza de guerra que intentaban algunos lo fascinaba. Se preguntó si algo malo iba a ocurrir allí, si a los prisioneros, a esos dos pobres diablos tirados a unos pasos de donde él estaba, los iban a castigar aún más. El no quería ser cómplice. Mirando esos pies que danzaban, vio que muchos de esos hombres estaban descalzos, o que sólo llevaban medias. Se decidió por hablarle con claridad al gigante, y carraspeó.
—Disculpa, Clyde…
El hombre siguió su mirada y contempló también, sin odio, a los intrusos que habían querido convertirlos en reportaje. No lo dejó hablar. Le puso la mano otra vez en el hombro y le dijo que no tenía por qué preocuparse. Más bien ven aquí, dijo, y lo guió hacia los amplios peldaños que había al pie de un monumento en el centro del parque. Sentémonos y hablemos, que alguien nos traiga algo para beber. Veo que te preocupan los tipos esos. No temas por ellos. Pero esto no quiere decir que se vayan a ir sin explicarse y sin pasar un mal rato. Ven. Hizo que su gente trajese a los prisioneros y los pusieron al frente, de rodillas, lo que lo incomodó. Iba a protestar, pero Clyde lo volvió a calmar poniéndole la mano en el brazo. Escucha, camarada, escucha, hermano, dijo. ¿Sabes que esta no es la primera vez que nos incomodan así?, lo interrogó, desconcertándolo, confundiéndolo aún más.
—¡Esta es la tercera vez en un mes...! —dijo.
Los prisioneros negaron al unísono con la cabeza. Ya sé, les dijo, que no son sólo ustedes. A muchos otros pelotudos se les ocurre lo mismo. ¿Qué creen que somos nosotros, bestias, animales exóticos? ¿Es todo lo que les provocamos? ¿Una curiosidad folklórica? Los hombres negaron otra vez, mudos. Eran un pelirrojo de rostro moteado y un asiático, ahora los podía observar mejor. Eran el reportero y su chofer, en ese orden, sin duda. Negaban en silencio y con vehemencia. Sí, sí, ya sé, dijo Clyde. Lo único que ustedes querían era un reportaje, un poco de material para amueblar el aburrimiento de sus espectadores y clientes con horas y horas de discursos vacuos sobre la crisis económica, la crisis social y el sufrimiento de la pobre gente, de los negros que no tienen donde vivir y duermen como paquetes informes, ¡extraños frutos!, en las plazas públicas y en las calles de las grandes ciudades, sin agua caliente y sin televisión que los engañe, rodeados de la fortuna de los otros. Lo único que ustedes querían era una tarjeta postal sobre el sufrimiento de la gente oscura, que ustedes en realidad no conocen y con lo que quieren darse buena conciencia. Ya sé que ustedes no son sacos de mierda sino ángeles repletos de buenas intenciones. Pero, ¡quién me dice que eso es cierto, que no hay otra cosa detrás de sus acciones, de sus intenciones! Con la mano les prohibió que hicieran siquiera un gesto. Porque hay gente mala que, desde siempre, ha querido que seamos malos también, para castigarnos, y nos provoca. Poco a poco su discurso fue tomando fuerza y pronto se convirtió en un río quedo, fluctuante y, a la vez, poderoso. Todo el mundo lo escuchaba ahora en silencio. A él le había conmovido la alusión a Billie Holiday. Clyde hablaba cerrando los ojos y luego abriéndolos en forma desmesurada, mientras gesticulaba con la boca, con la nariz, y alzaba los brazos y se llevaba las inmensas manos hasta su rostro, como si necesitara limpiárselo, limpiar sus ideas y sus palabras, explicarse las cosas para entenderlas mejor. Su vehemencia era tal, que hacía pensar que en cualquier momento iba a dar una orden terrible o incongruente, de matar, de orar o, tal vez, de aplaudir. Cualquier cosa podía ocurrir. ¡Hay gente mala!, repitió en voz baja, esta vez mirándolo. ¿Por qué? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué es lo que están buscando, que desatemos un nuevo Watts? ¿Un nuevo berenjenal? ¿Incendios en toda la ciudad, para que nos asen luego, como tantas veces? ¡Pues si eso es lo que quieren, un día lo tendrán, se lo daremos por el culo, si quieren! ¡Pero sólo el día que se nos ocurra a nosotros! ¡No cuando ellos quieran! El gigante melenudo lo volvió a mirar y miró luego a los prisioneros, quienes lo miraban aterrados y, a la vez, fascinados. Él los contemplaba sin odio, más bien con la tristeza del que sabe que lo que deba ocurrir, ocurrirá. La tribu escuchaba, expectante, otra vez a la espera. Él no quería imaginar el desenlace, aunque una cierta intuición ominosa buceaba en su conciencia y se esforzaba por salir a flote. Clyde no dejaba de hablar. Ya no se dirigía a él, ni a los prisioneros, y se concentró en la asamblea y otra vez en el cielo, con las manos alzadas, como si ahora pusiera de testigo a alguna fuerza superior. Una imagen rozó su cerebro: de no ser las procacidades que de tiempo en tiempo lanzaba, ese hombre, el hermano fornido de Bob Marley, hubiera sido un buen predicador.
—¡Así es, hermanos...!
El hombre siguió con su alegato y la contabilidad de las provocaciones. Esta es la tercera vez que vienen los hijos de puta, y ustedes saben bien lo que oculta todo esto. Estamos ante una evidente empresa de provocación. ¡Quieren indignarnos, desestabilizarnos! Quieren que perdamos la paciencia, llevarnos a cometer una locura, para así justificar sus planes, ya no la destrucción de nuestra fraternidad, sino nuestra destrucción final. ¡Sí, hermanos! Lo que quieren es eso, que les demos ocasión para que ellos nos acaben como quisieran acabarnos. Pero ese final no está escrito como ellos creen, o quisieran. El final, somos nosotros los que lo vamos a escribir. Será como nosotros queramos, o lo permitamos, y no habrá otro. Ahora hablaba directamente al cielo, en trance. Además, misteriosos son los caminos de la verdad. También nos ocurren cosas buenas. En realidad, nunca llegamos a saber cuándo sabemos algo de verdad, ni cuándo no lo sabemos. En forma súbita se tornó hacia él y le puso la mano en el hombro otra vez. Aquí tenemos un hermano, por ejemplo, que no conocíamos ayer, que no sabemos quién es y que, de pronto, nos ayuda.
—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Quién eres, hermano? ¿De dónde vienes y qué has venido a hacer a esta ciudad de Los Ángeles? ¿Qué te ha traído a caminar, de noche, bajo nuestro inmenso cielo ya sin estrellas?
Era extraño, todas esas preguntas, con menos retórica, él no cesaba de hacérselas en los últimos tiempos. Les dijo quién era, que estaba en Estados Unidos más de cinco años ya, que vivió primero en Miami y que desde hacía tres años se había trasladado a Los Angeles. Sus razones eran múltiples, intentó explicar. Soy un peruano que viene de Lima, que ha escapado de la miseria, como tanto latinoamericano que llega por estas tierras, pero también estoy aquí, entre otras cosas, para salvar mi vida, que estaba amenazada. Vengo de un país en guerra, no se olviden, agregó. No supo si el influjo de la última palabra o si lo que estaba diciendo, en general, interesó más a Clyde y a su gente, el hecho es que, de pronto, se encontró explicando la situación del Perú a una concurrencia atenta y todo oídos que se había hecho más compacta en torno al jefe y a él. He oído hablar de esa guerra en el Perú, dijo Clyde. El ejército de tu país se enfrenta a un ejército maoísta, ¿es eso? No del todo, le respondió. Sendero Luminoso no tiene ejércitos. Son bandas, grupos, que ellos denominan columnas, que se activan para operaciones precisas. Es la guerra de guerrillas, atípica, desigual y sangrienta. Los que más sufren, en este caso, no son ni los soldados ni la gente de Sendero, sino la pobre gente del pueblo que se encuentra atrapada entre dos fuegos, utilizada por uno y otro bando como escudo contra el adversario y, de hecho, el grueso de los muertos lo ponen los civiles, los que no han pedido esta guerra y que no saben cómo salir de ella. Yo no veía las cosas así, dijo el hombre, cada vez más interesado. ¿Pero es una democracia, no? No, para nada, respondió. Nunca lo ha sido y, menos, ahora. Nos gobierna una dictadura civil-militar con un tecnócrata nipoperuano a la cabeza, un tal Fujimori, un gran ladrón. ¿Un japonés?, dijo alguien, ¿Perú no era el país de los incas? Alguno le respondió con una frase procaz sobre los asiáticos y los indios. ¡Son la misma cosa!, dijo. De los incas y del oro, dijo Clyde. Era el país de los incas y del oro, les precisó. Ahora es un país sudamericano como otros, hundido en la guerra.
Eso es, dijo Clyde, explícame un poco, quiero entender lo de la guerra, ¿cómo, si no hay ejércitos que se enfrentan, hay guerra y hay tanta muerte? La cosa es compleja, respondió. Perú es un país muy rico, poblado por gente muy pobre. Algunos, gente como la de Sendero, piensa que la única salida es la guerra de los pobres contra los ricos, que son todopoderosos. El Ejército, que defiende a los ricos, piensa que la guerra de Sendero es una buena oportunidad para deshacerse de cuanto elemento perturbador, insatisfecho y tentado por la rebelión pueda haber entre la gente del pueblo. Estas dos voluntades han dado como resultado la masacre actual. Un general del Ejército peruano resumió lo que iba a ocurrir hace ya algún tiempo, diciendo que si Sendero quería la guerra, al Ejército le bastaba con hacerse presente y matar a cien campesinos para que mueran diez terroristas y otros insatisfechos. A eso se reduce todo. Sendero ha puesto la guerra y el pretexto, y el Ejército ha aprovechado para limpiar de rojos y de descontentos a la población. El saldo son miles y miles de muertos, no se sabe en realidad cuántos. En Lima, de donde vengo, la masacre no es muy visible, pero hay zonas de mi país que han sido asoladas, devastadas. ¿Has estado allí tú, has visto la guerra?, preguntó Clyde bruscamente, con la mirada encendida. El lo miró, miró a Clyde, a su público inmediato y vio que hasta los dos prisioneros lo escuchaban con interés. Sí, sí he estado, en la zona de Ayacucho, respondió. Soy abogado y he ido por razones profesionales. ¿Abogado?, dijo uno de los oyentes con tono burlón.
Clyde le hizo una seña de que siguiera con su relato. Pertenecía a un grupo de abogados de derechos humanos que quería denunciar las matanzas. Fui para informarme sobre una masacre, una de las tantas. Cuenta, lo animó Clyde, ¿de qué masacre hablas? Un grupo de Sendero pasó la noche en una comunidad y obligó a los campesinos a darles alimentos. En los días siguientes vino el Ejército y mataron a todos, hombres y mujeres, viejos y niños. No perdonaron a nadie, para que sirviera de escarmiento a las otras comunidades. Después amontonaron los cadáveres en una gran fosa y los quemaron con gasolina y fósforo líquido. ¿A cuántos mataron?, inquirió Clyde. No se sabe, setenta, ochenta tal vez. Clyde, con gesto pensativo, pasándose la mano por el mentón, lo interrumpió. En May Lay, en Vietnam, los nuestros mataron a una treintena y esa masacre disparó de algún modo el fin de la guerra. No ha sido el caso en el Perú, respondió él. Meses después de la matanza, fui con Manuel, un colega, hasta el lugar, a conseguir pruebas, a recuperar vestigios, y removimos la tierra, nos hundimos en el barro, y encontramos huesos calcinados. En Lima nos acusaron de complicidad con el terrorismo y, una mañana, mi colega amaneció muerto en una calle perdida, con un balazo en la nuca. Yo tuve que esconderme. ¿Y por eso estás aquí?, dijo Clyde. Es una de las razones, respondió, vacilante. Los ojos de Clyde de pronto le parecieron benignos, protectores. ¿Y cuáles serían las otras, hermano? La otra, precisó, ya sin dudas. La otra es que estoy aquí, no sólo por escapar, por salvarme, por ganarme la vida como cualquier inmigrante, sino porque también estoy buscando a alguien, al Comandante “Camión”. ¡¿El comandante “Truck”…?!, se desternilló de risa el burlón de hacía un momento. No le hizo caso y prosiguió. Un oficial de la Marina peruana, el hombre que comandó el destacamento militar que cometió esa masacre, en Ayacucho, y que luego, en Lima, dirigió al grupo que ejecutó a Manuel, mi amigo. ¿Cómo, está por aquí?, se extrañó Clyde. Sí, a raíz de las múltiples denuncias, su nombre se había hecho público y a los militares no les quedó más remedio que quitarlo del medio, que esconderlo. No se les ocurrió otra cosa que decir que estaba muerto, que había sido secuestrado por desconocidos y que no había vuelto a aparecer. Una patraña, un engaña muchachos. En realidad, habían decidido protegerlo. Se dice que lo sacaron del país con otra identidad y que, desde hacía tres años estaba por aquí, en Estados Unidos, en la región de Los Ángeles. Por eso me vine de Miami. Lo estoy buscando. ¿Y no lo has hallado? Negó con la cabeza. No, no hasta ahora. No lo había hallado, pese a que había lanzado en pos de una pista a todos sus amigos colombianos, centroamericanos y mexicanos, pese a que él mismo había frecuentado con ahínco todo los restaurantes peruanos y latinoamericanos, todos los bares y clubes sociales, las asociaciones de residentes, de amantes de la música criolla y las hermandades religiosas, todos los huecos en los que podría esconderse una rata mayor como esa, como el Comandante “Camión”. Y si un día lo hallaras, ¿qué vas a hacer? La pregunta de Clyde lo sorprendió y se quedó en suspenso. Era cierto, nunca se lo había planteado. De hallarlo, ¿qué iba a hacer con él? ¿Matarlo? La respuesta no venía a su cerebro. Él no había matado nunca a nadie. La respuesta estaba en algún sitio de su alma, provocándole vértigos. Clyde le acercó el rostro y se quedó mirándole a los ojos, como cerciorándose de lo evidente. No respondió.
Clyde se levantó y alzó los brazos como para relanzar la asamblea. Mirando al cielo, exclamó:
—¡No estamos solos, oh Señor! ¡Gracias por las lecciones de esta noche! Dinos, ¿qué quieres que hagamos? ¡Dinos cuál es esta vez tu juego!
Lo miró otra vez como para significarle que su relato lo había conmovido en extremo, como para ahogar un sollozo. ¡Así que ustedes también han tenido lo suyo!, dijo. ¡Tú, peruano, también sabes cómo son las cosas! Luego se volvió hacia la tribu y retomó la palabra. Su voz estaba menos exaltada que hacía un rato y era grave, grave como lo que decía. Habló del tiempo que pasó en Vietnam, del sabor de la sangre, del olor del sudor y de las lágrimas mezcladas con la pólvora y el fósforo y la carne chamuscada, de cómo el humo de la marihuana no era suficiente para adormecer la conciencia. Habló de los Black Panthers, de los héroes y de la heroína, de sus años vividos en los sanatorios y los basureros. Hizo el balance de una guerra que ya duraba siglos. Y así hemos llegado a este recodo del camino, dijo. ¡Hoy acompañados por el hermano peruano! ¡Y por estos pobres diablos que han venido aquí con su auto blanco japonés, con su fanal, con su camarita! La guerra continúa, en todo sitio, prosiguió. Nadie la ha ganado aún, pero lo que sí está claro es que los que siempre triunfaron, ahora ya no lo tienen tan seguro. ¡Por eso nos espían y nos filman! ¡Nos temen! Quieren inducirnos al error… ¡Pero, cuidado! ¡No va a funcionar, a estas alturas del programa, el plan de los demonios blancos, amarillos o tornasolados, de llevarnos a la desesperación! ¡Nosotros, hermanos, no vamos a caer en su juego! ¡Nosotros no vamos a poner el cuello, una de estas madrugadas, para que nos lo rebanen a su gusto! ¡Tendrán que esperar! Era fácil, antes, suscitar nuestra cólera, justa y sagrada. Y nosotros nos dábamos gusto prendiéndole candela a unos cuantos edificios y quemándoles el trasero a algunos de sus agentes provocadores. Luego nos tocaba a nosotros pagar, y venía la policía, la guardia nacional, los bomberos, el ejército, la marina, los marines, la aviación, con sus coches, tanques, lanchas y helicópteros, con sus camiones y lanzas de agua, con sus lanzacohetes y morteros, con sus aviones sembradores de gelatina incandescente, con sus aviones furtivos y sus misiles quirúrgicos, para convertirnos en leve ceniza que sólo el viento quiere llevar. ¡Yo he visto, hermanos, siendo muy joven, en las selvas de Vietnam, lo que son capaces de hacer! ¡Yo he visto cómo el napalm quemaba los bosques, la tierra, los ríos, y evaporaba a los habitantes de aldeas enteras, alimentando con sus almas el volcán en que se transformaba el mundo! Me dirán que eso ya no es de actualidad, pero yo les digo que eso, y más, son capaces de hacer, y lo están haciendo, ahora, en alguna parte del planeta. Hoy quisieran que le demos la ocasión para que nos den esa medicina, y eso no va a ocurrir. ¡Nosotros somos los que controlamos la agenda, ahora! ¡Amén!
Todos estaban transportados por su evocación. Él mismo estaba al borde de las lágrimas y se engañó diciéndose que estaba cansado, que esa noche, no sólo había sido larga, sino que parecía un sueño, un mal sueño y un buen sueño, a la vez, del que ya era hora de despertar. Incluso los dos prisioneros estaban como lelos. Una vez más, Clyde se frotó el rostro como si, de pronto, agotado, también necesitara volver a bajar a la realidad. ¡Así son las cosas, amigo!, le dijo en castellano, volviéndose hacia él. Me has preguntado hace un rato, volvió a su lengua, lo que vamos a hacer con estos desgraciados, con estos dos gusanos que tejen la seda de la desinformación y el engaño, con estos pobres esclavos que creen tener la conciencia limpia y que se obligan a ignorar lo que, sin embargo, saben. Estos dos infelices que piensan y dicen, en realidad, sólo lo que sus amos quieren. Yo, hace un rato, había hablado de escarmiento, de no dejarlos irse sin castigo, creo que ya han tenido ambas cosas, y más, en este rato que han pasado en nuestra compañía, ¿no crees? No vamos a llevar el exceso hasta flagelarlos, eso ya no se hace, aunque bien se lo merecerían. Algo deben haber aprendido de lo que han visto y escuchado, en particular, de tu relato sobre las cosas que ocurren en tu país lejano y misterioso. Y no creo que nos traigan problemas, no. No creo que se les ocurra irse a la policía a denunciarnos por daños a su coche intruso. No, no lo harán, tenemos sus nombres y sus datos. Ellos saben que no estamos solos, que nuestros hermanos están en todo lugar. ¿Me equivoco?, preguntó, dirigiéndose a ambos hombres, que ahora parecían respirar más tranquilos. No, no se equivoca, balbuceó el pelirrojo. Clyde hizo un gesto vago hacia su rostro y, luego, hacia el rostro del asiático. Era un gesto lento que tenía tanto de bendición como de amenaza. Entonces, se volvió hacia él y le dijo, anda, pues, peruano, sigue tu camino, continúa con tu búsqueda. Y llévate de paso a esta gente, sácalos de este lugar. Nosotros, si logramos averiguar algo sobre el verdugo que buscas, te lo haremos saber. Y tú nos harás saber de lo que eres capaz. Sonrió con tristeza. Ya no llovía y ya no había luna. El día despuntaba, y sobre el cielo de Los Ángeles una leve capa de nubes rosadas prometía el sol para dentro de muy poco. No caminó mucho rato junto a sus improvisados acompañantes. Tan pronto pudieron, el pelirrojo y el asiático se escabulleron, desmañados, disculpándose, pretextando que necesitaban hacer una llamada, pedir un taxi. Él siguió caminando, diciéndose que tenía hambre, que un taco con carnitas y un café no le caerían mal, que debía encontrar una línea de autobuses que ya estuviera funcionando, que lo acercara a un territorio amigo.

WALT WITMAN Y su poema "Hojas de hierbas (Fragmento)


              Poeta Walt Withman

HOJAS DE HIERBA 

"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros

y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta.
(...)
Creo que podría retornar y vivir con los animales, son tan plácidos y autónomos.
Me detengo y los observo largamente.
Ellos no se impacientan, ni se lamentan de su situación.
No lloran sus pecados en la oscuridad del cuarto.
No me fastidian con sus discusiones sobre sus deberes hacia Dios.
Ninguno está descontento. Ninguno padece la manía de poseer objetos.
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante los antepasados que vivieron hace milenios.
Ninguno es respetable o desdichado en toda la faz de la tierra.
Así me muestran su relación conmigo y yo la acepto.
(...)
No pregunto quién eres, eso carece de importancia para mí.
No puedes hacer ni ser más que aquello que yo te inculco. "

Y tú, mar... También a ti me entrego. Adivino lo que quieres decirme,
Desde la playa veo tus dedos que me invitan,
Y pienso que no quieres marcharte sin haberme besado.
Debemos estar un rato juntos: me desnudo y me llevas muy lejos de la costa,
Arrúllame y durmiendo al vaivén de tus olas,
Salpícame de espuma enamorada, que yo sabré pagarte.
Mar violento, tenaz y embravecido,
Mar de respiros profundos y revueltos,
Mar de la sal de la vida, de sepulcros dispuestos aunque no estén cavados,
Rugiente mar que, a capricho, generas tempestades o calmas,
También soy como tú: con uno y muchos rostros
Partícipe del flujo y del reflujo, cantor soy de los odios y de la dulce paz,
Cantor de los amantes que duermen abrazados
También doy testimonio del amor a mis prójimos:
¿Haré sólo inventario de todos mis objetos olvidando la casa que los tiene y cobija?
No soy sólo el poeta de la bondad, acepto también serlo de lo inicuo y lo malvado,
¿Qué son esos discursos que nos cuentan de vicios y virtudes?
El mal me sugestiona, y lo mismo la reforma del mal, mas sigo imperturbable.
¿Soy un inquisidor, un hombre que desprecia cuanto encuentra a su paso?
No soy más que aquel hombre que riega las raíces de todo lo que crece.
¿Te temes que la terca preñez sólo engendre tumores?
¿Pensabas que las leyes que rigen a los astros admiten ser cambiadas?
Encuentro el equilibrio en un lado lo mismo que en su opuesto.
Las doctrinas flexibles nos ayudan lo mismo que ayudan las más firmes,
Las ideas y acciones del presente nos despiertan y mueven,
Ningún tiempo es más bueno para mí que este ahora que me viene a lo largo de millones de siglos.
No hay nada de asombroso en las acciones buenas de antes o de ahora,
Lo asombroso es que siempre existan los malvados o los hombres sin fe.
Se borran el pasado y el presente, pues ya los he colmado y vaciado,
Ahora me dispongo a cumplir mi papel en el futuro.
Tú, que me escuchas allá arriba: ¿Qué tienes que decirme?
Mírame de frente mientras siento el olor de la tarde,
(Háblame con franqueza, no te oyen y sólo estaré contigo unos momentos.)

¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes.)
Me dirijo a quienes tengo cerca y aguardo en el umbral:
¿Quién ha acabado su trabajo del día? ¿Quién terminó su cena?
¿Quién desea venirse a caminar conmigo?
Os vais a hablar después que me haya ido, cuando ya sea muy tarde para todo?

Ya he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,
Y he dicho que el cuerpo no vale más que el alma,
Y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo,
Que aquel que camina sin amor una legua siquiera, camina amortajado hacia su propio funeral,
Que tú o yo, sin tener un centavo, podemos adquirir lo mejor de este mundo,
Que el mirar de unos ojos o el guisante en su vaina confunden el saber que los tiempos alcanzan,
Que no hay oficio ni profesión tan bajos que el joven que los siga no pueda ser un héroe,
Que el objeto más frágil puede servir de eje a todo el universo,
Y digo al hombre o mujer que me escucha:
"Que se eleve tu alma tranquila y sosegada ante un millón de mundos."
Y digo a la humanidad: "No te inquietes por Dios,
Porque yo, que todo lo interrogo, no dirijo mis preguntas a Dios,
(No hay palabras capaces de expresar mi postura tranquila ante Dios y la muerte.)
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no le comprendo,
Ni entiendo que haya nada en el mundo que supere a mi yo.
¿Por qué he de desear ver a Dios mejor de lo que ahora le veo?
Veo algo de Dios cada una de las horas del día, y cada minuto que contiene esas horas,
En el rostro de los hombres y mujeres, en mi rostro que refleja el espejo, veo a Dios,
Encuentro cartas de Dios por las calles, todas ellas firmadas con su nombre,
Y las dejo en su sitio, pues sé que donde vaya
Llegarán otras cartas con igual prontitud.

LA NOCHE BOCA ARRIBA, Cuento de Julio Cortázar


A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde, y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él —porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre— montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
         Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
         Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla, y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. «Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado...» Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
         La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. «Natural», dijo él. «Como que me la ligué encima...» Los dos rieron, y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
         Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaron la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
         Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
         Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. «Huele a guerra», pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor de la guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada horrible del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
         —Se va a caer de la cama —dijo el enfermo de al lado—. No brinque tanto, amigazo.
         Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
         Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no le iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
         Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. «La calzada», pensó. «Me salí de la calzada.» Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como el escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en los muchos prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
         Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces, los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
         —Es la fiebre —dijo el de la cama de al lado—. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
         Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin ese acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
         Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el suelo, en un piso de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
         Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y tuvo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara frente él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
         Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de humo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque otra vez estaba inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía la muerte, y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

LA GALLINA DEGOLLADA, Cuento de Horacio Quiroga

  Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

         Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
         El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
         Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
         Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
         Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
         El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
         —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido.
         Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
         —¡Sí...! ¡sí...! —asentía Mazzini—. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que...?
         —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.
         Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
         Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
         Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
         Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
         Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
         No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
         Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
         —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
         Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
         —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
         Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
         —De nuestros hijos, ¿me parece?
         —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
         Esta vez Mazzini se expresó claramente:
         —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
         —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
         —¿Qué, no faltaba más?
         —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
         Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
         —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
         —Como quieras; pero si quieres decir...
         —¡Berta!
         —¡Como quieras!
         Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
         Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.
         Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.
         No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
         Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
         De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.
         Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
         —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
         —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
         Ella se sonrió, desdeñosa:
         —¡No, no te creo tanto!
         —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
         —¡Qué! ¿Qué dijiste...?
         —¡Nada!
         —Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
         Mazzini se puso pálido.
         —¡Al fin!— murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
         —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
         Mazzini explotó a su vez.
         —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
         Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
         Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
         A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
         El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
         —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
         Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
         —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
         Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
         Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.
         Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
         De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.
         Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
         Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
         —¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
         —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
         —Mamá, ¡ay! Ma...
         No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.
         Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
         —Me parece que te llama —le dijo a Berta.
         Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
         —¡Bertita!
         Nadie respondió.
         —¡Bertita! —alzó mas la voz ya alterada.
         Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
         —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
         Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:
         —¡No entres! ¡No entres!
         Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.